El Idilio.
Ignacio y Amalia |
por Perla Cartaya Cotta

Composición fotográfica que Amalia hizo realizar
en el
exilio hacia 1872.
|
“¿ Y aquél del Camagüey, aquel diamante con alma de beso?(…) Era como si por donde los hombres tuvieran corazón tuviera él estrella. Su luz era así, como la que dan los astros…”
José Martí, 1888 |
|
Desde hace años pienso que A todas las villas de Cuba las honraron con familias ilustres, destacadas en nuestra historia colonial por el merecimiento de sus hijos, bien en el campo de las ciencias y de las letras, en las luchas patrióticas o, sencillamente, como ciudadanos dignos y útiles a la nacionalidad en gestación.
El tiempo que viví en la hermosa ciudad de Camagüey –la recuerdo tranquila, acogedora en su romántico misterio, con sus serenatas nocturnas, sus iglesias añosas e hijos cultos, laboriosos y emprendedores–, acentuó mi vínculo con su historia. Hace muchos |
años, desde el acercamiento más íntimo a los escritos martianos, guiada por la doctora María Luisa Rodríguez Colombié, inolvidable profesora de Literatura Cubana, me atrajo fuertemente la personalidad del héroe(1) que mereció de la inspiración martiana las palabras que inician esta glosa. Al evocar su vida como un enamorado de la libertad y de su Amalia, recuerdo palabras que siempre me conmueven: “!Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido en horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria!¡Acaso no haya romance más bello que el de aquel guerrero, que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de palmas, junto a su novia y su hijo!... ” (2)
I
Interminable le pareció al regidor licenciado don Ignacio Agramonte y Sánchez Pereira la noche anterior al 23 de diciembre de 1841: desde el pórtico de la casona de la calle Soledad, interrogaba a las estrellas mientras a cierta distancia su mujer, Filomena Loynaz y Caballero, vivía el feliz sufrimiento de dar a luz un hijo, que nació la víspera de Nochebuena, y bautizarían poco después con los nombres de Ignacio Eduardo.
Al hurgar en los orígenes de sus padres, resalta el hecho de que “pertenecían por su origen al patriciado camagüeyano y estaban emparentados con los más importantes apellidos de la ciudad: Miranda, Recio, Zayas Bazán, de la Torre, Agüero, Duque Estrada, Bringas… ” (3) Se sabe, además, que Ignacio Eduardo “perteneció a la octava generación cubana y sexta principeña de su apellido paterno y a la cuarta cubana y principeña de los Loynaz ”. (4)
Ignacio Agramonte y Loynaz apenas rebasaba los seis meses de edad cuando nace, el 10 de junio de 1842, la niña que ya mujer sería la pasión inagotable de su vida, la fuerza de su espíritu compartida con el amor a Cuba y a su pueblo, a la justicia y al cumplimiento estricto del deber. Me refiero a Francisca Margarita Amalia, la hija mayor de don José Ramón Simoni y doña Manuela Argilagos Ginferrer, ambos descendientes de inmigrantes –italianos y españoles, respectivamente–, llegados a Puerto Príncipe en los albores del siglo XIX. Aunque por parte de sus abuelas, Amalia descendía de antiguas familias camagüeyanas. (5)
El matrimonio Simoni Argilagos tuvo tres hijos a los que procuraron una educación esmerada; se afirma que, en el caso de Amalia y su hermana Matilde, fue más allá de lo observable en la época, incluso en otros países, con respecto a la instrucción femenina. (6)
En cuanto a Ignacio, es indudable que fue creciendo en el amor a su patria chica y el respeto a sus costumbres y tradiciones, en un concepto genuino de lo que significa la familia. La hidalguía le llega no ya por el linaje de los suyos que, ciertamente, lo tienen, sino por las virtudes cristianas que sus progenitores supieron sembrar en él. Cursa los primeros estudios en su ciudad natal con don Gabriel Román y Cermeño, profesor español que gozaba de merecido prestigio, quien con prontitud comprende la inteligencia e inquietudes cognoscitivas que ya muestra el futuro prócer.
