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Mercedes Matamoros:
de doncella garbosa a alondra ciega |
por María del Carmen Muzio |
En 1879 el joven José Martí regresa del destierro y se vincula al Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa del que llega a ser Secretario en su sección de Literatura. En una de esas noches literarias, Martí lee algunos poemas inéditos de una cienfueguera radicada en la villa de la Asunción : Mercedes Matamoros. Con probabilidad los mismos le fueron entregados por un común amigo, don Nicolás Azcárate.
Su admiración llega al punto de dedicarle unos versos a la poetisa en su álbum:
Mercedes! –Quién me las hace
es quien su libro me envía–,
donde las páginas blandas
copian el alma tranquila
de la doncella garbosa
en cuyos ojos anidan
blandas miradas de tórtola,
trágicas luces sombrías (1)
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De la amistad que los uniera, queda también como testimonio la carta, escrita por Francisco Javier del Castillo, publicada en la revista La Golondrina , en ocasión del fallecimiento de la poetisa:
“ Sus primeras producciones fueron publicadas, a instancias de nuestro Apóstol José Martí, de quien fue amiga y con quien sostuvo muchos años estrecha correspondencia, cuyas cartas entregó al secreto de las llamas cuando las persecuciones dictadas por Fonsdeviela, aquel monstruo que gobernó Guanabacoa, en épocas que llenan el alma de dolor . ” (2)
Mercedes Matamoros dedicaría una trilogía de poemas a nuestro Héroe Nacional. El primero, en ocasión de su partida de Cuba, titulado Adiós y los otros dos serían en 1895 a la muerte del poeta; y el último, en 1902, al ser colocada su estatua en el Parque Central.
También, en la carta a que hacemos alusión, se ofrece una semblanza sobre la poetisa:
De su físico, puede decirse que era débil y delicada como la estructura de un arpa; su estatura mediana, su cabeza erguida en la que lucía una frente despejada y serena y unos cabellos castaños que caían en graciosa cascada...
“ Sus ojos hermosos, soñadores, brillaban a veces con la intensidad del diamante y otras aparecían velados por el misterio de la meditación o por el poder de la melancolía!...
” Su cutis, muy blanco y ligeramente sonrosado; pudiendo afirmarse que en conjunto, su continente era eminentemente simpático.
” Su conversación era nerviosa y pintoresca; su gran cultura le permitía hablar aún de los temas más ajenos a la mujer, se expresaba sin afectación y siempre estaba en ese justo medio, en sus juicios, a que es tan difícil llegar.
” Quien haya disfrutado de su trato frecuente, podrá decir que en su carácter complejísimo, ocultaba un espíritu de temple indomable, bravo, enérgico! ” (3)
María de las Mercedes Dolores Leandra Matamoros y del Valle había nacido el 13 de marzo de 1851, en Cienfuegos. Muy pronto fallece la madre, y la niña queda a cargo de una nodriza negra. El padre, don Dionisio Matamoros, natural de La Habana , decide trasladarse a la capital y queda a cargo de la educación de la hija, a la que le enseña inglés y francés; aunque, por las traducciones que realizó Mercedes con posterioridad, denota que también dominaba el alemán y el italiano.
Ya en La Habana es interna del colegio El Sagrado Corazón. Viven en la calle Virtudes y ella comienza a publicar en la prensa artículos de costumbres con el seudónimo de Ofelia .
En 1869 se encontraba en el teatro Villanueva cuando ocurren los trágicos sucesos, y Mercedes escapó por el escenario hasta la casa del señor Nin y Pons, suegro de Rafael María Mendive, donde halló refugio. |
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El año 1884 marca su traslado definitivo para Guanabacoa, al quedar el padre en la miseria y obtener un empleo en el Ayuntamiento de la Villa. Pero don Dionisio enferma y su hija comienza a dar clases a domicilio y en el colegio de la gran pedagoga María Luisa Dolz. Sin embargo, tiene que abandonar esos trabajos para dedicarse por entero al cuidado del padre gravemente enfermo. A duras penas subsisten debido al alquiler de parte de la casa situada en Amargura 66. Por ello, el procurador Antonio del Monte inicia una campaña para ayudarla. Consiste en la publicación de sus Poesías (4) para aliviar su difícil situación económica con el producto de la venta. En esta labor, del Monte es ayudado por las poetisas Aurelia Castillo de González, Juana Borrero –quien vende uno de sus cuadros–, la actriz Luisa Martínez Casado y Marta Abreu, que dona cien pesos oro. El hecho de que tan prestigiosas figuras de la época se sumaran a colaborar radica en que Mercedes Matamoros no era una desconocida, porque ya en 1880 la Revista de Cuba de José Antonio Cortina había publicado sus Sensitivas además de que ella colaboraba en diferentes publicaciones periódicas como El Almendares , Revista Habanera y otras.
