Carlos Márquez Sterling
y la Constituyente de 1940 |
por Perla Cartaya Cotta

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“Nosotros, los Delegados del pueblo de Cuba,
reunidos en Convención Constituyente
a fin de dotarlo de una nueva Ley Fundamental
que consolide su organización
como
Estado independiente y soberano,
apto para asegurar la libertad y la justicia,
mantener el orden y promover
el
bienestar general, acordamos, invocando
el favor de Dios, la siguiente Constitución…”
Prefacio constitucional
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Desde hace algún tiempo lectores habituales de esta sección me han hecho saber su interés en todo lo que concierne a la Asamblea Constituyente que dio lugar a la Constitución de 1940. He oído en la calle algunas expresiones relacionadas con esa Carta Magna, provenientes de personas que, al parecer, son menores de sesenta años de edad. Pero al menos dos de ellas, vecinas de mi barrio, no recuerdan –o no saben– aspectos esenciales de tan significativos acontecimientos para la nación.
Así las cosas, un día no muy caluroso del pasado mes de junio, decidida a indagar, entrevisté brevemente a diez de las personas, escogidas al azar, que esperaban el P-11 y el P-8 frente al Capitolio, y a varios transeúntes cubanos que, en compañía de algunos adolescentes, tomaban fotos, según dijeron, “a capricho, para llevárnoslas de recuerdo”. Las respuestas, todas expresadas con respeto y cordialidad –por cierto, me preguntaron si yo trabajaba en el Canal Habana–, manifestaban interés en el tema porque está de moda, pero demostraban un desconocimiento casi absoluto de lo que yo preguntaba, incluso hasta en los aspectos más simples: tres personas afirmaron de manera convincente que el otrora Palacio Presidencial había sido la sede de la Asamblea Constituyente de 1940. La única respuesta correcta en todos sus aspectos la expuso, espontáneamente, un señor que dijo ser abogado.
Quizás estas cuartillas contribuyan, modestamente, a “dar luz a las oscuridades”, como dijo con cierta emoción una profesional de la medicina –lectora de esta revista–, con quien dialogué unos minutos mientras esperaba el P-8 para regresar a su casa. Coincide con nosotros en que cuando dejamos hablar a hombres ilustres, hoy olvidados, habla Cuba.
I
Por el camino de siempre, me valgo otra vez del intelectual camagüeyano Carlos Márquez Sterling, por constituir el suyo un testimonio de primera mano. (1)
Creo que el lector, ante todo, debe tener en cuenta ciertas circunstancias de aquella época. Desde el derrocamiento de Gerardo Machado (1933) hasta 1936, Cuba tuvo varios gobiernos provisionales de corta duración presididos por: Carlos Manuel de Céspedes; la llamada Pentarquía; Ramón Grau San Martín; Carlos Hevia; Manuel Márquez Sterling y Carlos Mendieta (elegido unánimemente por una Junta de Sectores Revolucionarios, así la llamaron, convocada por Márquez Sterling).
Carlos Mendieta decide convocar a elecciones de constituyentes, y así lo hace mediante el decreto-ley publicado en la Gaceta Oficial (3 de febrero de 1934). Pero una consigna comienza a abrirse paso: elecciones primero y Constituyente después. La gestión presidencial tropieza con dificultades tan fuertes como fueron la oposición de algunos partidos políticos y de los claustros de profesores universitarios a su gobierno, la huelga revolucionaria de marzo de 1935 –vencida por el ejército y la policía al mando, respectivamente, de los coroneles Fulgencio Batista y José E. Pedraza– y la oposición enérgica del general Menocal y de su partido Conjunto Nacional Democrático (el más fuerte entonces): creía necesario, primero, dotar al país de autoridades de elección popular, después celebrar las elecciones de constituyentes, y ya en un clima de paz, emprender la discusión y aprobación de la nueva Constitución; de no ser así, se abstendría de tomar parte en las elecciones.
