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Nací el 22 de agosto de 1924 en la calle Peña Pobre, en La Habana Vieja. Mi padre era mecánico dental. En 1906 fundó un laboratorio que llegó a ser el más grande de su época en América Latina. Mi madre tal vez tendría sexto grado. Supe ya tarde que mi padre era analfabeto, y que esa había sido la causa por la que ellos no se casaron, él no sabía firmar. Después se casaron y, como se dice en los cuentos para niños, fueron muy felices.
Mis padres no eran católicos practicantes. Como la mayoría de la gente, ellos creían en Dios cuando Dios no molestaba, pero cuando Dios molestaba ya no hablaban bien de Dios. Creo que eso no solo les sucede a los cubanos sino a la humanidad: muchos creen en Dios por conveniencia, no por fe.
Mi hermana –un año mayor que yo– era muy bonita, de ojos azules y gordita. Y yo nací muy flaco, muy feo y lleno de pelos.
Asistí a una escuela pública que había en la calle Villegas. A los 10 años mi madre me matriculó en el colegio de Belén como interno por nueve pesos mensuales.
Yo seguía siendo feo, flaco, orejón y me decían Fragilito . Ya había hecho la Primera Comunión en una iglesia de La Habana Vieja. En aquellos tiempos eso era algo habitual. Después no fui más.
Un Jueves Santo me escapé de casa y fui a oir la misa en la iglesia del Santo Ángel Custodio. Mi padre me regañó porque me había perdido, pero el sermón de aquella misa me impresionó. Este fue mi primer contacto espontáneo con Dios.
En Belén Dios vino a mi mente de nuevo y tuve deseos de ser Congregante Mariano. En el colegio había un grupo de muchachos de buenas familias, y otro que éramos del barrio, hijos del bodeguero y eso… El padre espiritual del colegio utilizaba a los niños de familias notables para que participaran en la Congregación Mariana y les daba muchas medallas y premios. A nosotros también nos preocupaba ser miembros de esa congregación, pero nunca lo fuimos. Eran las cosas de mi Iglesia.
En segundo año de Bachillerato ya tenía 15 años. Todavía estaba tan flaco y feo que a veces me sentía un poco triste, y me decía: “Dios mío, si sigo así prefiero morirme”. Pero al mismo tiempo era un muchacho virtuoso. Respetaba mucho a Dios y hasta yo diría que sentía miedo, porque entonces se enseñaba que Dios castigaba si las cosas no se hacían bien. Se hablaba más de un Dios castigador que amoroso y compasivo. Todo era pecado.
Mi hermana se había casado con un doctor que asistía a un gimnasio, y me animé y comencé a hacer ejercicios. Me puse grande y fuerte. Mi padre me mandó a hacer el único traje que tuve en mi vida antes de casarme, confeccionado por Marcelino, el sastre de los guagueros de La Habana y del Benny Moré. Y cuando el padre espiritual de Belén me vio vestido así, me dijo: “Qué chulo estás”, y me dejaron de decir Fragilito para empezar a llamarme El chulo por aquel hecho.
Ya entonces en los desfiles del colegio yo llevaba la bandera, lo cual lo hacía sentir a uno muy orgulloso. Belén era un gran colegio. Había padres muy buenos que formaban a los alumnos, pero había otros cuyas actitudes deformaban. Por ejemplo, eso sucedía con Cortina, el dueño de la famosa hacienda, que era un político corrupto de la época al que invitaban a los actos públicos de nuestra escuela. |
Pero se me acabó la pachanga. En el curso siguiente entró a la carrera Gladis, la que sería mi esposa, una muchachita de lo más graciosa. Me enamoré de ella pero yo tenía mala fama por mis andanzas con Isidro Hernández, lo del Montmartre y mis colaboraciones para la moda. Isidro conocía al papá de Gladis y le dijo que tuviera cuidado con Marrerito. Pero a mí ella me descocaba. Fíjate hasta dónde llegaba la cosa que yo jugaba football americano, y ella iba a ver los juegos. Un día la veo entrar a la gradería con un amigo suyo, y a mí eso me molestó tanto que abandoné el terreno, me quité el uniforme y me fui a verla; y la gracia me costó tan cara que el americano que dirigía el equipo me botó para siempre. Eran cosas así de película, como todas las del amor.
A pesar de que su papá no me tragaba por los informes que tenía sobre mí, Gladis y yo nos hicimos novios. Ella era una muchacha extremadamente virtuosa. Recuerdo que el primer día que la besé yo acababa de comer algo, y ella me dijo que cómo iba a besarla con la boca sucia. Tenía esas cosas así tan ingenuas…
Empecé a repasarle Anatomía y otras asignaturas, de modo que casi estudié la carrera dos veces. Finalmente nos graduamos y nos casamos en junio de 1948.
