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APOSTILLAS

Con ocasión del 20 de Mayo:
por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
Una vez más, algunas reflexiones sobre nuestra República

16. Me parece que un proyecto de cambio, en las condiciones actuales, debe provocar reacciones de confianza en la población, de manera muy especial entre los jóvenes, tan distantes, con demasiada frecuencia, de nuestros intereses genuinamente cívicos y ellos, todos, deberían ser nuestros Elpidios. Pero, a mis ojos, tal proyecto debería ser humilde y evitar la altisonancia, la espectacularidad y la retórica que suelen acompañar a vocablos como “refundación” y otros de igual talante superlativo. Al mismo tiempo –y esto tiene que ver con la humildad– debería ser un proyecto sumamente realista. Estimo que se trata de revisar y cambiar todo lo que sea necesario para que la Nave Cuba emprenda una nueva andadura, un nuevo proyecto de convivencia y promoción humana integral. No olvidemos que en el proceso revolucionario que condujo a la huida de Batista y a la instalación del poder revolucionario, uno de los slogans que más adhesión provocaba era, precisamente, la restauración efectiva de la Constitución de 1940, unido, evidentemente, a la reorganización de los partidos políticos, deshechos durante el segundo gobierno de Fulgencio Batista (1952-1958) y a las elecciones libres. La adhesión de la casi totalidad de los jóvenes cubanos –entre los cuales me encontraba, entonces, yo mismo– al proceso revolucionario, no exenta de exaltación romántica, se debió en gran parte a esta evocación de cambio político, unida al deseo muy firme de cambio social, de “revolución” . ¡Y pensábamos los jóvenes de entonces que ese cambio social, revolucionario, era armónico con el texto constitucional de 1940, nunca cumplido en su totalidad, que debería marcar la ruta! Para nuestros ojos y corazones juveniles, bastaba el cumplimiento de lo no cumplido, pero sí expresado y anunciado en aquel texto (por ejemplo, la reforma agraria), para que la revolución fuese la opción más válida.

17. Otros prefieren la redacción de una nueva Constitución, ya que relacionan la de 1940 con todos los fracasos republicanos –de diversa coloración– posteriores a 1940. Por otra parte, estiman que la Constitución socialista vigente, la de 1976, reformada con posterioridad, carece de poder convocatorio suficiente, en el orden nacional, y de “prestigio” jurídico en el internacional. Y una Cuba en cambios necesita tanto del poder convocatorio nacional –sostenido y firme, no de utilería teatral–, cuanto de este “prestigio” o “aura” en sus relaciones internacionales, tan imbricadas con la realidad nacional. Recientemente, tengo la impresión de que Cuba ha ido ganando puntos en sus relaciones internacionales, no sólo con relación a la América nuestra, sino también para con la América que no es nuestra, y para con el resto del mundo. Quizás, en el marco de una atmósfera positiva, no sería necesaria mi postulada reimplantación de la Constitución de 1940, reformada, para incrementar el mayor posible apoyo interno y la mayor posible comprensión internacional. Quizás ambas apoyaturas puedan reforzarse de manera suficiente con la Constitución de 1976, también reformada… Los responsables más directos de la cosa pública, en diálogo fecundo con especialistas en Derecho Constitucional, con los economistas, sociólogos y analistas políticos, son los llamados a elegir el mejor camino posible. Uno u otro de los tres caminos posibles (Constitución de 1940 reformada-Constitución de 1976 reformada-Nueva Constitución), serían válidos en la medida en que los actores de la cosa pública actúen en todo regidos por lo que JOSÉ MARTÍ calificaría como “genial moderación”.