Tiene aproximadamente 11 años cuando don Ignacio –como era frecuente en otras familias de su posición social– decide enviarlo a Barcelona para que prosiga su desarrollo intelectual en esa ciudad. Y aunque creo posible que, como se afirma, estudiara durante algún tiempo en el Colegio del Salvador –fundado y dirigido por don José de la Luz y Caballero en la Calzada del Cerro– no he hallado en la documentación de ese plantel la constancia de su matrícula. Tal vez, como era apenas un adolescente, don Pepe accedió –sin que constara oficialmente– a prepararlo para los estudios que realizaría en España, encaminados a obtener el título de Bachiller en Artes, el cual logrará sin dificultades. A los 16 años regresa a la patria y, por voluntad propia, ingresa en la Universidad de La Habana (1857) para estudiar Derecho.
I I
El año 1865 deviene significativo en las vidas de Ignacio y Amalia: él se gradúa de licenciado en Derecho Civil y Canónigo (7) y ella regresa con su familia de un largo viaje por Europa y Norteamérica durante el cual tuvo la oportunidad de aprender otros idiomas y educar su hermosa voz con profesores italianos. Es difícil admitir que todavía no se conocieran, “[…] pero es el propio Ignacio quien sugiere la duda en una carta fechada el 20 de julio de 1867: ‘¿Por qué no te comprendí desde la primera vez que te vi para haberte consagrado desde entonces mi vida y no haber existido muchos años sin que el corazón palpitase ebrio de amor? ” (8)
Ignacio, ya abogado, reside durante algún tiempo en la capital de la Isla, desempeñándose como juez de paz del barrio de Guadalupe; y ejerce su profesión en uno de los bufetes más acreditados de La Habana, el del doctor Antonio González de Mendoza. Se destaca por sus dotes de orador en reñidas lides culturales con cubanos tan destacados como Antonio Zambrana y Vázquez, Rafael Morales González y Vidal Morales y Morales, entre otros, en el Aula Magna de la Universidad, así como en los liceos de Guanabacoa y de La Habana, en cuyo ejecutivo se desempeña como Secretario por un breve tiempo, cercano ya al inicio de la gesta independentista.
Prefiero, de los que conozco, el retrato literario que de él nos lega el Apóstol : “Por su modestia parecía orgulloso: la frente, que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito ”. (9) Me parece difícil que una mujer sensible pudiera permanecer inmune ante una personalidad como la suya. Sin embargo, la atmósfera romántica que lo rodea no se debe a las aventuras amorosas que, al parecer, no tuvo; provenía, posiblemente, de su temeridad en el manejo de la espada.
Al respecto, refiere su nieto, Eugenio Betancourt Agramonte, que sostuvo “[…] pendencias frecuentes con oficiales del ejército español, a los que hizo conocer temprano los peligros de su espada […] y en ocasión de un insulto de esta (la tropa española) a unos cubanos en la fiesta de San Juan […] movido por su arrojado y caballeresco espíritu, salió por un cubano agraviado, y combatió en duelo a muerte con un comandante de caballería que llevó la peor parte en el terrible encuentro ”. (10) Tuvo fama en La Habana una actitud infrecuente que desconcertó a muchos: al batirse con un oficial español de apellido Valero –por motivos similares a los ya expresados–, a pesar de haberse concertado el duelo a muerte, después de haber herido a su contrario gravemente, no quiso darle el tiro de gracia a que tenía derecho. Procedió como lo que siempre fue: un caballero
Hasta el momento, no ha sido precisado por los biógrafos de El Mayor si la pareja se conoció en Puerto Príncipe o en La Habana, pero hay consenso de que el noviazgo se inició en 1866.
