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RELIGION

 
por fray Frank Dumois, ofm
 
Santa Teresa de Jesús Jornet
Fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados
Patrona de la Ancianidad
 
     

Es curioso que en el siglo xix, de marcado carácter anticlerical y envanecido por los logros científicos, sea el siglo en que han surgido congregaciones religiosas femeninas para atender a la educación, a los enfermos, a los pobres, a los ancianos, a los niños y adolescentes, etcétera.

Entre ellas figura la de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que desde el siglo xix realiza una hermosa labor caritativa en nuestra patria.

La fundadora, Teresa de Jesús Jornet, catalana, nacida en Aytona (Lérida), en 1843, era la primogénita de Francisco Jornet y Antonia Ibars. Según la costumbre cristiana de la época, fue bautizada al día siguiente de su nacimiento.

El ambiente familiar era cristiano, y el trabajo de agricultores laboriosos y austeros le permitió cierta holgura. Afecto y piedad iban juntos en el hogar de los Jornet. Un tío de la abuela materna fue el beato Francisco Palau OCD, a quien expulsaron de su convento por las leyes de desamortización.

Santa Teresa de Jesús Jornet


Al crecer Teresa, se une a las labores agrícolas y asume responsabilidades familiares pues han nacido dos hermanitas y un hermano. Estos aprenden de ella la dulzura y el amor que entregaba a los pobres que tocaban a las puertas. Al notar su inteligencia despierta, sus padres deciden enviarla a Lérida con su tía Rosa; allí madura su piedad y adquiere un sello eucarístico que nunca abandonará.

Su educación implica muchos sacrificios a sus padres, lo que le animaba a estudiar más.

Al terminar sus estudios en Lérida, pensaba con alegría en su regreso a Aytona, pero la envían a Fraga a completar su formación cultural. En los veranos va de vacaciones a su casa y ya en su juventud se vislumbran las dotes organizativas y de superiora que asumiría en el futuro.

En Argensona (Barcelona) ejerce de maestra para ayudar a sus padres. Comulga con frecuencia, trata amorosamente a sus alumnas y se ocupa de los pobres.

El padre Palau invita a Teresa a colaborar con el Instituto que él está fundando y ella acepta, pero el gobierno sectario obstaculiza la obra de Palau. A principios de julio, Teresa y su hermana Josefa abandonan su hogar. La primera para ingresar en las clarisas de Briviesca (Burgos); la segunda, en el asilo de las Hijas de la Caridad , en Lérida (Cataluña). Los meses de postulantado y del noviciado transcurren rápidos. Teresa espera ansiosa la profesión, sin embargo eran otros los planes de Dios. En la frente le aparece una postilla rebelde a todo tratamiento. Los médicos temían que fuera cancerosa y contagiosa, por lo que la prudencia aconsejó alejarla del convento.

En tal situación, su tío carmelita, el beato Francisco Palau, trata de acogerla en sus Terciarias carmelitas y lo logra. El padre la nombra visitadora de las escuelas que va abriendo en la península y en las Baleares.

En mayo de 1873 muere el padre Palau y Teresa regresó a su familia, pero con marcada incertidumbre en su futuro.

Un grupo de sacerdotes de Huesca y de Barbastro, presididos por el maestro de capilla de la catedral de Huesca, don Saturnino López Novoa, estaba forjando un instituto femenino que se dedicara exclusivamente a atender a los ancianos pobres y abandonados.

En junio de 1872 Teresa va a Barbastro en un viaje de paso. Allí, providencialmente, se encuentra con un sacerdote local, don Pedro Llacera, entusiasta de los proyectos de don Saturnino. Durante la charla don Pedro le habla sobre el plan de don Saturnino. Teresa quedó iluminada. Ve en ese plan lo que Dios le está pidiendo. Las tinieblas desaparecieron. Ella y dos más, conquistadas por ella, aceptan el proyecto caritativo de ayuda a los ancianos abandonados. Su salud no es buena, pero su bondad y su devoción compensan sus limitaciones.

Don Saturnino abrirá la primera casa en Barbastro. El edificio, viejo y en malas condiciones, pero con algunas ventajas, lleva el nombre de Pueyo. Doce jóvenes de las cercanías, entre los 18 y 30 años (incluyendo a Teresa y sus dos compañeras), vienen a habitar en Pueyo. Son pobres y humildes. Del 4 al 12 de octubre se llena la casa. Les prestan los muebles indispensables y se organiza la vida común.

Teresa era la superiora nata de la comunidad, aunque ella no pensaba así y lo dio a conocer varias veces. Pero al fin la convencieron de que en la vida religiosa hay que obedecer. Y así permaneció hasta su muerte, después de 25 años de gobierno. Teresa supo imprimir a su familia religiosa la humildad, la caridad exquisita, que lleva consigo el espíritu de sacrificio, la sencillez, etcétera.

El primer nombre de la institución fue el de “Hermanitas de los Pobres Desamparados”, pero como había un instituto francés casi del mismo nombre adoptaron el actual “Hermanitas de los Ancianos Desamparados”. Se llaman hermanitas y no madres para cumplir los deseos de los hermanos mayores, los ancianos.

