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por Monseñor Carlos M. de C éspedes
GARCÍA-MENOCAL |
Giuseppe Verdi y Richard Strauss.
Edad,
inspiración y capacidad creativa y, de paso,
música y texto en el mundo de la Ópera.
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El domingo pasado, 1º de Octubre, en el salón parroquial, en la habitual audición de ópera, tuvimos el banquete de ver una versión exquisita del “Falstaff”, la última ópera compuesta por Giuseppe Verdi, cuando ya estaba por cumplir los 80 años de edad. La obra cuenta con el magnífico libreto de Arrigo Boito, adaptación para la escena operística de “Las alegres comadres de Windsor”, de William Shakespeare. En la ocasión señalada se trataba de una puesta en escena del Teatro La Scala, de Milán, dirigida por Riccardo Mutti e interpretada por un elenco estelar, con la peculiaridad de que la función como tal, que tuvo lugar el 10 de Abril de 2001, no sucedió en el Teatro milanés, sino en esa joya que es el pequeño Teatro Verdi de Busseto: reducidos el escenario y el foso de la orquesta y con sólo 328 asientos para el público; además, el vestuario y la escenografía están inspirados en los de una versión histórica del “Falstaff” que había tenido lugar en ese mismo teatro en 1913. |
Giuseppe Verdi. |
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Las dimensiones del teatro obligaban a una revisión de muchos componentes con los que hay que contar en una puesta en escena. No resulta igual para los cantantes actores moverse en grades escenarios –estilo La Scala, el Metropolitan, el Covent Garden o la Ópera de Viena...– a hacerlo en el escenario del pequeño teatro de Busseto. Por otra parte, ni pensar que la orquesta habitual de esos grandes teatros tuviese cabida en el pequeño foso del “Verdi”. Ruggero Cappuccio, Director de escena, y Riccardo Mutti, Director musical, salieron más que airosos de la prueba. Toda la representación tuvo un carácter de “obra de cámara” que, me parece, habría gustado mucho tanto a Shakespeare, como a Verdi para una puesta de esa obra..
Muy pocos días antes, mientras trabajaba en la computadora, escuché por enésima vez “Capriccio”, la última ópera de Richard Strauss, que inscribo en la estirpe de las obras de este compositor que más me deleitan, junto a “Der Rosenkavalier” y “Arabella”. Me gusta todo Ricardo Strauss y considero que obras como “Salomé”, “Electra” y “La mujer sin sombra” deben estar incluídas también en las listas de obras maestras del género operístico pero, por razones –quizás– de química personal, “Capriccio”, “El Caballero de la Rosa” y “Arabella” me conmueven hasta los tuétanos más profundos del alma.
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Los hombres y mujeres
todavía jóvenes deberían prepararse:
para vivir la ancianidad,
si la salud física y mental se los permite,
como una prolongación servicial
de sus dotes y capacidades,
enriquecidas por la experiencia
de la sabiduría. |
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“Capriccio” y, en general, la obra de Richard Strauss, es menos conocida en Cuba que la obra de Verdi. Esta, su última ópera, tiene una historia singular. ¿Qué ópera no la tiene? Una ópera es fruto siempre de la conjunción entre la música y el texto que le da pie y, en buena parte, su éxito depende de la calidad de los intérpretes, de la puesta en escena, etc. Ahora bien, las obras maestras en este género son las que cuentan con un buen texto y una música adecuada para tal texto. Lo que no siempre ocurre. En el caso de Verdi, hubo una afinidad especial entre él y William Shakespeare a quien consideraba, probablemente, como el más genial de los escritores teatrales. Tres de sus mejores óperas cuentan con textos derivados de obras de Shakespeare: “Macbeth”, “Otelo” y “Falstaff”. Las dos últimas son consideradas por los críticos como sus obras maestras. Para mí, que no soy crítico, sino consumidor, “Otelo” no es sólo la mejor ópera de Verdi sino que, unida a otras de diversos autores, ocupa el trono cimero del género. Verdi no compuso la otra ópera “shakespeareana” que deseaba desde su juventud, “El Rey Lear”, porque, al parecer, no se sintió satisfecho con los eventuales libretos que le presentaron en diversos momentos de su vida. En el caso de “Otelo” y “Falstaff”, Verdi tuvo la fortuna de