El presidente Mendieta acepta –aunque sigue pensando que su propósito se correspondía con el clima revolucionario que había en el país desde la reforma y prórroga de poderes acordada en la Convención de 1928– porque “tenía el deber inexcusable de dotar al país de un gobierno que le devolviera la plenitud de sus libertades y permitiera ordenadamente ponerle fin al régimen de facto”. (2)
La cordura y el evidente propósito de encauzar al país, deponiendo ambiciones políticas y personales, hizo posible que el 10 de enero de 1936 se realizaran los comicios generales, resultando electos: como presidente Miguel Mariano Gómez y como vicepresidente el doctor Federico Laredo Brú, frente a la candidatura Menocal-Cuervo Rubio.
Y como prueba de la voluntad de dotar a la nación de una nueva y necesaria Constitución que dejara atrás las limitaciones comprensibles de la aprobada en 1901, los pasos necesarios para lograrlo se darán uno tras otro.
En abril toma posesión el Congreso elegido. Ese mismo mes se discute en la Cámara de Representantes el trabajo de una comisión, (3) es decir, una moción encaminada a viabilizar el proceso constituyentista. El doctor Carlos Márquez Sterling, presidente de esa instancia de poder, propone y es aceptado encabezar el documento con una disposición preliminar compuesta de preceptos que modificaban “[…] el artículo 115 de la Ley constitucional vigente, de manera que la Convención , en su día, pudiera declararse libre y soberana para redactar y aprobar la nueva Constitución sin cortapisas ni impedimentos legales de ninguna clase”. (4)
Pronto quedó constituida una comisión bicameral, es decir, de legisladores de la Cámara y del Senado. Y elegido como asesor de la misma, el doctor Gustavo Gutiérrez Sánchez, eminente jurista, profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad de La Habana , quien debía ocuparse de la redacción de la ley electoral y del proyecto final de la nueva Constitución.
Mientras tanto, las fricciones entre el presidente Miguel Mariano y el jefe del Ejército, coronel Fulgencio Batista tendrían graves consecuencias: “Acusado el presidente por la Cámara ante el Senado, se constituyó este cuerpo en Tribunal de Justicia, presidido por el titular de nuestra más alta Corte, y con fecha 23 de diciembre de 1936 procedió a la destitución de Gómez”. (5) Por esa razón, asume la presidencia el doctor y coronel Federico Laredo Brú.
El doctor Laredo, sabedor de que “si bien él presidía la República , era Batista su verdadera fuerza desde el campamento de Columbia […] resolvió mediar entre los jefes de la oposición y el coronel Batista. Encontró a este dispuesto a acceder al deseo de constitucionalizar el país…” (6)
El presidente, aprovechando esa favorable circunstancia, “[…] logra reunir en su finca del Wajay a los representativos de todos los partidos gubernamentales y oposicionistas, entre los cuales –afirma el doctor Márquez Sterling– tuvimos nosotros el honor de estar presente. Asistieron Grau y Batista y se dieron un apretón de manos. Laredo pronunció unas palabras muy patrióticas, y abierto el debate de aquella asamblea inolvidable, comenzó la discusión…” (7) que, felizmente, culminó en las elecciones de delegados a la Asamblea Constituyente , que tuvieron efecto el 15 de noviembre de 1939.
Sobre el resultado de esas elecciones, dice Márquez Sterling: “El gobierno obtuvo 35 delegados y la oposición 42. El gobierno había sido derrotado”. (8) Para que el lector pueda apreciar algunos matices políticos e ideológicos de la composición de la asamblea, le ofrezco estos datos: la coalición gubernamental se componía de los siguientes partidos: Partido Liberal (16 delegados electos), Partido Nacionalista (9 delegados electos), Partido Comunista (6 delegados electos), Conjunto Nacional Democrático (3 delegados electos), Partido Nacional Revolucionario (Realista): (1 delegado). La coalición oposicionista se componía de los siguientes partidos: Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) (18 delegados electos), Partido Demócrata Republicano (15 delegados electos), Partido Acción Republicana (5 delegados electos), Partido ABC (4 delegados electos). (9)
Días después, los delegados de los cuatro partidos oposicionistas y sus respectivos jefes, se reunieron en la residencia del general retirado José Martí y Zayas Bazán, hijo del Apóstol, para acordar la estrategia a seguir y escoger los candidatos a la presidencia, vicepresidencia y secretaría de la mayoría, acordándose por unanimidad elegir a los doctores Ramón Grau San Martín, presidente; Joaquín Martínez Sáenz, vicepresidente, y Alberto Boada Miqueli, secretario.
