HOMILÍA PRONUNCIADA POR S.E.R. CARDENAL JAIME ORTEGA ALAMINO, ARZOBISPO DE LA HABANA, EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN OCASIÓN DE LA XLIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ |
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ES EL HOMBRE EL QUE DEBE SALVARSE
Que el Señor nos conceda un Año Nuevo en que podamos crecer en bienestar económico y social, pero ante todo en humanidad y en vida espiritual
S.M.I. Catedral de La Habana ,1 de enero de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
Celebra hoy la Iglesia Católica la XLIII Jornada mundial de la Paz
Se abre el Año, como es habitual, con buenos deseos y buenos propósitos personales que pueden referirse al orden individual: aquello que debo mejorar en mí, al orden interpersonal, sea en las relaciones familiares o en el medio de estudio o de trabajo y también hay una formulación explícita o implícita de deseos de bienestar y mejoría económica, con su inevitable inclusión de mejoras sociales, que la preparan y se benefician de ella. Estos últimos son deseos comunitarios que alcanzan a todo el país, a la nación cubana y a su gobierno.
Todos estos deseos se hacen en nosotros, cristianos, oración, especialmente en este tiempo de Navidad e inicios del Nuevo Año que estamos celebrando en estos días.
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La oración de la Iglesia se dirige hoy, de modo particular, a la Virgen Madre , que guarda en el corazón lo vivido por Ella en el Nacimiento de su Hijo. Aquella noche santa los ángeles anunciaron a los pobres pastores que había nacido el Salvador del mundo y cantaron dando gloria a Dios en el cielo y deseando Paz a los hombres que son amados por Dios.
Nuestra oración en este primer día del año quiere penetrarse de los mismos sentimientos grandes y hondos que María llevaba en su corazón: Jesús, nacido en la pobreza del pesebre, es el Salvador de un mundo que necesita salvarse. Tal y como lo cantaron los ángeles, Dios ha enviado a su Hijo para sembrar la PAZ en esta tierra, porque el Señor de cielo y tierra ama a los hombres, no como masa inmensa que puebla el planeta, sino a cada hombre y a cada mujer.
En resumen: Dios nos ama, quiere salvarnos, quiere que vivamos en PAZ. Tener noticia de esto es el don maravilloso de la Navidad.
En el mundo global en que vivimos es imposible no dirigir también nuestro pensamiento y tener presente en nuestra oración a todas las naciones de la tierra, intercomunicadas por la información, pero también enlazadas forzosamente por los problemas que, al afectar a algunas de ellas, repercuten en todas, como la crisis económica que se ha sentido con fuerza en el año 2009 que acaba de concluir. Siguiendo la encíclica del Papa Benedicto XVI publicada el pasado año, con el título Veritas in Caritate (La verdad en la caridad), podemos decir que la crisis económica que nos afecta tiene causas no solamente financieras o comerciales, sino también éticas.
En el comportamiento humano ambicioso, deseoso de lucro fácil, ansioso de riqueza y de poder, es donde se ha fundado, sobre bases arenosas y movedizas, un orden económico injusto en el que una minoría disfruta ostentosamente y con derroche muchos de los bienes que se producen, mientras grandes mayorías sufren la carencia de bienes y servicios indispensables.
Como en tantas ocasiones, el mal no viene únicamente de mecanismos o fallas de tal o cual sistema, sino del corazón del hombre, de su interioridad, poblada más bien de ansias de grandeza que de deseos de servir.
Por esto es necesario orar, porque las soluciones, una vez más, dependen del pensamiento y del querer del hombre y el que mejor puede cambiar el corazón humano es Dios, pues nosotros vemos las apariencias, pero Dios ve el corazón (1 Sam 16, 7).
Podemos preguntarnos tal vez de modo muy ingenuo y casi primitivo: ¿y por qué Dios no cambia ese falso sentir? Esto entra en el ámbito de la libertad, que es uno de los primeros dones de Dios al ser humano y que el mismo Dios respeta en cada uno de nosotros.
Por eso el Papa dirige llamamientos a la comunidad mundial y a sus gobiernos y les recuerda las palabras de Jesús en el santo Evangelio, porque la conciencia humana y el pensamiento del hombre pueden ser esclarecidos, pero no forzados: ni en aquellos que tienen poder de decisión, ni en las más sencillas personas, victimas de planes, acuerdos o decisiones que toman otros y los afectan a ellos.
