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RELIGION

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San Leopoldo Mandic.
San Leopoldo Mandic.
El 30 de julio de 1942, mientras se preparaba para celebrar la Eucaristía , moría en Padua el padre Leopoldo Mandic, llamado también Leopoldo de Castelnovo por el lugar de su nacimiento en Dalmacia (Yugoslavia). Nació en 1866, en medio de una familia croata. Sus padres, profundamente religiosos, lo educaron en los principios cristianos: amor profundo a Dios y a los hombres.
Fue bautizado como Adeodato.

A los 16 años se convenció de que Dios lo llamaba a ser sacerdote y logró ingresar en el seminario de los franciscanos capuchinos de Udine, cerca de Venecia. A los 18 años hizo su profesión religiosa y recibió el nombre de Leopoldo. Se ordenó de presbítero en Venecia cuando contaba 24 años (en 1890).

Leopoldo pidió insistentemente a sus superiores que le enviaran al Oriente para dedicar su vida a la reunificación de los cristianos ortodoxos. Pero su precaria salud hizo que los superiores no aceptaran su solicitud. Él acató humildemente la negativa y pasó por diversos conventos dedicándose al ministerio de la Penitencia hasta que, en 1909, lo destinan al convento de Padua (Véneto) para atender establemente el confesionario. Allí permaneció la mayor parte de su vida.


Una pequeña celda adyacente a la iglesia se convirtió en el campo de su maravilloso apostolado: la confesión. Este divino ministerio fue, en manos de fray Leopoldo, una poderosa arma para la salvación de las almas y para su progreso en los caminos de Dios. Atendió el confesionario durante muchas horas, sin vacaciones, a pesar del tórrido calor del verano y del intenso frío del invierno. En su celdita nunca tuvo calefacción.

Pronto la desmantelada celdita se convirtió en un faro luminoso que atraía a innumerables almas que buscaban el perdón y el consuelo, para ellas tenía además, palabras de paz y de perdón. Le pedía al Señor hacer mucho bien pero en silencio. Sólo Dios debía ser glorificado. Sufriendo siempre, soportó todo por la salvación de las almas que acudían a él. No descansaba más de cuatro horas al día. Nos recuerda a otro héroe del confesionario: san Juan María Vianney, el santo cura de Ars (1786-1859).

Durante la Primera Guerra Mundial estuvo en el sur de Italia en un campo de concentración. En 1923 los superiores lo enviaron a Fiume, donde permaneció un mes. Cuando el padre Provincial decidió su traslado hacia Fiume, el obispo de Padua escribió al superior: “La transferencia del excelente padre Leopoldo a Fiume causó consternación y tristeza en toda la ciudad”. Por el bien de esta grande e importante ciudad y diócesis, el obispo pidió finalmente el regreso del “padre del confesionario”.

Pero no pensemos en ningún momento que fray Leopoldo no tenía pasiones. Era de temperamento fuerte e impetuoso. A veces usó las palabras de su compatriota san Jerónimo, también de carácter fuerte: “Trátame con misericordia Señor, porque soy dálmata”.

Pero el santo no dejaba de luchar y de pedir la gracia al Señor de dominar su temperamento. Y al cabo de años lo logró llegando a ser manso y humilde, perdonando rápidamente las ofensas que recibía.

Desde joven fray Leopoldo tenía interés en hacer algo por las iglesias ortodoxas de su patria, alejadas de Roma. Su deseo era ir a Croacia para trabajar como croata. Desde su infancia tenía la impresión de que el cristianismo estaba paralizado por la división de las Iglesias.

En los años de 1910-1914, cuando el padre Leopoldo era superior de la Orden de la Facultad de Filosofía, anotó en una hoja: “La meta de mi vida debe ser el regreso de los separados del Este a la fe católica. Esto significa que debo orientar toda mi fuerza, y lo que permitan mis propias limitaciones a esta única meta, cooperar para que esta obra se realice aun a costa de mi propia vida”.

Fray Leopoldo era pequeño de estatura, tenía dificultad en el habla, no gozó de buena salud, no estaba dotado de talento para predicar y en los últimos años de su vida padeció de cáncer en el estómago, pero tenía un gran corazón y Dios lo escogió como ministro de la Penitencia. Ser confesor en Padua era un arduo trabajo.

El padre Leopoldo ejerció una enorme fuerza de atracción por su excelente educación, su santidad y su capacidad de intuición. A él recurrían lo mismo aristócratas que obreros, profesores y estudiantes, hombres y mujeres; su preferencia era con los sacerdotes. Al cumplir 50 años de sacerdote en 1940, concelebraron la misa con él más de 500 sacerdotes. Cuando murió años más tarde, estos cargaron su ataúd.