II
El 9 de febrero de 1940 es una fecha significativa para nuestra República: clausuraba el período de violaciones constitucionales abierto en 1928 con motivo de la prórroga de poderes y de la reelección presidencial de Gerardo Machado. Y cerraba los siete años de leyes constitucionales, acordadas por los Consejos de Secretarios y el Consejo de Estado que existían en los gobiernos provisionales que le sucedieron.
El autor de tan valiosos testimonios históricos evocaría esa fecha con serena emoción: “El día de la apertura en el hemiciclo de la Cámara de Representantes, en el Capitolio Nacional, resultó de imperecedera recordación. Era un crisol en ebullición. Tenía el exacto reflejo de su grandeza popular. Allí estaba, en toda su integridad, con su impresionismo y nobleza características, la nación cubana, fundada en Guáimaro noventa años atrás. Afuera, todo el país escuchaba por la radio el grandioso espectáculo que estaba trasmitiéndose.
”Abrió el acto el presidente Laredo Brú, con unas breves y sencillas palabras transidas de emoción.
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”Constituyeron la mesa de edad el doctor Antonio Bravo Correoso, delegado que había sido de la Constituyente de 1901, quien era el de más edad, y los delegados Salvador Acosta Casares y Eusebio Mujal Barniol, secretarios, por ser los más jóvenes.
”A continuación hicieron uso de la palabra los señores Jorge Mañach por la mayoría y José Manuel Cortina por la minoría, y Juan Marinello por los comunistas”. (10)
Destaca Márquez Sterling el discurso del doctor Mañach –excelente orador– porque cumplió plenamente su cometido, y recoge este fragmento: “Nuestros partidos no usarán su mayoría para empequeñecer esta Asamblea con sentido faccioso”. El doctor Cortina coincidía en el enfoque doctrinal con Mañach: “¡Aquí debemos apagar las pasiones egoístas y estar hermanados en este sagrado propósito. Para ello es imperiosa la solidaridad nacional! ¡Los partidos, fuera! ¡ La Patria dentro!” (11)
Y nos cuenta que, si el discurso de Mañach fue recibido fríamente, la última frase de Cortina produjo cierto desasosiego en las tribunas: “Había en ellas muchos partidarios de que la Asamblea fuera trampolín de pasiones políticas y pudiera, a la terminación de su cometido, elegir un nuevo gobierno –aclara Márquez Sterling– sin tener en cuenta las realidades y materialismos de que estaba rodeado todo aquel proceso”. Al captar ese ambiente, dijo Cortina:
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Capitolio Nacional. |
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“Llamo la atención, señores delegados, que esta es una Convención Constituyente, y que una Convención de esta índole es como un altar de creación, como un templo. Y en los templos todos estamos obligados a reprimir nuestras pasiones”. Concluye diciendo: “[…] La nación cubana en su liberación, tuvo por jefe y por guía al más evangélico de los libertadores del mundo, aquel que, hasta para sus enemigos, pedía la Rosa Blanca …” (12)
En la sesión celebrada el día 14 de febrero se efectuó la elección de la Mesa de la Asamblea , con el siguiente resultado: presidente, Ramón Grau San Martín, del Partido Revolucionario Cubano (A). Primero y segundo vicepresidentes: Joaquín Martínez Sáenz (del partido ABC) y Simeón Ferro Martínez (Partido Nacionalista).