18. ¿Fue para el Apóstol una característica ya adquirida en su contemporaneidad por la mayoría del pueblo cubano? ¿Fue un valor interiorizado sólo por algunos? ¿Era una meta y una tarea su adquisición generalizada? No me siento capaz de ofrecer una respuesta categórica. Me inclino por el juicio de que la “genial moderación” era una actitud interior adquirida por una parte significativa del pueblo cubano, en algunos aspectos de la existencia. En otros, regía y rige la desmesura. Pero me parece que, en términos generales, nuestro pueblo se inclina a la moderación cuando se dan ciertas condiciones favorables. Me parece que colaborarían a la adquisición generalizada de la “genial” moderación: el cultivo de la estabilidad socioeconómica, de la institucionalidad efectiva y tranquila, vacunada contra todo tipo de “carismatismos” o “protagonismos” excepcionales, la educación adecuada en valores y en cuestiones humanistas, incluyendo los valores estéticos y la “urbanidad” en las relaciones humanas, el cultivo de la racionalidad y la promoción de la mejor vivencia de “lo religioso sano”, así como la exclusión atenta de los componentes irracionales, fanáticos y atentatorios a la eticidad razonable, el funcionamiento eficaz de la custodia del orden público y del tratamiento de la criminalidad y los desatinos sociales. Quizás la lista de recomendaciones podría ser alargada, pero estas realidades indican las que, según mi criterio, se deberían promover, con suficiente visibilidad. Así como lo que se debería cancelar de nuestro horizonte nacional isleño.

19. Este no debería vaciarse de la confluencia efectiva –después de haber pasado por los filtros de las guerras independentistas y por los logros y las frustraciones de nuestra más que centenaria República– de las dos corrientes fundamentales y fundacionales con las que siempre nos topamos en la Casa Cuba, al menos desde fines del siglo XVIII y hasta este amanecer del siglo XIX: la utópica y la pragmática. Corrientes muy evidentes en los liberales del siglo XIX y, no tan explícitas pero igualmente vigentes, entre los socialistas de los últimos decenios. Antes y ahora, hay utopistas y pragmáticos tanto entre los liberales, como entre los socialistas. Dejando sentado, por demás, de que en todo ello, en el orbe socioeconómico y político, en Cuba, como en casi todas partes, hay escalas. Las cosas, en este ámbito como en tantos otros, no se nos dan en blanco y negro, sino en gris, con predominio de una u otra tonalidad. Además, las fronteras no suelen resolverse en una línea nítida, sino se constituyen en una zona intermedia, identificada por las difuminaciones.

20. Opino que no se debe prescindir ni de una, ni de otra, ni de la más allá, con la condición de que se las asuma a todas en su verdadera identidad, en su espacio propio, y de que ninguna prescinda de la dimensión dialogal respetuosa, que me resulta imprescindible para tener derecho de ciudadanía en este País. Simbiosis de Don Quijote y de Sancho Panza, que aflora en el “cuerdo” Alonso Quijano el Bueno. El pragmatismo no debería equipararse a un “todo vale”, propio del ultra posmodernismo. Repito el lugar común: el fin no justifica los medios. La hipotética bondad de un fin no cambia la naturaleza perversa de un medio malo que podría ser eficaz a determinado plazo. El pragmatismo no debería evitar, en ninguna hipótesis, ser regido por una ética bien articulada, razonable y humanista. No necesariamente “cristiana” o “católica”, pues todos los cubanos no adherimos a la fe religiosa que la sustentaría en ese hipotético caso, pero sí deberíamos adherir todos a la condición humana en todo su esplendor, a los postulados y asertos de una buena antropología genuinamente humanista, que podrían suscribir, en Cuba, un ateo o un agnóstico, así como un cristiano de cualquiera de las confesiones que integran esta familia de la fe, un judío, un musulmán y un creyente genuino de alguna de las familias religiosas de origen africano. No estoy tan seguro de que podrían suscribirla “fanáticos" de cualquiera de esta actitudes ante el hecho religioso, ni los que afirman profesar una religiosidad animista africana y en realidad lo que profesan son inclinaciones irracionales de carácter mágico y supersticioso o desatinos sexuales y vengativos, característicos del bajo mundo.

