Retornar al "Home Page" ...
 
 
APOSTILLAS

Más del Año Sacerdotal
Eduvigis y Josefina
por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL

INTRODUCCIÓN GENERAL

Su Santidad Benedicto XVI convocó a la Iglesia para este Año Sacerdotal, con objetivos muy claros de índole eminentemente espiritual.

Me parece que en todas las comunidades eclesiales con historia –porque la tienen y porque se cultiva la memoria–, existen personajes que encarnan una porción de esta historia en alguna dimensión de la vida eclesial. No suelen aparecer en los libros de Historia de la Iglesia acerca de esa porción de la realidad, destinados, como es natural, a recoger los hechos más visibles y significativos, cuyos protagonistas son papas, cardenales, obispos, teólogos famosos, sacerdotes ilustrados y buenos, laicos comprometido s muy notables, religiosas extraordinarias, etc. Lamento que, con frecuencia, aun con relación a esos personajes conocidos, cuyos hechos jalonan la historia de la Iglesia local, se insista solamente en su vida “oficial”, en los datos de lo que hicieron, y no se le pone rostro y carne a la figura: cómo eran, cuál era su carácter, qué les gustaba hacer, etcétera.

A pesar de que mis informaciones sobre esta “carne existencial” de los amables fantasmas del pasado eclesial nuestro, son muy limitadas, he tratado de recordarla, de hacerla presente, con relación a algunos de estos personajes de generaciones anteriores a la mía, pero que conocí bastante bien. Sea recordando su vida entera, sea redactando un breve anecdotario o un conjunto de pinceladas que nos son necesarias para completar el retrato. Lo he hecho, por ejemplo, en más de una ocasión, con nuestro nunca olvidado cardenal Manuel Arteaga y Betancourt (+1963)): vicario general de La Habana desde 1915 hasta 1939; vicario capitular de 1939 a 1942, arzobispo de La Habana desde febrero de 1942 hasta marzo de 1963. Había sido designado cardenal por el irrenunciable Papa Pío XII, el Papa de nuestra juventud, querido y admirado, en el Primer Consistorio después de la Segunda Guerra Mundial (diciembre de 1945; recibió el capelo –me parece recordar– en febrero de 1946). Fue el primer cardenal cubano que participó en una elección pontificia, la de Juan XXIII, en octubre de 1958. Nuestro actual arzobispo, el cardenal Jaime Ortega Alamino, ha sido el segundo: participó en el cónclave que eligió al actual Pontífice, Benedicto XVI.

Estas observaciones valen no sólo para el recuerdo de los hombres y mujeres de la Iglesia. Lo mismo se desea con relación a las personalidades del mundo de la cultura, de la política, etc. Como he tenido la fortuna de conocer a algunos de ellos, me doy cuenta de cuán diferente puede resultar la imagen vital que conservo, de la que aparece en un libro o en un artículo de periódico o revista, en sus aniversarios más importantes.

EL AÑO SACERDOTAL Y EL RECUERDO DE ALMAS BUENAS

Su Santidad Benedicto XVI convocó a la Iglesia para este Año Sacerdotal, con objetivos muy claros de índole eminentemente espiritual; año destinado, en primer lugar, a nosotros los sacerdotes, para que no obviemos lo que de nosotros dependa en orden al crecimiento espiritual, a la fidelidad a Jesús y a la Iglesia , pero destinado también a todos los fieles, para que nos acompañen con su reflexión, su cercanía y su oración por la santidad y el incremento del número de los sacerdotes, imprescindibles para la vida de la Iglesia. Desde el primer momento en el que supe de esta feliz convocatoria del Santo Padre, espontáneamente me vino a la memoria la dulcísima imagen de las ancianas Eduvigis, habanera, y Josefina, camagüeyana.

EDUVIGIS

Me parece que los sacerdotes sobrevivientes que podemos recordar a Eduvigis ya no somos muchos: monseñor Alfredo Petit, monseñor José Siro González Bacallao, los padres Francisco Naranjo y Juan Méndez y el que suscribe estas líneas. Los laicos que visitaban con frecuencia a monseñor Ángel Gaztelu en la parroquia del Espíritu Santo también la conocieron. Entre ellos, menciono a José Lezama Lima, que gustaba bromear con ella, y a los esposos Cintio Vitier y Fina García Marruz. Monseñor Evelio Díaz, arzobispo de La Habana durante una buena parte del período de monseñor Gaztelu en la Parroquia del Espíritu Santo y que había sido rector del Seminario, también conoció bien a Eduvigis y la quería y admiraba.

A Eduvigis la conocí anciana, pero todavía fuerte. Pienso que en los años cincuenta podría andar por los sesenta o setenta años. Para nosotros, en el Seminario “El Buen Pastor”, era ya una leyenda viva. En tiempos anteriores, cuando el Seminario estaba en donde ha vuelto a estar desde 1966, todos los domingos llevaba uno o dos pomos grandes, con dulce de alguna fruta, en almíbar, hecho por ella, suficiente para el postre del domingo de todos los seminaristas. En aquellos años cincuenta, el transporte a “El Buen Pastor” no era fácil y ya no nos llevaba tal golosina todas las semanas, pero sí con mucha frecuencia. Como Lola, la mamá del seminarista René Ferreiro (no llegó a ordenarse; vive en México), que nos llevaba tamales, y Obdulia, la bondadosísima y encantadora abuela paterna de monseñor Petit, que nos llevaba helados deliciosos. Mi madre no podía faltar en esa “procesión” y llevaba ciruelas pasas rellenas con queso y “tapadas”, por una rajita ínfima de jalea de guayaba.