Nos hallamos en estos tiempos ante un verdadero desafío global de la humanidad, que constituye un factor de riesgo para el equilibrio futuro del planeta y para la Paz. Ante lo que los científicos llaman “el calentamiento global” de la tierra, que suele ocurrir cíclicamente, en períodos más bien largos, el quehacer productivo del hombre ha incidido en el tiempo y las dimensiones de ese calentamiento y pone en peligro al planeta de verse afectado en su clima, con el consecuente deterioro de algunas regiones, que en muchas ocasiones coinciden con los países más desfavorecidos en el desigual reparto de los bienes del mundo y que serán también los menos preparados para hacer frente con tecnologías, a menudo complicadas y costosas, a los efectos que resultarían de ese cambio.
De esto trata el mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada de la Paz de este año 2010. El lema escogido por el Santo Padre contiene una invitación dirigida a cada hombre y a cada mujer para ser parte activa en el esfuerzo común que es necesario emprender por que reine la Paz en un planeta habitable para todos los que lo pueblan hoy y para quienes lo poblarán mañana.: “SI QUIERES PROMOVER LA PAZ , protege la creación”, nos dice el Papa.
Recupera el Papa en este lema la consideración de la naturaleza como creación. Y dice al respecto el Santo Padre: “Cuando se considera a la naturaleza y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos proclamar llenos de asombro con el Salmista: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?” . Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador” (hasta aquí la cita del Papa).
Esta referencia a Dios creador nos ayuda a poner a la naturaleza en su justo lugar, a no considerarla únicamente como un medio de sustento, como fuente de energía, como riqueza de la cual apropiarnos en detrimento de otros; sino como don extraordinario recibido de Dios que debemos compartir con medida y en solidaridad con los demás.
Ver al mundo como creación de Dios impide que caigamos en una extraña adoración de la naturaleza, que nos sitúa por debajo de ella, sometidos a ella, con el riesgo de lo que el Papa Benedicto XVI llama un nuevo panteísmo, hacer de la naturaleza un dios.
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En el relato bíblico de la Creación el hombre aparece en medio del mundo creado como un ser distinto; está ante la naturaleza, frente a ella y Dios se la muestra para que disfrute de su belleza, cultive la tierra, la haga fructificar. El hombre, que tiene una naturaleza común con el resto de la creación en cuanto a elementos minerales y orgánicos, no se identifica con ella, no es una parte de un todo, no es dominado por la naturaleza, sino que Dios, que lo ha hecho a su imagen y semejanza le da la orden de dominar la naturaleza: “ dominen sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, y sobre las bestias y sobre todas las alimañas terrestres, y sobre todas las serpientes que se arrastran por la tierra” (Gn 1, 26). |
Algunos ecologistas han responsabilizado a la visión judeocristiana del mundo, que comprende el dominio de la naturaleza, del desastre ambiental del planeta. Más bien habría que atribuirle a ese pensamiento los logros científicos y tecnológicos de la humanidad, al extraer de la naturaleza sus potencialidades energéticas, y actuar científica y tecnológicamente sobre los elementos naturales para transformarlos en bien del hombre.
El mal no está en ejercer el dominio racional sobre un medio irracional, sino en ejercer un dominio irracional sobre la naturaleza, que lleva al abuso de los dones naturales sin una consideración ética: ¿por qué no dedicamos nuestros esfuerzos a la búsqueda y desarrollo de energías renovables y sanas? ¿por qué los |
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poderosos en los países desarrollados no limitan con los medios técnicos a su alcance las emanaciones dañinas de gases que afectan más a los que se benefician menos del desarrollo? Otra vez hay que situar el mal en la conciencia del hombre.
Por esto es importante recordar, y el Papa Benedicto insiste en ello, que el hombre no es una parte indiferenciada de la naturaleza, sino que está al frente de ella para manejarla en provecho de todos y no a su antojo, sino conociendo con su razón los límites que debe observar y que le dicta la ética.
