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APOSTILLAS

 
por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
Manantial inagotable
De nuevo, realidad contemporánea e historia de los hechos no muy distantes, cara a cara

1. Hace muy pocos días, en la reunión habitual del consejo de redacción de Palabra Nueva , estábamos preparando el número de fin de año de nuestra revista y yo debía decidir el tema de mi Apostilla, pero “no di pie con bola”. Ninguno me resultaba inspirador. Pocos días después, hurgando de nuevo dentro de mí para elegir un tema que me apeteciera abordar y que fuese adecuado para el momento, aunque no me resultara fácil el acceso a las musas, volví a toparme con un tema reiterado: el “ coloquio” entre la realidad contemporánea y la historia no muy distante en el tiempo. Esa realidad que llamó Cicerón, entre otros calificativos, testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntiae vetustatis… (testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida del recuerdo, maestra de la vida, anuncio de la antigüedad…). Hace años, aproximadamente cuarenta, y recordando esta cita ciceroniana en una conversación acerca de la iluminación del presente desde lo histórico, con mi prima Alba de Céspedes Bertini (+) –la escritora italo-cubana, hija de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada y de Laura Bertini–, no puedo precisar si en Roma, La Habana o París, ella, mujer encantadora pero medio anárquica de pensamiento como era, me afirmó con una cierta pasión, que nadie aprende de la historia ajena y que ya constituye una riqueza excepcional que aprendamos de la historia propia. Ella se refería más a la biografía personal que tengamos en la conciencia, que a la biografía patria, o sea, a la historia de la comunidad humana en la que vivimos y que consideramos, también, “biografía propia”, aunque comunitaria o social. Entonces no estuve totalmente de acuerdo con ella en su posición un tanto extremista. Hoy continúo en mi discrepancia con Alba, ya fallecida, pues me parece que todos podríamos aprender de lo histórico, propio o ajeno, para ser mejores y actuar mejor en el presente. Pero afirmar que lo histórico personal y comunitario puede enseñar, no equivale a decir que todos y siempre seamos buenos alumnos de esa maestra de la vida, tan singular, que es la Historia , en la que deberíamos incluir nuestras historietas personales.

2. ¿Por qué me cayó encima, de nuevo, la Historia reciente, como disciplina magisterial y como consideración de espacios concretos? ¿Por qué, junto a ella, me sale al encuentro, con tanta frecuencia, como un fantasma distante pero risueño, la amable figura de Gian Battista Vico (Nápoles, 1668-1744)? Pensando que entre los lectores no todos cultivan de algún modo la filosofía moderna, comienzo por esclarecer, a quién corresponda y con mis conocimientos limitados, los rasgos y las obtenciones de este espíritu discreto, pero buen conductor.

3. Vico nació en Nápoles, hijo de un librero pobre, en 1668, y murió en la misma ciudad en 1744. O sea, vivió 76 años, durante cuarenta de los cuales fue catedrático de Retórica en la universidad de su ciudad. La pobreza material nunca lo abandonó, aunque a fines de su existencia temporal recibió reconocimientos por su elevada y bien nutrida concepción de la Historia. Sobre todo, en las consideraciones sobre su utilidad magisterial. Fue entonces designado “historiógrafo del Rey de Nápoles”, pero sin dejar de ser pobre. En ciertos círculos intelectuales era admirado, pero –en la práctica– sus contemporáneos lo “desconocían”: no le hacían caso. En realidad, tuvimos que esperar al siglo XIX y, sobre todo, al XX , para que sus obras y su retrato personal fueran desempolvados y colocados frente a nuestros ojos, sorprendidos ante un casi total silencio que duró más de un siglo. Filósofo y jurisconsulto, historiador y crítico, que todo eso fue, estimo que Vico merecía otro lugar, mejor, en las valoraciones de la Ilustración del siglo XVIII . Intentó trazar las etapas de la historia del género humano y preludió las cuestiones de las razas, las lenguas y las migraciones, que ocurrieron después. Fue uno de los creadores de la Historia , que llamó “nueva ciencia”. Le resultó, sin embargo, inevitable que, en tal género científico naciente, se haya dejado llevar a veces por su fecunda imaginación.

4. La obra capital de nuestro autor es Principios de una nueva ciencia relativa a la naturaleza común de las naciones ; se publicó por vez primera en Nápoles, en 1723. Me parece que se puede sostener que este texto da fundamento a las nuevas ciencias históricas a partir de su afirmación sostenida de que la historia es producto de la acción humana y del hecho consecuente de que los hombres comprendemos mejor los motivos de nuestra acción, que las leyes de una naturaleza superior –trascendente– cuya comprensión nos supera. Las aceptamos y las interiorizamos, pero su “comprensión” no está al alcance de nuestra razón. Se relacionan con el mundo del Misterio. Existe el ámbito de lo que nos trasciende, el del Misterio luminoso, pero no lo “comprendemos”. De aquí la postulación de cientificidad que reclama para la Historia , construida por la acción humana –no siempre según las normas éticas del Cristianismo– referida al ámbito de lo que sí somos capaces de comprender, no sólo de conocer. Siempre con esa misma orientación, Vico establece un cierto paralelismo entre los ciclos individuales y los históricos. A sus ojos, ambos están dotados de las mismas fases evolutivas: la juventud, la madurez y la vejez de las culturas, mientras que en la historia de cada pueblo distingue tres “edades”: la divina, la heroica y la humana. Sin negar las demás, abunda en la “humana”, la que está más a nuestro alcance. En ella subraya la importancia del lenguaje, de los mitos como una de las vías para alcanzar el conocimiento de lo histórico, y de la cultura en su integralidad, que debería incluir siempre la ética adecuada. Por ese camino, Vico inspira a Goethe y a Herder y puede ser considerado un precursor de Spengler. Todo lo cual fundamenta el aura que acompaña a su figura.

