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OPINIÓN

por Orlando Márquez
Lo que funciona
Ha sido una buena decisión de las autoridades reabrir los preuniversitarios urbanos. Desde estas mismas páginas, más de una vez en todos estos años se manifestó un criterio, con respeto y con argumentos razonables, contrario a la opción única de las escuelas internas. No éramos ni somos opuestos a la idea de la escuela interna per se, sino a la condición de exclusividad que se le dio a esta práctica al eliminar la posibilidad de optar entre dos ofertas para poder acceder después a la universidad o simplemente alcanzar el grado de bachiller.

Está claro además que el mantenimiento de miles y miles de estudiantes internos, a fuerza de voluntarismo, iba ya contra toda racionalidad económica y el equilibrio emocional de algunos. No pocos maestros enamorados de su profesión al inicio, perdieron después todo interés por la enseñanza en la medida en que muchos de estos centros internos los alejaron de su propia familia, se volvieron riesgosos y contrarios a los propósitos que les dieron origen: la educación.

Ese había sido también, por largo tiempo, el criterio de un considerable número de padres y aun de los mismos estudiantes, muchos de los cuales decidieron renunciar a la universidad y optaron por continuar estudios de nivel medio antes de pasar por la no deseada experiencia de la beca . Y, de un modo no esperado, para buena parte de ellos la universidad se fue a bolina.

En mis tiempos de estudiante la beca era una opción más. Los que preferíamos el “pre en la calle” decíamos que lo otro era estar “encerrao”. En lo personal nunca me gustó la idea de irme de casa, y mis recuerdos de estudiante de secundaria y sobretodo de preuniversitario son muy agradables, a pesar de las no siempre buenas condiciones de algunas aulas, o de las letrinas y las duchas frías cuando íbamos 45 días a “trabajar” al campo. Recuerdo aquellos tiempos juveniles en que se saboreaba cierto grado de libertad, matizada con aciertos y errores cuando creíamos que descubríamos la independencia, como de los mejores que he vivido. Vernos cada día después de dormir en casa, conversar sobre el último programa de “San Nicolás del Peladero”, ir después de clases directo de la escuela al cine cada jueves de estreno, o ponernos de acuerdo para estudiar o ir a una fiesta el sábado son recuerdos que saboreo con deleite.

Siempre hubo estudiantes que preferían el internamiento, también hoy. Y quizás por razones económicas u otras causas, como residir en un lugar apartado, sea un acuerdo familiar que el joven continúe estudios en estos centros preuniversitarios internos si desea alcanzar un título profesional. Pero la posibilidad de elegir y tener opciones no debe obviarse. Poder elegir entre dos o más opciones es un ejercicio de libertad, una necesidad del espíritu humano.

Por los días cercanos al inicio del actual curso escolar, algunos medios hablaron de que esto había sido un deseo manifestado durante mucho tiempo por padres, alumnos y profesores . Creo que los positivos resultados para la sociedad se verán a mediano plazo si se garantizan las condiciones de estos centros educacionales.

Al permanecer más tiempo unidos, padres e hijos se comunicarán más entre sí, las familias formarán lazos más sólidos, la sociedad saldrá beneficiada. Después puede venir el periodo de internamiento para aquellos que continúen la universidad lejos de casa si desean y pueden hacerlo, pero la etapa de la adolescencia y la primera juventud, la más importante en la formación del carácter del individuo habrá sido vivida en el calor del hogar. Nada sustituye el hogar, sea pobre o con las comodidades necesarias, solo allí se puede aprender lo que es una familia. Y, según sean las familias, así será la sociedad.

De modo que este deseo manifestado durante mucho tiempo por familias cubanas se ha hecho realidad. Hay otros deseos de los ciudadanos que merecen una atención y respuesta también positivas. Está claro que no se trata de que el Estado, o las autoridades correspondientes o las leyes, satisfagan todos los antojos o deseos, por sanos que sean, de cada uno de los ciudadanos. Pero cuando los deseos son necesidades, y estas a su vez convergen con lo que es funcional y positivo, es decir, práctico y eficaz para la sociedad, como ocurrió con la reapertura de los pre-universitarios urbanos, entonces el Estado, las autoridades correspondientes y las leyes deben atender esas demandas y esforzarse por responderles adecuadamente.

Otro ejemplo de decisión funcional ha sido la nueva ampliación de permisos de taxis privados. Si el aparato estatal no puede garantizar por sí solo el transporte de la población, a pesar de las cuantiosas inversiones en transporte, sí puede aliviar el impacto de esta carencia apelando a los ciudadanos particulares que quieran, y puedan, desarrollar esa función. Es cierto que no todos los bolsillos pueden acudir al “botero”, pero otros sí. En la práctica esta política funciona porque aminora la demanda del transporte público, y ello permite que parte de los recursos que se invierten en adquirir ómnibus, combustibles o neumáticos para destinarlos a programas altamente subsidiados, se destinen a otros sectores que demandan inversión. Es cierto que La Habana se ha saturado de viejos automóviles de alto consumo (aunque hay verdaderas joyas sobre ruedas que honran a la ciudad); sería bueno considerar la conveniencia de cambiar, en lo posible, esas viejas máquinas contaminantes por automóviles más modernos que de seguro los mismos choferes podrían adquirir pues de hecho, además de pagar impuestos, con lo que ganan deben comprar combustible, aceites, neumáticos y otros repuestos. ¿Por qué no podrían comprar otro automóvil? Lo que funciona en bien de la sociedad debe ser potenciado.