Ya antes de casarme yo había ido a la Agrupación Católica invitado por Emilio Marín, y fue así que volví a encontrarme con Dios porque yo estaba un poco perdido. Con el padre Felipe Rey de Castro, jesuita, hice un retiro espiritual que me conmovió. Eso me alejó de la vida pasional que hasta entonces había llevado.
Los retiros espirituales con los jesuitas me ayudaron mucho a robustecer la fe. En ellos había una meditación sobre la muerte, en la que te ponías a pensar toda la noche que si hubieras muerto en aquel momento, qué es lo que tenías que haber hecho en tu vida. Era una meditación muy buena porque te llevaba a comprender tu vida y el sentido de la vida. Los jesuitas son fantásticos.
Recuerdo que después de casarnos, cuando íbamos en el avión hacia Miami de luna de miel, Gladis me preguntó por qué iba como triste, y yo le dije: “Si supieras, que no te puedo contar… Debo cambiar mi vida de una forma tan radical, que a partir de hoy la felicidad tengo que encontrarla contigo nada más”.
Al regresar de la luna de miel tuve llamadas de algunas amigas, pero rompí con todas. Me metí bien en la mente que Gladis seguía siendo mi novia, y así fue toda mi vida: mi eterna novia. Porque hay personas que, mientras son novios, se adoran; cuando se casan, se odian. Algunos hombres dejan a la mujer con los hijos, y les importa tres pepinos; pero aquel amor por el que estaban locos, se pierde.
Cuando tuvimos el primer hijo estuve todo el tiempo con ella. Por esa época se usaba que cuando la mujer paría no se levantaba de la cama, y yo era quien la atendía. Por eso tuve una gran discusión con mi madre y mi suegra, porque les dije que ellas no tenían que estar todo el tiempo en la casa. Yo era quien tenía que cuidarla, era yo quien tenía que sentirse padre. ¿Y cómo podía experimentarse eso? Cuidando al niño. A mis ocho hijos yo los cuidé recién nacidos y les lavaba pañales… El hecho de que tú te sientas padre es importantísimo en el matrimonio. Y todo eso lo aprendí del padre Felipe Rey de Castro, que era el jefe de la Agrupación Católica Universitaria. Te enseñaba a amar a Dios pero también a tu familia. Hoy día se habla de sexo pero no de la familia.
La juventud en general tiene esa mentalidad de placer. Crecen pensando así, y lo ideal es meterles a los jóvenes en la cabeza que la sexualidad se desarrolla a su tiempo. Pero de eso no se habla.
Cuando me casé ya estaba trabajando en el laboratorio de mi padre como dentista. Gladis y yo nos fuimos a vivir a una casa solos. Teníamos un juego de cuarto nada más; después fui adquiriendo lo demás. Tal vez por eso les exigí a mis hijos que se casaran por sus propios medios. Los ayudé económicamente, pero a ninguno les permití venir a vivir a mi casa, salvo que tuvieran problemas.
Mi suegro nunca me aceptó. Porque pasó que cuando Gladis y yo nos fuimos a casar, él me preguntó quiénes eran mis testigos, y mis testigos eran gente pobre, fueron a mi boda con trajes prestados. Mi suegro era un hombre socialmente notable. No le gustaban esas cosas. Yo tenía un tío que era magistrado del Tribunal Supremo, todo un personaje, y mi suegro no entendió por qué no lo ponía de testigo, y se puso bravísimo conmigo. A mí sinceramente no me interesaban esas boberías de clase.
Cuando me gradué de dentista los compañeros míos del Colegio de Belén que empezaron a ser clientes míos, me preguntaban si todavía seguía siendo católico. Yo les respondía que sí, pero ellos me decían que no querían saber nada de catolicismo, porque en realidad se habían graduado de un colegio yo diría casi anticlerical. Es decir, que no había lo que podía llamarse un producto de fe de los graduados de colegios religiosos. Cuando empecé a trabajar como dentista en el Sagrado Corazón de Miramar, un colegio de monjas muy caro, yo tenía a mis hijas en el colegio de la Inmaculada , al lado del cual vivíamos. Y las monjas del Sagrado Corazón me preguntaban por qué tenía a mis hijas en aquel colegio de niñas pobres, y yo ni loco ponerlas en otro.