21. Porque, me parece que, por su parte, las corrientes utópicas, que nutren utopías de diverso signo y de analogías sustanciales, han tenido la función social de sostener una sana nostalgia de futuridad, de colocarse siempre por delante, más allá de la realidad. Y serán tanto más valederas y eficaces en la medida en que, al tenerlas en cuenta, no olvidemos que cualquier “utopía”, en rigor de términos griegos, ou-tópos es el no-lugar, algo realmente “inexistente” en el tiempo y el espacio dados. Pero una utopía social, coherente con el ser de la Nación, existe y opera en el tiempo y el lugar del corazón y de la razón. Me atrevo a utilizar la socorrida terminología escolástica clásica para referirme a esa clase de utopía como algo real a parte rei. Es decir, la utopía es horizonte que imanta y orienta; estimula y puede llegar a realizarse parcialmente pero, como no se alcanza del todo, continúa tirando hacia ella. Meta en cierto sentido inalcanzable por esa flecha bien orientada, que debería ser todo esfuerzo encaminado a lograr la mayor cuota de bienestar posible para la persona humana en su existencia terrenal. Es el equivalente, para la existencia razonable, del dicho evangélico: “Sean perfectos como el padre celestial es perfecto” . Ningún ser exclusivamente humano puede ser perfecto como el padre celestial, pero debe tender hacia Su perfección durante toda su existencia terrenal. Jesucristo, a la luz de nuestra fe, no era un ser exclusivamente humano: era Dios hecho hombre, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios perfecto y hombre perfecto; semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. La utopía pierde su carácter estimulante y hasta brujuleador cuando una persona o un grupo humano, con dosis significativas de poder socioeconómico, político y administrativo, la “confunden" con la realidad en la que el grupo se instala y pretende instalar a los demás. Inútil pretensión del que, deambulando por el desierto, ve un oasis en donde sólo hay un espejismo atractivo. Tentación de la tortuga que quiera correr como un galgo y de la bijirita que desee alcanzar en su vuelo al cóndor. La flecha pierde el rumbo, se disloca, cae por tierra y recula, diluyéndose en agua pantanosa el nutriente ya adquirido.

22. Ambas actitudes, la pragmática y la utópica, han estado y están presentes en Cuba, en el seno de diversos proyectos sociopolíticos y económicos. Los riesgos que comportan, no anulan mi convicción de que ambas actitudes –el pragmatismo y la utopía– son sazones convenientes para alcanzar una “sabrosona” y bienhechora conducción de la sociedad humana. Ambas deberían ser acogidas, por derecho propio –como complementarias, correctora la una de la otra– en los intercambios para la elaboración de anteproyectos y proyectos que deseen prestar cimiento, armazón y urdimbre a la Casa Cuba, que tengan como finalidad nutrir las raíces del Árbol Cuba y enrumbar correctamente la Nave Cuba.

23. Incluí con anterioridad, una referencia al mestizajeen el marco de la educación. Es obvio que cuando pienso en educación en ese marco, no la pienso sólo como medio para superar los traumas derivados de la esclavitud. Pienso en una educación que, además de ese tópico (asunción positiva interiorizada del mestizaje):

a) Nos haga capaces de asumir nuestra identidad en todas sus dimensiones, con sus carencias y defectos, y con sus realizaciones y virtualidades. No somos ni los más inteligentes de América, ni los más alegres del mundo, ni los más acogedores y simpáticos que alguien pudiera imaginar, ni nuestras mujeres son las más bellas (aunque haya algunas capaces de parar el tráfico de cualquier gran urbe y de competir con Nefertite o una figura femenina de Boticelli), ni esta es “la tierra más fermosa que ojos humanos vieron”, idealización colombina después de las incertidumbres marinas de un viaje prolongado, pero tampoco somos los más lerdos, vagos, fanáticos, feos y desvergonzados que habitamos en el globo terráqueo; ni nuestro País es una bazofia despreciable. En esto, como en casi todo, in medio virtus.