Teresa escoge el hábito: sencillo, austero, práctico. A principios de 1873, Barbastro se engalana para asistir a la vestidura de hábito de las “hermanitas” en la capilla del Seminario Conciliar, por no tener iglesia propia. La estancia en Barbastro fue efímera, pues unos católicos fervorosos de Valencia fundaron una asociación para atender a los ancianos pobres abandonados, y por caminos impensados se pusieron en contacto con don Saturnino.

Por fin se llegó a un acuerdo para que las hermanitas se trasladaran a Valencia a ejercer su amor hacia aquellos que muchos desechaban. A dar sentido a la vida de aquellos que el mundo abandonaba, a llevar un rayo de esperanza a los que agobiaba la soledad, a descubrirles el amor de Dios a quienes muchos no amaban. La Virgen de los Desamparados fue escogida como patrona de la congregación.

Llegaron la ciudad el 8 de mayo de 1873. En la víspera de la fiesta de la Virgen. Dos días después acoge a la primera anciana, una paralítica de 99 años. Vienen más ancianos hasta completar 12. En Valencia podrán contar con la colaboración generosa y desinteresada del arzobispo don Mariano Barrio y sobre todo de su secretario don Francisco García López, luego obispo, aunque para las hermanitas será siempre el padre Francisco, considerado como cofundador del Instituto.

En la madre Teresa se unen las cualidades humanas y sobrenaturales. A su inteligencia lúcida, su tenaz voluntad y dominio de sí misma se unen su profunda fe, su total disponibilidad a la voluntad de Dios, su ardiente caridad a los ancianos.

Los regionalismos llevan de nuevo a España a la guerra. Valencia se rebela contra el gobierno de Madrid y es asediada y bombardeada. Las hermanitas se refugian en Arboraya. Van en cinco carros desvencijados, escoltadas por voluntarios armados. Son 12 hermanitas y 20 ancianos.

En mayo de 1874 muere sor Mercedes, a los 27 años. En el lecho de muerte hace su profesión religiosa la primera de las hermanitas.

Dos meses más tarde, la madre Teresa va a Zaragoza, de donde han solicitado una casa. Acoge a tres ancianos. La postulación por los mercados y casas hizo posible mantenerlos.

Año tras año se multiplican las casas-asilo vertiginosamente. Ese nombre de casa-asilo lo escogió la Madre para evitar el de asilos simplemente. Hoy se llaman hogares de ancianos, nombre que expresa mejor el servicio afectuoso de las hermanitas.

En la mente de la santa los ancianos son dueños de las casas, y las hermanitas sus siervas. Ella quería ganar la confianza para acercarlos más a Dios y prepararlos a salir serenos al encuentro de la muerte. Para ello no regateaba oraciones ni sacrificios. ¡Cuántas noches en vela junto a la cabecera de los moribundos, para entregarlos, serenos y purificados en las manos de Dios!

En noviembre de 1874 las hermanitas dejan el convento de la Almoyna por no poder acoger a nadie más y van al ex convento de Santa Mónica, al otro lado del Turia. Las vocaciones crecen. Nadie puede explicar cómo podía ejercer atractivo para las jóvenes un oficio tan poco lisonjero.

A Santa Mónica fueron llegando ancianos, 40, 60… hoy son más de 400.

También allí el noviciado halló el sitio adecuado con la impronta dulce y fuerte de la santa que enseñaba más con el ejemplo que con las palabras. Su confianza en Dios la haría exclamar: “A más pobres, más bienhechores”. Y cuando hay déficit no piensa en disminuir el número de ancianos sino en aumentarlos. Teresa sintetizaba la espiritualidad de las hermanitas así: “Dios en el corazón, la eternidad en el pensamiento, el mundo bajo los pies”.

Respecto a las aspirantes era exigente: “Prefiero ocho pilares fuertes a muchas cañas movedizas”. Quería que la tónica espiritual de las hermanitas fuera una intensa vida eucarística, tierna devoción a la Santísima Virgen , caridad sobrenatural fraterna, fidelidad a la Regla y cuidado asiduo y diligente a los ancianos abandonados.

A los 10 años de la fundación, ya las casas-asilo sumaban 33, y 5 años después eran 103. Cada fundación supone muchos sacrificios y una asistencia continua. En 1859 cruzan el Atlántico para establecerse en nuestra patria, en Santiago de Cuba y La Habana. La de La Habana , en la Quinta Santovenia , aún perdura. La Madre no las acompaña pues está inválida.

Con apenas 42 años su salud se resiente. Debía haber llevado una vida reposada, sin fatigas, sin malos tratos. Pero creía que la caridad le exigía todo lo contrario.

En 1876 Roma da el Decretum laudis (Decreto de alabanza). En 1887 llegó la aprobación definitiva. La santa sigue a Cristo, no sólo en la caridad: es pobre en el vestido, en la celda, en todo lo que se refiere a su persona. Es fiel a las Constituciones como una religiosa más.

