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¡Cuánto te amo, Señor, mi fortaleza!
¡Señor, mi peña, mi alcázar, mi libertador,
Dios mío, roca mía, refugio mío!
¡Mi fuerza salvadora, mi baluarte famoso!
Invoco al Señor y me salva del enemigo.
me cercaban los lazos de la muerte,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían los lazos del abismo,
me alcanzaban las redes de la muerte;
en el peligro invoqué al Señor
pidiendo socorro a mi Dios:
Desde su templo él escuchó mi clamor
y mi grito de auxilio llegó a sus oídos. |
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Salmo 18, 2-7 |
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La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo.
El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios (Mensaje de Benedicto XVI para la XLIII Jornada Mundial de la Paz).
(ver artículo). |
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