Eduvigis rezaba el Rosario todos los días. pimero por Angelito y despues por todos los seminaristas... Sabíamos, eso sí, que la vinculación de Eduvigis con el Seminario iba mucho más allá de los dulces en almíbar. Estos eran el signo. Desde que era joven, había consagrado su vida a orar por los seminaristas y los sacerdotes. Además de la misa y el rosario diarios (con sus quince misterios de entonces), una noche a la semana la pasaba en vela de oración, en su cuarto, frente a su altarcito doméstico, sentada en una comadrita que, más tarde, ya sacerdote, conocí bien. En una ocasión en que fui a visitar a Gaztelu y no lo encontré –a inicios de la década de los ochenta–, me quedé un rato, en la sacristía de la parroquia del Espíritu Santo, hablando con Eduvigis y con Ramoncito Junco, el sacristán y archivero, de la misma estirpe espiritual que Eduvigis. Le pregunté a ella: “Eduvigis, ¿todavía tu pasas una noche a la semana en tu  

comadrita para orar por los sacerdotes y seminaristas?”. Me respondió inmediatamente: “Sí, niño, pero ya no tengo mérito, me quedo dormida casi enseguida y lo único que puedo ofrecer es el dormir en la comadrita en vez de dormir en la cama”. ¡Qué alma gigante aquélla!

No recuerdo si ese mismo día o en alguna otra ocasión anterior, en la que Gaztelu no estaba, le pregunté cómo había empezado ese interés suyo por los seminaristas y sacerdotes. Sonrió con una cierta picardía: “Ay niño, eso empezó por la Catedral , cuando Angelito (Gaztelu) era seminarista… Tú sabes, él era muy bonito y las muchachitas de la Catedral eran muy ‘salidas'. Cuando él iba a dar catecismo, le pintaban fiestas. Yo las regañaba y las espantaba, porque eran como moscas tras el dulce, pero ellas me decían, las muy frescas, ‘todavía no es sacerdote'… Entonces le llamaba la atención a él, para que no las tratase, como lo hacía con todo el mundo, caballeroso y bien educado como era, pues ellas interpretaban su amabilidad de otra manera. Él me decía: ‘Eres muy mal pensada, Eduvigis'… No me hacían mucho caso, ni ellas ni él. Entonces me dije: ‘Eduvigis, ya tú no puedes hacer otra cosa por esa vocación que rezar'. Y empecé por rezar el Rosario todos los días por Angelito; después incluí a los demás seminaristas, pues todos necesitan oraciones… Luego, añadí la oración nocturna en la comadrita, frente a mis santos, y los pomos de dulce de los domingos, para que los muchachos vieran que una los quería y los quería ver sacerdotes buenos… Niño, ¿no es verdad que Angelito es un sacerdote bueno? Hay gente que habla boberías. Casi siempre hay quien habla mal de los sacerdotes , aunque sean buenos. Y yo sé que Angelito es un sacerdote bueno”.


¿Acaso en las palabras y actitudes de Eduvigis –muchas otras anécdotas podríamos contar los que la conocimos– no están expresadas, con su lenguaje propio, las motivaciones y las recomendaciones que nos hace el Santo Padre cuando nos habla de este Año Sacerdotal? Ramoncito Junco, más conocido pero más callado, decía cosas semejantes cuando se sentía en confianza.

JOSEFINA

Por aquellos años de mi vida como seminarista y luego como sacerdote formador en el Seminario, conocí a otra señora mayor, de la misma estampa que Eduvigis. Josefina se llamaba esta y era camagüeyana. Hacía cosas por el estilo. Como vivía en su ciudad, venía a La Habana una vez al año y se hospedaba en casa de unos parientes. Pero mientras duraba su estancia acá, iba todos los días al Seminario: a la misa de comunidad y a la hora de visitas. Recuerdo que un año coincidió su estancia con los festejos de Navidad de los seminaristas, y la invitamos a que comiera esa noche con nosotros. Hace más de cuarenta años y no olvido la luminosidad de su rostro arrugado. ¡Cómo gozó Josefína aquella noche! Después de los cantos de Navidad tradicionales, los seminaristas –con su carga de guitarras y bongó– salieron del comedor marcando el paso, acompañados por una especie de conga: “Se acabó lo que se daba, se acabó…” Me levanté de mi puesto y fui a buscar a Josefina a su asiento, la tomé del

brazo y la acompañé en esa conguita inocente: ¡Alabao sea Dios! –decía ella, “arrollando” también con pasitos breves y contoneos apenas perceptibles–“¡La negra Josefina bailando

conga en La Habana con el padre Carlos Manuel de Céspedes! Ya lo único que me falta es que cuando yo me muera, los sacerdotes de Camagüey lleven mi ataúd en hombros y dentro de la caja me estaré riendo. ¡Sí señor!” Y así fue. Yo no pude ir a ese entierro, al que habría ido, pero después supe por alguno de los sacerdotes camagüeyanos, que eran seminaristas en la época de sus visitas habaneras, siendo yo rector de San Carlos –probablemente Osvaldo Cambra o Raúl Fernández– que en el entierro de la buena Josefína, habían sido ellos, los sacerdotes, los que cargaron su ataúd.

PUNTO FINAL

Nuestras vidas caminan arropadas por personas semejantes. Ahí están, a la mano, aunque en ocasiones no las “veamos”. Sólo hay que prestar atención para percibirlas. Su bondad sencilla y quieta, casi oculta, compensa con creces el “escándalo” de la grandilocuencia y del pavoneo de otros, en la Iglesia y en la sociedad civil. Aquellos nos estimulan, nos ayudan en el camino de la existencia cristiana. Con relación a estos, los otros, paciencia y oración y, algunas veces, mirar hacia otro lado, para no caer en la tontería pecaminosa de las críticas estériles.

La Habana , 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María.

 

La Habana , 15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María.