eso. Pero inmediatamente se acordó de que él tenía tejado de vidrio, ya que era maestro y había dejado de ejercer el magisterio para criar puercos. Así que no dijo ni esta boca es mía.
Ramoncito Pérez creía que las diligencias para la ciudadanía era como coser y cantar; pero Ruperto le explicó que tendría que hacer varios trámites, ninguno de los cuales se resolvería en horas, ni siquiera en días, ya que media Isla estaba empeñada en lo de la ciudadanía, y las colas para conseguir los papeles requeridos eran grandes y demoradas. Por lo tanto necesitaba de tiempo y paciencia, pero sobre todo de mucha paciencia.
No hizo más que poner la cabeza en la almohada, Ramoncito Pérez tuvo un sueño tan, pero tan profundo que no se enteró del diluvio de notas musicales procedentes de tres apartamentos del edificio, en el que se mezclaban la contagiosa salsa de la Charanga Habanera , los boleros de Roberto Carlos y José Feliciano y el reguetón de Gente de Zona.
Parecía que los tres vecinos sostuvieran una competencia para ver cuál de ellos ponía la música más alta, sin considerar al resto de los moradores y a pesar de la existencia de un Consejo de vecinos que, como el ascensor del edificio, tampoco funcionaba. Todo lo que podían hacer los afectados por el ruido era resignarse, pues la gente no quiere buscarse problemas, ya que hoy día las personas se irritan fácilmente, ni siquiera se fajan a piñazos, prefieren las puñaladas.
Ramoncito no oyó nada. Toda la noche durmió plácidamente, y hasta soñó cosas agradables. Se vio caminando por una de las avenidas de Sevilla, llena de carteles iluminados y establecimientos comerciales. Entró a un bar, se sentó a la barra y pidió un cubanito. Miró a su izquierda y vio sentado a una mesa a Ernest Hemingway –como él acostumbraba cuando estaba en París y España– con una botella de whisky y un vaso medio lleno de licor mientras leía un periódico como con cien páginas.
— ¡Ñooo! –le dijo Ramoncito Pérez al cantinero en el sueño–. ¿Eso que está leyendo Hemingway es un diario o un semanario?
— Un diario –le respondió el cantinero con tono indiferente, mientras limpiaba despacio una copa con un paño.
— ¿Y tantas cosas suceden en un día como para ser noticia? En Cuba no se despilfarra así el papel y mucho menos para hacer periódicos.
Pero el cantinero no siguió haciéndole caso.
Al día siguiente Ramoncito llegó a las 5 horas, 13 minutos y 7 segundos a la oficina de Emigración y Extranjería para hacer su primera diligencia, que consistía en solicitar el documento en el que constara la entrada de su abuelo a Cuba. Y lo que encontró fue una concentración de gente. Preguntó quién era el último 14 veces y nadie respondió, ya que las personas estaban tan entretenidas hablando sobre los trámites y las numerosas ventajas de la ciudadanía y los árboles genealógicos de sus ancestros españoles que no había nada que los sacara de eso. Entonces se le acercó uno de esos individuos que saben aprovecharse de ciertas inclemencias circunstanciales con un altoparlante debajo del brazo, y le informó que lo estaba alquilando por 1 CUC para que los que llegaran pudieran preguntar quién era el último, pues de otro modo no iba a encontrarlo.
Esto, lejos de resolver el problema, lo multiplicó, pues cuando Ramoncito Pérez preguntó el último por el altoparlante, le respondieron nueve personas al mismo tiempo, ya que existían nueve colas: la de ese día, la del día siguiente y así sucesivamente, cada una de las cuales tenía una cola complementaria para casos de fallo (aunque nadie fallaba, solo en caso de muerte).
Le explicaron qué preguntar, especificando quién era el último de la última cola. Cuando lo hizo, le respondió Cuquita Martina, que acababa de llegar al baile y estaba tan desconcertada con aquella situación como Ramoncito Pérez. |