b) Incluya el abandono de una mítica nostalgia de un pasado de oro que nunca existió en nuestra historia: ni en los años de la colonia, ni en los primeros decenios republicanos, pero que sí fue capaz de producir frutos valiosísimos en medio de nuestras contradicciones sociales y culturales.

c) Incorpore de manera eficaz la cultura del diálogo y de su inevitable buen acompañante, la tolerancia intelectual, afectiva y volitiva, incluyendo en ella el ámbito de lo religioso. Ella, la tolerancia real, es el test que muestra si la cultura dialogal ha sido interiorizada, asumida. Después de la primera redacción de este ensayo, hemos dado pasos significativos en esta dirección, pero el tramo por andar es todavía largo. La herencia de intolerancia en Cuba, en casi todos los ámbitos de la vida, individual y comunitaria, es pesada y compleja. Pero debemos prestar atención para no caer en el extremo contrario, el “todo vale”, bajo la sombrilla de la tolerancia. Creo que todos estaríamos de acuerdo en que hay fronteras que nunca se deberían traspasar en una existencia que se precie de ser razonable.

d) Integre lo nacional en lo universal, exorcizando así la fatalidad insular, los demonios del agua que nos rodea por todas partes y que podrían tentarnos con uno de los mayores pecados del “encierro”, el ultranacionalismo.

24. Tal educación, que aúne lo mejor del padre José Agustín Caballero, del padre Félix Varela y de la tradición del Seminario San Carlos y San Ambrosio, de Luz, de Domingo del Monte, de Arango y Parreño, de Saco, de JOSÉ MARTÍ, de Enrique José Varona, de Medardo Vitier, de Don Fernando Ortiz, de Jorge Mañach, de Vicentina Antuña, Rosario Novoa, Soto, etc. (prescindo de los “maestros” aún vivientes para no verme obligado a introducir matices interminables o a caer en el principio de una aparente adulonería facilona o de una crítica hiperbolizada), nos podría ayudar a la promoción de un enraizamiento amoroso, no fatalista, en esta “isla, lo menos tierra de la Tierra ” . Pero tan nuestra, la única que, aunque “menos tierra”, es realmente nuestra.

25. La asumimos, de nuevo glosando a Dulce María: sabiendo que el Almendares no tiene los horizontes, ni el caudal del Amazonas, los misterios o la longitud del Nilo, ni los estímulos inspiradores del Danubio (que, en realidad, no es tan azul), ni la historia riquísima del Tíber, el Sena, el Támesis o el Rhin, “pero es mi río, mi país, mi sangre” (Dulce María Loynaz: “Al Almendares”, en “Agua del Río” ). Nuestra sangre es esta Isla, que no es el arrogante Titanic (que, lamentablemente, se fue a pique, en su primer viaje, con sus cuatro chimeneas y casi todos sus pasajeros de tan diverso pelaje), sino es, sencillamente, la Nave Cuba, una navecilla grácil. Tal vez sea sólo un lagarto verde, nunca caimán o cocodrilo, en la que las únicas bestias malas que la han habitado hemos sido algunos de los nuestros, los cubanos mismos. Sin embargo, en ella, la mayoría de los que ahora somos cubanos por la raíz y la corola, por el nacimiento no elegido y la decisión sostenida (a veces contra viento y marea), conservamos el regocijo de ser personas y la razón y la íntima dignidad de serlo; porque, aunque tantas veces nos hemos desangrado como los pelícanos eucarísticos, nunca hemos sorbido la sangre de otras criaturas, como suelen hacer los vampiros, sordas criaturas de las tinieblas (cf. Dulce María Loynaz: Poema CXXIV, en Poemas sin nombre). Porque aunque podamos confesar con Charles Baudelaire “nuestros pecados son tercos, nuestros arrepentimientos tardíos”, no lo acompañamos –¡infeliz poeta!– en la convicción de que el único jardín posible, regido por el Tedio, es el de Las flores del mal (cf. Charles Baudelaire, “Prefacio” a Las Flores del Mal, 1857). Nuestra flor nacional sigue y seguirá siendo la mariposa –blanca, delicadamente perfumada y barroca– y los árboles que nos identifican son, y también seguirán siendo, la erguida palma real y la umbrosa y acogedora ceiba. También –¿por qué no?– la socorrida ciguaraya.