Antes de entrar en la discusión de los proyectos de la Constitución , el doctor Grau tenía que resolver los problemas siguientes: la duración de la Asamblea. El Reglamento. El acuerdo de las magistraturas. La renovación de los poderes constituidos. La coexistencia del Congreso con la asamblea. El régimen parlamentario o presidencial. Y, por último, el momento en que entraba a regir la nueva Carta.
El presidente de la Asamblea , de acuerdo con la apreciación del doctor Márquez Sterling, logró solventar todos esos asuntos en medio de grandes dificultades porque la Asamblea se disgregaba constantemente de sus verdaderas funciones, pasando a tratar mociones de carácter general.
Dentro de ese clima, se creó una Comisión Coordinadora y fue designado para presidirla el doctor José Manuel Cortina: sobre esta Comisión, y sobre su persona “pesó la organización y estudio de los proyectos que, una vez armonizados, debían ser traídos a discusión al pleno para su aprobación definitiva”. De él proviene el testimonio sobre los temas medulares que, desde la responsabilidad que desempeñó, considera que provocaron los debates más apasionantes: la Invocación a Dios en el preámbulo de la Constitución , el principio de la Igualdad ante la Ley , el principio de la Irretroactividad de las Leyes Civiles, la Pena de Muerte , el Habeas Corpus , el derecho a la Libre Emisión del Pensamiento, la Libertad de Cultos, la Prohibición de las Organizaciones Políticas contrarias a la Democracia , los Matrimonios por Equiparación , el Laicismo del Estado y la Educación Religiosa , la Libertad de la Sindicalización , la Proscripción del Latifundio y la implantación de un Régimen Semiparlamentario. (13)
Recomiendo, con Márquez Sterling, la atención del lector acerca de hechos de suma importancia. Al mismo tiempo que se celebraba la Asamblea , tenía lugar el proceso electoral en el país, y eran candidatos a la presidencia el doctor Grau y el coronel Batista, que había renunciado a la jefatura del Ejército para poder presentarse como civil. “En estas condiciones, el general Menocal y su Partido, el Demócrata Republicano, resolvieron separarse de la coalición que formaba la mayoría de la Asamblea , para aceptar la candidatura de Batista por la coalición de sus partidos afines…” (14) Por supuesto, al faltarle los votos menocalistas a la mesa de la Asamblea , su presidente se vio en minoría. Y aunque fue ratificado en dicho cargo, por estimarse que la política no debía irrumpir en las sesiones de la Convención , una decisión suya, que no respaldó el pleno, provocó su renuncia a la presidencia de la Asamblea y, por ende, la crisis total de la Mesa. (15)
Al evocar aquella circunstancia, dice el doctor Márquez Sterling: “Enfrentaba el que estas líneas escribe una situación verdaderamente comprometida cuando fue electo presidente de la Asamblea en sustitución del doctor Grau…” (16) porque sólo se habían aprobado parte de los títulos I, II, III y IV del proyecto que se estaba discutiendo. Ante esa realidad, por un acuerdo del pleno, “se decidió conferir a la Comisión Coordinadora la potestad de armonizar el proyecto y traerlo por capítulos al hemiciclo para discutirlo y aprobarlo en su totalidad”. (17) Acordaron, además, modificar el reglamento y autorizar al nuevo presidente a fijar la duración de los turnos a favor y en contra.
La Comisión Coordinadora llevó al pleno los acuerdos, y fueron aprobados. “De esta manera, pude clausurar las sesiones de la Constituyente el 8 de junio de 1940, es decir, a los tres meses del plazo que se había fijado en los acuerdos. Un mes después, se firmó en Guáimaro la Carta y la promulgué en la escalinata del Capitolio. Era el 15 de julio de 1940” . (18)
Epílogo
Creo, sinceramente, que los cubanos debemos sentirnos orgullosos de la Carta Magna de 1940 por lo que significó para esta tierra que amamos tanto y por el reconocimiento de sus méritos en otros países. No fue perfecta, porque no puede serlo obra alguna que proceda de hombres y mujeres que, por su condición humana, tampoco lo son.