Llegó a confesar de 10 a 12 horas diarias, ejercitando la paciencia y la bondad en grado heroico. Cuando los penitentes eran tímidos les decía “aquí somos dos pecadores, que Dios se compadezca de nosotros”. A los escrupulosos les decía: “Déjeme usted a mí la responsabilidad”.

Sus pocos ratos libres los ocupaba con charlas que sostenía con la “Patrona bendita”, su celestial mediadora. Rezaba el rosario y el oficio de la Virgen.

Cuando fray Leopoldo se dirigía a la ciudad, su único propósito era visitar a los enfermos en sus casas o en los hospitales. Sostuvo una amistad cordial con varios médicos, a quienes alentaba en el ejercicio de su profesión. Nunca sintió deseo de retirarse de sus actividades, ni siquiera en edad avanzada. Cuando alguien le hablaba de ello, respondía: “Tengo que estar siempre dispuesto para trabajar. Un sacerdote debe morir durante el ejercicio de su misión apostólica. No hay forma más digna de morir”.

Su última actividad fue el 29 de julio de 1942. A la mañana siguiente, antes de ponerse los ornamentos, cayó al suelo. Lo llevaron a su celda, recibió la Comunión fervorosamente y rezó con los frailes la Salve a María. Murió ese día, 30 de julio de 1942, a los 76 años.

Teniendo en cuenta la veneración de los fieles y los numerosos milagros obrados, fueron rápidos los procesos de beatificación y de canonización. El Papa Pablo VI lo beatificó en 1976 y Juan Pablo II lo canonizó en 1983, durante la celebración del Sínodo de obispos sobre la Reconciliación.

Leamos ahora fragmentos de la homilía que pronunció el Papa Pablo VI en la beatificación de San Leopoldo Mandic:

“¿Quién es, quién es aquel que hoy nos reúne aquí para celebrar en su nombre bienaventurado una irradiación del Evangelio de Cristo, un fenómeno inexplicable, a pesar de ser claro y evidente: el fenómeno de una transparencia encantadora, que nos permita vislumbrar, en el perfil de un humilde hermano, una figura luminosa y al mismo tiempo casi desconcertante? Mira, mira, ¡es san Francisco! ¿Lo ves? ¡Mira cómo es pobre, mira cómo es simple, mira cómo es hermano! Es justamente él, san Francisco, tan humilde, tan sereno, tan absorto que aparece casi extático en una propia visión interior suya de la invisible presencia de Dios, y, sin embargo, para nosotros, tan presente, tan accesible, tan disponible que parece casi conocernos, esperarnos, saber nuestras cosas y leer dentro de nosotros.

”Mira bien: es un pobre, pequeño capuchino; parece que sufre y vacila, pero está tan extrañamente seguro que nos sentimos atraídos y encantados por él. Mira bien con la lente franciscana. ¿Lo ves? ¿Tiemblas? ¿A quién has visto? Sí, digámoslo; es una débil, popular, pero auténtica imagen de Jesús; [...] y nos habla a nosotros, minúsculos oyentes, encerrados en las proporciones de la verdad, es decir, de nuestra pequeña y paciente humanidad… Y, ¿qué dice Jesús en este su pobrecito oráculo? ¡Oh! Grandes misterios, los misterios de la infinita trascendencia divina, que nos deja encantados, y que inmediatamente emplea su lenguaje conmovedor y cautivador. Escuchemos el Evangelio: 'Venid a mí todos vosotros, que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré'.

”Pero entonces, ¿quién es? Es el padre Leopoldo; [...] ciertamente, en el temperamento y en la memoria la dulzura de la encantadora tierra adriática, y en el corazón, y en la educación doméstica, la bondad, honesta y piadosa, de la valiente población véneto-balcánica.

”[...] Se santificó principalmente en el ejercicio del sacramento de la reconciliación. Por fortuna, se han escrito y divulgado copiosos y espléndidos testimonios sobre este aspecto de la santidad del nuevo beato. A nosotros no nos corresponde sino admirar y dar las gracias al Señor que ofrece hoy a la Iglesia una figura tan singular de ministro de la gracia sacramental de la penitencia; que invita, por una parte, a los sacerdotes al ministerio de tan capital importancia, de pedagogía tan actual, de tan incomparable espiritualidad; y que recuerda a los fieles, ya sean fervorosos, o tibios, o indiferentes, qué providencial servicio es todavía hoy, mejor dicho, hoy más que nunca, para ellos la confesión individual y auricular, fuente de gracia y de paz, escuela de vida cristiana, consuelo incomparable en la peregrinación terrena hacia la eterna felicidad.”