TESTIMONIO
Regla. Foto: Orlando Márquez.
 

Desde la otra orilla...

por padre José M. González(*)
Foto: Orlando Márquez.


Su parroquia, el Santuario de la Virgen de Regla, está en la otra orilla de la bahía de La Habana. Desde mi parroquia del Espíritu Santo, en La Habana Vieja, muchas veces mirando para allá me preguntaba: ¿qué estará haciendo ahora mi buen amigo Mariano?

Conocí al padre Mariano Arroyo al poco tiempo de mi llegada a Cuba hace ya nueve años. Sacerdote diocesano y español, como yo, pronto tuve en él uno de mis mejores amigos en lo personal y maestro insustituible en el arte de “aplatanarse” o adaptarse a los modos y costumbres de esta tierra y este querido pueblo de Cuba. Su larga trayectoria como sacerdote misionero, primero en Chile y luego en Cuba, su inteligencia preclara, su amor a la Iglesia local, fuera cual fuera, y su entrega fiel e ininterrumpida a las tareas pastorales, hicieron de Mariano un sacerdote al que todos admirábamos y del que todos aprendimos muchas cosas buenas.

Cántabro de nacimiento, madrileño de adopción, y cubano de corazón, el padre Mariano era un hombre bueno hasta decir basta, religioso y piadoso sin afectación, de convicciones profundas, ideas claras y siempre frescas, actualizado en los saberes teológicos y filosóficos, envidiable en su capacidad constante de generar iniciativas nuevas en el trabajo pastoral, preocupado por la formación del clero y de los laicos, puente de contacto y contagio para que otros sacerdotes foráneos viniesen acá, enamorado de nuestra América y, particularmente, de esta querida tierra cubana con sus gentes y costumbres, trabajador infatigable en la viña del Señor. Parecía que la edad no le pasaba factura, incansable aun en medio de los achaques que ya últimamente le iban afectando. Respetuoso y amable con las opiniones de los demás, muy reservado en las cosas delicadas, espontáneo y locuaz al exponer sus criterios y perspectivas, era un sacerdote encarnado en la realidad, con los pies en el suelo, pero sin estridencias. En Regla había descubierto el inmenso campo pastoral de la religiosidad popular y el sincretismo religioso de tradición afrocubana. Animaba constantemente, insistía a tiempo y a destiempo, especialmente a nosotros sus hermanos sacerdotes, a no menospreciar la humildad y la incultura religiosa de estas buenas gentes, que, sin llamarles, vienen constantemente a nuestros templos. “Sus ignorancias –decía Mariano– no son culpa de ellos sino nuestras; si no saben, es porque nadie les ha enseñado”, sentenciaba.


Muy austero en lo personal, muy generoso con los demás, ayudaba mucho a los más pobres pero sin hacer alarde de ello. Su carro, transitando incontables veces el trayecto del anillo del puerto, entre Regla y la Habana Vieja, casi siempre iba lleno de gente, unos conocidos y otros no, ocasión que, según él mismo contaba, nunca desaprovechaba para presentarse como sacerdote y presentar el Mensaje de Jesús. Quizás un enésimo gesto de generosidad y confianza, último y trágicamente definitivo, le hizo abrir la puerta de su casa parroquial de Regla, en horas intempestivas de la madrugada, como el criado fiel y solícito del Evangelio, al reclamo de quienes a la postre serían sus verdugos.

Ese lunes en el que su vida le fue arrebatada tan cruelmente, debía comenzar un curso de Cristología con los jóvenes de la “Escuela de Verano” del Instituto de Ciencias Religiosas Padre Félix Varela del que fue director hasta hace dos años. Si con dos palabras tuviese que definir al sacerdote Mariano Arroyo, yo diría que fue un gran “enamorado de Jesucristo”. Su gran pasión era leer cristología para conocer más y mejor a Jesús para así poder predicarlo mejor. Todos intuimos e imaginamos que su muerte tuvo un carácter sacrificial como la de Jesús, entregando su vida consciente y libremente, perdonando a sus ejecutores, orando por su amado rebaño parroquial de Regla, por el que, como buen pastor, estaba dando su vida hasta la última gota de su sangre. Su vida entregada, y particularmente su muerte, han sido su mejor lección de cristología, como cristiano y sacerdote ejemplar.

Si con dos palabras tuviese que definir al sacerdote Mariano Arroyo, ...


Al amanecer del fatídico 13 de julio, cuando recibí por teléfono la trágica noticia de su cruel asesinato, abrí la Biblia al azar y encontré el pasaje de Lucas 12 que dice: “Se lo digo a ustedes, amigos míos: no teman a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más… ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados; no teman; ustedes valen mucho más…” Me puse a orar y me pareció que estas palabras eran un mensaje del Señor, a través de Mariano, para mí en aquel momento desolador. Quizás también lo puedan ser para muchos otros. ¡Ningún miedo, pues, a seguir siendo sacerdote aquí en Cuba!, nuestra vida está siempre en las manos de Dios. ¡Creemos en la vida eterna!

Cuando todavía está fresco el recuerdo de sus funerales en la catedral habanera y la preciosa homilía de nuestro obispo, cuando aún hay noticias de su deceso en la prensa, especulando sobre posibles conexiones e intrigas maliciosas, cuando no han cesado las afirmaciones superficiales y tendenciosas en el hablar cotidiano, cuando siguen resonando en nuestra mente las preguntas del ¿cómo? y ¿por qué?, a mí, creyente y sacerdote como él, me nace el deseo sincero de dar gracias a Dios por haber conocido a este buen hombre, sacerdote de cuerpo entero, Mariano Arroyo Merino. Y pienso sinceramente que su partida hacia la casa del Padre, percibida humanamente como desgracia, en la sabiduría de Dios es gracia para nuestra Iglesia cubana desde el misterio de la Divina Providencia ; sin ironías, un regalo amoroso de Dios para nuestro pueblo; su sangre derramada como la de Cristo será, como ha sido siempre a lo largo de toda la historia de la Iglesia , semilla de nuevos cristianos; estoy seguro de que, recordando su figura, muchos jóvenes que lo conocieron sentirán el impulso del Espíritu a entregar generosamente sus vidas a Jesucristo y a la causa del Evangelio, quizás también a ser sacerdotes como Mariano lo fue.

Desde la otra orilla, la de la temporalidad, me pregunto: ¿qué estará haciendo Mariano ahora? ¡Interceder incansablemente! En este año sacerdotal, padre Mariano, desde la otra orilla, la de la eternidad, será nuestro mejor intercesor ante el Padre todopoderoso.

Demos gracias a Dios.

Ciudad de La Habana , 21 de julio de 2009

(*) Párroco del Espíritu Santo.