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ECONOMÍA

El fantasma del Proteccionismo

por Orlando Freire Santana
Una de las preocupaciones más recurrentes que en los últimos tiempos ha embargado a los principales líderes políticos mundiales, así como a diversos especialistas en materia económica, ha sido la posibilidad de que la actual crisis económico-financiera que sacude a gran parte del planeta desemboque en una ola proteccionista que afecte al comercio internacional. Así lo manifestaron en la última edición del Foro de Davos, en la cumbre del G-20, y en cualquier otro cónclave donde se haya tratado este tema.
 

Sin dudas toman como referencia lo acontecido con posterioridad al crack bancario de 1929, cuando muchas naciones cerraron sus puertas a las mercaderías provenientes del exterior, imbuidas de un incisivo nacionalismo económico que ahondó la crisis, y que no pocos autores calificaran como antesala de la Segunda Guerra Mundial. No hay que olvidar que hacia 1945, en una especie de resumen de lo sucedido, pero también con evidentes intenciones proféticas, el entonces secretario asistente de Estado de los Estados Unidos, William Clayton, afirmó que “las naciones que actúan como enemigas en el mercado no pueden ser amigas mucho tiempo en la mesa de negociaciones”. (1)

No me refiero a cierto tipo de proteccionismo saludable que consiste en elevar los aranceles de algunos artículos que pretendan entrar en el país en desmedro de renglones que resulten vitales para la nación receptora. Esa protección, casi insoslayable en las etapas que preceden al desarrollo, ha sido practicada de un modo u otro por todos, aún por aquellos que hoy son abanderados del libre comercio.

Pienso en las políticas económicas que se anuncian por doquier, y que intentan aumentar las exportaciones y disminuir las importaciones. O sea, de acuerdo con semejante punto de vista y en aras de alcanzar sus propósitos, algunos estadistas razonan como si el resto de los países tuvieran que seguir estrategias diametralmente opuestas a las suyas: abrir de par en par sus mercados a los bienes y servicios provenientes del exterior, y no poder vender casi nada porque otros no desean comprar lo que provenga de afuera. Es como si desconocieran el principio juarista de que el respeto al derecho ajeno es la paz. O enseñanzas como las del catedrático español Jaime Requeijo, quien en su muy difundido texto Economía Mundial , tras realizar un paralelo entre las ventajas y desventajas del comercio internacional –y, ciertamente, presenta no pocas de estas últimas– concluye del siguiente modo: “Sin dudas, las corrientes comerciales hubieran aumentado a ritmo mucho más lento, y los partidarios de la protección hubieran ganado casi todas las batallas, si los beneficios del comercio internacional no hubieran sido, siempre, más importantes que los costos que genera”. (2)

China es una de las naciones que podría verse afectada en la presente circunstancia. Si bien los dirigentes asiáticos no han manifestado la decisión de reducir las importaciones, que en el acápite de las materias primas son primordiales para su potente industria, y que ha posibilitado una importante fuente de ingresos para algunos países latinoamericanos, el hecho de acceder a menos mercados para sus exportaciones constituye un valladar para su crecimiento económico. En vista de ello, los líderes del gigante asiático apuestan por aumentar el mercado interno para que sean sus ciudadanos los consumidores de aquellos bienes y servicios que no encuentren una salida al exterior. Una medida, por demás, plausible si consideramos que el aumento del nivel de vida de la población es uno de los temas pendientes para que Beijing pueda equipararse realmente con las principales potencias mundiales. Con énfasis en las atrasadas regiones del occidente del país, las cuales inciden en que su actual producto interno bruto percápita lo mantenga como una nación tercermundista.

