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LOS DIEZ LEPROSOS
Éramos diez leprosos, y era el llanto
el bien mejor que nos dejó la suerte:
el más bello horizonte era el espanto,
la más dulce ilusión era la muerte.
Pasó un día El Rabí por nuestra senda,
pedímosle un milagro, y aquel día
al templo al ir con la legal ofrenda
tornóse nuestra lepra lozanía.
Contemplándome limpio cual la nieve,
volví al Maestro, y le besé de hinojos
la fimbria de su túnica de grana.
Y al preguntarme por los otros nueve,
cual yo curados, desnudó a mis ojos
su fealdad la ingratitud humana.
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LÁGRIMAS DE PEDRO
Presumí de mi amor en la porfía,
y, a la burlona voz de una criada,
aquel valor con que esgrimí la espada
fue luego timidez y cobardía.
Perjuraba que no le conocía
ni de hombre tal se me importaba nada,
cuando el gallo, clarín de la alborada,
reproche fue de la conciencia mía.
Del palacio salí: mudas querellas
vi que me dirigían tristemente
por mi traición enorme las estrellas.
Y mi culpa medí con tal espanto
que mientras viva la tendré presente
y con la vida acabará mi llanto. |
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Yo era en Jerusalén la pecadora
¡Tanta la fama fue de mi licencia!
Rió mi corazón en la impudencia...
¡Cuánto el ya nuevo corazón lo llora!
La vista del Maestro fue la aurora
tras la noche infernal de mi conciencia.
Antes, todo pecado; trasparencia
de finísimo amor es todo ahora.
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Le amo porque pequé, y Él, indulgente,
perdonó mis pecados, y mi frente
purificó de estigmas y desdoro.
Por Él vivo y suspiro y callo y lloro,
y no me importa si me ve la gente
limpiar sus pies con mis cabellos de oro. |