Con el dinero de la venta logra Mercedes comprar dos casitas más en Guanabacoa. Una en la calle Amenidad 311 y la otra en Jesús Nazareno 13. Al año fallecen el padre y la nodriza por lo que la poetisa se traslada a vivir a la casa de Amenidad. Es allí donde escribe la mayor parte de su obra y vive el resto de sus años. En la actualidad dicha casa, con el |
número 464 y en muy mal estado, ostenta una tarja que la identifica, colocada en 1993 gracias a la colaboración de las instituciones culturales de Cienfuegos y Guanabacoa y los historiadores Florentino Morales y William Gattorno.
En 1902 publica su libro Sonetos , donde se incluye su obra más antologada: El último amor de Safo . Sin restarle méritos a su producción literaria anterior es en esta donde el verso de la cienfueguera-guanabacoense se crece y alcanza dimensiones continentales. No hay en los sonetos ningún punto de contacto con las pasiones de la poetisa griega por sus alumnas; la Safo cubana canta su pasión por el barquero Faón, de connotada hermosura. El poemario consta de veinte eróticos sonetos con un alto nivel literario. En ellos ofrece por primera vez en la lírica hispanoamericana una poesía despojada de prejuicios en franco desafío a la época. Dedicado el libro a Manuel Serafín Pichardo, director del diario El Fígaro , este organizó una lectura del mismo en el Ateneo de La Habana , pero omitió el soneto XVII. Sobre el hecho, Jesús Castellanos, el autor de La manigua sentimental escribió que “levantó un escándalo entre algunos pobres de espíritu que supusieron un ataque al pudor en cada detalle de buen arte ” . (5)
Un año después, en 1903, aparece en El Diario de la Marina su poemario Mirtos de Antaño . Entre las dos colecciones de poemas –Safo y los Mirtos– encontramos puntos convergentes, al existir correspondencia entre las ideas de los mirtos y los sonetos de Safo de 1902. No sólo al estar ambos numerados en romanos y la similitud de ideas en versos diferentes; ambos libros de poemas constituyen un ciclo: entrega de la mujer-lira, intercambios amorosos, los celos, la huida y esquivez del amante, para terminar con la muerte como confirmación válida del amor.
Yo te siento venir, luz de mi vida,/ como un ritmo de amor, si estoy despierta,/ yo te siento venir si estoy dormida,/ que siempre está mi corazón alerta./ De la dicha más grande y más cumplida/ el alma te abre la dorada puerta;/ que en insomnios inquietos, o dormida,/ está por ti mi corazón alerta./ Y sentiré también, cuando esté muerta,/ tus pasos en la tierra humedecida/ que cubrirá a tu amante, muda y yerta,/ porque en eterno sueño, aunque dormida,/ siempre estará mi corazón alerta. (6)
Sobre el motivo amoroso que sirvió de inspiración mucho se ha especulado y desvirtuado. Lo cierto es que el Faón de la Matamoros fue un guanabacoense, masón, nombrado Antonio Comoglio y Naranjo, diecisiete años más joven, vecino de la poetisa –los patios de sus casas se comunicaban–, y conocedor de diferentes idiomas. Existió una profusa correspondencia de la mujer madura de 47 años hacia el hombre de 30, de la que sólo se conservó una carta en la que además de ciertas incongruencias de palabras –al parecer una especie de clave secreta entre enamorados–, la despedida resulta muy significativa: “Espero que me disimulará que una humilde trinadora se haya permitido escribir atan altivo sultán ” . (7)