Culto, noble y sensible como él era, ¿cómo puede extrañar que el misterio del amor no lo condujera para siempre a la mujer que –admirada por doquier– conjugaba en sí misma las gracias de su figura, la nobleza de su espíritu y una capacidad para el amor y el sacrificio similares a la suya? De gran valor son los testimonios que de ellos nos ofrece doña Aurelia Castillo de González, porque fueron buenos amigos. (11) La ilustre escritora camagüeyana destaca en Ignacio que jamás permitió que ni la sombra de una mancha empañase el cristal de su honor; y dice de Amalia que tenía el donaire de una reina, portadora de una belleza espléndida que coronaba una cultura exquisita: “[…] Sus negros ojos eran hermosísimos, la profusa mata de sus cabellos, estando suelta, formaba espléndido fondo de sombras a su gentil figura de líneas helénicas… ” (12)
Parece frecuente que los grandes amores tengan que vencer obstáculos familiares o de otra índole. En una carta que Ignacio le hace llegar a su novia durante una estancia de los Simoni en La Habana, debido a que ella le había confiado que su padre desaprobaba sus amores, él le contesta: “El recuerdo, Amalia, no puede uno crearlo ni destruirlo a medida de sus deseos, y como siempre, mi amor es infinito y toda mi dicha se cifra en tu felicidad […] saborearía los mayores dolores con placer por ahorrarte el más insignificante de los tuyos […] No quiero el sacrificio de arrostrar hasta la cólera de tu padre, por evitarme el menor disgusto, aunque agradezco con toda mi alma el sentimiento que inspira tal ofrecimiento ”. La insta al cariñoso respeto paterno: “Complácele siempre, y cuando para hacerlo te veas en un conflicto entre su voluntad y mis convicciones o las consideraciones que creas deberme, háblame para ponerme de acuerdo con él ”. (13)
Tal vez don José Ramón Simoni hubiese preferido para su hija mayor uno de los jóvenes ricos que pretendían cortejarla en la capital de la Isla : Ignacio contaba entonces solamente con su carrera de abogado y es probable que su futuro suegro tuviera noticias de sus activos afanes independentistas. Sin embargo, como el doctor Simoni era excelente como persona y como padre, supo aquilatar los méritos intelectuales y las incuestionables virtudes del joven Agramonte, proveniente también de una distinguida y respetada familia; y, ante todo, la sincera honestidad que mediante sus ardientes palabras le hicieron comprender que unía a los jóvenes un amor sin límites, un amor bueno, según el decir martiano.
Amalia debe haber sentido paz y alegría ante el afecto y el respeto que unió a los dos hombres por quienes sentía, como hija y mujer, amor y orgullo. De la carta fechada en La Habana el primero de noviembre de 1867, es este testimonio: “Mi dulce e idolatrada Amalia: apenas hace cuatro días que tuve el gusto de ver a Simoni, cuando otra vez se separa de mí. Lo siento muy de veras porque con él han sido estos días deliciosos. Cada día me parece que mereces más cariño y más te quiero. Es una dicha Amalia, tener tan buenos padres como los nuestros, y sobre todo, para mí, ser amado por un alma superior y que sabe derramar el encanto de una manera propia e inimitable, como la tuya ”. (14)
Desde que el noviazgo fue oficial, los unió en la distancia –él, en La Habana, ella en la villa de ambos, excepto en algunas visitas que se cruzaron– un intenso diálogo epistolar que no cesó de alimentar sus sentimientos. Por ejemplo, en vísperas de un viaje a la patria chica, Ignacio le dice en carta fechada en La Habana el 13 de mayo de 1867: “Será junio para ti el mes de las flores; para mí será el mes de felicidad: lo bendeciré como bendigo la hora en que te amé, como bendigo cada instante en que he oído una protesta amorosa de tus labios ”. (15) De su respuesta a “tu interesante carta número 12 ” –parece que debido a cierta nubecilla causada por dudas sin fundamento alguno–, cuya dedicatoria inicial dice Ídolo mío ”, son estos fragmentos, que mucho dicen del mundo interno del hombre, ya conspirador, que sabe lo que quiere y tiene la seguridad de su camino:
“Te debo más, Amalia de mi vida, que a quien me dio la existencia, más que a todo en el mundo. ¿De qué vale ésta si se arrastra pesadamente? Tú has convertido en delicioso jardín lo que era un árido desierto. Los hombres condenarán mis palabras; pero los hombres no conocen el amor. Ojalá el mío te dé la ventura que me proporciona el tuyo; ventura imponderable, ventura infinita, ventura que no ha sentido otro en el mundo.
” Sí, Amalia mía; nacimos para amarnos, nacimos el uno para el otro: juntos y por un mismo sendero marcharemos siempre, a la par reiremos y a la par desafiaremos las tempestades de la vida. ” (16)
Ignacio Agramonte y Loynaz y Amalia Simoni Argilagos hacen realidad su sueño al recibir el sacramento del matrimonio el primero de agosto de 1868 en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, en la ciudad de Camagüey.