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha expresado el deseo de que su país aumente los rubros exportables y cada vez compre menos en el exterior. Para cumplir con ese propósito, al parecer, el pasado enero anunció la devaluación del bolívar con respecto al dólar. De ese modo abarata los productos venezolanos que salen al exterior, lo que debe redundar en un aumento de los ingresos por la venta del petróleo y otros renglones que Caracas pretenda exportar. Pero como casi siempre sucede en la economía, cualquier medida adoptada en pos de un beneficio determinado, es muy probable que exhiba otra faceta menos conveniente. Esa devaluación hace que los precios internos aumenten, con el consiguiente perjuicio para la población de menores ingresos; además, la especulación y el desabastecimiento son secuelas de semejante disposición. Hasta el momento de redactarse este artículo, y en un espíritu semejante al de la Ofensiva Revolucionaria de 1968 en Cuba, se habían organizado en toda Venezuela batallones populares para velar por que los comerciantes no aumenten el precio de sus mercancías. Más de un centenar de negocios privados habían sido cerrados por incumplir las orientaciones gubernamentales.

En la última sesión de nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular, el ministro de Economía y Planificación, Marino Murillo, fue portador de algunas informaciones poco halagüeñas acerca del comportamiento de la economía durante el año 2009. ,(3) Por ejemplo, que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) fue inferior al planificado, que el salario medio creció más que la productividad del trabajo, y que se había observado una marcada desaceleración en el flujo de los ingresos en divisas, lo cual impidió cumplir con algunos compromisos de pago contraídos en el exterior. Dos de las principales fuentes de ingreso con que cuenta el país, el níquel y el turismo, reportaron dividendos por debajo de lo previsto; en el primer caso debido a una caída del precio internacional del mineral, y en cuanto al turismo –aunque el ministro no fue explícito en ello–, tal vez a causa de una merma en la competitividad de nuestros servicios.

Como consecuencia de lo antes expuesto, el plan del año 2009 debió ser reajustado para priorizar las inversiones que generen exportaciones y reduzcan las importaciones, única manera de aliviar la tensión de nuestra desfavorable balanza de pagos. Por tanto, ese afán proteccionista que hoy también proclaman las autoridades de la Isla , más allá de constituir una secuela de la crisis mundial o la observancia de cierto paradigma foráneo, clasifica como una perentoriedad en las actuales circunstancias.

Sin embargo, estimo que semejante actuación deba de ser contemplada como una táctica y no como la estrategia de desarrollo para el país. La política de desarrollo hacia adentro, y de sustitución de importaciones, no es nueva. Ya fue recomendada en los años 60 y 70 por el economista argentino Raúl Prebisch y su equipo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), con escasos resultados prácticos, y que finalizó, según palabras del ex canciller mexicano Jorge Castañeda “abriéndole las puertas al neoliberalismo en América Latina”. (4)

En nuestro caso, es lógico que el país continúe buscando nuevas vías para el aumento de las exportaciones; mas, una vez atenuado el déficit de nuestras finanzas internacionales, no veo motivos para una política que restrinja al mínimo las importaciones. Es cierto que no debemos comprar afuera productos que el país puede producir en óptimas condiciones, como es el caso de la agricultura. Pero con respecto a otros renglones de más difícil fabricación en el país, no deberíamos renunciar a su compra en el exterior. La pretendida autarquía económica casi siempre conduce a una escasez de bienes y servicios de primera necesidad, y al final es la población la que sufre las consecuencias. La recientemente anunciada –y necesaria– política de sustitución de importaciones debe de provocar determinado desabastecimiento de algunos artículos de amplio consumo popular, muchos de ellos comercializados en las tiendas recaudadoras de divisas.

No obstante los avisos de los defensores de la Teoría de la Dependencia acerca de los términos del intercambio desigual –en lo fundamental lo referido al comercio entre los países pobres y los industrializados–, parece que las ideas del inglés David Ricardo, expuestas a principios del siglo xix y que versan sobre las ventajas comparativas, conservan plena vigencia.

Notas:

(1) Pollard, Robert. La seguridad económica y los orígenes de la Guerra Fría , 1945-1950. Ediciones Gernika S.A. 1998.
(2) Requeijo, Jaime. Economía Mundial . McGraw-Hill Interamericana de España S.A.U. Madrid, 2002.
(3) Periódico Granma . Lunes 21 de diciembre de 2009.
(4) Castañeda, Jorge. La utopía desarmada . Editorial Ariel. Barcelona, 1995.