y fue dicho Papa el que introdujo el nombre de santa Lucía en el canon romano, después de otra mártir siciliana, santa Águeda. Y ello se debió por la piedad popular romana a finales del siglo VI. Cerca de treinta años después de la muerte de san Gregorio (murió el 604), el Papa Honorio erigió en Roma una iglesia en honor de la santa. De Roma pasó la devoción a otros lugares de Italia y la vemos en los cánones de las liturgias de Rávena y Milán.
Las actas nos dicen que era de familia rica y cristiana y que el padre murió cuando era niña. La madre, Eutiquia, sin consultar con ella, la prometió a un joven pagano. Ella ya había decidido consagrarse a Cristo. Lo que ocurrió después sería decisivo en su vida.
La madre enfermó y Lucía la cuidó filialmente. Pero al no mejorar su salud, decidió ir a Catania (Sicilia) al sepulcro de la mártir santa Águeda, ya célebre por sus milagros. Lucía oró fervorosamente y en su oración sintió que se le aparecía santa Águeda anunciándole la curación de su madre, y que Siracusa sería famosa a causa de ella, como Catania lo era por Águeda. Lucía contó a su madre la aparición y en ese momento quedó esta curada. Regresaron a Siracusa y para realizar su consagración a Dios, comenzaron a repartir su hacienda entre los pobres.
Tal conducta las deleitaba como cristianas. El joven prometido de Lucía recibió una negativa rotunda de ella y despechado, decidió denunciarlas a las autoridades imperiales. Téngase en cuenta que la persecución de Diocleciano fue la más terrible y de mayor número de mártires que tuvo el cristianismo en el imperio romano, en los cuatro primeros siglos de la Iglesia.
Detenida la santa fue llevada al prefecto Pascasio, ante quien confesó valientemente su fe cristiana pese a las amenazas que trataron de disuadirla.
Una de estas era llevarla a una casa de prostitución, a lo que contestó Lucía que cuando el alma no consiente, la profanación del cuerpo no afecta a la persona. Trataron de conducirla a la fuerza pero no lograron moverla. Entonces se le untó pez y la metieron en una hoguera, pero tal como ella había anunciado, las llamas no surtieron efecto. Eso provocó el asombro de la muchedumbre y que muchos pensaran hacerse cristianos. El prefecto decidió entonces recurrir a la espada por la garganta y así expiró.
Santa Lucía se representa con la espada y una herida en el cuello. También con un libro y la lámpara de aceite. Otras veces con los ojos en un plato, lo cual se explica por el significado de su nombre (Luz) y de la leyenda según la cual ella se había sacado los ojos para no pecar.
En la liturgia de las horas, el 13 de diciembre nos ofrece una bella homilía de san Ambrosio de Milán exaltando la virginidad que practicó santa Lucía, inspirándose en el Cantar de los Cantares , el libro de autor anónimo, del Antiguo Testamento, bajo el seudógrafo de Salomón.
“Tú, una mujer del pueblo, una de entre la plebe, una de las vírgenes, que, con la claridad de tu mente, iluminas la gracia de tu cuerpo (tú que eres la que más propiamente puede ser comparada a la Iglesia ), recógete en tu habitación y, durante la noche, piensa siempre en Cristo y espera su llegada en cualquier momento.
”Así es como te deseó Cristo, así es como te eligió. Abre la puerta, y entrará, pues no puede fallar en su promesa quien prometió que entraría. Échate en brazos de aquel a quien buscas; acércate a él, y serás iluminada; no lo dejes marchar, pídele que no se marche rápidamente, ruégale que no se vaya. Pues la Palabra de Dios pasa; no se la recibe con desgana, no se la retiene con indiferencia. Que tu alma viva pendiente de su palabra, sé constante en encontrar las huellas de la voz celestial, pues pasa velozmente.
”Y, ¿qué es lo que dice el alma? Lo busco, y no lo encuentro; lo llamo, y no responde. No pienses que le desagradas si se ha marchado tan rápidamente después que tú le llamaste, le rogaste y le abriste la puerta; pues él permite que seamos puestos a prueba con frecuencia.
”¿Y qué es lo que responde, en el Evangelio, a las turbas, cuando le ruegan que no se vaya?
”También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.
”Y, aunque parezca que se ha ido, sal una vez más, búscale de nuevo.
”¿Quién, sino la santa Iglesia, te enseñará la manera de retener a Cristo? Incluso ya te lo ha enseñado, si entiendes lo que lees: Apenas los pasé, encontré al amor de mi alma: lo abracé, y ya no lo soltaré.
”¿Con qué lazos se puede retener a Cristo? No a base de ataduras injustas, ni de sogas anudadas; pero sí con los lazos de la caridad, las riendas de la mente y el afecto del alma.
”Si quieres retener a Cristo, búscalo y no temas el sufrimiento. A veces se encuentra mejor a Cristo en medio de los suplicios corporales y en las propias manos de los perseguidores.
”Apenas los pasé, dice el Cantar . Pues, pasados breves instantes, te verás libre de los perseguidores y no estarás sometida a lo poderes del mundo. Entonces Cristo saldrá a tu encuentro y no permitirá que durante un largo tiempo seas tentada.
”La que de esta manera busca a Cristo y lo encuentra puede decir: Lo abracé, y ya no lo soltaré, hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas. ¿Cuál es la casa de tu madre y su alcoba, sino lo más íntimo y secreto de tu ser?
”Guarda esta casa, limpia sus aposentos más retirados, para que, estando la casa inmaculada, la casa espiritual fundada sobre la piedra angula, se vaya edificando el sacerdocio espiritual, y el Espíritu Santo habite en ella.
”La que así busque a Cristo, la que así ruega a Cristo no se verá abandonada por Él; más aún, será visitada por Él con frecuencia, pues está con nosotros hasta el fin del mundo”.
(cfr. Liturgia de las Horas, t. I, pp. 1029-1030).
CONCLUSIÓN
Es lástima que muchos de nuestros fieles ven en los santos exclusiva o preferentemente unos intereses para nuestras necesidades. Claro que los católicos admitimos dicha intercesión
Pero debemos ver en ellos sobre todo el ejemplo.
En santa Lucía debemos ver su valentía al confesar su fe cristiana.
Sabemos que a veces por manifestarnos como cristianos podemos ser objeto de burlas, discriminación, pérdida de prestigio ante algunos, etcétera. |