Reconozco que siempre me resultó algo contraproducente, durante el transcurso de mis estudios universitarios, escuchar de labios de mis profesores de Economía Política que “la ley económica fundamental del socialismo era la satisfacción de las necesidades siempre crecientes de la población”. A pesar de que corrían los años de la permanencia de Cuba en el CAME y de la exorbitante ayuda soviética que mitigó en parte la escasez que habíamos padecido hacia 1970, el mantenimiento de las colas y la libreta de racionamiento indicaban que la oferta de bienes de consumo aún no alcanzaba los niveles deseados.
Por otra parte, y para hacernos menos creíble la tesis expuesta por los manuales soviéticos que servían de soporte teórico a nuestro curso, si mirábamos a las sociedades capitalistas encontrábamos un bienestar material –como promedio– superior al experimentado por la población cubana, no obstante la insistencia docente en que ese sistema social sólo se preocupaba por incrementar la cuota de ganancia que obtenían los capitalistas. Claro, justo es consignarlo, casi siempre tendemos a posar nuestra vista en Estados Unidos, y casi nunca sobre Haití.
Mas lo cierto es que los intereses del consumidor han constituido con frecuencia uno de los talones de Aquiles de nuestra economía. A partir de la imposición del embargo económico contra la Isla en 1962, las autoridades cubanas han culpado mayormente al gobierno de Estados Unidos por las carencias y penurias que ha debido soportar la población. Considero, sin embargo –sin desconocer del todo el punto de vista gubernamental–, que fueron la improvisación, el acometer planes carentes de objetividad, y la excesiva expropiación de bienes y empresas a sus legítimos dueños –sobre todo a los nacionales–, los principales causantes de los citados males. Curiosamente, en materia económica, el binomio bloqueo-deficiencias internas parece ser la frontera con que el oficialismo deslinda a los amigos de la Revolución de aquellos que no lo son. A quienes atribuyen las fallas al primero, se les califica como simpatizantes de la causa de Cuba; los que se inclinan por las segundas, son tildados con frecuencia de defensores de los intereses del imperio.
En más de una ocasión, al intentarse alcanzar determinado objetivo estratégico, de soslayo –ahora lo denominaríamos como un daño colateral– resultaron afectados los consumidores. La Ofensiva Revolucionaria de 1968 acabó con los vestigios de comercio minorista privado que subsistían en el país. Muy pronto a cualquier caminante le iba a resultar difícil toparse con un simple refresco en una urbe tan populosa como La Habana. Sencillamente , a los nuevos dueños sin rostros de la propiedad social, entre otras cosas, lo mismo les daba ofertar como no ofertar. El Estado les garantizaba el salario completo en ese intento de quemar etapas para acceder a la sociedad comunista.
En 1986, con el pretexto de que obstaculizaban el proceso de integración de las tierras privadas al movimiento cooperativo, las autoridades decidieron eliminar los mercados libres campesinos, que durante un quinquenio habían demostrado lo que podía lograrse en materia de abastecimiento de productos del agro, cuando productores y comercializadores se libraban de la excesiva regulación estatal. Apenas unos años después, los abrumados consumidores iban a encarar el inicio del período especial sin viandas, frutas ni carne de cerdo –que no venían de ningún país de Europa oriental–, además del resto de las carencias que debimos afrontar en ese lapso. Incluso hace muy poco, cuando se dijo que era preciso ordenar la comercialización de los productos de ese sector, fueron cerrados casi todos los puntos de venta diseminados por la ciudad, y se mantuvieron sólo los mercados de oferta-demanda y algunos mercados estatales. Muchas personas de edad avanzada o imposibilitadas de trasladarse a lugares distantes perdieron la posibilidad de adquirir productos esenciales para su diaria alimentación. Por suerte, últimamente se aprecia una reapertura gradual de dichos puntos de venta.