III
Los elogios de la Audiencia, sorprendida ante un abogado tan joven, llegan hasta su hogar pero no hay fisuras en su modestia: “[…] ¡no él, no él! –diría Martí– que hasta que su mujer no le cosió con sus manos la guajira azul para irse a la guerra, no creyó que habían comenzado sus bodas ”. (17) La crítica de las ideas logra –10 de octubre de 1868– abrir el camino a la crítica de las armas. Los camagüeyanos se pronuncian el 4 de noviembre en el paso del río de Las Clavellinas. Ignacio se incorpora a la insurrección el día 11 del mismo mes –en el ingenio El Oriente, cerca de Sibanicú–, ya cumplidas las misiones que lo obligaron a permanecer hasta entonces en la ciudad.
|
El primero de diciembre de 1868, Amalia, ya embarazada, y su familia, parten hacia la manigua. Se instalan en La Matilde, finca de los Simoni. Del 7 de marzo del siguiente año es esta breve misiva: “Amalia adorada: tengo una ansiedad febril por verte. Decididamente no me es posible vivir sino al lado de mi ángel […] Será tan pronto mi viaje a esa como sea posible. Cuídate mucho y te adorará eternamente tu compañero, Ignacio ”. (18) Allí permanecen varios meses, aunque se mueven hacia otros lugares de acuerdo con las circunstancias, y ese es el caso del traslado hacia Arroyo Hondo, lugar donde les nace Ernesto, el mambisito, que así le dice su padre. Y se esfuerza para tenerlos tan cerca de él como la seguridad de sus vidas le permitan. |
Hogar es para ellos “aquella casa de palmas ”, diría Martí, construida en terrenos de Angostura, en la región de Cubitas, “El Idilio ” lo llaman, como símbolo de sus vidas. Aurelia Castillo relata que “cuando Ignacio llegaba […] exigía a su esposa que reposase el tiempo que él estuviera a su lado y asumía él los cuidados domésticos, arreglando el amado retiro con la mayor minuciosidad y cuidando del niño por las noche ”. (19) Allí le jura, por el hijo que ha nacido libre, que jamás será militar cuando termine la guerra porque “hoy es grandeza, y mañana será crimen ”.
En “El Idilio ”, discreto testigo de sus amores, disfrutan la dicha de estar juntos de vez en cuando. Pero en la mañana del 26 de mayo de 1870, ocasión feliz porque celebrarían el primer cumpleaños del primogénito, comenzó la definitiva separación física de sus vidas.
En su testimonio, Amalia nos refiere que como a las ocho de la mañana llegó un muchacho diciendo que una columna española se acercaba al lugar. Ignacio no le dio crédito porque siempre que iba a verlos dejaba a su Estado Mayor cerca de la casa. Algo más tarde regresó el mismo muchacho alarmándolos a todos con las noticias: “Ignacio, que tenía en sus brazos al niño y se reía, oyéndole pronunciar tan malamente las pocas palabras que sabía, se puso serio, y abrazando a su hijo y a mí, dijo con voz grave: esto parece una traición. No te aflijas; la esposa de un soldado debe ser valiente… ” (20) Antes de marcharse da instrucciones a Simoni y queda en volver al cabo de dos o tres horas. |
Ernesto y Herminia durante su infancia en
Estados Unidos. |
Su familia no tuvo tiempo para cumplir sus disposiciones. Para suerte de todos, el capitán Arenas venía al frente de la tropa y, agradecido profundamente porque cuando fue prisionero del Mayor, este le salvó la vida, le aseguró a Amalia que protegería la integridad de las suyas. Y así fue.
