pequeña fuerza al mando del capitán Oliva, que iba al encuentro del general Gómez, en aquellos momentos en el camino de Guáimaro para sorprender un convoy. Dos horas después, aproximadamente, entraban en el campamento: abrazó a su hermano y a Ignacio que habían llegado dos días antes. Fue la de Salvador Cisneros, marqués de Santa Lucía, la primera mano de prócer que estrechaba su diestra. Y el 22 de julio se hacía realidad su patriótico sueño: estrechaba la de Máximo Gómez, quedando incorporado a su escolta… “!El ideal de mi primera juventud –diría Horacio– estaba cumplido; ya era soldado del Ejército Libertador de Cuba!” (ob.cit. p. 20).
Poco tiempo después formaba parte de la infantería Gómez– a cuyo frente estaba el capitán Raúl Arango – como sargento de sanidad; y su hermano Virgilio como teniente.
Lejos de mi intención relatar las venturas y desventuras del mozalbete que, sin vacilaciones, dejó a un lado la carrera que constituía su vocación para cumplir, ilusionado, su deber mayor. Mas no puedo pasar por alto que nada parece haber escapado a su penetrante observación, desde las hazañas que sólo existieron en la imaginación de algunos compañeros hasta la desgarrante heroicidad de quienes todo lo dejaron para vivir con sus familias con el cielo sobre sus cabezas y un lecho de hojas cuando era posible descansar.
El bautismo de fuego de los hermanos Ferrer ocurrió en Limones: formaban parte de la infantería Gómez mandada por el capitán Raúl Arango. Atacaron un convoy que, desde Puerto Príncipe llegaría a Guáimaro, protegido por 15 mil hombres a las órdenes del coronel Rafael Ibáñez Aldecoa. Horacio Ferrer fue al combate con un revólver desarticulado, al que era necesario sujetar la masa para disparar. No dejaron de hostilizar al enemigo, a pesar de las 30 horas sin comer y de tener cinco compañeros mutilados. Lograron llegar tres días después al Cuartel General, en San José de Guaicanamar, momento en que el coronel Sánchez Agramonte y el general Máximo Gómez los felicitaron por el coraje demostrado. Ferrer siempre recordaría con emoción ese reconocimiento.
Horacio Ferrer participó en acciones militares importantes: el desventurado ataque de La Zanja, en la costa sur de Camagüey, el cual ordenó el Presidente Cisneros, y en el cual tomaron parte 2 mil hombres, a las órdenes de los generales Mayía Rodríguez, Jesús Rabí, José Manuel Capote y Manuel Suárez. El joven combatiente percibe los primeros resquemores entre los poderes civil y militar, era testigo de las funestas divisiones que, antes habían llevado, según su criterio, la guerra del 68 hacia el Pacto del Zanjón. A las órdenes del general Avelino Rosas asistió al imprevisor asalto al fuerte de Bagá, situado en el puerto de Nuevitas, el 13 de agosto de 1896: recibe una herida de bala que le destrozó el maxilar inferior. No podía hablar ni tragar. Trece leguas lo condujeron generosos soldados hasta llegar al mal llamado Hospital de México. Por necesitar una delicada operación el gobierno de la República en Armas autorizó su salida al exterior; proceso muy difícil, lleno de obstáculos, en el que se producía “la lucha entre una necesidad de irse y un no querer irse…” (ob.cit. p XVIII). Refugiado con varios compañeros en la costa norte, en espera del balandro La joven Amalia que ellos prefirieron llamar Hatuey, el 21 de octubre, a las 10 de la noche, lograron salir por Mono Ciego. Y a pesar del mal tiempo que los sorprende, el 25 llegaron a Nassau, y gracias al apoyo de los nueve cubanos que allí vivían, dos días después salieron en el vapor Niágara para Nueva York, ciudad a la que arribaron el día 31. Operado con éxito, la bala enemiga le dejó en el rostro “una condecoración de gloria” (ob.cit. p.XIX).