26. Reconozcamos que, en algunos aspectos, Cuba es una semillita de mostaza o un polvillo de fermento; no mucho más, si la ponemos en parangón con algunas naciones que contienen los gérmenes de las culturas fundacionales de la humanidad actual… Pero soñemos en nuestra Cuba posible, esa Cuba pequeña y pobre, pero digna y éticamente ejemplar, que ofrezca un hábitat preservado y una sociedad regida por los mejores patrones de justicia distributiva y solidaridad, así como de su basamento, la libertad responsable; una Nación que haya desterrado, en principio, toda forma de violencia en las relaciones humanas y todo atentado a la vida; que promueva la cultura genuina y se acepte como lo que es y lo que desde su ser se pueda levantar; que no desee más andar en zancos… Cuba que ande con sencillez y elegancia sobre su propio calzado, con su propia estatura y no pretenda recorrer su futuridad a zancadas, sino con el paso que le permite la longitud de sus miembros… Cuba pequeña y pobre, es cierto, pero inverosímil acumuladora de talentos, no siempre llamativos, sino tocados por la discreción que les corresponde y la “genial moderación” y que, precisamente gracias a ello, son capaces de colmar la vida cotidiana con los nutrientes espirituales que pueden hacer de ella un hogar, una casa común, amable y más que amable, en la que hasta lo que, a primera vista, podría dar la impresión de no encontrar el lugar adecuado, pueda hallarlo por contrapunteo ingenioso. Y así lograr sutiles pero estables armonías. La Casa Cuba, alrededor de cuya mesa dominical se pueda sentar toda la familia, los cubanos, a saborear y compartir lo que tengamos, que en ocasiones será un buen pernil de cerdo asado, y en otras tendremos solamente un dulce boniato con frijoles negros, pero ¡qué sabroso nos sabe todo en esa mesa, soñada y compartida, de nuestra Casa Cuba! Los genios deslumbrantes no abundarán entre nosotros, pero los monstruos tampoco. Son tan excepcionales, unos y otros que, precisamente por ello, somos capaces de señalarlos con el dedo, con poco riesgo de error, sea para con los unos, que admiramos, sea para con los otros, a los que más le valiera no haber nacido.

27. Estoy convencido (y costaría mucho trabajo “desconvencerme” de ello) de que nuestra calamitosa situación actual es un útero peculiarmente fecundo para esa criatura nueva que soñamos, con realismo casi genético: la Cuba aún secreta –¡ay María Zambrano!–, pero cuya eclosión es probable, no sólo posible. Cuba, por primera vez en su historia no depende con casi exclusividad de ningún otro Estado. Ni de España, como en los cuatro siglos de régimen colonial; ni de los Estados Unidos de Norteamérica, como en los primeros sesenta años de vida republicana; ni de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y su CAME que nos permitieron sobrevivir durante unos cuantos años, pero nos obligaron a bailar al compás de melodías que no nos gustaron y nos provocaron callos y ampollas en los pies. Ahora algunos países nos apoyan y nuestro gobierno trata de ampliar ese abanico, pero nadie paga lo nuestro con billetes de primacía. Por consiguiente, nadie nos pone la música al compás de la cual deberíamos bailar.

