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por Miguel Sabater Reyes
Considerando las experiencias de sus vidas, los antiguos griegos enseñaban a los jóvenes que los ancianos eran sabios, aunque no todos fueran ilustrados.
La vida de cada persona es un don de Dios, pero cuando se alcanza a vivirla muchos años, podemos decir que esa vida ha sido agraciada con un don muy especial.
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Ese es el caso de Amparito Victores Lujardo, quien, con 95 años, es la empleada de mayor edad del arzobispado de La Habana.
Bajita y menuda, Amparito siempre está yendo y viniendo de un lado a otro como una de esas hormiguitas laboriosas.
Cuando cumplió 90 años, los empleados del arzobispado se los festejaron. Esta experiencia la impresionó tan gratamente, que asegura haber sido el momento más feliz de su ya larga y fecunda vida, gran parte de la cual la ha dedicado a la Iglesia.
Un día la invité a la oficina, donde le propuse que me contara un poco sobre su vida. Al ver la grabadora colocada entre nosotros, se puso nerviosa, pero a los cinco minutos ya no se acordaba de que la estaba grabando.
La Iglesia es un cuerpo cuyos miembros somos todos. Aunque en ella hay y tiene que haber figuras notables por la envergadura de su autoridad eclesial y de sus responsabilidades, todos, absolutamente todos, somos útiles e importantes. Así, al menos, nos ve y considera Cristo. Y así también es Amparito, una ancianita pequeña con un testimonio de vida enorme, en el que se mezclan la humildad de una existencia y la grandeza de un espíritu tenaz y fervoroso.
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Nací en Guanajay el 10 de mayo de 1914. Mi padre se llamaba Horacio y mi madre María. Pero quedé huérfana desde pequeña porque mi madre murió un año después en un parto, y quedé viviendo con mis abuelos paternos. A mis abuelos maternos no los conocí hasta que fui mayor.
Mi abuela, que nos mandaba a mi hermana y a mí a la iglesia, murió cuando yo tenía siete años, y mi hermana y yo pasamos a vivir a la casa de una prima de mi padre. Ella era viuda, tenía cuatro hijos, y con nosotras dos ya éramos seis muchachos a su cargo. Entonces, dos años después, habló con mi padre para que nos siguiera criando, porque su situación era muy difícil. Mi padre, que era tabaquero, ya estaba comprometido con una señora que se llamaba Bonifacia, y nos llevó para la casa. Como perdí a mi madre a la edad de un año, no pude conocerla. Así que Bonifacia fue como una madre. Nos enseñó a hacer todo lo que por aquellos tiempos se consideraba que debía aprender una niña y una jovencita. Usted sabe que los tiempos de antes eran muy diferentes a los de ahora, porque no nos dejaban salir sola a la calle, solo a la iglesia y a la escuela. Éramos muy pobres pero honrados, y una seguía esa forma rígida de educación como algo normal. |
Estudié hasta empezar la superior. Pero el sueldo de mi padre no daba para mantenernos. Entonces tuve que dejar los estudios porque la vida era muy dura y había que trabajar.
Mi vida de joven la pasé así como le voy contando. No supe lo que era una fiesta, ni la playa, ni el cine y mucho menos el teatro. Entonces me casé a los 24 años con un muchacho que también era de Guanajay pero vivía en el campo. Tuve a mi única hija, María Juana, pero mi matrimonio no duró más de tres años; no resultó ser el matrimonio que pensé.
Regresé para la casa de mi padre con la niña. Mi padre no quería que yo trabajara en la calle y nos lo daba todo. Pero mi hermana, que vivía en La Habana , me dijo que viniera para la ciudad donde podría trabajar y educar a María Juana, porque aquí había más posibilidades para todo.
Yo quería mucho a Guanajay pero la verdad que La Habana era otro mundo. Tenía que independizarme y aquí encontré un trabajo que consistía en lavar para una familia de dinero. Casi toda la vida yo la pasé lavando. Al principio tuve que dejar a mi hija con una prima. Después mi hermana y yo conseguimos donde vivir juntas y traje a la niña conmigo. Por ese tiempo yo tenía a mi compañero que fue quien me ayudó a criarla hasta que él murió. |
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Se trabajaba mucho pero se ganaban centavos. Llegué a tener hasta tres familias para lavarles la ropa, pero ni así podía ganar más de 50 pesos mensuales. Con ese dinero le pagaba la escuela a mi hija y ayudaba en algo a mi esposo para cubrir los gastos de la casa. Después, a los 17 años, María Juana se casó pero yo seguí lavando para la calle hasta que mi hermana, que trabajaba como cocinera en la casa del ministro de educación, habló con él para que yo fuera a lavar allá. En aquella casa no pagaban tan bien pero me daban el desayuno y el almuerzo. Allí estuve casi diez años trabajando, hasta que vino la Revolución.
Mientras todo eso sucedía en mi vida, yo nunca dejé de ir a la iglesia. Mi iglesia era el Cristo de Limpias. Allí se reunía la Legión de María, y formé parte de esa congregación, de la cual fui secretaria durante algún tiempo. |
Los primeros años de la Revolución fueron muy difíciles para los fieles. Muchos ya no iban porque como las relaciones entre la Iglesia y el gobierno no eran buenas, tenían miedo, pero yo nunca sentí miedo. Muchos no querían buscarse problemas, y seguían creyendo pero sin decirlo, con los santos bien guardados en el cuarto. Yo no. Nunca dejé de ir.