Días terribles vivió; sólo podía aferrarse a la esperanza y así lo hizo. Al comenzar febrero de 1897, se presentó a don Tomás Estrada Palma, Delegado Plenipotenciario de la República de Cuba en los Estados Unidos “…le pedí que me alistara en la primera expedición que saliera hacia Cuba…deseaba volver a ocupar cuanto antes mi puesto en el Ejército Libertador…” Don Tomás tenía para él otro plan pero “…puesto que era tanta mi impaciencia –recuerda Ferrer– me daría carta para Roloff, quien saldría pronto conduciendo un cargamento de pertrechos de guerra”. Después de varios simulacros de salida, que sólo tenían por objeto burlar la vigilancia del servicio secreto de España en los Estados Unidos, el 2 de marzo emprendieron el rumbo hacia Cuba en el Laurada. La expedición estaba compuesta por 32 hombres bajo el mando del mayor general Carlos Roloff (ob.cit. pp. 61 y 62). El día 20 por la noche Roloff lo llamó: le regaló un rifle Mouser español, le dijo que desembarcarían en Banes y quería que él fuese el primero en hacerlo; luego le mostró un plano y le dio instrucciones. Debía elegir a un compañero que desembarcaría con él y se adentrarían en el caserío procurando burlar a la guarnición española, le entregaría “una comunicación ordenando que se pusieran a mis órdenes todas las autoridades civiles y militares…”, recuerda Ferrer con orgullo y satisfecho de haber elegido a Guillermo Valls: “Yo salto, y soy el primero en pisar tierra cubana. Valls saltó detrás de mí. Estaba de nuevo en Cuba. Estaba de nuevo en Cuba, con el rifle al hombro, luchando otra vez por la independencia de mi patria!” (ob.cit. p. 65). La misión fue cumplida. Un compatriota los acompañó a la prefectura de Jagüey, a legua y media de Banes. Cuando se reunió con Roloff, éste lo ascendió a capitán. La expedición del Laurada fue la mayor que los emigrados cubanos enviaron a Cuba durante toda la guerra. “Para mí –diría Ferrer– el salvamento de la expedición representó mi ascenso mejor ganado, y el servicio más importante que hice a la causa de la Independencia” (ob.cit. p.69).
En Victoria de las Tunas formó parte de los 85 hombres que, al mando del teniente coronel Calixto Enamorado, iniciaron el asalto del Cuartel de Caballería (considerado por Calixto García y por Menocal como la llave de las Tunas) frente a una granizada de balas.
. Al lado de García Vélez luchó en el desventurado asalto de El Guamo, que costó a los cubanos 73 bajas.
. Con el general Menocal cruzó la trocha de Júcaro a Morón (9 de julio de 1898). Estuvo junto al general Carlos González Clavel en los fuegos de emboscada de Los Puercos, Humilladero y Los Chinos, también en la galopada de 18 leguas desde el potrero San Luis hasta El Palancón.
. Refiere Ferrer que ya en los primeros días de agosto los españoles operaban poco, tal vez convencidos de que estaban, de hecho, derrotados; las comunicaciones con los pueblos se hacían más fáciles, pero las privaciones no aminoraban. Del 11 al 13 de agosto permaneció en el campamento del general Pedro Betancourt, en El Mogote (provincia de Matanzas), sin que tuvieran más alimentos que pedazos de caña.
El 24 de agosto de 1898 el Consejo de Guerra de la República en Armas da por terminada la guerra contra España. La heroica lucha terminaba pero “en medio de general incertidumbre, debido a la actitud poco diáfana del gobierno americano… Mc Kinley desconoció al gobierno cubano, trató al Ejército Libertador sólo como un aliado circunstancial, y al firmar el armisticio, el 12 de agosto, estableció que España renunciaba a la soberanía sobre Cuba, sin expresar intencionalmente, quién debía ejercer dicha soberanía” (ob.cit. p. 128).
El mayor deseo de Ferrer era volver a ver a la madre. Doña Dolores era agente de la revolución en La Habana, y a pesar de la vigilancia a que estaba sometida siempre logró escapar de la persecución española; había escrito una novena en verso que se hizo muy popular, rogando a la Virgen de la Caridad que intercediera a favor de los cubanos. El encuentro entre madre e hijo tuvo lugar el 31 de agosto, en terrenos del demolido ingenio de Olano, en Unión de Reyes; y al cabo de unas horas él regresó al campamento de las lomas de San Miguel.
