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¿Construyó una mujer
el puente de Brooklyn?

Por: David Leyva González
El puente de Brooklyn
El 24 de mayo de 1883 se inauguró el puente de Brooklyn con el paseo en carruaje del entonces presidente de Estados Unidos, Chester Alan Arthur, en compañía de una mujer llamada Emily Warren Roebling. Ambos no debían estar ahí, sustituían a personas que no llegaron a la cita por circunstancias del destino. Arthur asumió el cargo del presidente electo James Abram Garfield, quien no sobrevivió al atentado de Charles Julius Guiteau en 1881, mientras Emily tomaba el lugar de su suegro y de su esposo.

John A. Roebling, emigrado alemán, suegro de Emily, primer proyectista y primer ingeniero jefe del Brooklyn Bridge , muere desde el mismo inicio de la construcción, en 1869, debido a un extraño accidente. Un vapor de una de las empresas de barcos que se perjudicaba con la ejecución del puente derribó unos maderos que le comprimieron e hirieron el pie. El empecinado alemán quiso curarse la herida con un tratamiento, en boga por entonces, de hidroterapia; sin embargo, su cuadro clínico se complicó, enfermó de tétano y falleció dieciséis días después.

Por otra parte, el esposo de Emily, Washington Roebling, que continuó la labor de su padre como chief engineer , quedó incapacitado de sus piernas alrededor del año 1872, debido a las brutales condiciones de trabajo en los cimientos de las torres del puente. Bajo el nivel del agua del río Mongala encontraron la muerte y la enfermedad muchos obreros que sufrieron la escasez de oxígeno y la diferencia de presión. Sin embargo, la convalecencia de Washington Roebling fue muy larga, aun más larga que la vida de Emily, y murió con una avanzada edad, a los 89, 23 años después de la mujer que salvó la obra de su vida y por la que queda su nombre en la historia de la arquitectura de todos los tiempos.

Puede que buena parte de la multitud que se congregó aquel día de mayo en Nueva York no sabía a ciencia cierta quien era aquella mujer que iba al lado del presidente. Pero los que la conocían, e incluso la clase con poder que estaba al tanto de su labor, no tuvo objeción alguna en que fuera ella la elegida. Abram Hewitt, adversario profesional de Washington Roebling, y que quiso tomar el proyecto para sí cuando este quedó inválido, tuvo que elogiar a la oculta gestora que estuvo 11 años representando al esposo y dirigiendo encubiertamente la magna obra: “El nombre de Emily Roebling estará inseparablemente relacionado con todo lo admirable de la naturaleza humana y todo lo maravilloso del mundo constructivo del arte”; (1) mientras el propio Washington Roebling, al ver lo alcanzado, también dijo: “Al principio pensé que sucumbiría, pero tuve una inexpugnable torre para apoyarme, mi esposa, una mujer de infinito tacto y mi más sabia consejera”. (2)

¿Pero cómo Emily Warren Roebling fue acercándose inconscientemente a ser la madre de una de las construcciones más impresionantes del siglo XIX ?

Nació en Nueva York en 1837, descendiente de una de las familias de puritanos ingleses que se convirtieron en los patricios de la gran nación que dominaría el mundo. Fue una de las hijas menores, en tiempos en que se concebía sin mucha alarma una docena de hijos por matrimonio. Su primer acercamiento a la ingeniería viene por su hermano, Gouverneur Kemble Warren, destacado ingeniero militar de West Point, quien llegará a ser un alto oficial del ejército de la Unión en la Guerra Civil Americana. Curiosamente, Kemble Warren, quien fuera uno de los héroes de la batalla de Gettysburg, fue posteriormente degradado por el general Sheridan al terminar la batalla de Five Forks . Después de la muerte de Warren, en 1882, una corte examinadora restableció sus grados militares y revocó la orden de Sheridan. Precisamente, Emily conoce a Washington Roebling porque el padre de este, sintiéndose endeudado con la nación que le abrió su camino como ingeniero, no sólo nombra a su primogénito Washington sino que lo alista en el ejército de la Unión , específicamente, al mismo batallón que comandaba Kemble Warren, y llegó a ser uno de sus oficiales de confianza, a pesar del inglés no muy cuidado que hablaba el joven –de hecho, en los documentos de empleados del puente de Brooklyn, Emily aparece como ayudante de idioma inglés de su esposo– y contradictoriamente en los anuncios de la época sobre los constructores del puente se omite su nombre, cuando fue ella la que estuvo prácticamente todo el tiempo con la responsabilidad de la construcción.

