El capitán Joaquín Llaverías, director del Archivo Nacional, fue comisionado para esa tarea. Por eso –el mes y día que no se aclara–, en un salón de la casa sita en la calle Cuba con el número 116, recibe “de sus únicos herederos” los libros y archivo del Liceo Artístico y Literario de La Habana , conservados por quien fuera su último secretario y Socio Facultativo de la Sección de Literatura. De acuerdo con J. Llaverías, desde 1912 se produjo el ingreso de dicha documentación en el Archivo Nacional, lo cual consta en el Prefacio que escribe para el catálogo de esos fondos (15 de septiembre de 1944).
Gracias a ese legado ha sido posible adentrarnos en los proyectos, esfuerzos e iniciativas –por ejemplo, el justo homenaje a la intelectual camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda– de esta institución cultural que, a pesar de sus limitaciones, propias de las circunstancias históricas de Cuba, es, desde mi punto de vista, motivo de natural orgullo para los que amamos la villa de San Cristóbal de La Habana.
Cuando el Liceo inicia en 1844 su vida como institución, la sensibilidad del habanero se había refinado, de acuerdo con Alejo Carpentier, desde fines del siglo XVIII (1) , tiempos en que se aplica en Cuba la política del Despotismo Ilustrado. Un testimonio de ese aserto es el hecho de que, en 1776, “[...] sube a escena la primera ópera de la que se tiene noticia en la Isla , se trata de una Dido abandonada con libreto de Metastasio, pero de ella no se conserva el nombre del compositor ni de los intérpretes”. (2)
Desde el mismo mes de su fundación (octubre de 1844), el Liceo comienza a realizar eventos teatrales, para lo cual arrendaba El Principal, y más adelante el Teatro Tacón. La Sección de Música organiza la primera temporada de ópera, con la puesta en escena de Los Puritanos, de Bellini, Lucia , de Donizetti, y Norma , de Bellini, obras que se dice fueron aclamadas por el público; así como cuatro grandes conciertos. La Sección de Declamación, por su parte, logra presentar 28 piezas dramáticas, entre ellas El Diablo Cojuelo, Otelo, y Amor y deber.
Me parece indudable el éxito de la programación del Liceo puesto que dos años después su presidente, José María Herrera y Herrera, segundo Conde de Fernandina, informa a la Junta directiva que “el señor Pancho Marty, dueño del Teatro Tacón, cedía las noches de los sábados para que el Liceo pudiese ejecutar sus funciones sin estipendio de ninguna clase; invitándolo además para que tomase el todo o la parte del abono del tercer piso durante las magníficas temporadas de ópera italiana, sin que por parte de Marty –aclara el presidente– se pusiera el menor inconveniente en que al coloso de su propiedad se le denominase del Liceo ”.
Siempre he pensado, con Martí, que el cubano por naturaleza es bueno, generoso y solidario. Estas virtudes son perceptibles, por ejemplo, en las funciones altruistas que el Liceo realiza, bien para socorrer a las víctimas del huracán que azotó a la capital el 5 de octubre de 1844 o a favor de artistas en desgracia, como es el caso de don Pedro Viñolas y su familia, cuyo eco llega a nuestros días por una carta que un hijo preferido de la Patria , Ignacio Agramonte y Loynaz, le escribe desde La Habana a su novia, Amalia Simoni Argilagos, el 13 de mayo de 1867: “No he vuelto a oír declamar a Ortiz. Según me han contado, el último día de función en el Liceo, salía representando él en un drama, y estando en una escena con otro aficionado que lo hacía tan mal como él, el Director de escena, un Sr. Viñolas, beneficiado aquella noche, se presentó en medio de ellos diciéndoles: ‘Basta, señores, basta', y mandando bajar el telón. Figúrate cual sería la risa y la algazara del público”. (3)
Pero entre las funciones clasificadas como altruistas aparecen, en 1851, las llamadas “funciones patrióticas”, lo cual requiere que me detenga –al menos brevemente– para recordar lo acontecido en Cuba durante este año, en que los preparativos de un alzamiento revolucionario en la región principeña, y en otros lugares del país, eran evidentes.
El prócer Joaquín de Agüero, que en 1843 dio libertad a los esclavos heredados, se alza el 4 de julio, con un grupo numeroso de hombres, en San Francisco del Jucaral (Cascorro), y firman la declaración de independencia. Detenido días después por las fuerzas españolas, es fusilado el 12 de agosto, en la sabana del arroyo de Méndez, con Fernando de Zayas, José Tomás Betancourt y Miguel Benavides. Una consigna triunfante circuló entre las mujeres camagüeyanas mediante la siguiente cuarteta: Aquella camagüeyana/ que no se cortase el pelo/ no es digna que en nuestro suelo/ la miremos como hermana.
Asimismo, tenía lugar en la jurisdicción de Trinidad el pronunciamiento del hacendado Isidoro Armenteros y un pequeño grupo de hombres, pero tras enfrentar combate fueron capturados, condenados a muerte y ejecutados –una semana después de los camagüeyanos– los principales jefes, es decir: Armenteros, Fernando Hernández Echerri (maestro del Colegio del Salvador) y Rafael Areís, mayoral de un ingenio. Igual suerte correrían los hechos de Vuelta Abajo.
Le recuerdo que el Liceo era una sociedad privada que, en correspondencia con sus Constituciones, tenía como ilustre patrono al Capitán General de la Isla , el general José Gutiérrez de la Concha (1850-1855). Esto justifica, al parecer, que debido a los hechos antes evocados, realizaran la función patriótica del 4 de octubre de 1851, pero a beneficio de los heridos y familias de los que murieron en defensa de la causa nacional, es decir, de los soldados españoles que lucharon contra los cubanos.