El resto de las cartas, conservadas por Comoglio durante treinta y cuatro años después de la muerte de la poetisa y quien, según el historiador Gerardo Castellanos, gustaba de hablar “con fruición ” en su vejez, fueron quemadas a su muerte por la hija de este, María Antonia Comoglio, antigua pedagoga de la Villa , según confesó apesadumbrada a la autora del presente texto, por desconocer su valor literario y considerarlo sólo íntimo. En una especie de restitución donó el único manuscrito conservado, el poerna Siemprevivas , dedicado al fusilamiento de los estudiantes de Medicina –hoy en el Archivo Nacional–, y un ejemplar de los Sonetos , de 1902. Las especulaciones sobre si el amor llegó a ser correspondido no aportan ni restan mérito al estro de la poetisa. No obstante, es saludable destacar que Comoglio jamás se casó y los hijos que tuvo, a pesar de reconocerlos, fueron producto del amancebamiento. Muchos poemas y datos sobre la Matamoros fueron salvados gracias a la investigación realizada por la doctora Hortensia Pichardo, en vida de Comoglio, en la que aparece un poema inédito entonces, al parecer para un libro en preparación: |
Estoy enamorada de unos ojos puros/ y azules cual la flor del lino;/ dos violetas del cielo que entre abrojos surgieron en mi lóbrego camino./ Cuando me miran suaves y risueños/ expresando dulcísimas congojas,/ nacen entonces los hermosos sueños/ de las citas de amor entre las hojas./ Mas si llorando tristes desventuras/ muestran profundo, apasionado anhelo,/ esos ojos inspiran la ternura/ que despiertan los ángeles del cielo... (8)
En los inicios del siglo pasado Mercedes Matamoros afrontó problemas de visión, por lo que el periodista Mario Muñoz Bustamente la llamó la alondra ciega en un artículo que publica en El Diario de la Marina . Pero va a ser el cáncer el que terminaría con su vida, a pesar de ser atendida por los mejores especialistas de la época. |
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Veinte días antes de morir redacta su testamento ológrafo en el Hospital de Guanabacoa y fallece el 25 de agosto de 1906 a las diez y media de la noche. Amortajada con túnicas blancas, enhebrada su cabellera con guirnaldas de azahar, para el presbítero Pastor González, lo fue como ella describiera en su balada La mañana de San Juan . Sus restos fueron expuestos un día después en los salones del Ateneo; colocada sobre el féretro una guirnalda de biscuit que donó la pedagoga francesa Madame Oliver e inhumada el 27 de agosto en la Necrópolis de Colón en el panteón familiar según consta en los registros.
José Lezama Lima, al incluir parte de la obra de la Matamoros en su Antología de la Poesía Cubana , de 1965, escribe: “Su condición poética principal es la de haber sido precursora de un tipo de poesía femenina, que después se pondría de moda (...) Su verso a veces cruje, la mucha carga de sentimiento acumulado rompe la forma, pero en esa materia poética que gime y ondula, que se deja recorrer por un pathos coloquial, está la más permanente fascinación de esta poesía ” .
Notas:
(1)Extraviado el álbum de la poetisa conocemos del poema gracias a la investigación del ya fallecido Historiador de Cienfuegos, Florentino Morales, quien lo halló reproducido en la revista El Fígaro del 17 de febrero de 1901. Por ser el poema más extenso sólo se ha transcrito la primera estrofa. En las Obras Completas de José Martí, tomo 17, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana , 1975, p. 187 aparece el esbozo del mismo poema que primero fue escrito por el Apóstol en el abanico de la poetisa.
(2)Carta encontrada por el investigador guanabacoense Luis Reyes en la revista La Golondrina , de 1906, en el Archivo del Museo de Guanabacoa.
(3)Ibídem.
(4)Matamoros, Mercedes. Poesías, 1892, prólogo de Aurelia Castillo de González.
(5)Fondo Jesús Castellanos. Biblioteca Nacional.
(6)Morales, Florentino. Mercedes Matamoros. Selección de Poemas. Dirección Provincial de Cultura e Instituto Superior Técnico de Cienfuegos, 1988.
(7)La carta, con fecha 20 de mayo de 1900, fue salvada por el historiador cienfueguero Pedro López Dorticós, en vida de Comoglio; después pasó al archivo de Florentino Morales.
(8) Pichardo, Hortensia. “Mercedes Matamoros. La poetisa del amor y del dolor.” Revista Biblioteca Nacional, año VII, no.3 julio-sept, La Habana , 1956. |
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