Lo cierto es que la pareja se compromete en plena Guerra Civil, teniendo como absurdo salón de bailes el campo de batalla. Terminada la contienda, y realizado el casamiento en 1865, se dedican a viajar por medio mundo buscando los insumos necesarios para el gran puente que pretendía construir John A. Roebling. Para orgullo del patriarca alemán, los jóvenes realizan una excelente selección de materiales y le obsequian un nieto que nace en Mühlhaussen, su pueblo natal.

Emily y su esposo Washington Roebling.
Emily y su esposo Washington Roebling.


Sucede entonces los trágicos acontecimientos mencionados al inicio. Ocurre un natural atraso en la construcción que implica a su vez un aumento del presupuesto inicial. Y es entonces que empieza a erguirse la joven esposa y madre Emily Warren Roebling. Ella contaba con el conocimiento por ósmosis que tenía por su cercanía con los Roebling, y también la favorecía la mentalidad flexible de su esposo, que conocedor de su inteligencia, compartió siempre con ella el disfrute intelectual. Pero es realmente la necesidad y el dilema ante los acontecimientos lo que hace que Emily potencie sus estudios de matemática, mecánica, estadística, resistencia de los materiales, construcción de acero, construcción de cables, entre otras difíciles materias. Fue la primera mujer que habló en una sesión de la American Society of Civil Engineers , y en la misma fue capaz de convencer al exigente auditorio de que su esposo podía continuar siendo el ingeniero en jefe de la obra.

A partir de ese momento, ella fue la que mantuvo el diálogo con los contratistas y autoridades de Nueva York. Se hizo cargo de la correspondencia de su esposo, permanecía a pie de obra para dar las indicaciones pertinentes, actualizaba las cifras que mostraba religiosamente al convaleciente, y según David McCullough en su libro The Great Bridge: The epic story of the building of the Brooklyn Bridge, la gran mayoría de los trabajadores de diversas nacionalidades la consideraban como la genuina jefa de la construcción. (3)

Nuestro José Martí, quizás el hombre que más sorprendentes palabras escribiera sobre el puente de Brooklyn en nuestra lengua, nos dejó también algunos criterios sobre Emily Warren Roebling en textos como “Dos damas norteamericanas”, para La América de Nueva York, y en la conocida semblanza “Los ingenieros del puente de Brooklyn”, para La Nación de Buenos Aires.

La mujer norteamericana fue un motivo de recurrente sorpresa para Martí en sus primeros años de estancia en los Estados Unidos, como él mismo dice: “por su brío viril y sensatez, a veces descarnada y excesiva”, (4) a diferencia de la “ternura generosa, verdadera fuente de vida para aquellos a quienes aman” de la mujer de nuestra América.

La necesidad de las sociedades modernas de grandes producciones lleva a la fábrica a la mujer. Por tanto, si el hombre se carga en su jornal de violencia y fiereza citadina y no encuentra a su regreso un ser femenino que le calme su crispación, sino una mujer que iguala sus gestos, comportamientos y sufre de sus mismas angustias laborales, es predecible que Martí encuentre una desarmonía en ello, por lo vital de la feminidad para la vida en la Tierra. El asunto de la vida moderna y la contradicción que observa Martí con más claridad en su estancia neoyorquina es de qué manera la mujer evita contaminar su feminidad en el trabajo fabril e intelectual con los hombres –que se empieza a desarrollar desde el siglo XIX –, y cómo puede equiparar ese trabajo con su responsabilidad ancestral en el hogar y la familia, cosa harto difícil todavía para los que analizan el problema en el siglo XXI; y claro está, también se percibe su inconformidad ante la frivolidad y el acaparamiento caprichoso que alcanza tanto la mujer como el hombre, incluso desde bien niños, en sociedades altamente productivas, altamente desiguales. El asunto de género fluctúa en sus criterios, en ocasiones se muestra conservador, rasgo que se nos hace más visible por lo adelantado que era a su época en otros temas sensibles como la religión, la raza, la política, la justicia, etc.; pero no por ello, y sin tener en cuenta generalizaciones poco felices, dejó de ser un admirador de la mujer norteamericana, y gracias a él contamos con valiosos retratos sobre ellas.

En el caso de Emily Warren Roebling, Martí la analiza supeditada a la honra de su esposo, dice hermosas palabras sobre ella, pero es como si la individualidad y la labor que hizo por 11 años no estuviera a la par del genio de su suegro ni del de su marido, para ser considerada unánimemente como gestora del puente de Brooklyn, junto a ellos. (5) De todas formas la reconoció y destacó su presencia, y quizás fue la misma Emily quien inicialmente prefirió esa imagen de esposa abnegada a la de mujer ingeniero, ella misma se autocensura y considera lo segundo como una vanidad fuera de lugar para su época.

