Llama la atención que, a pesar de encontrarse Andrés junto a Pedro en la lista de los apóstoles, no se halle estrechamente ligado a él en los evangelios. No se encuentra ni en la resurrección de la hija de Jairo, ni sobre el monte Tabor, ni cerca de Jesús en la oración del huerto de Getsemaní. Esto no quita para que él se encontrara entre los más acreditados testigos de la experiencia vivida con el Señor, especialmente en los días de la resurrección.
Andrés –como Pedro– era hijo de Jonás de Betsaida, una región al noroeste del lago de Tiberíades.
La tradición oral popular presenta su apostolado en Grecia, Escitia y Tracia, pero particularmente en Epiro y Acaya, donde habría sido crucificado en Patrás el año 60. Se cree que lo fue en una cruz de forma de X (llamada de San Andrés). Sus reliquias, conservadas desde el siglo iv en Constantinopla (hoy Estambul, Turquía), fueron transportadas a Amalfi (Italia) en 1208, y su cabeza llegó a Roma en 1462; pero en 1964, en el encuentro ecuménico entre Pablo VI y el patriarca Atenágoras, fue restituida a la Iglesia Ortodoxa Griega en Patrás. La inserción del nombre de Andrés en el canon romano de la Misa , se debe a san Gregorio Magno (siglo vi ) después de su regreso de Constantinopla, .
En la tradición sinóptica, Andrés es presentado como pescador (Mt 4, 18-19) y según Lucas su vocación, como la de Pedro, ocurre al término de una pesca milagrosa en el lago de Galilea. “Los haré pescadores de hombres”. La rapidez de la respuesta en Mc 1, 18: “Al instante dejaron las redes y lo siguieron”, puede entenderse a la luz de la expresión del texto de la oración colecta de la fiesta: no sólo como anunciador del Evangelio (predicador), sino también como “parte de la Iglesia ” (rector). No se puede ejercer el ministerio de guía de la Iglesia sin esta renuncia y seguimiento total de Jesús. También aparece Andrés en Jn 6, 8, donde avisa que un muchacho tiene cinco panes de cebada y dos peces, demostrando así su interés práctico ante aquella situación de emergencia. Con ellos Jesús realizó la multiplicación de los panes y peces para calmar el hambre de la multitud que lo seguía.
Este episodio milagroso es mencionado en la oración sobre las ofrendas: “Estos dones que te presentamos en la festividad de san Andrés nos hagan agradables a Ti y, al recibirlos, renueven nuestra vida”.
Porque el milagro no es una simple multiplicación numérica de los panes, sino una manifestación de la misericordia de Jesús para transformar la vida de humana en divina.
En la oración después de la comunión recuerda la pasión del apóstol: “Te rogamos que la participación en tus sacramentos nos dé fortaleza para que, compartiendo la muerte de Cristo, a ejemplo del apóstol san Andrés merezcamos vivir con Él en la gloria”.
Andrés, según Mc 13, 3, interrogó con Pedro a Jesús sobre el discurso escatológico, acerca del fin de los tiempos: “Dinos cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que todas esas cosas van a cumplirse”. El que fue el primer misionero entre los apóstoles es uno de los más íntimos de Jesús en Jn 12, 22, donde por su mayor confianza con Jesús, es consultado por Felipe y con él acude a Jesús para decirle que un grupo de griegos desean verlo, haciéndose así garante de las buenas disposiciones de los paganos que querían acercarse a Jesús.
Por los rasgos de su espontaneidad generosa que le hace parecido a la índole de su hermano Pedro también en el martirio, en el himno (de san Pedro Damián) de laudes se canta esta fraternidad del martirio: “La cruz los ha hecho hermanos en el cielo, los ha engendrado como una sola carne”. Y se hace esta invocación: “Oh venerado vástago (de la familia de Pedro), oh idéntica corona de gloria; los padres santos de la Iglesia son asimismo los hijos de la cruz”. En la antífona de laudes, en el Benedictus oímos resonar un fragmento de la vehemente y apasionada perforación de la cruz.
La actualización de este justo nos la ofrece una frase del oficio de lectura, donde san Juan Crisóstomo, comentando la vocación de san Andrés dice:
“Andrés después de permanecer con Jesús y de aprender de Él muchas cosas, no escondió el tesoro para él solo, sino que corrió presuroso en busca de su hermano para hacerlo partícipe de su descubrimiento.”
Y más adelante el mismo Crisóstomo nos dice: “Si Juan Bautista, cuando afirma ‘este es el Cordero' y ‘Bautiza con Espíritu Santo', deja que sea Cristo mismo quien exponga con mayor claridad estas verdades, mucho más bien Andrés, quien no juzgándose capaz para explicarlo todo, condujo a su hermano a la misma fuente de la luz, tan contento y presuroso que su hermano no dudó ni un instante en acudir a ella”.
Hay un prefacio sobre el apóstol:
“Hoy es el día sagrado para el misterio de la vida y de la muerte de san Andrés, que en la abierta predicación de Cristo y en el misterio de la cruz se reveló verdadero hermano de Pedro, y mereció participar con el sufrimiento y la gloria en la bienaventurada legión de los ángeles.”
La liturgia puso en labios del apóstol esta bellísima invocación: “¡Salve, cruz preciosa! Recibe al discípulo de Aquel que fue suspendido en la cruz, Cristo, mi Maestro”. A san Andrés se le ha reservado un culto particularísimo en la Iglesia de Oriente, sobre todo después de la fundación de Constantinopla –segunda Roma– para subrayar la apostolicidad de la nueva capital del Imperio. Durante la Edad Media , la devoción al santo estuvo vinculada estrechamente con la expresión de las cruzadas y san Andrés fue elegido como patrono de muchas órdenes militares. También es patrono de Grecia. En Occidente el culto se difundió particularmente en Francia y en Escocia, de la que san Andrés es el celestial patrono.
El hecho de llevar Andrés a su hermano Pedro para que conociera personalmente a Jesús, debe llevarnos a tomar conciencia del deber del cristiano de llevar a Cristo a los que se relacionan con nosotros, y su martirio una invitación a no arredrarnos en las dificultades de la vida. |