Otra visión del mundo pondría a la naturaleza en un plano casi divino y habría que someterse a sus leyes ciegas. Cuando decimos “la madre naturaleza” o “la madre tierra” estamos usando un modo de hablar que no puede significar que el hombre se someta a los elementos naturales como un niño a su madre y aún menos a una madre posesiva.
Cuando se ve claramente que el mal que aqueja al planeta se halla sobre todo en la interioridad del hombre que no se relaciona éticamente con la creación, debemos aceptar nuestra responsabilidad, tenemos algo que hacer y esto nos compromete a todos. Si los dos grandes actores que están en la escena de un mundo en riesgo son la naturaleza y el hombre y éste es, con su racionalidad, quien debe tomar la iniciativa para salvar la creación, esto significa que esos dos protagonistas deberán ser objeto de una ecología natural y de una ecología humana respectivamente. A esta última se refiere también el Papa Benedicto XVI.
Sí, hay que cuidar la creación natural, no la podemos dañar, sino preservarla y embellecerla; pero el hombre debe ser también cuidado y atendido en su cuerpo y en su espíritu. Una naturaleza degradada, es casi siempre responsabilidad de un hombre degradado.
El ser diferente, que es el hombre, necesita, por estar dotado de razón y ser capaz de amar, que su vida se enrumbe por los caminos de un humanismo integral, donde la dignidad de cada persona sea apreciada y reconocida, en el que las relaciones esenciales de la vida, en la familia y en la sociedad, encuentren situaciones estables y propicias que favorezcan su crecimiento por medio del respecto de una ética natural, muy bien expresada en los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, que son siempre esenciales y fundantes. Este ser humano sano y digno es capaz de erguirse ante la naturaleza, contemplar su belleza y plasmarla en la poesía, en la música, en el arte y seguramente cuidará de ella.
En esta hora de la humanidad hay que fijar la mirada en cada hombre o en cada mujer; para promoverlos como seres humanos, porque de la ecología humana, depende la ecología ambiental.
¿Cómo puede el humano de hoy preocuparse por la extinción de las especies y luchar, con toda razón, para que esto no suceda, y al mismo tiempo participar en una manifestación pública a favor del aborto?
Ecología humana significa purificación del ambiente moral y espiritual del niño para que guarde su inocencia, significa una juventud sana de espíritu a la cual el hogar, la escuela y toda la sociedad orientan por los caminos del amor y no del sexo fácil, familias protegidas por las leyes y estimuladas por todos los medios a recibir sus hijos con amor y a propiciar no sólo su crecimiento corporal sano, sino a preservarlos del poder de arrastre de un ambiente destructor de los valores personales, familiares y sociales, donde el alcohol, la droga, el sexo y el ansia de consumo envuelven incluso a los mejores, si no hay un apoyo serio familiar y comunitario.
No desplacemos simplemente el foco de atención del hombre a la naturaleza; del rescate del hombre, depende una creación respetada, embellecida y renovada.
Es por tanto y ante todo el hombre el que debe salvarse.
En Navidad celebramos el nacimiento del Salvador. Cuando el ángel enviado por Dios le anuncia a María que de ella nacerá el Mesías le confía a la Virgen el nombre que le pondrá a su Hijo: se llamará Jesús, que significa en lengua hebrea: el que salva. Estas son las cosas que María guardaba, meditándolas, en su corazón.
Nosotros, cristianos, estamos llamados a llevar a Jesús en nuestro corazón, pero también a anunciarlo como aquél que salva y a ser, unidos a El y, en la medida de nuestras fuerzas, salvadores de la humanidad y del planeta.
Debemos invitar a cuantos encontramos en nuestro camino a que hallen su salvación y la salvación de nuestro mundo en Jesús. Su palabra luminosa, su amor, pueden transformar nuestras vidas.
Jesús ha sido en la historia fuente de inspiración para muchos cristianos y no cristianos, para creyentes y no creyentes.
Que El lo sea hoy para los hombres y mujeres de este tiempo. El puede transformar nuestra mentalidad y renovar nuestra vida y sólo de un hombre renovado puede surgir un mundo mejor.
Que el Señor nos conceda un Año Nuevo en que podamos crecer en bienestar económico y social, pero ante todo en humanidad y en vida espiritual con Paz para nuestras familias, para nuestro pueblo y para todas las naciones de la tierra. |
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