disponer de dos libretos excelentes, escritos por Arrigo Boito quien, además de ser escritor era también compositor. Su “Mefistófeles” es obra que goza de mucha popularidad; “Nerón”, un poco menos, pero no deja de ser una obra interesante. Lo curioso de la relación entre Verdi y Boito es que Boito, joven, había sido crítico acerino del Verdi compositor romántico, pues estimaba que ese estilo ya debía dejarse a un lado. De algún modo descubrió que “el viejo Verdi” no sólo era capaz de haber comprendido que los tiempos y los gustos habían cambiado, sino que el propio Verdi también se sentía capaz de asumir las nuevas ideas acerca de la ópera. Y tanto que, ya anciano, nos regaló esas dos obras maestras, “Otelo” y “Falstaff”, sobre libretos precisamente de Boito, basado en obras de William Shakespeare. Ambas obras resultaron más “modernas” que la mayoría de las óperas de los contemporáneos de Verdi. |
Richard Strauss. |
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Toda antropología
de inspiración cristiana acepta la vida, integralmente considerada,
como un regalo de Dios
y los que tenemos Fe en El,
sabemos que hay que ofrecerla y defenderla. |
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En la historia de relación fecunda entre un músico compositor de óperas y su libretista, uno de los ejemplos paradigmáticos es el caso de Richard Strauss con el escritor Hugo von Hofmannsthal, colaboración que está en el origen de varias obras maestras. Pero von Hofmannsthal murió en 1929. El músico entró en contacto con Stefan Zweig, notable escritor y admirador de la música de Strauss. La primera colaboración resultó “Die Schweigsame Frau”, inspirada en “Silent Woman”, de Ben Jonson, y fue estrenada el 24 de Junio de 1935, en Dresde, en medio de grandes dificultades debidas al hecho de que Zweig no era bien visto por el gobierno de Hitler. De hecho, “Die Schweigsame Frau” no pudo representarse de nuevo en Alemania hasta 1945, o sea, hasta después de la caída de Hitler y del fin de la Segunda Guerra Mundial. El escritor, Zweig, emigró a Austria y aunque ambos, músico y escritor, se dieron cuenta de que no podrían producir juntos mientras Hitler estuviese en el poder, Zweig se comprometió con Strauss en “buscarle” buenos textos cuyo libreto para una eventual ópera pudiese escribir otro escritor aceptado en Alemania. En principio, pues, la colaboración, de forma indirecta, se mantendría mientras fuese posible. Sabemos que después de la ocupación de Austria por Hitler en 1938, Zweig emigró a Brasil y, sumido en la gran depresión que le producían la situación de su país, la Segunda Guerra Mundial y su condición personal de exiliado, se quitó la vida.
Volvamos ahora a nuestro “Capriccio”. Desde 1934, Zweig había sugerido el texto de una antigua comedia italiana que, a su entender, podría inspirar una buena ópera a Strauss, ya que el tema interesaba sumamente al músico, como ha interesado a casi todos los compositores, críticos y al público bien informado: la relación entre la música y el texto en una ópera. Se trataba de “Prima la musica, e poi le parole” (Primero la música y después las palabras), del Abate Giovanni Battista Casti (1724-1803). Ese texto había sido utilizado por Antonio Salieri para componer una ópera breve que acompañó en su estreno a otra ópera breve, de Wolfgang Amadeus Mozart, “El Empresario”, estrenadas ambas en Viena el 7 de Febrero de 1786.
En 1939, cuando comenzó a pensar en serio en la composición de “Capriccio”, a los ojos de Strauss se trataba de convertir el texto superficial de Casti en una ópera bella que fuese al mismo tiempo una especie de “tratado” sobre el controvertido tema. Ya Strauss no tenía a su lado a Zweig. Para evadir de algún modo los aires tormentosos del nazismo y de la Guerra, se había recluído en su casa de campo en los montes de Baviera y allí se dedicó a la composición. En 1939 recurrió a su amigo, y músico como él, Clemens Krauss. Strauss terminó la composición de “Capriccio” el 24 de Febrero de 1941 y la ópera se estrenó en Munich el 28 de Octubre de 1942, bajo la dirección de Krauss y con la interpretación de Viorica Ursuleac en el papel protagónico de la Condesa. Cuentan los testigos que, al final de la exitosa función de estreno, con lágrimas en los ojos, Strauss se limitó a decir: “No pude hacerlo mejor”.