Gracias a Dios, me eduqué en el Evangelio y siempre fui de Gladis. A mis hijos los puse en Belén, y cuando la Revolución intervino los colegios religiosos, les seguí dando instrucciones religiosas en mi casa, sobre todo a rezar el Padrenuestro, el Avemaría y el Rosario. No rezábamos el Rosario completo, pero lo rezábamos. Siendo mis hijos chiquitos les comentaba los Misterios. Por la noche, antes de dormir, les enseñé aquello de “Con Dios me acuesto y con Dios me levanto”.
Yo soy lo que se dice cristocéntrico. Jesús es nuestro hermano. Y el Padrenuestro yo lo rezo con cierta variante, porque ese Padre Nuestro que decimos como para nosotros solos, en verdad es tanto de los buenos como de los malos, y todos, absolutamente todos somos hermanos. Lo difícil es perdonar. Por eso cuando rezo el Padrenuestro yo le digo a Dios que perdone mis pecados como yo perdonaría a los que me ofenden, pero con su ayuda, pues sin esa ayuda yo no los perdonaría. Porque es difícil perdonar al hermano que te ha hecho daño…, y ese perdón solo lo puede el Amor de Cristo y el que uno puede tener con Cristo.
Cuando tuve la mala experiencia de caer preso en 1968, que permanecí seis meses en la oscuridad, aprendí una gran lección. Yo tenía ya a mis hijos, y los primeros días me desesperé, hasta que me dije: “Dios mío, qué tontería la mía, si yo te tengo aquí a Ti. En esta soledad estás Tú. Tengo que ser feliz aquí contigo”. Y solo entonces borré el mundo, todo lo de afuera. Mi Amor por Dios se hizo tan grande, que yo no quería saber nada del mundo. Ni siquiera pensaba en mi familia. Solo quería saber de Dios. Y eso fue una experiencia tremenda.
Yo no fui preso por católico. Cuando me llevaban arrestado en el carro, un militar dijo por un micrófono: “Operación Creo en Dios, cumplida”. Entonces pensé que me llevaban preso por católico, pero después supe que no fue por eso. Es que había un grupo de personas que estaban metidas en asuntos conspirativos contra el gobierno, y casi todos eran católicos. Uno de ellos trabajaba conmigo y era mi amigo, y yo entré en el proceso investigativo como sospechoso. Pero nunca colaboré con nada ni con nadie.
Hasta siendo recluso fui útil como profesional y católico. Cuando entro conozco a un ortopédico que estaba preso y me dice que había un oficial que tenía un problema en la pierna que no le permitía caminar sin bastón, y como yo hipnotizaba, me propuso que lo hipnotizara para ver si podíamos aliviarlo. El oficial se dejó hipnotizar, le di ciertas órdenes para que moviera el pie, y lo puse a caminar sin bastón delante de muchos presos. Cuando la gente vio eso empezó a comentar que al penal había entrado un mago.
Luego se me ocurrió empezar a sacar muelas con unos implementos que tenían allí, y como yo hipnotizaba, no hacía falta anestesia. Después le pedí a Gladis que me llevara material de la consulta y le arreglaba la boca a los presos con mis materiales. Hasta crearon un horario que comprendía un tiempo de atención a los reclusos, otro a la guarnición y otro a los miembros de los tribunales. Mi esposa me llevaba acrílico y otros materiales y hasta le hice dientes y prótesis a todo el que los necesitara.
Yo tenía derecho a dormir en la enfermería, pero nunca lo acepté. Tampoco acepté visitas conyugales. No me agradaba la idea de que mi esposa fuera allí para tener relaciones íntimas conmigo. También prohibí que en mi guara –que era el conjunto de cuatro literas– se hablaran cosas de mujeres. Les decía a mis compañeros que existían cosas más bonitas de qué hablar en la vida, y me empezaron a llamar el cura .
Yo no daba catecismo, sencillamente les decía a mis compañeros que había que amar al prójimo y darle gracias a Dios por lo que teníamos. Les decía que nosotros nos habíamos ganado aquello, y que había que darle gracias a Dios por lo que teníamos. Y en algunos resultaba, porque uno de ellos, antes de morir, me mandó una nota en la que me decía: “Tanto te recuerdo por las cosas de Dios que me enseñaste, que lo tengo siempre presente”.
Es lo que yo digo de mi Iglesia y del mundo católico, que tienen que meterse en la cabeza que lo interesante es creer en la existencia y la presencia de Cristo al lado de nosotros, eso conlleva amor, y ese amor es amor de sacrificio, amor de trabajo, amor de perdonar al malvado que te hace daño, y eso es lo difícil. Pero cuando uno asimila bien esa fe, entonces es feliz. Eso es lo único que puede explicar que yo fuera feliz allí, privado de libertad. Porque el amor a Cristo te hace encontrarle sentido a la vida y ser para los demás.