Cuando Ignacio regresa sólo encuentra despojos y objetos de su amada; y en el monte, la seguridad de que el enemigo le ha llevado los únicos tesoros que tenía: su compañera adorada y su hijo. Allí no quedó recuerdo alguno de su felicidad conyugal: sólo en la Matilde, de acuerdo con Eugenio Betancourt Agramonte, quedaron unas palabras grabadas por el propio Ignacio con la punta de un cuchillo en una de las palmas que estaban a la entrada: “Amalia: siempre, siempre te amará Ignacio Agramonte Loynaz ”. (21)
Tras corta estancia en Puerto Príncipe y luego de múltiples vicisitudes, Amalia y su familia, sin recursos económicos debido a que sus bienes habían sido embargados y rematados, auxiliadas por la hospitalidad de una amiga, Catalina de Agüero, logran partir para La Habana y de allí, sin el doctor Simoni, hacia Nueva York, ciudad a la que llegan en los primeros días del mes de agosto de 1870. Allí nació Herminia, la hija que nunca disfrutaría del amor de su padre. El 11 de mayo de 1873 muere en combate Ignacio Agramonte y Loynaz. Irreparable pérdida para Amalia y para la revolución cubana.
EPÍLOGO
La ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, ha honrado a Cuba con muchos hijos ilustres. La hermosa historia de amor y patria que hoy evoca esta glosa ilumina su legado.
Es deslumbrante el testimonio de sus vidas. El intenso amor que unió a Ignacio Agramonte y Amalia Simoni fue más fuerte que el tiempo, la distancia y el silencio impuesto por el deber patrio.
Ignacio recibe jubiloso la única carta que de ella le ha llegado desde diciembre de 1870. La fecha de su respuesta: 19 de noviembre de 1872. Se considera que fue la última que le escribió (y ella recibió), pues cae en combate cinco meses después. La saluda con la ternura de siempre: “Ángel mío adorado […] Para mi ansiedad en todo lo concerniente a mi esposa que adoro con todo el frenesí de que es capaz el corazón, y a nuestros hijos que me pintan tan simpáticos y graciosos, comprenderás Amalia mía, que tales datos han debido parecerme harto insuficientes: pero al cabo sé algo de ti y de ellos. Escríbeme, bien mío, cuéntame todas tus penas, todos tus sufrimientos, todas tus privaciones. ¡Cómo me las pinta la imaginación! ¡Cuán to me atormentan! […]; me alimenta sin embargo la convicción de que en tu alma angelical, y fuerte al propio tiempo, todo lo sobrellevarás con resignación. Aguardando llena de fe un porvenir de ventura, de que sin duda disfrutaremos después […] de cumplir los deberes que Cuba nos ha impuesto”. (22)
Se esfuerza El Mayor por tranquilizarla con respecto a su salud y bienestar material, y le habla de pormenores de la contienda hasta donde es posible hacerlo. Y aunque tal vez no lo presintiera, le deja para siempre el testimonio de sus sentimientos y voluntad: “A Ernesto y Herminia háblales con frecuencia de su papá, educa y forma sus corazones tiernos a semejanza del tuyo; que cuando encuentre en ellos tu retrato y tu alma, mi cariño y mi satisfacción no tendrán límites. Dales un montón de besos […] Y tú, adorada mía, no dudes jamás que vivo pensando en ti; que mi más ardiente deseo se cifra en que volvamos a reunirnos para no separarnos nunca más, que no conozco otra ventura ni otro bien que tu amor; que sólo por él me es grata la vida y que es inmutable, la pasión, el delirio con que te idolatra tu Ignacio ”. (23)
Él, que tanto amaba la vida porque su vida era ella, contradictoriamente, en cada cuerpo a cuerpo, en cada lance con el enemigo, parece empeñado en entregarla, como en reto empecinado a la muerte. Y Amalia, en la distancia, lo presiente, lo sabe. Le pide que la preserve, su voz doliente de madre y esposa, para que la pequeña Herminia pueda recibir la ternura que le debe. Conmueve, realmente, leer la carta que esta estoica mujer le escribe a su esposo, desde Mérida, el 30 de abril de 1873, ajena a que nunca podría llegar a las manos que tanto amaba, portadoras de pasión y de justicia, cuyas caricias ansiaba:
