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SOCIEDAD

  - Las vacaciones.
por Miguel Sabater Reyes.
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por Arturo A. Pedroso.
     

Las vacaciones
por Miguel Sabater Reyes
Ilustraciones Joel Serrano


El anhelo de que nos suban el sueldo, mejoren el almuerzo en el comedor obrero y las vacaciones, son algunas de las grandes esperanzas de los trabajadores.

Saber que podemos hacer lo que nos plazca en cada uno de esos 30 días anuales que nos tocan de descanso, sin la presencia y exigencia de nuestros jefes, claro que nos reconforta. Es como si de pronto saliéramos del régimen de un palenque para entrar a lleno al cimarronaje, aunque no por mucho tiempo. Porque con las vacaciones sucede a veces lo mismo que con nuestras horas de sueño, cuya mejor parte es precisamente cuando se nos están acabando.

No hay discusión sobre las numerosas razones en que se fundamenta el derecho sobre la necesidad de las vacaciones. La discusión empieza cuando analizamos las vacaciones en sí mismas, ya que pudieran llegar a ser tan angustiosas como una pesadilla.

Tal es el caso de la casa en la playa, una de las habituales opciones de verano. Pero si cometes el desliz de dar la dirección…, olvida el tango y canta bolero; porque no hay nada más parecido

La discusión empieza cuando analizamos las vacaciones en sí mismas...
a un pan con azúcar invadido de hormigas que una casa en la playa. A esa hora todo el mundo va a tu encuentro desde todos los confines de la tierra; hasta quienes nunca te visitan ni te llaman por teléfono con el cuento de que la vida es tan agitada que no hay tiempo para nada. Pero sí para aparecérsenos en la playa. Y lo curioso es que esa gente llega con un entusiasmo tremendo, como si de verdad nos complaciera su visita, como si su presencia nos pusiera muy contentos. Vienen con la cabeza cargada de planes pero con las manos vacías. Dicen que van a pasarse unas horas, y si después de darles almuerzo no te pones duro, comen por la noche y se te quedan en la casa aunque no haya camas suficientes, pues duermen sobre balsas infladas o en el suelo. No les importa los medios sino el fin: quedarse hasta el día siguiente.


La primera forma de manifestarse las vacaciones es como una añoranza. Este es el momento en que la gente suele decir: “Qué deseos tengo de coger vacaciones”.

Cuando ellas van acercándose surge lo que pudiera llamarse el escozor mental de las vacaciones, bajo cuyos efectos el trabajador ya apenas rinde en su jornada, pues para lo único que tiene cabeza es para pensar que pronto saldrá de descanso.

La última fase de ese proceso es el alumbramiento de las vacaciones, recién nacidas justamente esa mañana en que sentimos la feliz certidumbre de que no tendremos que vérnosla con la guagua o la botella, ni la preocupación de si a pesar de nuestro esfuerzo por llegar temprano nos pasan la raya roja en el libro de asistencia. Y luego saber que estamos lejos –aunque solo por un corto tiempo– del dime que te diré del mundo del trabajo, cada vez más dominado por ese cáncer social que es el chisme del subordinado sobre el jefe, o del jefe con los otros jefes, o entre empleados, hasta el punto de que se tiene la impresión de que nadie quiere a nadie, y de pronto todos parecen quererse… ¡No digo yo si todo eso no eleva el estrés a grados alarmantes, acrecentando la urgencia de las vacaciones!

Los primeros días de vacaciones todo es color de rosa, pues como el cobro fue reciente, florecen las ilusiones. Se hacen planes de todo tipo, pero después de dos o tres paseos uno constata que el calor y el transporte son insoportables. Además todo el mundo va a los mismos sitios: la playa, el acuario, el jardín botánico, la cámara oscura, las rutas y andares, la maqueta de La Habana …, y aunque es verdad que los niños son la esperanza del mundo, los adultos no estamos preparados para tolerarlos con sabia paciencia durante más de dos horas sostenidas.

Como todos o la mayor parte de los miembros de la familia están en casa, hay que darles desayuno, almuerzo y comida, y el dinero nunca dio para tanto, por lo menos el que ganamos trabajando. La suerte es que en este tiempo quedan papas en el mercado, y si no ha pasado algún ciclón todavía hay plátanos y huevos.

Este es el momento en que para algunos sus proyectos de verano se convierten en un jardín de rosas mustias, y deciden quedarse en casa viendo la misma vida del barrio pasar y el barrio viéndolos pasar con la misma vida, en compañía de la televisión de verano, los muchachos pidiendo dinero para comprar tamarindos, mangos, durofríos y cuanta cosa venden los vecinos para defenderse de la inclemencia financiera. Los niños abren y cierran el refrigerador cada cinco minutos para tomar agua, y nosotros peleándoles, porque además de que se gasta corriente y dinero, el congelador de esos refrigeradores chinos hace más hielo que Alaska. Los muchachos sin embargo tan felices…, pero exactamente lo mismo hicimos nosotros hace años…

Uno comprende entonces que si de verdad existen vacaciones es para ellos, porque a nosotros ya el almanaque nos pasó la cuenta; tuvimos que aprender que la vida es como un campo minado, por el que hay que andar con mucho tiento. En cambio ellos todavía conservan la inocencia, que es como un estado de gracia, porque todo se ve color de rosa. Luego, el primer día de clases, el maestro les pregunta cómo pasaron las vacaciones, y todos comentan entusiastas que fueron muy interesantes, aunque gran parte de ese tiempo hicieran precisamente lo mismo que el resto del año: mataperrear por el barrio.

Si se tiene moneda dura, las vacaciones serán blandas como un colchón de agua. Si lo que se tiene es moneda blanda y no mucha, las vacaciones son más duras que una raspadura.

Los que tienen parientes en el campo aprovechan para verlos y así salen del mismo entorno. Ir al campo o a Varadero… representa la opción imposible de irnos de vacaciones al extranjero. Sin embargo deseamos que los extranjeros vengan a pasar sus vacaciones a Cuba. Como los parientes de provincia nos mandaban queso y miel de abejas, ahora nosotros les llevamos detergente, frazadas para limpiar y maquinitas de afeitar porque dicen que eso allá está perdido.

Si se tiene moneda dura, las vacaciones serán blandas como un colchón de agua. Si lo que se tiene es moneda blanda y no mucha, las vacaciones son más duras que una raspadura.

Después, el primer día de trabajo, todo el mundo habla de sus vacaciones. Es como un día feriado, pues nadie trabaja y se lo pagan. Siempre habrá quien fue a Guanabo y dijo que estuvo en Varadero, o el que pasó unos días en Tropicoco, que está en Playas del Este, y cuenta que fue a Cayo Coco, llenando con su imaginación el vacío de sus frustraciones.

Las vacaciones son tan necesarias que hasta el Papa se las planifica. Lo que pasa es que el Papa nunca se queda en el Palacio Vaticano. Se va a descansar como Dios manda, lejos del lugar donde trabaja y vive, de lo contrario no tendría vacaciones.

A pesar del calor, las guaguas, los muchachos y no poder hacer todo lo que deseamos, uno agradece las vacaciones. En ellas nos sentimos como el buey cuando le quitan la carreta, que empieza a andar a su antojo por los campos como si le hubieran regalado el mundo. Pero no por mucho tiempo. Porque lo increíble de las vacaciones es que, después de tanto haberlas deseado –como la paradoja del cuento de tócame Roque pero no me toques– hay un momento en que queremos volver al trabajo, lo añoramos.

¿Quién nos entiende?