Y yo añado mi glosa: nadie podría haberlo hecho mejor que él –una ópera sobre ese tema, relación texto-música–, en aquellos años del siglo pasado En el siglo xviii, quizás, el Mozart de “Bodas de Fígaro”; en Francia y en la segunda mitad del siglo XIX, posiblemente, el Jules Massenet de “Thaïs”, “Werther” y “Manon”; en la misma etapa, fines del xix, pero en Italia, me parece que solamente Verdi podría haber acometido una obra análoga... Son sólo hipótesis pertenecientes al ámbito de la ópera-ficción. Lo real es “Capriccio” de Strauss. Con posterioridad a 1942, cuando alguien presentaba a Strauss nuevos proyectos de ópera, el músico solía repetir: “Yo puedo escribir solamente un testamento”. Así concibió su “Capriccio”, como su testamento operático. Strauss falleció en 1949.
Estas dos últimas óperas que hoy menciono, “Falstaff” y “Capriccio”, fueron compuestas cuando sus autores rozaban los ochenta años y el público ya no esperaba mucho de ninguno de los dos. Muchos pensaban, en uno y otro caso, que se trataba de genios extinguidos, a los que las musas ya no visitarían con la insistencia y la transparencia requeridas para acometer la enorme empresa que es la composición de una ópera. Afortunadamente, quienes pensaban así se equivocaron.
No nos sorprenda demasiado este error. En diversos dominios de la existencia humana la Historia nos presenta hombres y mujeres de edad avanzada que nos han dado, muchas veces sorpresivamente, testimonio de la lucidez, la creatividad y la fortaleza de ánimo que les ha exigido la realización, a veces hasta el final de su prolongada existencia, de aquellas obras e iniciativas coherentes con su vocación y con sus desempeños previos, en los años de su madurez juvenil. Son hombres y mujeres que no han rendido las armas; que no sacaron a relucir, antes de tiempo, la bandera blanca; que no se dieron por vencidos por el macizo discurrir del tiempo. Para ello los hombres y mujeres todavía jóvenes deberían prepararse: para vivir la ancianidad, si la salud física y mental se los permite, como una prolongación servicial de sus dotes y capacidades, enriquecidas por la experiencia de la sabiduría. La fortaleza en la ancianidad, como servicio, no se improvisa.
Otra cosa sucede cuando la ancianidad o la enfermedad realmente impiden la batalla por la continuación del servicio al que cada uno ha sido llamado. Entonces, la única vía posible es la de la aceptación, lo más serena posible, y la ofrenda generosa de una existencia limitada y, casi siempre, muy dependiente. Para esta posibilidad también habría que prepararse, que estar dispuesto. Toda antropología de inspiración cristiana acepta la vida, integralmente considerada, como un regalo de Dios y los que tenemos Fe en El, sabemos que hay que ofrecerla y defenderla. La propia y la ajena. Resumiendo: en lo que a cada uno corresponda con relación a su propia vida, en ese ocaso que es la ancianidad todavía no excesivamente minusválida, mientras las circunstancias personales lo permitan, no deberíamos olvidar que la obediencia amorosa y confiada a Dios, que es nuestro Padre, y el amor fraterno a los demás, a todos, que son nuestros hermanos, incluye el mantenimiento de la actitud servicial, la prolongación de las capacidades mientras esto sea posible. No por ansias de un patético alargamiento de protagonismo –que pudiera resultar ridículo y hasta bochornoso– sino precisamente por servicio. “Falstaff” y “Capriccio” constituyen un doble ejemplo luminoso, en el ámbito de la composición operática, del noble servicio que sus autores, ya muy ancianos, han brindado a los hombres y mujeres que, desde el estreno de estas obras, han disfrutado de una mayor dosis de belleza suprema que, cuando lo es –insisto siempre en ello –, no se limita a estimular el disfrute estético. Es también magisterio de eticidad y de muchas virtudes.
La Habana, 7 de Octubre de 2006. |
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