“Ignacio mío adorado: después de tantos meses pasados sin que llegara a mí ninguna carta tuya y ¡de no tener otras noticias sino la que da en sus periódicos el enemigo!, he tenido el placer imponderable de recibir tu cariñosa y querida carta de fecha 19 de noviembre. ¡Ay Ignacio mío!, el corazón parece querer saltárseme del pecho cuantas veces la leo; cada una de tus esperanzas, cada tormento, cada palabra, me hacen sentir, demasiado; y me admiro de encontrar fuerzas para vivir tanto tiempo lejos de la mitad de mi alma ”. (24)
Le cuenta los pormenores de la vida con sus hijos. De Herminia que “es la repetición de Ernesto en inteligencia, carácter y gusto… ” y de Ernesto, su carácter “fuerte ” y al mismo tiempo cariñoso y tierno con todos “pero con su mamasita lo es mucho más. Me idolatra […] Habla de ti con entusiasmo, como si te conociera, y muchas veces me ha dicho: “Qué malos deben ser esos españoles que tienen la culpa de que yo no vea a mi papá. Tiene tu “aire ”, tu cuerpo y a veces cierta expresión grave que lo hace parecerse mucho a ti. ¡Ay! Yo espero también que algún día será tan bueno, tan perfecto como su padre ”. Tras ponerlo al día de todo lo que acontece en la familia y tranquilizarlo con respecto a sus vidas, se despide:
“¡Ay! como te sigue la imaginación allá en los campos de la pobre Cuba […] Recuerda que tu amor es mi bien, y tu existencia indispensable a la mía, que ‘quiero' que vivas y espero te esfuerces en complacer a tu esposa que te adora y delira incesantemente por ti. Adiós, mi bien más querido, quiera Dios que pronto vuelva a verte […] Tuya eternamente. Amalia ”. (25)
Perduraría en la memoria de su pueblo el idilio de sus vidas, armoniosamente vinculado a la valentía y el coraje demostrado por Ignacio, más que en las notables acciones heroicas en el ejemplo diario de su vida; y por Amalia, que fue feliz en “aquella casa de palmas ”. Y se irguió altiva cuando el general Ramón Fajardo la insta a que le escriba a su esposo pidiéndole que desista de seguir luchando. “General, le respondió, primero me cortará usted la mano que le escriba yo a mi marido que sea traidor a su Patria. ” (26)
Ojalá que el ejemplo de este amor pueda ser motivo de reflexión e inspiración para las parejas que se aman. ¡Qué orgullo para una familia que sus descendientes puedan decir –como dijera el nieto de Ignacio y Amalia– se amaron con adoración verdadera hasta que la muerte los separó para siempre.
Notas y Referencias
(1) De estudiante participé en concursos sobre Ignacio Agramonte. En 1988: Palabra Nueva, sección "Figuras relevantes de nuestra nacionalidad: Ignacio Agramonte y Loynaz: El Hombre I, y El Mayor II".
(2) José Martí. Obras Completas, T. 4 Editora Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 361.
(3) Elda Cento Gómez, Roberto Pérez Rivero, José María Camero Álvarez. Para no separarnos nunca más. Ediciones Abril, 2000, p. 20.
(4) Véase: Atlas Biográfico mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, Edición Instituto Cubano de Geodesia y Cartografía, La Habana, 1983, p. 4. Referenciado en ob.cit. 3.
(5) Ibídem 3 p. 25.
(6) Ibídem.
(7) Continuó en la Universidad durante dos cursos más para lograr el doctorado; y aunque se afirma que venció el último examen, el 24 de agosto de 1867, nunca llegó a realizar el ejercicio necesario para ese grado.
(8) Ibídem 3 p. 27.
(9) Ibídem 2.
(10) Eugenio Betancourt Agramonte. Ignacio Agramonte y la Revolución Cubana, La Habana, Dorrbecker 128, p. 25.
(11) Aurelia Castillo de González. Ignacio Agramonte en la vida privada, Editora Política, La Habana.
(12) Ibídem p. 8.
(13) Ibídem 10. Apéndice 1, p. 297.
(14) Ibídem 3 p. 145.
(15) Ibídem p. 64.
(16) Ibídem p. 73.
(17) Ibídem 2.
(18) Ibídem 3 p.
(19) Ibídem 11.
(20) Juan J.E. Casasús. Vida de Ignacio Agramonte (Publicada por la Sociedad La Popular de Santa Cecilia). Imprenta Ramentol, Camagüey, Cuba, 1937, p. 167.
(21) Ibídem 10 p. 207.
(22) Ibídem 3 pp. 291-292.
(23) Ibídem pp. 293.
(24) Ibídem p. 295.
(25) Ibídem p. 299.
(26) Ibídem 20 p. 168. |
|