Es como cuando recibo la comunión, que el Cuerpo de Cristo forma parte de mí. Y digo: “Dios mío, no soy digno de que entres a mi corazón, pero llénalo de Amor y Caridad”. Si lo tengo a Él, lo tengo todo. La felicidad no está en el bienestar terreno sino en la tranquilidad espiritual, en lo que cada uno tiene dentro de sí. Por eso admiro a las monjas y a los sacerdotes que tienen fe. Son muy felices. ¿Tú sabes por qué lo son? Porque llevan una vida humilde, de caridad y de amor, y eso es muy bueno para la Iglesia. Pero si llevaran una vida de bienestar, de querer vivir como príncipes, ya es más difícil que convenzan a nadie; se convence con el ejemplo. Nadie puede convencer diciendo que hay que amar a Dios y al enemigo si no te ocupas de quien está al lado tuyo.
Yo no vivo mal, pero aun con todo el oro del mundo, nada sería sin fe ni idea de Dios. ¿De qué sirven dinero y bienes si no tienes a Dios? De nada.
A toda persona que ha trabajado conmigo yo le he pagado y le he dado. Es lo más justo y lindo que hay, porque además es una obligación de todo cristiano.
La situación de la Iglesia mundialmente hoy es muy triste. Ves que están preocupados por la evangelización y los grandes planes pastorales, cursos y más cursos, y eso no está mal. Pero en la vida hay una sola y gran verdad que se resume en estas palabritas: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Toda la grandeza del cristianismo y la mejor sabiduría del mundo están ahí. Eso tan sencillo y grande al mismo tiempo, que si todos lo hiciéramos el mundo sería otro cuento.
Mi Iglesia, universalmente, tiene sacerdotes y obispos fantásticos que son ejemplos de humildad y de servicio y trabajan con el pueblo. Pero otros no, y eso es una lástima. En el capitalismo el cura que vive bien se nota menos; pero en Cuba el cura que vive muy bien se nota más.
Mira, yo agradezco que hayas venido a hablar conmigo, pero no sé si algún día mi Iglesia se atrevería a publicar esto que voy a decirte y que he llevado sin rencor, pero con un dolor tremendo. Y es que cuando estuve preso, yo conocía a todo el clero y ellos conocían quién era yo, y casi nadie, Sabater, solo dos personas de la Iglesia , vinieron a ver a mi familia. Los únicos que se ocuparon fueron el padre Miyares, que venía casi todos los días a mi casa, y monseñor Azcárate, que ya era obispo auxiliar. Ellos quisieron ayudar a Gladis económicamente, pero ella comenzó a trabajar, y lo siguió haciendo para la Iglesia sin cobrarle, aunque ya muchos no venían a mi consulta porque yo estaba preso. |
A mí eso me dolió tanto, porque en los días más duros de la Iglesia , aquellos primeros años 60, yo jamás, nunca, dejé de ir un domingo a misa con toda mi familia. En la parroquia de Ceiba del Agua, donde oficiaba monseñor Prego, que entonces no era obispo, solo unas cuantas viejecitas, mi esposa, mis ocho hijos y yo entrábamos al templo. Y no lo digo por vanidad. Es que yo siempre entendí que debía ser así.
Pero esas experiencias no pueden destruir la fe. Tienen que engrandecerla. Porque la Iglesia está llena de hombres con muchas virtudes y con muchos defectos, pero es divina en su origen, fue fundada por Cristo, y a Cristo mismo lo dejaron solo, y aún así Él nunca dejó de servir a su Padre.
Nunca le he cobrado un trabajo a nadie del clero porque esa no es mi virtud, es mi limosna, la contribución a mi Iglesia, que he querido, caraj' , a pesar de los pesares.
Yo pude irme de Cuba con mi familia, y no lo hice por mi Iglesia. No juzgo a los que se han ido. Estaban en su derecho. Pero yo también hice uso del mío, y me quedé. Aquí enterré a mi esposa, que nunca me cansaré de decir que fue mi novia eterna, y aquí mi hijos van a enterrarme a mí. |

Por su servicio a la Iglesia, Marrero fue distinguido
con la medalla «25 Aniversario del Pontificado de Juan Pablo II» (izquierda) y la condecoración honorífica «Pro Ecclesia et Pontifice» (derecha). |