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Día tras día somos bombardeados con mensajes de todo tipo, relatos de relaciones públicas, reclamos de grupos en defensa de alguna causa...
El despertar de la conciencia
por P. Fernando de la Vega

Para nadie es una novedad que a todos nos agrada opinar, manifestar nuestros criterios sobre asuntos de interés que conforman nuestra vida como personas y como sociedad: la guerra y la paz, la violencia, los precios del mercado, la salud pública, la familia, la educación y muchos más que harían casi interminable la lista.

El papel de la información en el momento de conformar la opinión pública es, a menudo, sutil. Ciertamente ayuda a la gente a entender las repercusiones que sus opiniones conllevan. Pero la información, por sí misma, no conduce a la solución del problema. Es necesario primeramente despertar la conciencia y, después, crear criterios públicos sólidos y bien fundamentados. Es en esa dirección que pretendemos aportar algunas ideas.

Día tras día somos bombardeados con mensajes de todo tipo, relatos de relaciones públicas, reclamos de grupos en defensa de alguna causa, las noticias recientes sobre sucesos locales o internacionales que van desde los más triviales hasta los de gravedad. En la mayoría de los casos, ignoramos casi todos estos hechos y echamos un vistazo, o prestamos oídos a aquellos que por alguna razón, atrajeron nuestra atención. Es que para evitar la avalancha informativa, tamizamos creamos un filtro y nos quedamos con una pequeñísima parte de los mensajes que se nos lanzan por cualquiera de los medios informativos.


Sin embargo, algunos sucesos son tan dramáticos o importantes para nuestra vida, que penetran el filtro y se alojan en nuestra conciencia: terremotos, secuestros, actos terroristas, accidentes aéreos que cuestan gran número de vidas, dramas nucleares, avances espectaculares en medicina… sólo por citar algunos.

En el despertar de las conciencias están presentes, siempre de una forma u otra, los medios de comunicación. Seriales televisivos, serie de artículos políticos, científicos o religiosos, paneles, documentales especializados... son vías para despertar la conciencia, pero este proceso no siempre avanza con agilidad. El despertar de la conciencia tiene determinadas características particulares que deben tenerse en cuenta si queremos comprender cómo se crea primero y cómo se transforma después una opinión masiva hasta convertirse en un criterio público.

Las características del normal despertar de las conciencias, sin pretender agotar el tema, podrían reducirse a seis, según la mayoría de los especialistas.

La primera sería la “Variabilidad en el tiempo” es decir, la cantidad de tiempo necesario para que se despierte la conciencia, porque puede tomar minutos o décadas. Cuando se trata de temas particularmente espectaculares y bien definidos, la gente puede pasar, con suficiente información, de la total ignorancia a una conciencia cabal del problema.


En otros tipos de asuntos, el despertar de la conciencia puede llevar mucho más tiempo. Por ejemplo, en cuanto a la contaminación del medio ambiente, el factor tiempo es un buen termómetro para medir el grado de dificultad en que se toma conciencia de un problema o una situación. En esos casos, la función de un buen comunicador es lograr abreviar ese tiempo reduciéndolo al mínimo posible.
En el despertar de la conciencia es importante que el público preste atención
al tema que interesa para que aumente su preocupación de que algo hay que hacer al respecto.


La segunda característica sería la “Fuerza de los eventos”. Nada hace progresar el despertar de la conciencia tan rápido y claramente como los acontecimientos que dramatizan el asunto, y nada hace retardarlos más que la ausencia de esos eventos.

La pregunta obligada es, ¿por qué hay que recurrir a un acontecimiento desastroso para convencer a la gente de que un problema es serio cuando existen muchas otras pruebas a la mano?


Para algunas personas, imaginar lo que puede suceder, sin que realmente tenga que suceder, todo lo que necesitan es una explicación clara y bien fundamentada; pero para la inmensa mayoría, hay como una falta de imaginación. Un caso concreto que muestra esto, es el relativo a los perjuicios del hábito de fumar. Para algunos son las estadísticas de posibilidad de cáncer o de enfermedades respiratorias o del corazón lo que los impulsa a tomar conciencia y dejar de fumar.

Pero las estadísticas al respecto, señalan que la mayoría no reacciona –no to-ma conciencia– ante amenazas potenciales. A menos que suceda un desastre somos incapaces de llevar a cabo una acción preventiva. Tal parece que nuestra forma de pensar se basa en dejar de lado, es decir no preocuparnos, no tomar conciencia, de todo aquello que no represente una verdadera emergencia por ser un peligro real para mí o para los míos.

¿por qué hay que recurrir a un acontecimiento desastroso para convencer a la gente de que un problema es serio cuando existen muchas otras pruebas a la mano?

Y esto nos lleva a un tercer elemento a tener en cuenta, es lo que podríamos llamar “Aplicabilidad manifiesta hacia uno mismo”. No hay que insistir en subrayar que la gente pone mayor atención y le da mayor importancia a los asuntos relacionados con su vida y deja al margen aquellos que no lo están.

Si nos apoyamos en las estadísticas, resultaría claro conocer que la simple exposición de los mensajes –por cualquiera de los medios– no significa que todos aquellos que los reciban van a reaccionar del mismo modo, porque la atención del receptor es siempre selectiva y ninguna fuerza selectiva es tan poderosa como la que apela a los hechos relevantes con repercusión en la vida personal.

Un simple ejemplo nos ayuda a comprender. Producen más impacto y hacen tomar conciencia con mayor rapidez los mensajes sobre el Sida, que sobre el “efecto invernadero”. Sin embargo, ambos son peligrosos y dañinos.