Recuerdo que yo tenía la costumbre de ir todos los 17 de cada mes al Rincón y cada día 8 a la iglesia de Regla, donde ayudaba a monseñor Varela, a quien quise mucho. Todos los domingos yo iba temprano y ayudaba a colocar las velas que ponían los fieles y repartía la hojita de Vida Cristiana que con Ecos del Santuario era lo único que la Iglesia publicaba hasta que luego salieron las revistas y otras cosas.
Allí en Regla conocí y traté con Angelito cuando todavía no era diácono, a la hermana Marta Lee y a Orlando Herrera que tanto ayudaba en el Santuario. Luego, cuando me mudé para Almendares, el transporte se puso muy malo, y ya no fui con tanta frecuencia. Ahora pertenezco al Movimiento de Mujeres Católicas. Nos reunimos cada tercer sábado de mes.
Yo soy rezadora. A mí me gusta rezar. Cada mañana en cuanto me levanto adonde primero voy es a la imagen de Jesús y le doy gracias por el nuevo día y por haberme hecho cristiana. También rezo el rosario. Los domingos en la Iglesia lo rezo yo sola primero; después vuelvo a rezarlo cuando lo hacen los demás en el templo. La oración es muy importante, sobre todo cuando uno se levanta y antes de dormir para darle gracias a Dios. Si algo tenemos que darle a Dios es gracias, Señor, y si algo tenemos que pedir de verdad es que nos perdone las faltas. Pero la gente pide y pide como si Dios fuera un resuelvelotodo, y no sabemos que el peor problema que tenemos nosotros somos nosotros mismos, porque no nos preocupan nuestros defectos ni pecados sino otras cosas que no son tan importantes como eso, y en definitiva Dios sabe lo que de verdad nos hace falta. |
Yo rezo sin muchas palabrerías porque no soy una mujer… ¿cómo es que se dice…? Anjá, ilustrada; pero rezo y hablo con Dios y yo sé que Él me entiende.
Después, con la Revolución , dejé de lavar y empecé a trabajar como recepcionista de una escuela en Tarará, donde estuve 14 años hasta que me jubilé. Como ya tenía más tiempo para la iglesia, empecé en la Legión de María que radicaba en la iglesia del Cristo de Limpias en la calle Corrales. Y fue allí donde me propusieron colaborar en el arzobispado haciendo unos almanaques. Ya había empezado a salir Palabra Nueva , y me quedé empaginando la revista. Recuerdo que yo entraba a las siete de la mañana y me iba a las cuatro de la tarde, y como ese trabajo de empaginar se hace de pie y yendo de un lugar a otro, enfermé de los pies, y pasé a ayudar en la cocina.
Vivo muy agradecida de todos los empleados del arzobispado, y sinceramente, quisiera pasar los sábados y domingos también aquí, porque me siento distinta que en cualquier otra parte. Me levanto a las cuatro de la mañana. Luego cojo el P4, me bajo en el Parque del Curita y vengo llegando aquí a las seis. Trabajo con Ivette y su esposo Arístides, ayudando en lo que pueda. No puedo hacer muchas cosas que antes sí podía, pero algo hago. Ivette y Arístides, a quienes ayudo, son muy comprensivos y buenos conmigo. |
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Todo el que no me conoce se queda frío cuando le digo mi edad, y me preguntan qué he hecho para vivir tantos años. Y yo le digo que nunca he tenido una dieta, y he comido lo que Dios me ha dado. Desayuno, luego almuerzo y por la tarde solo como una malanga o plátano hervido y una taza de café. Nunca he fumado ni bebido. Solo he trabajado mucho. Cuando uno pasa de los 70 años no puede estar sentado. Hay que hacer cosas para darle vida al cuerpo. El viejo que se sienta se acaba. Por eso en mi casa lo hago todo, y ¡ah!, siempre estoy limpiecita. Al cuerpo también hay que atenderlo, hay que mantenerlo limpio y bien vestido. Yo trabajo en mi casa y lo hago con el delantal.
Padecía de fuertes dolores en las piernas. Recuerdo que se me dormían y no podía levantarme de la cama. Entonces empecé a rezar la oración al padre Varela, y hace tres meses que las piernas no me duelen.
Yo voy todos los domingos a la iglesia, donde estoy desde las nueve de la mañana hasta el mediodía. Y se puede decir que ese es el momento en que yo más descanso. Cuando regreso a la casa me pongo activa.
Un día salí al médico a buscar una medicina y me encontré con Juana Bacallao, y después de saludarnos y de yo decirle que iba a comprar una medicina, ella me dijo: “No te sientes ni te acuestes; sigue caminando”.
Yo he pasado por todo tipo de momentos; pero el más lindo de mi vida fue cuando cumplí 90 años y me los festejaron aquí en el arzobispado. Me pusieron un gorro grande en la cabeza que me lo hizo Mariela, la diseñadora de Palabra Nueva , y la hermana Pilar estaba de lo más contenta. Yo le agradezco mucho a la hermana Pilar. Fue ella quien mandó a los muchachos para que me hicieran una película de ese día que todavía conservo. Figúrese, a mí nunca me habían celebrado un cumpleaños, nunca, ni cuando fui chiquita. Así que ese fue el primero.
Tengo que decir, sin que me quede nada por dentro, que lo mejor de mi vida lo he pasado en el arzobispado. Aquí nos sentimos como una familia.
Yo nací muy pobre, crecí pobre y sigo siendo pobre, pero no lo lamento, porque yo sé bien que las personas no valen por cómo era su cuna, sino por cómo son con los demás y por las cosas buenas que hacen. Y por ese lado yo vivo muy tranquila. |
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