Algo similar sucede con las tierras entregadas en usufructo ante la necesidad de aumentar la producción nacional de alimentos. Un reporte del corresponsal en Cuba de la BBC Michael Voss ( Seeds of change in Cuban farming ), recoge la experiencia de un campesino camagüeyano, quien vive con dos hijos y su esposa embarazada en una rústica casa de madera sin electricidad, ordeña sus tres vacas a mano y, con la ayuda de su hijo y una yunta de bueyes ara la tierra que estuvo cubierta de marabú. Pero, según la nota del periodista británico, a pesar de trabajar rompiéndose la espalda como se hacía hace cien años, el campesino se siente feliz porque “es diferente cuando uno trabaja para uno mismo que cuando recibe un salario”.

Si bien los informes a veces parecen contradictorios –reportes de prensa indican tanto la felicidad de los usufructuarios como las dificultades que enfrentan para adquirir semillas, la carencia de instrumentos de labranza, la escasez total de pesticidas, la demora de entrega de tierras en algunas zonas o la negativa de entregar más tierra a quienes ya producen–, la medida ha contribuido a que un mayor número de personas se dediquen a producir alimentos y, mientras más alimento se produzca, mayor será la oferta para la mesa de la familia cubana. Según esta oferta crezca, los precios deben ir disminuyendo. Sin dudas estimularía aún más al productor –y a la producción–, si estos dependieran menos de las ineficientes y extemporáneas entidades estatales intermediarias, si con los ingresos por su trabajo pudieran modernizar sus técnicas de producción, adquirir nuevas tierras o contratar más mano de obra. Esto es una medida funcional , funciona, aporta resultados positivos que benefician a un creciente número de ciudadanos, fortalece la economía del país, hace la vida más normal.

Todo aquello que funciona debe ser potenciado. Una de las innegables realidades de las últimas cinco décadas es precisamente la de la superación técnica o profesional de los cubanos. Es cierto que el talento abunda en la sociedad cubana. Pero en buena medida es un talento restringido, atado, reo de las mismas estructuras y políticas que lo crearon. En ocasiones se pierde, y en otras se debate en la impotencia y el sufrimiento, porque nada hiere más al talento que la imposibilidad de mostrarse y rendir frutos. Donde mucho se ha invertido, poco se ha aprovechado. Pero no tiene que seguir siendo así.

Recientemente un alto funcionario del Estado afirmaba en público que no se debe esperar todo de “papá-Estado”. Es un razonamiento válido, una invitación a asumir las responsabilidades que corresponda a cada uno. Es preciso entonces crear condiciones para que el ciudadano dependa menos de ese “papá-Estado”. Entre los mayores peligros, y daños, de la colectivización y la centralización extrema de decisiones está precisamente el ablandamiento del carácter de los ciudadanos como individuos: si todo está pensado de antemano, si todo ha sido decidido para mí, para qué preocuparme. Si el colectivo se superpone al individuo, la responsabilidad es una entelequia diluida en el grupo, no es un asunto personal, no es un problema mío, sino del colectivo, por tanto en ocasiones, la responsabilidad es de nadie.

Ciertamente hay decisiones que se toman por consenso, que requieren del grupo para decidirlas o ponerlas en práctica; pero para que esto funcione realmente, el individuo tiene que comprometerse antes consigo mismo, lo cual hará de buena fe cuando tenga la certeza de que el grupo servirá para potenciarlo como individuo y no para actuar contra sus intereses. No se trata de fomentar el individualismo, pero sí el valor del individuo como ser social. Las religiones y ciertos ideales superiores pueden demandar grandes renuncias personales. También en un orden más mundano o en asuntos del acontecer social diario, el hombre es capaz de renunciar a intereses personales cuando el bien del grupo garantiza su propia seguridad, bienestar y progreso, el suyo y el de su familia.

Es decisivo que el Estado, las autoridades correspondientes y las leyes, continúen dando la oportunidad para que el talento cubano se manifieste cada vez más y más. Libérese todo el talento restringido y toda la energía acumulada en la mente y el cuerpo de los ciudadanos; que el más capaz viva mejor de su trabajo honrado y contribuya, a su vez, al bienestar de los que queden en desventaja. No hay que temer al “enriquecimiento” de algunos. ¿Acaso no hay ya ricos entre nosotros, y algunos con una riqueza de origen dudoso? Entre lo funcional, lo que funciona para el progreso individual y social, pueden estar también leyes que atajen al descarriado y leyes para liberar el talento de los ciudadanos. Lo que funciona debe ser potenciado.