Y si es cierto que no llegó a ser cumplida en su totalidad, se incumplió, por ejemplo, el artículo 90 (del “Título Sexto. Del Trabajo y de la Propiedad. Sección Segunda”) que proscribe el latifundio y dice que la Ley limitaría restrictivamente la adquisición y la posesión de la tierra por personas y compañías extranjeras…, también lo es que nunca a Cuba le faltaron hombres cívicos como Manuel Bisbé, Eduardo Chibás, Pelayo Cuervo, Roberto Agramonte, Manuel Dorta Duque y otros, que desde los escaños de la Cámara y del Senado, desde la prensa y las tribunas radiales, y sobre todo, desde el ejemplo de sus propias vidas, lucharon por el respeto y cumplimiento de la Constitución del 40.
Mientras escribo tengo presente a mi madre, que amó tanto a La Habana como a su Sevilla natal. Cuando muere Eduardo Chibás, ella nos dijo: “que Dios y Cuba le perdonen su pecado. Su muerte puede torcer el camino de la historia”. Recordó sus palabras el 10 de marzo de 1952 y agregó: Chibás se lo advirtió a Prío. Las reafirmará y argumentará, más adelante, sosteniéndolas hasta el final de sus días. A estas alturas, todavía las tengo presente.
Me parece que todos los que de una forma u otra repudiamos la dictadura de Fulgencio Batista, y agregamos humildemente nuestro granito de arena al esfuerzo tremendo para que al fin cesara; soñábamos y esperábamos la restitución de nuestra Constitución. Pero los sueños, a veces, sueños son.
A los sesenta y nueve años de haber culminado la Asamblea Constituyente que cumplió dignamente con la misión histórica a ella encargada –agobiada como usted por este verano tan fuerte en todos los aspectos de la cotidianidad–, concluyo el modesto homenaje que esta sección le rinde a todos los cubanos que soñaron e hicieron posible la plenitud de su realización, como pienso que usted prefiere: con la palabra de quien fuera su lúcido presidente, legada en el excelente ensayo que terminó de escribir, entre nostalgias y nieve, en el invierno neoyorkino de 1974:
“ La Constitución de 1940, escrita, discutida y aprobada sin presiones de ninguna clase ni intervenciones de poderes extranjeros, fue obra de todos los partidos políticos de aquella época, de todas las asociaciones, grupos y sociedades que informaron en las comisiones, y de los hombres más capaces de entonces, y constituye la prueba más eficaz de la madurez del pueblo de Cuba cuando es legítimamente interpretado por sus mandatarios, honestamente elegidos en comicios intachables.
”Políticamente, la Constitución de 1940 declara que nuestra República es un estado independiente y soberano, organizado unitaria y democráticamente para el disfrute de la libertad, la justicia social, el bienestar individual y la solidaridad humana”. (19)
“Si en el orden político y civil la Carta del 40 es una de las más avanzadas y progresistas del mundo, en el orden de las conquistas obreras se halla a la cabeza de la mayor parte de los textos de esta índole en el mundo entero. Todos estos derechos están protegidos, y el régimen de los seguros sociales –dice la Enciclopedia Británica , en su edición de 1958, t. V I, p. 833– es de los más avanzados del mundo, pues incluye las vacaciones pagadas y el expediente de despido, sin el cual los obreros, oficinistas y empleados no podían ser separados de sus cargos, sino a virtud de dicho expediente y por sentencia firme que en vía de apelación dictaba la Sala de Garantías Constitucionales y Sociales del Tribunal Supremo, creada específicamente por la propia Carta del 40. Este último derecho, ni siquiera era reconocido en Estados Unidos, de cuya avanzada legislación social nadie podrá dudar razonablemente”. (20)
“El ocaso de la Constitución de 1940 comienza con el golpe militar del 10 de marzo, incubado y dirigido por el general Fulgencio Batista […] No hay dudas de que el general Batista trastornó los cauces legales de la República …” (21)
Referencias y notas
(1) Carlos Márquez Sterling: “Perspectiva histórica de la Constituyente de 1940” . En: Néstor Carbonell Cortina: Grandes debates de la Constituyente Cubana de 1940, Ediciones Universal, Miami, Florida, 2001, pp. 45-46.