La fiesta de la libertad, rememora Ferrer, se celebraba por doquier: el pueblo pensaba que con el filo del machete se había logrado la libertad e independencia de la patria; pero ya había presagios de tormenta cercana.
Se acordó disolver al Ejército Libertador, entregándole $75 pesos a cada soldado para que no regresara al hogar con las manos vacías. “Aproveché que Máximo Gómez, después de un recorrido por Las Villas y Matanzas se dirigía a La Habana –evoca Ferrer– y me incorporé al tren que lo conducía atestado de libertadores…y sin un centavo en el bolsillo emprendí el regreso a mi hogar…” (ob.cit.p.141), de modo que el día 23 de febrero llegaron a la capital de la Isla.
III
Horacio Ferrer encuentra en el hogar el cuadro similar de desolación que había visto por doquier. Algunos familiares habían fallecido, otros buscaron refugio en la emigración.
El hombre modesto y sencillo que él era sería en la paz lo que había sido siempre: un hombre de bien, fiel a sus convicciones patrióticas y cívicas, pese a los errores en que, como cualquier ser humano pudiera haber incurrido. Regresaba con el grado de comandante del Ejército Libertador, pero no lo pone en la balanza de las ambiciones. Su aspiración coincide con la de la familia: continuar los estudios que había interrumpido, graduándose de Médico en 1901. Ingresa como teniente médico en el Ejército Nacional, del que llega a ser jefe de Sanidad.
Como la vida suele presentarle al ser humano situaciones impredecibles, el haber aceptado Horacio Ferrer en 1904 el puesto de primer teniente médico en el Cuerpo de Artillería (como vía para obtener un apoyo económico que le permitiera permanecer en La Habana y aumentar su experiencia médica en los hospitales), le permite apreciar de cerca los hechos que dieron lugar, en 1906, al primer grave acontecimiento que ocurriera en el gobierno de Estrada Palma: la muerte de Villuendas e Illance en Cienfuegos. Llegó a esa ciudad, en tareas inherentes a su cargo “pocas horas después del choque fatal y mi permanencia allí por varias semanas me permitió visitar en seguida el hotel, explica Ferrer, y cambiar impresiones con personalidades de uno y otro grupo político, para deducir de la manera más precisa como se desarrollaron los acontecimientos” del hotel La Suiza (ob.cit.p.177). Enrique Villuendas, de 28 años de edad, era líder del partido Liberal y Representante a la Cámara por Las Villas, dirigía la oposición en Cienfuegos; Illance, por su parte, era el jefe de la policía en esa ciudad.
“Mucho se ha escrito sobre aquel triste acontecimiento, dice Ferrer, pero la manera precisa como se desarrollaron los hechos se ha falseado por uno y otro bando, según las conveniencias de los políticos.” (ob.cit. p.177) Los gubernamentales aseguraban que Villuendas se proponía volar esa noche, día 22, el cuartel de la policía, y que quisieron sorprenderlo con sus bombas de dinamita; la oposición, por su parte, afirmó que todo fue preparado con el único fin de asesinar al culto y valiente coronel que se encontraba en la habitación número uno del hotel La Suiza, en compañía de su guardaespaldas José Fernández (conocido por Chichí), hombre díscolo, impulsivo y muy violento. Según las averiguaciones de Ferrer, Villuendas le explicaba a los doctores Pernas y Silva, miembros de la Asamblea Liberal, y a varias personalidades de la localidad, la difícil situación que confrontaba por el hostigamiento del doctor José Antonio Frías (del partido Moderado, director de la política del gobierno en Cienfuegos), cuando fueron interrumpidos por la presencia del capitán Illance con un mandamiento judicial que disponía el registro de la habitación. Villuendas, que era abogado y estaba protegido por su inmunidad parlamentaria, no se inmutó y autorizó el registro. (ob.cit.p.178). Todos sus acompañantes se retiraron menos Chichí, y cuando se encontraban situados en el pasillo, frente a la habitación, y le secretario Parets disponíase a levantar el acta, salió Chichí de la habitación “y arrastrado por su temperamento violento descargó su revólver contra Illance que cayó mortalmente herido por tres balazos…” como resultado del tiroteo que se improvisa entre Parets, Villuendas que trata de desarmarlo, Chichí que recarga el revólver y el policía apostado en la escalera, Villuendas muere instantáneamente. En cuanto a Chichí “se portó como todos los matones…desoye los gritos de su jefe que le llama y huye como un gamo de tejado en tejado, presentándose más tarde a la policía implorando piedad…No obstante, este hombre fue tenido por héroe entre sus parciales…” (ob.cit. p. 179).