28. Quizás por primera vez en nuestra historia de más de cinco siglos, tenemos la oportunidad de poner nuestra propia música y de danzarla con la gestualidad que nos salga de nuestra propia entraña, no con la que nos venga impuesta. Cuba ha sufrido la frustración de una verdadera independencia cuando se desgajó políticamente –nunca afectivamente– de España; ha sufrido la frustración de fracasos democráticos, de ilusiones apagadas y de sueños que terminaron en pesadilla durante su vida republicana. Tales dolores no deberían engendrar desaliento, ni menoscabo, en el aprecio por la propia identidad, sino sabiduría, cautela y madurez o prudencia política –de nuevo, la genial moderación martiana–, así como el necesario intercambio, fluido y generoso, entre cultura y acción socioeconómica y política. Es decir, cimientos de la polis, de la “civilización” que heredamos de las tradiciones judeo­cristianas y greco-latinas, a las que no faltan injertos y margullos, que nunca deberían confundirse con las plantas parásitas o los hongos devastadores.

29. También por primera vez, los cubanos nos reconocemos como parte integrante de la América hispano-portuguesa y del Caribe; reconocemos las matrices europeas, la influencia norteamericana y las raíces africanas múltiples –multiétnicas y multiculturales–, que cualifican peculiarmente nuestro creciente mestizaje esencial. Cuba, pues, por razones culturales, ondas que recorren el universo mundo, políticas y económicas, promueve, según el caso y las posibilidades reales, esta interdependencia pluralista, se libera de una dependencia monopolizadora y se coloca, de buen o de mal grado, en su lugar propio.


30. Añádase la multiplicación de “islotes-fermento”, de jóvenes lúcidos con sólida raigambre cubana y proyectos penetrados, quizás, por la ingenuidad, la inexperiencia y el entusiasmo que desearía ver en todos los jóvenes, pero bien direccionados. Lamentablemente, tengo la impresión –es mi experiencia personal– de que no abundan entre ellos los jóvenes católicos “en serio”, “comprometidos”. Casi todos los que conozco son creyentes, abiertos a la Trascendencia y con una gran simpatía y hasta una cierta admiración por la Iglesia Católica, pero están, también, casi todos los que conozco en ese ámbito, muy lejos del paso a la pertenencia institucional y a la vida sacramental que, en términos generales, por el momento, no parece interesarles mucho. Reconocen el peso de la Iglesia Católica en la formación de nuestra identidad y saben que deben contar con ello si pretenden aprehender nuestra identidad, pero no van mucho más allá.

Hemos formado buenos catequistas, cantantes de coros que acompañan celebraciones litúrgicas más o menos dignas, conviventes de verano y peregrinantes que la pasan muy bien reflexionando uno y otro año, sobre la amistad fraterna, la vocación (que casi ninguno se plantea en serio), la castidad (que muy pocos observan) y el matrimonio (que romperá luego con mucha facilidad), críticos agudos y distanciados del marxismo decadente, candidatos a la emigración frecuentemente deslumbrados por espejismos), conocedores (no siempre muy respetuosos) de la ética en torno a problemas tan vitales como la paternidad responsable, etc., pero no hemos tenido mucho éxito en la formación de culturólogos, literatos, artistas, políticos, politólogos, etc. Quizás la circunstancia socio-política y las dificultades para la evangelización, padecidas durante los últimos decenios, han dificultado la tarea de formación de esos “tipos” de persona y su incorporación efectiva a la vida de la Iglesia y de la sociedad cubana, pero tengo la sospecha, por no afirmar que se trata de una casi certeza, de que este “fracaso eclesial” (si es que se puede calificar así el escasísimo número de católicos comprometidos entre los artífices de la sociedad cubana) tiene una historia mucho más larga que la duración del período revolucionario de nuestra República. A mi entender, se percibe desde hace casi siglo y medio, por lo menos.



