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A ti mi voz, a ti mi pensamiento,
Madre del Redentor y madre mía,
Suban en alas del ligero viento
Mi dolor a decirte en mi agonía.
Yo soy la joven que esquivé orgullosa
De tu excelsa misión el santo ejemplo,
Y envuelta en sedas por mostrarme hermosa
Con mi soberbia profané tu templo.
Yo, la esclava del sórdido egoísmo,
La que negué limosna al pobre anciano
Que del hambre sumido en hondo abismo,
Al ver mis joyas me tendió la mano.
Yo, la que ciega fui tras los amores,
Y en su copa me dieron los placeres,
No la plácida esencia de las flores,
Sino el cáncer de impúdicas mujeres.
La que azoté con mano despiadada
A la mísera sierva, que en sus brazos
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Bien pudo ahogarme, al ver ensangrentada
Su negra piel cayéndose a pedazos.
La que sin sed en fuente de riqueza
Cual seca esponja sumergió su vida,
E insultando en festines la pobreza
A Lúculo ensalzó desvanecida.
Yo soy la que envidié cuanta ventura,
Y cuanto amor y cuanta paz encierra
El virgen corazón y el alma pura,
De los que son felices en la tierra.
Yo soy, en fin, la torpe sibarita
Que vio las horas resbalar serenas,
Y en su pereza no escuchó la cuita
Del mal ajeno ni sintió sus penas.
A ti mi voz, a ti mi pensamiento,
Madre del Redentor y madre mía,
Suban en alas del ligero viento
Mi dolor a decirte en mi agonía! |
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Ni temo el odio, ni el desdén me irrita,
Ni late el corazón, ni el alma inquieta
Con la imagen de un lauro de poeta
Goza feliz; ni férvida palpita;
El fuego de la gloria no me agita,
Ni está mi vida a la ambición sujeta;
Mi más bella ilusión es cruel saeta,
Mi esperanza mejor es flor marchita. |
Versos… delirios… lágrimas… anhelo…
Nubes y nieblas son en mar sombrío;
Ni espero bien, ni de mi mal me duelo;
Sus alas pliega el pensamiento mío,
Y fijando los ojos en el cielo
Tan sólo en Dios y su bondad confío. |