Posiblemente quienes rechazaron con tanta acritud una de las mejores obras de la literatura cubana no se la habían leído, o quizás sólo el capítulo preterido. Gracias a Dios, el mismo en el que Lezama creía, hace años comenzó a revalorizarse la novela y hoy podemos disfrutar de ella.
Esta nueva edición consta de dos prólogos esclarecedores: “ Paradiso, cuarenta años” de Roberto Méndez, e “Invitación a Paradiso ” de Cintio Vitier. El primero escribe: “Para el propio autor, su novela se resiste a las definiciones”. (1) En tanto, el segundo nos aclara: “Paradiso es la historia imaginaria de la formación de un poeta que quiere alcanzar o merecer la sabiduría”. (2)
Paradiso da la impresión de ser una obra extensa a través de sus catorce capítulos; sin embargo, en cuanto nos sumergimos en ella, nos resulta imposible de abandonar. Y no tanto por la historia que narra, sino por el disfrute de la prosa lezamiana que, cual tela de araña, nos va envolviendo.
José Cemí es el protagonista y el hilo conductor de una serie de hechos que van concatenándose desde el origen de su familia materna, con las figuras de la abuela Augusta y su madre Rialta; y la de su padre, el hijo de vasco de cuello corto, enriquecido dueño de un central, cuello corto que hereda su primogénito. Los primeros capítulos narran la vida en común de estas familias enlazadas, y aparecen personajes deliciosos como el tío Alberto, prototipo de criollo jaranero e irresoluto, pero con las características innegables del cubano, a quien el autor hace desaparecer abruptamente en el capítulo VII con una maestría que nos deja en el estupor. Otros personajes memorables son la insoportable tía Leticia y su esposo el doctor Santurce, que juega un mágico duelo de palabras y trebejos con su cuñado Alberto.
En estos primeros capítulos sucede también la muerte del primogénito de Andrés Olaya, Andresito, el violinista; la divertida historia de los comienzos de Andrés Olaya dentro de la familia Michelena, en cuya mesa el chinito que servía, afanábase porque Olaya no accediera a los exquisitos buñuelos dorados; los intentos del Coronel José Eugenio Cemí, porque su hijo se recuperara del asma que lo aquejaba; y se cuenta hasta el último detalles de la famosa cena familiar organizada por doña Augusta, entre otras.
El capítulo IX se ocupa de la entrada de José Cemí a Upsalón y su participación incidental en una manifestación estudiantil, que comenzó a gestarse desde la escalinata cuando “llegó al grupo una figura apolínea, de perfil voluptuoso, sin ocultar las líneas de una voluntad que muy pronto transmitía su electricidad”. (3) El lector de inmediato se da cuenta que no es otro que Mella y la manifestación magistralmente descrita es la de 1930 cuando ya este había muerto en México, pero los epítetos –tan del gusto de Homero– para referirse al líder estudiantil (“El que hacía de Apolo”) (4) ofrecen un tono épico a la narración. En este mismo capítulo comienza la amistad de José Cemí con Ricardo Fronesis, quien junto a su otro amigo universitario, Foción, van a dar vida a disquisiciones en los capítulos posteriores.
No obstante, en el que hacíamos referencia, el IX, al llegar Cemí de la manifestación, se encuentra con su madre preocupada y entablan un diálogo donde los consejos de Rialta tienen una significación trascendente para el futuro del aprendiz de poeta. Como toda madre, teme por su hijo, sin un padre desde su temprana edad, y de esa inexplicable ausencia le dice que “en una familia no puede suceder una desgracia de tal magnitud, sin que esa oquedad cumpla una extraña significación, sin que esa ausencia vuelva por su rescate”. (5) Es un extenso parlamento simbólico donde más adelante le traza un camino en la vida: “No rehúses el peligro, pero intenta siempre lo más difícil. [...] Pero cuando el hombre, a través de sus días, ha intentado lo más difícil, sabe que ha vivido en peligro, aunque su existencia haya sido silenciosa, aunque la sucesión de su oleaje haya sido manso, sabe que ese día que le ha sido asignado para su transfigurarse, verá, no los peces dentro del fluir, lunarejos en la movilidad, sino los peces en la canasta estelar de la eternidad”. (6)
Entre Cemí, Fronesis y Foción ocurren varias conversaciones al final de las clases universitarias, que bien pudieran calificarse como verdaderos ensayos. Discuten por la forma en que los profesores impartían las clases sobre el Quijote, o en torno al homosexualismo, la poesía, la religión, sobre la que se plantea: “Debemos enmudecer cuando un hombre penetra en el alegre laberinto de la bondad, tiene una dicha, sabe que al final un dios lo espera para comer el pan de los ángeles”. (7) Estas conversaciones, verdaderas tesis de los personajes, se suceden entre citas de los clásicos, desde los griegos hasta san Agustín.