Y qué decir de las múltiples ocasiones en que hemos arribado a un establecimiento comercial y nos encontramos con los famosos “productos convoyados”. Queremos adquirir un determinado bien, y necesariamente debemos comprar también otro que no halla salida debido a su mala calidad, o el haber sido fabricado sin tomar en cuenta las preferencias e inclinaciones del consumidor.
Otras veces observamos desabastecimientos casi inexplicables si consideramos lo imprescindible del consumo o uso de algún artículo. Por ejemplo, el pasado sábado 2 de mayo desanduve gran parte de la red comercial –en ambas monedas– de los municipios de Centro Habana y Habana Vieja, y no encontré un simple cepillo dental. Imagino en qué situación hubiese quedado cualquier persona que esa mañana hubiera perdido el suyo. Pensé realizarle esa pregunta a algunas de las sonrientes empleadas que atendían al público, pero al final me abstuve; total, qué culpa tendrían ellas por tamaña escasez. De igual modo, la venta de productos liberados como el chocolatín y el yogourt de soya se ve afectada a ratos por los “baches” producidos en la oferta de esos renglones. Aunque no seamos revendedores, con frecuencia debemos acaparar determinados productos ante la zozobra de su existencia en los días por venir.
No se piense, empero, que las tribulaciones de los consumidores o clientes son privativas del comercio minorista. En las relaciones interempresariales también ellos han llevado casi siempre la peor parte, pues nuestro sistema económico estaba diseñado -al menos hasta las reformas de los años noventa, cuando de pronto proliferaron las referencias al marketing - para privilegiar los intereses del productor, en detrimento de los puntos de vista del destinatario final de los bienes o servicios.
A menudo el productor le vendía el producto a una empresa comercializadora de otro organismo, la cual, a su vez, era la encargada de hacerlo llegar al consumidor. O sea, que entre este y el productor no se establecía vínculo alguno. Producíamos a ciegas, sin importar si el producto tendría o no aceptación. Se podrá imaginar entonces el deslumbramiento que a los economistas formados en semejante concepción antimercado nos produjeron estas palabras del Premio Nobel de Economía, Wassily Leontief: “Al productor no lo puede evaluar su jefe, sino el cliente”. Por otra parte, esa manera de producir a toda costa y a todo costo, donde lo más importante –y en ocasiones lo único– era cumplir el plan de producción, nos conducía a la escasa competitividad de nuestras producciones a nivel internacional.
Todo lo anterior acudió a mi mente después de una visita al mercado agropecuario de Cuatro Caminos, una apacible mañana dominical del pasado mes de mayo. Sus portales ya no son testigos del ajetreo de los revendedores que antes ofertaban todo tipo de mercancías, entre ellas las normadas por la libreta de racionamiento. Es usual la presencia de policías en la zona para hacer cumplir las disposiciones contrarias a esa práctica de comercio informal. Ese día, después de realizar mis compras en el mercado, salí a uno de los portales con la intención de adquirir alguno de los periódicos que circulan los domingos. Enseguida divisé a un anciano que habitualmente vende los periódicos, pero que esta vez, de seguro temeroso por encontrarse al alcance de la mirada de un policía, escondía en una jaba su preciada mercancía.
Me acerqué al señor al tiempo que lo hacían también otros dos posibles compradores. Todos sabíamos lo que él ocultaba en la jaba. Pero nada. El hombre se negó rotundamente a vendernos un solo periódico. Mas, ¿qué daño le puede causar a la economía nacional el hecho de que ese señor se busque algún dinerito vendiendo los ejemplares a un peso? Nadie está obligado a adquirirlos. Pueden ir a los estanquillos de prensa y perder tres o cuatro horas de su tiempo en una cola para comprarlos a veinte centavos.
El saldo de lo sucedido esa mañana podría sintetizarse del modo siguiente: perdió el anciano que no pudo vender sus periódicos, y perdimos nosotros, como consumidores, que nos quedamos sin leer Tribuna de La Habana y Juventud Rebelde . En cambio, ganó una de las modalidades del bloqueo interno que nos impiden el despegue.