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Poesía Religiosa
por Jorge Domingo Cuadriello
Francisco Romero

Muy activa fue la labor intelectual en Cuba del sacerdote paúl aragonés Francisco Romero (¿1875?–1940). Además de publicar los libros de versos Lira y salterio (1923) y Cromos evangélicos (1938), recibió premio en el concurso literario por el centenario de Cienfuegos, en 1919, con el poema Himno a la Inmaculada Concepción , y en los Juegos Florales de Santiago de Cuba, en 1921, con el ensayo Juicio crítico sobre las poesías de José María Heredia . Ejerció el sacerdocio varios años en Guantánamo y también dio a conocer el folleto Razones y trompetillas (1927) con el fin de combatir el espiritismo. La fuente principal de su inspiración poética estuvo siempre en la Biblia.

LOS DIEZ LEPROSOS

Éramos diez leprosos, y era el llanto
el bien mejor que nos dejó la suerte:
el más bello horizonte era el espanto,
la más dulce ilusión era la muerte.

Pasó un día El Rabí por nuestra senda,
pedímosle un milagro, y aquel día
al templo al ir con la legal ofrenda
tornóse nuestra lepra lozanía.

Contemplándome limpio cual la nieve,
volví al Maestro, y le besé de hinojos
la fimbria de su túnica de grana.

Y al preguntarme por los otros nueve,
cual yo curados, desnudó a mis ojos
su fealdad la ingratitud humana.

LÁGRIMAS DE PEDRO

Presumí de mi amor en la porfía,
y, a la burlona voz de una criada,
aquel valor con que esgrimí la espada
fue luego timidez y cobardía.

Perjuraba que no le conocía
ni de hombre tal se me importaba nada,
cuando el gallo, clarín de la alborada,
reproche fue de la conciencia mía.

Del palacio salí: mudas querellas
vi que me dirigían tristemente
por mi traición enorme las estrellas.

Y mi culpa medí con tal espanto
que mientras viva la tendré presente
y con la vida acabará mi llanto.

 
MARÍA MAGDALENA

Yo era en Jerusalén la pecadora
¡Tanta la fama fue de mi licencia!
Rió mi corazón en la impudencia...
¡Cuánto el ya nuevo corazón lo llora!

La vista del Maestro fue la aurora
tras la noche infernal de mi conciencia.
Antes, todo pecado; trasparencia
de finísimo amor es todo ahora.

Le amo porque pequé, y Él, indulgente,
perdonó mis pecados, y mi frente
purificó de estigmas y desdoro.

Por Él vivo y suspiro y callo y lloro,
y no me importa si me ve la gente
limpiar sus pies con mis cabellos de oro.