Evoca Ferrer los dolorosos sucesos que continuaron produciéndose con el escepticismo de saber que no servirían de señales para evitar caídas a la República. “Me duele decirlo –escribirá al cabo de los años– pero estoy convencido de que el pueblo cubano es pueril, inconsistente, olvidadizo e ingrato. Después de los amargos días que nos trajo la reelección de Estrada Palma, jamás un presidente cubano debió intentar reelegirse. Menocal y Machado olvidaron bien pronto la lección; y todos los otros presidentes intentaron continuar en el cargo, pero fueron detenidos a tiempo por la opinión pública o por un consejo amistoso venido del exterior” (ob. cit. pp.181 y 182).
En 1933 ya Ferrer se encuentra retirado del Ejército; se dedica al ejercicio de la Medicina que le permite servir al prójimo y tener una vida holgada. No tiene apetencia por las funciones públicas, pero acaso previendo los males que para la nación podrían derivarse del golpe de Estado de 1933, decide actuar en contra de aquel pronunciamiento. Negados por el Presidente Grau todos los caminos a una justa conciliación, aceptó sereno el choque desigual; pero inevitable” (ob.cit.p.XLIII). Salió una vez más a la vida pública confiando en que su compañerismo con el presidente Grau podía hallar solución adecuada al problema planteado por los sargentos a la oficialidad del Ejército. “Desconocido en el desinterés de su actuación y engañado, según Miguel Ángel Carbonell, adoptó el camino compatible con su conducta de siempre” (ob. cit. XLIII).
Serenamente, casi sin armas y sin parque, él y el general Sanguily, secundados por un grupo de oficiales, resistirán en el Hotel Nacional la acometida de miles de soldados con ametralladoras y artillería gruesa, y el bombardeo de la Marina desde la costa. La batalla del Hotel Nacional –según la apreciación personal de Miguel Ángel Carbonell, testigo de aquellos tiempos–, desatada desde el poder, será siempre un baldón para sus provocadores.
Plegada la bandera, pero no la dignidad, vio escarnecido el pacto de rendición, ametrallados sus compañeros, y para que nada le faltara a su gloria de vencido, sufrió la injuria de la turba, siempre con el triunfador; la amenaza de ejecución por parte de la soldadesca desenfrenada y, en definitiva, la prisión en la fortaleza de La Cabaña (ob.cit.p.XLIV).
Cuando un cambio de gobierno favorece su libertad, vuelve a ejercer como médico. Desde su retiro sigue el desenvolvimiento de la República, no amargado y deseoso de que tropiecen sus adversarios, sino anhelantes de su ventura. Empeñado en contribuir a la economía de su país, dedicará sus últimas energías, en sus predios de Baraguá, a dar la última batalla por Cuba: cultivando la tierra “para hacer que esa tierra sea, como es la suya, por el prodigio de su esfuerzo, raíz de un pueblo libre” (ob. cit. p. XLV).
EPÍLOGO
A Horacio Ferrer le complacía referir en el seno del hogar anécdotas relacionadas con la Guerra de Independencia: perseguía el propósito “de prender en el corazón de mis hijas, desde su infancia, el amor a la patria, y enseñarles a venerar el recuerdo de los que todo lo sacrificaron en holocausto a los ideales emancipadores…y como tras sus relatos se producía siempre la súplica de mis hijas pidiéndome que escribiera aquellas anécdotas, les prometí complacerlas algún día...” Su obra Con el rifle al hombro cumplió con el sagrado compromiso. Estas cuartillas –sencillas, sin pretensiones– quieren unirse a su propósito.
Referencias:
Horacio Ferrer: Con el rifle al hombro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002. Con prólogo de Miguel Ángel Carbonell. |