Sin embargo, el puente fue terminado por ella en esa ya lejana fecha de mayo de 1883 y los nombres de su suegro y de su esposo se grabaron en los libros de Historia de la Arquitectura. La vida de Emily, después de aquella proeza, mantuvo su ritmo galopante. Se mudó para Trenton, New Jersey, y allá dirigió la construcción de la mansión donde envejecería junto a su familia. Se alistó en varias organizaciones cívicas, como la llamada “Hijas de la Revolución Americana ” y la “Sociedad de Hugonotes”. No abandonó el placer de viajar y se dice que asistió a la coronación de Nicolás II de Rusia y que fue presentada a la Reina Victoria , en 1896.

En los últimos cuatro años de su vida, editó y publicó The Journal of the Reverend Silas Constant and Richard Warren of the Mayflower and Some of his Descendants . Obtuvo su título de Leyes en la New York University School en 1899, por medio de un plan de estudio especial para mujeres; tenía para entonces 56 años y ya no era sólo la primera mujer ingeniero de los Estados Unidos sino una de las primeras mujeres abogados en la historia del estado de Nueva York. Además de ello, Emily organizó con ayuda gubernamental un campo de cuarentena en Montauk Point, Long Island, para los soldados que retornaban de la guerra cubano-hispano-norteamericana. Murió poco tiempo después, específicamente en 1903, a causa de una atrofia muscular.

Ante la pregunta inicial, es obvio responder que una mujer no construyó el puente de Brooklyn, de hecho, ni Roebling padre, ni Roebling hijo lo hicieron, sino que fue un gran proyecto familiar, concebido inicialmente en abstracto por la mente de John A. Roebling, quien fue el gran pionero de la construcción de puentes colgantes; luego su hijo perfeccionó el uso del acero sobre el hierro y logró encaminar una de las partes más complicadas de la ejecución, como era el caso de las cajas reversas de los cimientos que permitían la elevación de las torres; sin embargo, la araña voluntariosa que elevó toda la estructura y que bajo su mando entretejió la infinidad de cable acerado fue Emily Warren Roebling. Los tres juntos, más la multitud de héroes anónimos de diversas nacionalidades que Martí llamó “los gusanos de la gloria”, son los responsables de que exista este icono arquitectónico, símbolo de un cambio de época económica, de una nueva belleza constructiva, de un nuevo tipo de genio colectivo.

Notas:

(1) Véase: www.asce.org/history/bio_roebling_e.html.
(2) Ibídem.
(3) Véase: www.sce.rutgers.edu/njwomenshistory/period_3/emilyroebling.htm
(4) Jose Martí:“Dos damas norteamericanas”. Obras completas, La Habana , Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. 13, p. 250.
(5)“[…] la buena dama, celosa de la gloria de su esposo, y del bienestar de su hogar, se dio con tal empeño a estudiar las artes del hierro y la mecánica, para aliviar en sus labores, y suplir a veces, al noble inválido, que de entonces acá no ha habido lance difícil en la construcción del puente en que la señora Roebling, sentada al lado de su enfermo en la hora de los cónclaves de ingenieros, no haya tenido voto. Y hubo vez que sus manos delicadas enseñaron a hombres fornidos a fabricar mejor el acero.

”Pero de estas hazañas en metales nobles, ninguna le vale más que la de haber mantenido a buen temple, en su trémulo cuerpo, el alma de su esposo egregio. Construir: he ahí la gran labor del hombre: consolar, que es dar fuerzas para construir: he ahí la gran labor de las mujeres.” José Martí: “Dos damas norteamericanas”. Obras completas, ob. cit., t. 13, p. 252.

“Y a veces, cuando en su cerebro fatigado [se refiere a Washington Roebling] su pensamiento fugaz y como volátil luchaba rudamente por huir –cual caballo que tasca de mal grado el freno, o vapor sujeto al muelle por flojas amarras– de su casco de huesos, su mujer piadosa, como gallarda amazona que acaricia el cuello de corcel piafante, fortalecía su idea rebelde, remataba sus cifras incompletas, sacaba a lo alto la verdad que las manos desmayadas de su marido habían estado a punto de dejar caer. Una mujer buena es un perpetuo arcoiris.” José Martí: “Los ingenieros del puente de Brooklyn”. Obras completas, ob. cit., t. 13, p. 258.