5. Me repito las preguntas que mencioné con anterioridad (cf. No.2) y concluyo que la consideración repetida, en esos días, de algunos eventos de la historia de nuestro País y de la Iglesia que encuentra su “cuerpo” humano en él, había motivado mis reflexiones sobre cuestiones ya históricas –con el estilo de Vico– pero que he podido conocer bastante bien. Y no precisamente por medio de libros, sino experiencialmente. No voy a reconstruirlas aquí. Ni siquiera mencionaré a las que ahora rememoro, porque no me parece “elegante”, ni leal, nombrar a hombres y mujeres que he apreciado mucho y de los cuales lo único “negativo” que podría decir, después de varios decenios, es que, según mi criterio, se equivocaron en sus juicios acerca de algunos costados de la realidad; sobre todo, con relación a la mejor manera de tratar con ellos y de asumirlos. Este no es el espacio, ni el momento adecuado para ello, pero sí comparto con ustedes alguna de las conclusiones a las que llegué en ese momento, pero que me acompañan desde hace muchos años y sobre las que ya he escrito en varias ocasiones.

6. Me parece que en nuestro pueblo, incluyendo en él a los católicos bien formados, a la hora de considerar actitudes de pasado y de presente, solemos pecar de desmesura, tanto en sentido positivo como negativo. En el caso que me ocupa, se trataba de realidades del pasado y se discutía si eran “conmemorables” o no, y qué deberíamos entender como “conmemoración” fructuosa, no enfermiza. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua , “conmemoración”, en su primera significación, “es memoria o recuerdo que se hace de alguien o algo, especialmente si se celebra con un acto o ceremonia.” A veces, al considerar algún momento de la historia o del presente o de las posibilidades de futuro, henchimos desmesuradamente lo que consideramos, con excesiva prontitud, logros, características positivas de personas y de situaciones, etc. Tendemos a la conmemoración desmesurada, sin detenernos en el discernimiento, la contemplación distanciada y crítica. Desmesura, pues, con relación a rasgos que podrían ser positivos o no, pero que, al ser interiorizados de esa forma desmesurada, dejan de ser verdaderos, se convierten en bambolla inútil; si es que no llegan a ser causa de daños en la comprensión de la realidad y, como consecuencia, en la acción que se desprende de ella. Se toma el espejismo deformante de lo bueno pequeño –el grano de mostaza–, como si fuera algo real e imponente y se organiza la vida, personal y/o comunitaria, no a partir del grano de mostaza, real, sino a partir de ese espejismo agigantado. Lo real, por una u otra razón, se “malcomprende”, se evita, se niega, se deja de ver. En la práctica, para el sujeto en cuestión, tal realidad no existe.

7. Por otra parte, la desmesura, con relación a rasgos negativos, en principio, está emparentada con la humildad, con el reconocimiento de la verdad de nuestro ser personal o comunitario, sus limitaciones, errores y, si fuere el caso, pecados. Como tal, como virtud –del latín, virtus, fuerza–, la humildad forma parte del cimiento de todas las virtudes, de la santidad. Pero tengo la impresión de que la rumia excesiva termina por agigantar lo que no es positivo y conduce a la depresión y al “complejo de inferioridad”, personal o social. Pero no era éste el caso considerado.

8. Entre nosotros, los cubanos, católicos o no, pueden darse desmesuras de ambos tipos. O engrandecemos lo que demasiado fácilmente consideramos positivo; o nos deprimimos por considerar nuestros defectos y pecados como algo irremediable y vergonzoso, lo que nos conduce a arrastrarnos, no a caminar con dignidad. Ni una actitud, ni la otra, ayudan a construir.

9. Tengo la impresión de que, entre nosotros, sea en el ámbito civil, sea en el eclesial católico, la bambolla es defecto más frecuente que los excesos en el ámbito de la humildad. Tenemos la tendencia a magnificar lo que somos y lo que hemos hecho y, como consecuencia, no nos esforzamos adecuadamente por corregir nuestro ser, ni por enderezar nuestro actuar en situaciones ya no de pasado, sino de presente y de futuro, errando en cuestión de objetivos, en los caminos para lograrlos y en el estilo para vivirlos.

10. Es evidente que no tenemos la exclusiva en materia de desmesuras, pero eso no nos debe proporcionar falsas consolaciones. Recordemos aquello de que “mal de muchos, consuelo de tontos”. Encarar nuestras cualidades y hechos positivos con el reconocimiento simultáneo de las cualidades y hechos negativos, así como la seriedad en el proceso de correcciones y enmiendas, sería una tarea acertada en el orden espiritual, personal y comunitario, y en el evangelizador. O sea, en la fidelidad en hacer presente a Jesús y su Evangelio en nuestros corazones y en el seno de nuestro pueblo. El pavoneo, la vanidad, el autobombo o la bambolla ya mencionada –que llegan a hacerse participativamente inconscientes como tales– no logran otra cosa que cerrar las puertas a la comprensión de las realidades y de las personas y, por ende, a la presencia dialogal en nuestro mundo. Y ésta es la única presencia válida, aunque no siempre sea, socialmente, la más visible, ni la que obtiene mejores cotas de aprobación.

La Habana , 16 de noviembre de 2009