(2) Ibídem, p. 46.
(3) La comisión estaba integrada por los representantes Antonio Bravo Acosta, que la presidía, y el doctor Eduardo Suárez Rivas.
(4) Ibídem, p. 2.
(5) El presidente Gómez vetó la legislación que creaba las escuelas cívico-rurales y gravaba el saco de azúcar en nueve centavos, destinando esos fondos a dichos centros educativos (proyecto de Batista). Ver ob. cit.
(6) Ibídem, 1, p. 47.
(7) Ibídem, pp. 47-48.
(8) Ibídem, p. 48.
(9) El doctor Carlos Márquez Sterling aclara que quienes dicen que eran 81 los delegados a la Asamblea no tienen en cuenta que el general Mario García Menocal, el doctor Gustavo Cuervo Rubio y el doctor Miguel Mariano Gómez habían renunciado.
(10) Ibídem, 1, p. 51.
(11) Ibídem, p. 52.
(12) Ibídem.
(13) Néstor Carbonell Cortina: ob. cit., pp. 15-16.
(14) Ibídem, 1, p. 54.
(15) Ibídem.
(16) Ibídem.
(17) Ibídem.
(18) Ibídem, p. 55.
(19) Ibídem.
(20) Ibídem, pp. 56-57.
(21) Ibídem. p. 59. |
DELEGADOS A LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
“Partido Liberal: Manuel Benítez González, César Casas, José Manuel Casanova, Miguel Calvo Tarafa, Felipe Correoso, Arturo Don, Rafael Guas Inclán, Orestes Ferrara, Quintín George, Alfredo Hornedo, José A. Mendigutía, Delio Núñez Mesa, Emilio Núñez Portuondo, Juan Antonio Vinent Griñan y Fernando del Villar. Partido Nacionalista: Francisco Alomá, Fernando del Busto, Nicolás Duarte Cajides, Simeón Ferro Martínez, Ramón Granda, Felipe Jay Raoulx, Armando López Negrón, Juan B. Pons Jane y Francisco Prieto. Partido Comunista: Romárico Cordero, Salvador García Agüero, Juan Marinello Vidaurreta, Blas Roca, Esperanza Sánchez Mastrapa y César Vilar. Conjunto Nacional Democrático: Antonio Martínez Fraga, Eugenio Rodríguez Cartas y Alberto Silva Quiñones. Partido Nacional Revolucionario (Realista): José Maceo González. Partido Revolucionario Cubano (Auténtico): Salvador Acosta Casares, Aurelio Álvarez de la Vega, Ramiro Capablanca, Eduardo R. Chibás, Mario Dihigo, José Fernández de Castro, Ramón Grau San Martín, Alicia Hernández de la Barca, Emilio Laurent, Gustavo Moreno, Eusebio Mujal Barniol, Manuel Mesa Medina, Emilio Ochoa Ochoa, Manuel Parrado Rodés, Carlos Prío Socarrás, Primitivo Rodríguez, Miguel Suárez Fernández y María Esther Villoch. Partido Demócrata Republicano: José R. Andreu, Rafael Álvarez González, Antonio Bravo Acosta, Antonio Bravo Correoso, Alberto Boada Miqueli, Juan Cabrera, Ramón Corona, Miguel Coyula, Pelayo Cuervo Navarro, Francisco Dellundé, Joaquín Meso, Manuel Orizondo, Mario Robau, Santiago Rey y Manuel Fueyo. Partido Acción Republicana: Adriano Galano, Félix García Rodríguez, Carlos Márquez Sterling, Ramón Zaydín y Manuel Dorta Duque. Partido ABC: Francisco Ichazo Macías, Joaquín Martínez Sáenz, Jorge Mañach Robato, Salvador Esteva Lora.”
Fuente: Carlos Márquez Sterling: “Perspectiva histórica de la Constituyente de 1940”.
En: Néstor Carbonell Cortina, ob. cit. pp. 48-49 y 50. |
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