Un cuarto factor que influye en el ritmo y en la factibilidad del despertar de la conciencia podríamos llamarlo “Contundencia y claridad” con que se presenta un asunto. Nuevamente un ejemplo nos aclara de qué estamos hablando.

Nada ha retrasado más el despertar de la conciencia sobre el daño del efecto invernadero, que su falta de claridad y contundencia a la hora de exponerlo al gran público. En diversos momentos se han argumentado por los científicos, diferentes causas y consecuencias, y peor aún, se han empleado diversos términos para describir el problema, lo que ha provocado una confusión generalizada. En los años 70 del pasado siglo, la culpa del daño a la capa de ozono recaía sobre los envases de aerosoles y, por otra parte, la nube tóxica era efecto de la emisión de gases de los automóviles y las industrias.

La nube tóxica y el daño a la capa de ozono no se vinculaban entre sí, al menos en la mente del público. A la gente le era más fácil entender lo que ocurría con la nube tóxica pues esta era visible, en tanto que el daño a la capa de ozono por los aerosoles era invisible, algo abstracto y se haría patente en un futuro lejano.

Así las cosas, a principio de la década del 80 se introdujo una nueva serie de términos y culpabilidades: el efecto invernadero, la lluvia ácida, la destrucción de las selvas tropicales, la existencia de un agujero en la capa de ozono... Este último concepto es particularmente confuso. Si la capa de ozono se adelgaza en la atmósfera superior, es grave, pero la confusión surge cuando los medios de comunicación no precisan que el ozono es bueno o malo, según donde se encuentre.

El ozono es benigno si se localiza en la estratosfera, donde sirve como una capa protectora que filtra los poderosos rayos ultravioleta del sol. Pero es nocivo si se encuentra a nivel del suelo y lo respiramos los humanos. Cuando los científicos hablan de “un agujero” en la capa de ozono, crean una metáfora que provoca confusión. No se refieren a que literalmente exista un agujero en la atmósfera como si fuera un rasguño en medio de una capa. A lo que se refieren es a que la composición de la atmósfera en determinadas regiones como la Antártica está constituida solamente de bióxido de carbono y otros contaminantes, lo cual permite que los rayos de sol más peligrosos penetren con mucha facilidad. El llamado agujero no es un rasguño sino una concentración de contaminantes.

Además, tampoco tiene claro el público qué daños hay que prevenir, entre los que se encuentran –en opinión de los hombres de ciencia– el aumento del calentamiento solar, con las inevitables consecuencias de deshielo de los polos, el daño a la salud humana como el aumento de la incidencia de cáncer en la piel, efectos dañinos en los pulmones y otros más. En conjunto, un asunto grave pero tratado de modo confuso y abstracto. La conciencia pública aún no ha comprendido estas amenazas y no se toman, por tanto, medidas efectivas en muchas partes.

El penúltimo factor que hemos de añadir a los cuatro anteriores es la “Credibilidad” de las fuentes de información. Es fácil comprender que la falta de credibilidad puede retrasar notablemente la toma de conciencia por parte de las masas. ¿Cómo es posible esperar que el público asuma una toma de conciencia sobre un problema serio, si no confía en las fuentes de donde brota la información de la amenaza?

En el caso del Sida por ejemplo, los médicos y los centros de salud, gozan de credibilidad alta. Cuando el público tiene dudas, no sospecha, generalmente, de la buena voluntad del personal de Salud. Las dudas se reducen al grado de certeza científica –no a las intenciones– del personal sanitario. Todos saben que los expertos no son infalibles, y entonces lo que generalmente ocurre es que se va más allá de las prescripciones y medidas de los médicos. Pero otras veces, factores ajenos, como la política, o la competencia comercial entre varios productos, pueden estar detrás de algunas informaciones importantes y eso debilita grandemente el factor credibilidad.

Vale la pena detenernos en el último factor, al que llamamos “Publicidad” que no es el menos importante. Despertar la conciencia es un asunto de publicidad. Los llamados “grupos de apoyo” y el uso que hacen de la publicidad, nos muestran la importancia que le dan a las causas en las que están comprometidos, y para nosotros es un vivo ejemplo del papel que la publicidad juega en hacer despertar la conciencia de las masas.

Con suficiente publicidad puede lograrse, incluso, que la más ardua meta se alcance, auque en determinados casos se exigirá más tiempo y mayor publicidad. Otros, quizás, nunca se logren dada la existencia de obstáculos como la falta de credibilidad del grupo que lo está promoviendo, o si la causa hacia la que quieren dirigir nuestra atención es justa, o bien si no resultan claras las ventajas y desventajas de lo que se está tratando de hacer tomar conciencia a la gente. Pero al final, es la cantidad y calidad de publicidad lo que cuenta, por lo menos en el hacer despertar la conciencia.

Lo que acabamos de exponer es importante y nos remite a una precisión con relación a despertar la conciencia, que siempre requiere dos tareas: hacer que el público preste atención al tema que nos interesa y en una segunda fase y como consecuencia de la anterior, aumente su preocupación de que algo hay que hacer al respecto. Estas dos tareas son función esencial de la publicidad.

Llegamos a una conclusión: la publicidad es un factor importantísimo en el despertar de la conciencia, y también que la publicidad puede venderse y de hecho no siempre estar a favor de las causas más justas. No hay que ir muy lejos para comprobarlo. Ocurre en cualquier parte del mundo que habitamos.


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