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Fiebre ortográfica
por María del Carmen Muzio
Fiebre ortográfica
 

Desde el curso pasado, han comenzado a aplicarse, por parte de las instancias rectoras, una serie de medidas para los estudiantes universitarios con graves errores ortográficos.

Se ha implementado también un curso sobre Ortografía en las clases televisivas de Universidad para todos con un tabloide que desapareció inmediatamente de los estanquillos de periódicos.

También se han reimpreso libros sobre la materia como el del eminente pedagogo Alvelo Francés. Y los alumnos, al fin, se interesan por la correcta escritura de las palabras.


Las medidas resultan encomiables, y la mayoría de los profesores, que a lo largo de décadas han impartido asignaturas de Humanidades, las han recibido con beneplácito. Incluso este año, en las carreras universitarias, comienza con rigor una Resolución, según la cual el aprobado dependerá de la cantidad de faltas ortográficas que tenga el alumno en las asignaturas de Historia, Gramática, Literatura o cualquier otra. En este caso tal vez se salven algo los de las carreras científicas que se deben más a números y fórmulas que a palabras.

Los problemas ortográficos y de redacción no son algo novedoso, es un mal que venimos arrastrando desde hace varios años. Los podemos apreciar sentados cómodamente ante el televisor de nuestras casas y leemos los subtítulos de películas, en los pequeños textos que acompañan una imagen informativa, en la comunicación desmañada de un locutor, en revistas; o también en los letreros para una citación, en la pizarra del bodeguero o de una cafetería; en fin, constituyen una verdadera plaga.

Cansados estamos de escuchar personas que ni saben articular palabras, con pobreza de vocabulario, sin facilidad para organizar sus ideas y expresarlas... Hasta muchos de los que aspiran a escritores envían sus trabajos a concursos literarios con faltas elementales de ortografía. Si un músico, para ser un buen instrumentista, debe conocer el solfeo y dominar la utilización del instrumento, ya sea un violín o un piano, el que desee convertirse en escritor debe dominar, en primera instancia, el instrumento primordial de la literatura: la lengua materna.

Algunos profesores y estudiantes argumentan que la culpa no es de ellos, sino de un modo de enfoque que les permitió llegar hasta un grado escolar con el arrastre de dichos errores. En parte –y sólo en parte– tienen razón. ¿Acaso pusieron de su interés individual y personal por salvar esa deficiencia o se contentaron con un aprobado mal emitido?

Si un niño abre sus ojos al mundo en una casa donde no existe ni un solo libro, es lógico que nunca se interese por buscar o tomar alguno en sus manos a no ser los que la escuela gratuitamente le ofrece. Por lo que, la ortografía, en mi modesta opinión, no es únicamente problema de la escuela, sino de todos, desde el padre de familia hasta el último maestro.

¿Qué contar sobre los maestros y profesores que no tienen vocación pero están dando clases, sin poseer la preparación adecuada, y que han llegado a la docencia por circunstancias coyunturales? Como dice el viejo refrán: “aquellas aguas trajeron estos lodos”. Pero también, ¿qué ha hecho el entorno familiar de ese estudiante cuando observa que el maestro no es el idóneo? Para ello, tendría que prestar atención a sus tareas, a que gran parte de su tiempo no lo consuma frente a un televisor, video, DVD, o en la calle jugando a deshoras.

Innumerables especialistas coinciden en que la fuente primaria de una buena ortografía es la lectura desde la niñez. Entonces cabe preguntarse: ¿a dónde van a parar las masivas impresiones de libros, las Ferias donde los padres salen cargados de variados títulos? Quizás a empolvarse en un rincón o en el peor de los casos a un cesto de basura, muchos de ellos en estado virgen. Se podrá argumentar que algunos de los ejemplares publicados no atraen lo suficiente. Muestra de ello son los libros que están colgados por años en los estantes de las librerías, algunos por mala promoción editorial, y otros, porque en realidad no resultan atrayentes.

La lectura únicamente no ofrece ortografía, sino vocabulario, sintaxis. Además del placer estético que ya conocemos. Y uno de los males de nuestros estudiantes de hoy es que no tienen hábito de lectura. Si el libro básico orientado a leer es muy extenso lo rechazan y algunos hasta llegan a decir que les entra sueño. Sin contar que tratan de memorizar como cotorras, cuando la enseñanza escolástica ya estaba cuestionada desde los tiempos de nuestro padre Félix Varela.

Es incuestionable lo necesarias que resultan las reglas ortográficas, las normas de redacción, la gramática, pero aprenderlas de memoria para un examen y después olvidarlas no sirve de nada o de muy poco. Si no se continúa leyendo, se olvidan los contenidos aprendidos para aprobar y no para aprender .

Los estudiantes tienen la mala costumbre de preguntarle a los profesores las temáticas probables que saldrán en el examen, porque su objetivo primordial no es el de aprehender conocimientos sino el de obtener una nota para salir del paso y conseguir un título de la enseñanza que sea.

Creo que es un mal hábito entronizado desde la época de los famosos “ciento por ciento” en las escuelas, de que la calidad de un profesor se mida por la cantidad de alumnos aprobados, de que los padres protesten y se quejen si el maestro es riguroso con los malos hábitos que muchos de los estudiantes traen inculcados del hogar. En este caso, y como debiera ser en el comercio en que “el cliente siempre tiene la razón”, aquí es “el alumno el que siempre tiene la razón”.

No dejo de reconocer que ya este aspecto se está perdiendo gracias a una voluntad de rigurosidad en aras de la calidad, pero si el maestro no es el primero que ostenta esa “calidad y rigor” entonces los padres y hasta el propio estudiante protestan con razón.

Es un tema muy complejo e inagotable. Sus causas pueden hallarse desde los éxodos masivos de profesores, donde la mayoría eran doctores y enseñaban en un preuniversitario, y los maestros de primaria eran universitarios. Ellos abandonaron las aulas y tiempo después fueron sustituidos por jóvenes (algunos casi niños) graduados en cursos emergentes con los conocimientos tan básicos que resultaban insuficientes.

En la actualidad seguimos con el mismo problema. A pesar de que se incrementan los salarios a los trabajadores de la educación, es necesario restituirles no sólo su papel formador, sino el respeto que merecen. Jamás un padre debe quitarle la razón a un maestro aunque este, como ser humano al fin, se haya equivocado.

No todo es negativo, en mi experiencia he tenido estudiantes universitarios que son maestros emergentes y son brillantes, con un gran interés por el estudio, por la lectura; pero desgraciadamente, son la minoría.

Lo lamentable es que este interés por la ortografía, por dejar de graduar estudiantes de cualquier enseñanza que no sepan escribir vocablos elementales, no se haya tenido en cuenta desde mucho antes. Pero volviendo al refranero popular: “nunca es tarde si la dicha llega”.


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