31. Yo los invito a que hagan una investigación sobre los hombres del mundo de la cultura y de la política en Cuba durante los últimos cien años: ¿cuántos, siendo ya jóvenes o adultos, han estado institucional y sacramentalmente identificados con la Iglesia ? Casi todos son hombres y mujeres bautizados; una buena mayoría, en alguna parte de su niñez o juventud, estuvo vinculada con instituciones católicas de educación; hasta hace treinta años, la mayoría “se casaba por la Iglesia ” y, alcanzada la rigidez cadavérica o casi, sus familiares pedían la intervención sacerdotal (últimos sacramentos ya perdida la conciencia, responso, solemne funeral católico, etc.). Hasta hace treinta años, eso “vestía bien”, era la moda. Casi nadie hubiera osado no hacerlo, como ninguna viuda hubiera osado dejar vestirse de negro durante un cierto tiempo y de “aliviar el luto” paulatina y progresivamente, o ninguna novia se hubiera atrevido a casarse con un vestido que no fuese blanco. Pero inculturar el Evangelio y la ética católica es algo más serio y riesgoso.

32. Para no remontarme al análisis de hechos más remotos (preparación y realización de la Guerra de Independencia, Constituciones de 1901 y de 1940, articulación de las relaciones económicas y sociales en el País, Enrique José Varona y su influencia sobre la juventud y sobre los programas educacionales oficiales, publicaciones culturales importantes, individualidades influyentes en el mundo de la cultura, la economía y la política, etc.), me remito sólo a un proyecto cultural (con resonancias de diverso orden, sin excluir el político), como fue el llamado “grupo Orígenes ” y a su revista. Católico en su médula y en la mayoría de sus miembros activos y permanentes, este grupo fue contemplado con indiferencia, si no con menosprecio, por la mayor parte de los miembros de nuestra Iglesia: feligreses laicos, religiosos, sacerdotes y obispos. La presencia y el trabajo, de una eficaz “pastoral de la cultura”, desarrollado por monseñor Ángel Gaztelu, tanto en el seno de este grupo como en los medios intelectuales, artísticos y, en menor medida, en los movimientos políticos y sociales de la época, era objeto, en su momento, de un gran silencio y hasta arropado por sospechas de pésimo gusto acerca de su integridad sacerdotal. Nunca dejó de ser párroco y de atender las parroquias a su cargo con la misma atención y celo que la media sacerdotal de aquellos años y, sin embargo, hasta dónde yo conozco, en su juventud, nunca fue estimulado por sus superiores eclesiásticos en su descomunal y poco frecuente esfuerzo de “pastoral de la cultura”, encontrando inverosímilmente el tiempo para tertulias, conversaciones y “animación espiritual” de aquellos hombres y mujeres, excepcionales en la Cuba del momento, para los que el padre Gaztelu era y sigue siendo, sencillamente “el Padre”, con mayúscula, sean o no católicos. Afortunadamente los obispos habaneros de su edad adulta, monseñor Evelio Díaz y el cardenal Jaime L. Ortega sí lo apoyaron y fueron amigos perfectamente identificables como tales.

33. Orígenes marcó con su sello peculiar la cultura cubana contemporánea; los cincuenta años del inicio de su revista fueron festejados en Cuba con un gran evento cultural. España se unió a la celebración pues los españoles que se ocupan de cuestiones culturales consideran Orígenes como uno de los frutos mejor sazonados de la buena tradición hispánica en nuestro continente. Ahora nos llenamos la boca para recordar siempre la medularidad católica de Orígenes, pero cuando el grupo era una realidad viva y no una realidad histórica (con consecuencias, pero ya un capítulo de la corriente de agua discurrida bajo el puente), los consideraban a todos “marginales” : el padre Gaztelu “perdía tiempo” en frivolidades artísticas y culturales; los laicos no eran demasiado importantes, pues no daban catequesis, ni adherían a la Acción Católica o a alguna respetable cofradía parroquial (que, dicho sea de paso, el padre Gaztelu nunca dejó de atender y promover, sea en Bauta, sea en el Espíritu Santo). Hablamos fácilmente de la pastoral de la cultura (que incluye la “pastoral de lo político”, entrelazada con ella y emanación de la misma), pero.. ¡ay de aquel que osare incursionar en ese terreno: si no fuese discreto, podría mostrar las huellas de los porrazos recibidos por parte de sus propios colegas católicos! Y, en verdad y muy en serio, estimo que un proyecto de la Iglesia Católica con relación a la promoción humana del País, no puede dejar de integrar un ante-proyecto de “formación de cuadros” –expresión actual que detesto– en el terreno de la cultura. No sólo de la eclesiástica y no sólo “teórica”, sino incluyente de la capacitación para las relaciones humanas amigables con los mejores actores de la cultura nacional. Sean quienes sean, sea cual sea su identificación ideológica, ética, etc., que es el cimiento, y política, que es su floración. O, al menos debería serlo. No permita Dios que se repita la situación cultural y política de principios del siglo XX, o sea, de inicios de la República, tan cargada de anticlericalismo agresivo y de menosprecio hacia la Iglesia Católica y sus personalidades. De la misma Iglesia dependerá.

