APÓSTOL DE LAS ANTILLAS
¡Salve, Jerónimo de Cuba!
p. Jerónimo Mariano Usera y Alarcón
por Hna. Teresa Vaz

Discurría el año 1851 y la iglesia de Santiago de Cuba estaba huérfana de Pastor, desde 1837, fecha en la que el arzobispo, fray Cirilo de Alameda y Brea, se había ausentado de Cuba por cuestiones de carácter político. Durante estos años fueron varios los gobernadores eclesiásticos que estuvieron al frente de la diócesis, siempre subordinados a la autoridad del arzobispo hasta el momento en que éste fue preconizado obispo de Burgos. El 15 de abril de 1849, asumió el gobierno de la diócesis, por delegación de su antecesor, don Francisco Delgado, el canónigo penitenciario don Jerónimo Mariano Usera y Alarcón, cargo que ejerció hasta el 16 de febrero de 1851. Ese día llegaba a Santiago de Cuba el nuevo arzobispo, Antonio María Claret, que hoy veneramos como santo.

Un poeta popular, Antonio Solórzano y Correoso, da la bienvenida al arzobispo, y aprovecha la circunstancia para hacer la apología de Usera. Le dice el poeta:

“Pero mientras estabas en tu ausencia,
respetado del mundo religioso,
otro Pastor velaba cariñoso
con diligente afecto pastoral,
el ilustre Jerónimo de Cuba,
cuya piedad es tan notoria,
cuyas dignas virtudes en la Historia
ocupan un magnífico lugar”.


A continuación dice que Cuba le es deudora de muchos beneficios y los va enumerando, dejando entrever la universalidad de su entrega: “con mano benévola” enjugaba el llanto de la viuda en su tristeza; y el “huérfano, sumido en la pobreza”, un “tierno padre” encontraba en él. “Lo mismo visitaba los palacios” que la “más solitaria y triste choza”.

Estas y otras afirmaciones del poeta están confirmadas documentalmente. De hecho, el Seminario fue reorganizado y sus planes de estudios colocados al nivel de los adelantos del siglo, los encarcelados fueron atendidos por él y provistos de asistencia religiosa, los campesinos fueron evangelizados y los sacerdotes acompañados en sus necesidades espirituales y humanas; a los laicos los invitó a unirse a los sacerdotes en una asociación creada por él, la Obra de la Enseñanza de la Doctrina Cristiana . A estas actividades propias de su ministerio sacerdotal, unía la prestación de otros servicios de carácter civil, como el de Vocal de Junta de Instrucción Primaria.

padre Usera. Si esto hizo en sólo tres años, que fue el primer período de su estancia en Cuba (1848-1851), más pudo hacer e hizo en los 27 años de permanencia en la diócesis de La Habana (1864-1891). Sin descuidar el ejercicio de sus funciones de presidente del cabildo catedralicio y párroco de la Catedral , se entregó de lleno a los pobres y creó obras que continuaran su acción, de las que nos ocuparemos en otro momento: la Sociedad Protectora de los Niños (1883) y la Academia de Tipógrafos y Encuadernadoras. Y dejó establecida en las provincias de La Habana y Villa Clara la Congregación de Hermanas del Amor de Dios, dedicada a la educación.


Su obra evangelizadora desde las misiones populares, el púlpito y el confesionario, fue notable, pero no lo fue menos su acción pedagógico-social, como areópago privilegiado para la formación integral de la persona, desde la infancia. Este fue su principal legado a Cuba , ese país que él describía como “uno de los más bellos del mundo, bañado por un sol vivificador y brillante, en donde no se conoce la escarcha ni el invierno, y todo es fertilidad, abundancia y riqueza…”. Refiriéndose a su gente, comenta su “indole agradable”. Los habitantes de Cuba merecen toda la consideración y estima por parte de los españoles, pues llevan sus “mismos apellidos”, profesan su “religión”, se rigen por las “mismas leyes”, y participan de su “misma sangre” y de sus “nobles y generosos sentimientos”.

Alguien que no lo conozca, podrá preguntar: ¿Era cubano el padre Jerónimo Usera? Si la ciudadanía viene dada tan sólo por el lugar de nacimiento, ciertamente que la respuesta es negativa. Pero, si la pertenencia a un pueblo se mide por el grado de inserción en el mismo, por su dedicación, entrega, capacidad de empatía, comprensión y solidaridad con él, forzoso es reconocer que el venerable padre Usera fue cubano de pura cepa. No distinguía entre europeo y caribeño, blanco y negro, libre y esclavo. La especie humana es solamente una y todos somos hermanos porque Cristo nos elevó a la dignidad de hijos de Dios. Basado en esta convicción, Jerónimo Usera se integró en cada pueblo como ciudadano de él y compartió las alegrías, penas, gozos y necesidades de todos sus semejantes.


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