En abril de 1896 se celebra el capítulo general al que pide ser librada del peso de superiora general. Las hermanitas no aceptan eso y vuelve a cargar con la cruz. En el verano pasa a Palencia para inaugurar el segundo noviciado, el gran sueño de su corazón.

Su salud sigue empeorando y los médicos le recomiendan que se traslade a Liria (Valencia), de clima más benigno. Ella obedece, aunque sabe que será su última etapa. Sin duda, le duele morir fuera de su Valencia, pero calla. Ora mucho y por todos. Y se ora mucho por ella, las hermanitas y los ancianos, que lloran como niños al pensar en su muerte.

Más de 70 superioras e innumerables hermanitas desfilan por Liria para recibir la bendición y últimos consejos de la Madre. El 12 de julio, el padre Francisco le lleva el Viático y dos semanas después, asistido por don Saturnino, le administra la Unción de los enfermos.

La moribunda entona el Magníficat de acción de gracias a Dios. Pensando en sus hijas lejanas y futuras dice: “Cuiden con interés y esmero a los ancianos, ténganse mucha caridad y observen fielmente las Constituciones. En esto está nuestra satisfacción”.

En agosto llora de alegría al saber que Roma ha aprobado definitivamente las Constituciones del instituto. Canta el Te Deum . El 26 de agosto de 1897, noche de insomnio, insiste en recibir la Comunión a las 3 a . m. Preveía su cercana muerte. Al alba se confiesa y comulga. Sonríe a las hermanitas presentes y expira.

Las hermanitas la llevan en hombros a la iglesia, entre una masa de pueblo de todas las clases sociales, innumerables hermanitas y ancianos venidos de las casa-asilo cercanas.

Tenía 54 años y 7 meses. Dejaba 103 casas-asilo con millares de ancianos y más de mil hermanitas.

Estuvo sepultada en Liria hasta 1904 cuando la trasladan solemnemente a la Casa Madre de Valencia. En 1958 era beatificada la madre Teresa y canonizada solemnemente en 1974 por Pablo VI.

Hay 215 hogares de ancianos. Es patrona de la ancianidad.

Leamos ahora una carta de la madre Teresa:

“Quisiera llevar a sus corazones (Hermanitas) abundancia de los consuelos espirituales, que les hicieran más gratos todavía de lo que ya son de ordinario los presentes días. Pero, qué les voy a decir para ello sino que acudan a la cuna del Divino Niño con toda confianza y le ofrezcan, bien limpio y sencillo, su corazón, para que quiera entrar en él, sin reserva, así las glorias como las fatigas.

”Por nosotras vine. Miren si es poco lo que nos quiere. ¿Y nosotras a Él? Yo no lo sé, pero, si he de juzgar por mis obras y las de algunas otras como yo, está nuestro amor muy resfriado. Por Dios, que pongamos en ello, y ofrezcamos con verdad al Niño, que de hoy en adelante, al cumplir con nuestros deberes, hemos de imitar las virtudes de que, en su nacimiento, se nos presente como modelo. Y, para que todas sepan a lo que nos obligamos y a una trabajemos por lo mismo, apuntaré cuáles sean, a mi ver, estas virtudes.

”La obediencia a los designios del Padre Celestial le trae al mundo, y la obediencia a las potestades de la tierra le lleva, con sus padres, a nacer en Belén. Correspondamos nosotras marchando sumisas a donde quiera que se nos envíe y sujetándonos gustosas a la Regla y al trabajo que se nos imponga.

”Acredita su humildad sometiéndose a los desprecios: sus parientes no le reciben; para él no hay lugar en la posada. Mortifiquemos nuestro amor propio y no obremos por bien parecer; que ni la vanidad nos seduzca, ni el resentimiento nos consuma.

”Su pobreza se manifiesta en los pañales con que se le envuelve en el pesebre que le sirve de cuna y en el sitio que nace: un desmantelado establo. ¿Por qué nosotros nos hemos de lastimar de que el hábito sea más o menos viejo, más o menos remendada la toca, más o menos pobre la casa o la mesa?

”Su paciencia se demuestra en cómo acepta risueño los sufrimientos a que se somete con su obediencia, humildad y pobreza; la hora de la medianoche y la estación fría en que nace, y, para que también al espíritu los sufrimientos alcance, sufre por sus padres que ve despreciados y padeciendo privaciones por él y por lo que sabe le espera toda su vida y, muy especialmente, en su pasión y muerte, que tiene a la vista.

”Pero todas estas virtudes suponen otra más principal que les da realce, la de su ardentísima caridad. Es tan grande, que dice: he venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Por eso, su Corazón arde en llamas de purísimo amor; con ese purísimo amor, es menester que amemos y tratemos a nuestros pobres, interesándonos muchísimo por su bienestar temporal y eterno.”

Conclusión:

En un mundo utilitarista donde muchos valoran a las personas sólo por su actividad, santa Teresa de Jesús Jornet nos enseña el valor del anciano, que merece respeto, veneración, amor… Hay casos tristes de hijos y nietos que abandonan o ultrajan a sus padres o abuelos ancianos. El ejemplo de las hermanitas de la Madre Teresa debe llevarlos a reflexionar sobre su actitud hacia ellos.