34. PUNTO FINAL… POR EL MOMENTO. En principio, Cuba vive, desde hace varios meses, una cierta esperanza de cambios en orden a lograr una sociedad civil más abierta y un engranaje económico más eficaz. Si ocurren realmente estos cambios, que sólo menciono de modo genérico, mejoraría, en principio, la calidad de vida del cubano medio. Aunque las autoridades siempre insisten en que los eventuales cambios no acarrearán necesariamente cambios de signo político y que todos se realizarán dentro del marco de un socialismo perfeccionado, me sorprendería que tuvieran lugar tales cambios reales sin “tocar” el sistema político. Las autoridades cubanas se expresan en términos de “mejorar el socialismo”. Algo así como el “socialismo del siglo XXI” al que se refieren con frecuencia algunos dirigentes políticos suramericanos. No soy analista que esté al corriente de todo lo que sucede, pero me pregunto si acaso ese “socialismo del siglo XXI” (mencionado pero no definido) no equivaldría a algo similar a lo que conocimos antaño como “socialdemo­cracia” en sus diversas versiones. Cuando pienso en ese futuro de Cuba, que –a pesar de la arrasadora crisis económica mundial– ya no debe estar muy lejos, pienso en un ordenamiento estatal (incluyendo la economía y la política, pero no solamente) de ese talante, llámese socialismo del siglo XXI, socialismo reformado, simplemente socialismo o socialdemocracia.

35. Como sigo estando enfermo de ese virus que suelo calificar como “nostalgia de futuridad”, de una futuridad mejor, no me cierro a la esperanza en la realización de ese camino, aunque confieso que, en mi caso, se trata de una convicción que encuentra sus raíces en un terreno que se encuentra más allá de la razón pura, aunque no está sembrada en la ciencia-ficción. No hay signos evidentes, que puedan ser contados y medidos, pero hay perfumes sutiles que me nutren. Dios y el correr del tiempo de los hombres dirán las palabras definitorias.

Cuando pienso en esa Cuba nueva y mejor, imagino un país en el que todos encontremos lugar apropiado, un país bien articulado, pero del que no estarán ausentes ciertas carencias y problemas. Un país integrado por cubanos y, entre nosotros, lo sabemos, hay de todo: personas capaces y buenas, pero también pillos de feo pelaje. Y todos seremos los responsables de cargar esta Isla en peso, como nos ha dicho Virgilio Piñera. Todos, tal y como somos, estaremos viviendo en esa nueva Casa Cuba; todos nos refrescaremos a la sombra de la Ceiba Cuba ; todos continuaremos navegando hacia nuevos horizontes en la Nave Cuba. La historia de los hombres existe desde los inicios de la persona humana en este planeta y continuará hasta el final de esa presencia. No admito el final de la Historia sino como un hecho escatológico trascendente, dependiente del dedo de Dios. Pero mientras esto no suceda, aquí estamos, sostenidos consciente o inconscientemente por los pilares de la Fe, la Esperanza y la Caridad /amor. Para mí, Cuba es también, servatis servandis et mutatis mutandis, un acto de Fe, Esperanza y Amor.

La Habana, 13 de mayo de 2009