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SOCIEDAD

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De cómo se encontraron De cómo se encontraron Cuquita Martina y Ramoncito Pérez.

por
Miguel Sabater Reyes


En cuanto España publicó la Ley de Memoria histórica a favor de los nietos de inmigrantes españoles, el comentario fue abriéndose camino como un líquido veloz por vasos comunicantes. Se hablaba de eso en fábricas, oficinas, establecimientos comerciales, avenidas, parques y esquinas, hospitales, funerarias, capillas y catedrales…

La noticia, como un río caudaloso, atravesó la Autopista, la Carretera Central y Vía Blanca multiplicándose en meandros informativos por carreteras y callejones, cañaverales, vegueríos y bateyes hasta llegar a los oídos de Ramoncito Pérez en Guantánamo.

Para instruirse bien sobre el asunto fue a comprar pasaje en tren para La Habana, pero en la estación se enteró que mucha gente pretendía informarse sobre lo mismo en la capital de la República, por lo cual los pasajes se habían agotado durante un mes.

Ramoncito Pérez vendió un puerquito que estaba cebando, y un par de días después ya viajaba a La Habana...


Fue a la estación de ómnibus y la situación allí era peor. Pero como la suerte es loca y a cualquiera le toca, y a río revuelto, ganancia para el pescador, se le acercó un individuo y le propuso que por 10 CUC le resolvía pasaje por lista de espera (y bien que le viene el nombre, ya que es la lista que espera a quienes puedan pagar un pasaje a sobreprecio, dejando a los que esperan eternamente esperando); pues así como quien no tiene padrinos no se bautiza, el que no tiene dinero casi nada resuelve.

Ramoncito Pérez vendió un puerquito que estaba cebando, y un par de días después ya viajaba a La Habana en una de esas guaguas Astros.

El viaje fue una odisea moderna. A los diez minutos de haber arrancado la guagua, al viajero que le quedaba delante se le ocurrió echar hacia atrás el respaldo de su asiento para descansar, de modo que la cabeza le quedó en el pecho de Ramoncito.


— ¡Qué barbaridad! –le susurró Ramoncito a la señora que viajaba a su lado–. Los chinos serán muy inteligentes, pero se la comieron al hacer los asientos de estas guaguas tan cercanos. Mire a este hombre, casi arriba de mí; no parece que estuviera en el asiento de un ómnibus sino en el sillón de un barbero para que lo afeiten.

— ¿Y qué me dice de las piernas? –agregó la señora–. No hay espacio para estirarlas. Ya no sé cómo voy a ponerlas.

— ¿Y qué me dice del frío que está zumbando el aire acondicionado? –le dijo Ramoncito–. Para viajar en estas guaguas debían darle a cada pasajero una escafandra.

Ramoncito llegó a la casa de su tío Ruperto hecho leña, después de un viaje de 20 horas, en el que el chofer puso la música que quiso y paró donde se le ocurrió.


Ruperto vivía en un edificio de Centro Habana. Era abogado especialista en asuntos civiles, la persona ideal que podría orientarlo sobre los trámites de la ciudadanía española. Pero Ramoncito llegó en circunstancias muy complicadas en la vida de Ruperto, ya que el tío se dedicaba a hacer confituras para vender por encargo, y en aquellos momentos estaba enfrascado en darle el punto a una masa de caramelo oliente a fresa.

Ramoncito pensó que su tío se había vuelto loco, pues no le cabía en la cabeza que un jurista se dedicara a

Ramoncito llegó a casa de su tío Ruperto que fue jurista y que ahora se dedicaba  a hacer confituras...

eso. Pero inmediatamente se acordó de que él tenía tejado de vidrio, ya que era maestro y había dejado de ejercer el magisterio para criar puercos. Así que no dijo ni esta boca es mía.

Ramoncito Pérez creía que las diligencias para la ciudadanía era como coser y cantar; pero Ruperto le explicó que tendría que hacer varios trámites, ninguno de los cuales se resolvería en horas, ni siquiera en días, ya que media Isla estaba empeñada en lo de la ciudadanía, y las colas para conseguir los papeles requeridos eran grandes y demoradas. Por lo tanto necesitaba de tiempo y paciencia, pero sobre todo de mucha paciencia.

No hizo más que poner la cabeza en la almohada, Ramoncito Pérez tuvo un sueño tan, pero tan profundo que no se enteró del diluvio de notas musicales procedentes de tres apartamentos del edificio, en el que se mezclaban la contagiosa salsa de la Charanga Habanera , los boleros de Roberto Carlos y José Feliciano y el reguetón de Gente de Zona.

Parecía que los tres vecinos sostuvieran una competencia para ver cuál de ellos ponía la música más alta, sin considerar al resto de los moradores y a pesar de la existencia de un Consejo de vecinos que, como el ascensor del edificio, tampoco funcionaba. Todo lo que podían hacer los afectados por el ruido era resignarse, pues la gente no quiere buscarse problemas, ya que hoy día las personas se irritan fácilmente, ni siquiera se fajan a piñazos, prefieren las puñaladas.

Ramoncito no oyó nada. Toda la noche durmió plácidamente, y hasta soñó cosas agradables. Se vio caminando por una de las avenidas de Sevilla, llena de carteles iluminados y establecimientos comerciales. Entró a un bar, se sentó a la barra y pidió un cubanito. Miró a su izquierda y vio sentado a una mesa a Ernest Hemingway –como él acostumbraba cuando estaba en París y España– con una botella de whisky y un vaso medio lleno de licor mientras leía un periódico como con cien páginas.

— ¡Ñooo! –le dijo Ramoncito Pérez al cantinero en el sueño–. ¿Eso que está leyendo Hemingway es un diario o un semanario?

— Un diario –le respondió el cantinero con tono indiferente, mientras limpiaba despacio una copa con un paño.

— ¿Y tantas cosas suceden en un día como para ser noticia? En Cuba no se despilfarra así el papel y mucho menos para hacer periódicos.

Pero el cantinero no siguió haciéndole caso.

Al día siguiente Ramoncito llegó a las 5 horas, 13 minutos y 7 segundos a la oficina de Emigración y Extranjería para hacer su primera diligencia, que consistía en solicitar el documento en el que constara la entrada de su abuelo a Cuba. Y lo que encontró fue una concentración de gente. Preguntó quién era el último 14 veces y nadie respondió, ya que las personas estaban tan entretenidas hablando sobre los trámites y las numerosas ventajas de la ciudadanía y los árboles genealógicos de sus ancestros españoles que no había nada que los sacara de eso. Entonces se le acercó uno de esos individuos que saben aprovecharse de ciertas inclemencias circunstanciales con un altoparlante debajo del brazo, y le informó que lo estaba alquilando por 1 CUC para que los que llegaran pudieran preguntar quién era el último, pues de otro modo no iba a encontrarlo.

Esto, lejos de resolver el problema, lo multiplicó, pues cuando Ramoncito Pérez preguntó el último por el altoparlante, le respondieron nueve personas al mismo tiempo, ya que existían nueve colas: la de ese día, la del día siguiente y así sucesivamente, cada una de las cuales tenía una cola complementaria para casos de fallo (aunque nadie fallaba, solo en caso de muerte).

Le explicaron qué preguntar, especificando quién era el último de la última cola. Cuando lo hizo, le respondió Cuquita Martina, que acababa de llegar al baile y estaba tan desconcertada con aquella situación como Ramoncito Pérez.


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