Me sucedió en las últimas vacaciones de Navidad; justo cuando visitaba junto a otras dos personas de la parroquia una casa donde veríamos a un enfermo.
Allí me encontré con una antigua compañera de clases en mis años de preuniversitario, que hacía algunos años no veía. Al verme con el clergyman , se imaginó que ya yo era sacerdote, aunque aún soy diácono. En su cara noté un gesto de lástima y de cierto cinismo. Después de la oración junto al enfermo, nos invitaron a un café y fue cuando se dio la oportunidad para el diálogo.
Tras recordar nuestros tiempos de estudiantes preuniversitarios y de varios amigos que hacía tiempo no veíamos, me hizo una pregunta: “Y ustedes, los que han escogido ese camino (se refería a la vocación sacerdotal) ¿son felices?”
La pregunta, que dado el ambiente en que se hizo, quizás un poco superficial, pudiera parecer algo trivial, no lo es en modo alguno. Soy consciente de que esta pregunta se la hacen muchos, incluso buenos católicos que no se explican cómo algunos jóvenes deciden responder a la llamada del Señor para compartir su misma vida y misión y, entonces deciden entrar al Seminario.
La pregunta de esta joven continuó dándome vueltas en la cabeza en los días siguientes y recordé aquellas palabras del señor Jesús a sus Apóstoles: “La alegría que yo les doy, nada ni nadie se las podrá quitar”. También recordé una de las primeras frases del Papa Benedicto XVI, al inicio de su pontificado y que suelo repetirla a los adolescentes con los que trabajo: “Jesucristo no quita nada y lo da todo”.
Mi formador de Propedéutico, solía repetir una frase que yo disfrutaba escuchar: “¡Si supieran la alegría que hay entre nosotros en el Seminario, subirían por nuestros muros”! Después de ocho años en el Seminario, puedo decir que han sido años de enorme alegría, compartida con personas que nunca esperé conocer, muchas de las cuales son ya sacerdotes.
Y es que el Seminario es también la “escuela de la alegría”; de la alegría en la entrega generosa y total en el don de nosotros mismos a Dios. Conozco sacerdotes, entre ellos mis formadores, que irradian alegría por donde pasan; una “alegría sacerdotal” duradera, sobrenatural, fruto ciertamente de la identificación con su propia vocación y de su entrega. Esto también se lo debo al Seminario.
Le llama la atención a quienes llegan por primera vez a nuestra casa, el ambiente alegre que se respira aquí. Esto no quiere decir que los seminaristas no pasen por momentos difíciles, por los que se pasa en cualquier vocación si es verdadera. El dolor, las crisis, forman parte de nuestro crecimiento, de nuestro camino a la madurez, de nuestro caminar a la plenitud.
El hombre, como indican personalistas y existencialistas, es una tarea para sí mismo. Tiene que elegir quién quiere ser. La vivencia de la plenitud de su realización sería propiamente la felicidad. ¿Y qué la alegría? La alegría sería, en sentido metafórico, “el ensanchamiento del ser, el dar-de-sí hacia esa plenitud”.
Es preciso descubrir que también el dolor es una posibilidad que se ofrece, una circunstancia valiosa para recorrer el camino hacia la plenitud. Es una parte escarpada y agreste del camino, pero camino al fin. El dolor es, pues, compatible con la alegría, y muchas veces, incluso, una exigencia para la alegría. El dolor, al enfrentar al hombre a su contingencia, lo abre a otro y al Otro (Dios).
Tomar conciencia de sí mismo, habiéndose recobrado a sí, es lo que permite integrar las dificultades, el dolor y los sinsabores de la vida. Esto es propiamente el humor. Sólo quien es alegre tiene capacidad humorística (que no pocos confunden con la comicidad o la chistosidad).
La alegría, en fin, exige una vida en tensión (no excitada o estresada) en el sentido del eros (amor) platónico, una vida atenta, consciente, que responsablemente decide “esculpir su propia estatua”. Y esto sólo es posible con el Otro.
Sólo la vida arriesgada, que no se aferra dócilmente a las inmediateces, a las seguridades tranquilizantes, al dictado de la mentalidad dominante, podrá entregarse generosamente, en el don total de sí mismo. Es precisamente aquí donde radica la alegría, la felicidad.
(*) Seminarista de la diócesis de Santa Clara.