El análisis del trabajo que fue posible realizar por las seis secciones del Liceo –Literatura y Lenguas, Música, Pintura, Escultura, Arquitectura y Ciencias– durante los 25 años de su existencia, permite afirmar que, aunque el Liceo contrataba a compañías extranjeras y nacionales que garantizaban por lo general la realización de espectáculos a la altura del buen gusto del público que asistía a los mismos, paralelamente tuvo lugar, y excúsenme por utilizar un término contemporáneo, un fuerte movimiento de aficionados que puede haber sido una rica cantera de futuros talentos.
Si tenemos en cuenta que, desde 1845, la Junta Directiva expresa el propósito de “despertar el amor al trabajo en la juventud”, y la preocupación ante “el desdén con que acostumbraban a mirar a los artesanos y hasta a los artistas” –salvo excepciones, eran los negros y mulatos libres quienes se dedicaban a esos menesteres–, planteamientos coincidentes con los de José A. Saco en su famosa Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba (1830) , me inclino a pensar que aquellos hombres hicieron lo que estuvo a su alcance para lograr tan nobles objetivos formativos en los alumnos de las clases ofrecidas por las secciones –que impartían intelectuales tan notables como Antonio Bachiller y Morales, Felipe Poey, Mialhe, y que los más pobres recibían gratuitamente.
Otra interesante fuente de promoción cultural eran los juegos florales , “certamen artístico y literario de todas las secciones”, cuyas huellas se observan desde 1845 y se pierden en 1867. En estas fiestas de la cultura –que también realizaban los Liceos de Guanabacoa, Regla, Matanzas, y posiblemente Camagüey– tenían derecho a participar tanto profesores como alumnos, escritores, artistas e intelectuales en general de cualquier villa de la Isla. Contaban , por lo regular, con muchos concursantes. Sin embargo, en el Informe de 1851 se afirma que, a pesar de haber publicado los programas y premios para los juegos florales que celebrarían en noviembre, la Junta delegada había decidido prorrogar su fecha debido al escaso número de interesados en asistir.
Tiempos peores esperaban a esos eventos. Sucedió que en los programas publicados para los juegos florales que habrían de celebrarse en noviembre de 1867, aparecía un estudio sobre las obras de Gabriel de la Concepción Valdés ( Plácido ) –el autor de Plegaria a Dios–, que dio lugar al enojo de don Joaquín del Manzano, entonces Capitán General de la Isla , que en carta fechada el 28 de junio de 1867 le dice al Director del Liceo lo siguiente : “[...]cuyos antecedentes [se refiere a Plácido] no deben ser desconocidos a VS. ni a la Junta Directiva de ese Instituto, así como tampoco debe VS. ignorar, no esa Junta, que las obras del referido Valdés están terminantemente prohibidas por sus tendencias subversivas [...] no puedo menos que exigir se me den, por conducto de VS. y por los individuos que han intervenido en el asunto, las explicaciones más amplias y detalladas sobre el particular”.(4)
Con respecto a ese interesante documento que debe haber sido la respuesta del doctor José Antonio Cintra, director del Liceo, al Capitán General de la Isla , es lamentable saber, de acuerdo con el testimonio de J. Llaverías, que no aparece en el Archivo Nacional ni tampoco entre las actas del Liceo; sin embargo, afirma que le fue encomiado por los historiadores Francisco de Paula Coronado y Domingo Figarola-Caneda, que lo tuvieron a la vista. (5)
El Liceo –que llegó a contar con una biblioteca pública, Salón de Armas y Círculo de Ajedrez–, no hubiera honrado a esta ciudad ni a su historia, de no haber acogido a la mujer como colaboradora activa en sus variados proyectos, con el necesario respeto y el merecido cariño. Tanto se destacaron las mujeres, que algunas de ellas merecieron ser reconocidas como Socias de Mérito.
En la década del 60 el Liceo vivía sus últimos años. La última Directiva (elegida para el bienio 1868-1869), estuvo constituida por:
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Presidente : Conde de Casa Bayona y Vice: José Antonio Cintra.
Director: Francisco J. Calderón y Vice: Francisco Mendoza Kessel.
Contador: Juan Fiol y Vice: Juan Müller.
Tesorero: Domingo Cantélis y Vice: Manuel Fernández de Castro.
Secretario: José María Carbonell y Ruiz y Vice: Ignacio Agramonte. |
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La última función teatral del Liceo Artístico y Literario de La Habana tuvo lugar el miércoles 14 de abril de 1869. Esa noche fue presentada la comedia en tres actos y en verso, titulada Oro, copas, espadas y bastos, de Luis María Larra Figuraban en el reparto: Dolores Cabrera, Ángela López, Isabel Montaño, Pablo Pildaín, Napoleón Arregui, Juan Gomis y Jacinto Silva. Mientras eso ocurría en la capital de la Isla , es probable que en Guáimaro (Camagüey), a la luz de una vela, Ignacio Agramonte y Ramón Zambrana, dieran por terminada la inclusión de las ligeras enmiendas que debían realizar, por acuerdo de la Asamblea de Guáimaro que se desarrollaba en esos momentos, a la Constitución , redactada por ellos. Su artículo 24 contenía una declaración radical: “Todos los habitantes de la República son enteramente libres”.
Notas
(1)Alejo Carpentier: La música en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988, p. 93.
(2) Roberto Méndez: Los misterios de la ópera, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2002, p.74.
(3) Elda Cento Gómez, Roberto Pérez Rivero, José María Camero Álvarez: Para no separarnos nunca, Ediciones Abril, La Habana, 2009, pp.63-64.
(4) Joaquín Llaverías: Prefacio, en Catálogo de los Fondos del Liceo Artístico y Literario de La Habana, p. XXIV.
(5) Ibídem. |