Otro aspecto interesante son los relatos sobre los orígenes de Fronesis y Foción. Cada uno le relata por separado a Cemí la historia del otro: Fronesis la de Foción, y este la de Fronesis. En el caso del adulterio de la madre de Foción, el mismo es contado con la elegancia de una prosa al parecer signada por la fatalidad.
Al final del capítulo X Cemí va al hospital a visitar a su madre recién operada y se encuentra con “aquella mirada, aunque estuviese enterrada, parecería siempre que lo estuviese mirando” (8) porque “sólo las madres poseen esa mirada que entraña una sabiduría triste y noble, algo que jamás se podrá precisar lo que es, pero que necesita el regio acompañamiento de la mirada de las madres. Sólo las madres saben mirar, tienen la sabiduría de la mirada”. (9)
El capítulo XII narra el enfrentamiento de un padre y un hijo, Fronesis con el suyo, y Lezama acota una de sus frases magistrales que nos hacen sonreír: “–volvió otra vez el padre, que tenía esa manera cubana de cuando se impulsaba en una discusión le era muy difícil retroceder–” (10) hasta que llegamos al enigmático capítulo XII, conformado por narraciones, al parecer inconexas, pero que al final convergen, con verdaderos tintes surrealistas. Van desde Atrio Flaminio; Juan Longo, crítico musical; el hombre que despierta por extraños ruidos en medio de la noche; hasta el niño que rompe la jarra danesa. Sin embargo, estas narraciones que al inicio nos dan la impresión de una ruptura con su gran carga onírica, no son más que sueños de José Cemí.
El penúltimo capítulo, el XIII, tiene por protagonista principal una guagua de La Habana con el don de la ubicuidad, donde se van a encontrar diferentes personajes, pero lo más importante es el encuentro de Cemí con Oppiano Licario. El lector conoce, desde los primeros capítulos, que el Coronel, moribundo, le encarga su hijo al extraño personaje de Licario, quien durante el transcurso de la novela realiza fugaces apariciones, siempre en momentos especiales.
De ahí llegamos al final de la novela, signada por lo trascendente con ese “ritmo hesicástico”, con esa bajada a la cafetería de la funeraria donde se vela el cuerpo de Oppiano Licario. Y al cerrar la última página quedamos exhaustos, pero diferentes. Julio Cortázar, en su prólogo a la edición de Casa de las Américas, decía: “En diez días, interrumpiéndome para respirar y darle su leche a mi gato Teodoro W. Adorno, he leído Paradiso, cerrando (¿cerrando?) el itinerario que hace muchos años iniciara con la lectura de algunos de sus capítulos caídos en la revista Orígenes ”. (11)
Cuba está en ella, en la presencia de su Malecón, Paseo del Prado, la calle Espada donde vivía Licario, la escalinata universitaria de Upsalón, la trayectoria de las familias Olaya y Cemí; en la prosa y los diálogos donde no hay diferenciación entre la forma de los hablantes y el narrador para dar unicidad a una de las novelas más perdurables de la literatura cubana.
Notas
(1) Roberto Méndez: “ Paradiso, cuarenta años” en José Lezama Lima: Paradiso. Editorial Letras Cubanas, p. 12.
(2) Cintio Vitier: “Invitación a Paradiso ” en José Lezama Lima: ob. cit., p. 23
(3) José Lezama Lima: ob, cit., p. 286.
(4) Ibídem, p. 287.
(5) Ibídem, p. 293.
(6) Ibídem, p. 294.
(7) Ibídem, p. 316.
(8) Ibídem, p. 397.
(9) Ibídem, p. 398.
(10) Ibídem, p. 443.
(11)“Para llegar a Lezama Lima”, Julio Cortázar, en Paradiso, Editorial Casa de las Américas, pp. 10-11. |