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OPINIÓN

por Orlando Márquez
Lo que oigo, leo y creo.

“El porvenir de la sociedad se halla en manos de los que sepan dar
a las generaciones futuras las razones para vivir y para esperar. ”

Constitución pastoral Gaudium et spes, n° 31

Hace varios meses tuve la oportunidad de escuchar a una ciudadana hablar en una reunión, de esas que se convocan en la noche bajo la tenue luz de una desvencijada bodega de barrio. Creo que era convocada por el delegado del Poder Popular. La voz de la mujer se oía claramente, estaba molesta y se expresaba con vehemencia. Recuerdo que logré retener una frase similar a esta: “¿Para qué me preguntan? Llevo veinte años diciendo lo mismo y nadie me da respuesta, me mandan de un lugar a otro y nadie me explica porqué mi casa está como está. Siento que me tiran a… (no es necesario escribir la frase). ¡Estoy cansada!”. Todos escuchaban, hasta yo que iba por la acera opuesta a más de diez metros de distancia. Nadie contestó, nadie rebatió. Casi de inmediato el grupo de disolvió poco a poco, solo dos o tres ancianos permanecieron murmurando bajo la luz mortecina en el portal de la vieja bodega.

Se me ocurre pensar que las cartas de los ciudadanos publicadas en la prensa nacional contando sus quejas y problemas, son una alternativa a la falta de respuesta efectiva del delegado de circunscripción. En una sociedad con demasiadas carencias materiales, y donde las decisiones políticas y económicas han sido, y son, tan fuertemente centralizadas, poco puede hacer un delegado de circunscripción, más que elevar quejas y bajar “se está estudiando”, “el país tiene problemas” o “ustedes saben que somos un país bloqueado”.

Pero la gente necesita respuestas efectivas a viejos problemas. Si no es así, se pierde toda confianza en las instituciones, se genera el “cansancio”, ese mal tan terrible en cualquier sociedad y que ya se expresa en las reuniones de barrio o de trabajo.

Suelo leer las cartas que publica Granma cada viernes, casi todas. Más que de quejas y problemas –aunque presentan problemas–, se trata de criterios y opiniones de la gente común sobre algunas dificultades económicas (sería bueno conocer también los criterios y opiniones de los expertos). Asumo, y entiendo, que sean cartas bien seleccionadas, pero reconozco que al menos en los aspectos económicos se ha intentado dejar en claro las diferencias de opiniones que existen entre los ciudadanos. Se nota incluso cierta diferencia generacional de intereses en algunos textos: hay lo mismo lenguaje de trinchera para salvar “nuestro socialismo”, como propuestas más frescas y renovadoras para salvar también “nuestro socialismo”.

Yo creo que el problema no está en las diferencias generacionales, sino en actitudes ante la vida, pero lo primero tiene cierta importancia y debe ser atendido.

En una entrevista publicada el 4 enero pasado en el diario Trabajadores, el canciller cubano Bruno Rodríguez hizo una revelación personal que me llamó particularmente la atención. “En mi época como dirigente estudiantil –dijo el canciller– nos preocupábamos más por lo que los adultos querían escuchar de nosotros que por lo que queríamos decir”. Honesta confesión. El paso de los años, o el cambio del tiempo, no significa necesariamente cambio en las estructuras, categorías y actuaciones políticas. No sé cuántos jóvenes dirigentes de hoy actúan como el canciller en “sus tiempos”, o se sienten cohibidos y se autorreprimen para complacer a los adultos. No sé cuántos, pero sé que los hay. Este es un reto con el que tenemos que aprender a bregar, todavía no asumido cabalmente.

Es cierto que en la entrevista mencionada, el canciller cubano invita a los jóvenes a “defender” la propia opinión y “ser honestos” y “hablar de lo que se piensa”, pero cuando más adelante afirma que “el desafío” de la juventud cubana es “imaginarse cómo Fidel habría querido que este país fuera hoy de no haber existido el Periodo Especial, el derrumbe de la Unión Soviética , el endurecimiento del bloqueo”, o “imaginarse cómo fue el socialismo cubano antes de que nacieran”, está, sin proponérselo quizás, invitando a los jóvenes a asumir un desafío no necesariamente propio, a dejar a un lado su imaginación para asumir la de otros, o sea, a preocuparse más por decir eso que él decía en sus tiempos de dirigente estudiantil: aquello que “los adultos quieren escuchar”.

Muchas de esas cartas publicadas en la prensa hoy, reflejan la situación cambiante que vivimos, la urgencia de “los cambios estructurales y de conceptos” que se anunciaron. Porque la realidad es la desaparición del bloque socialista europeo que existió antes de que los más jóvenes nacieran, lo que modificó la vida del país; la realidad es una crisis económica que evidencia –en parte– nuestra vulnerabilidad ante la prolongada dependencia externa sin que hayamos creado y potenciado las bases propias para el desarrollo; la realidad sigue siendo la guerra fría con Estados Unidos, potenciada por ese “endurecimiento del bloqueo” (dispuesto por la anterior administración norteamericana y parcialmente modificado por la actual), medida absurda y anacrónica que mantiene constantemente renovadas las posturas de resistencia dentro de Cuba, haciendo más difícil la posibilidad del diálogo propuesto por el presidente Raúl Castro, o el cambio de política anunciado en su momento por el candidato presidencial Barack Obama, hoy ya presidente de aquel país.

El desafío de los jóvenes debería ser, primero, conocer lo que imaginaron e hicieron otros, sí, para desarrollar después la propia imaginación ante un mundo que cambió definitivamente y que no será ya el de los años ochentas ni el de los años cincuentas del pasado siglo. El desafío de los jóvenes debe ser generar, exponer y practicar ideas y soluciones nuevas ante la realidad que vivimos y, también, ante un conflicto con Estados Unidos que puede prolongarse quién sabe hasta cuándo, pero que no debe contribuir a paralizar los cambios que se han anunciado –y se esperan– como una necesidad de nuestra sociedad.

Cuando pienso en “mi época” de joven católico, descubro que fue bien distinta a la experiencia que viven hoy mis hijos como jóvenes católicos. Yo asistía a la parroquia “San Agustín”, en Marianao –hoy Playa–, desde mi niñez, cuando el ateísmo era secretamente dictado y abiertamente practicado, cuando las piedras rompían los vitrales del templo, los estudiantes católicos sentíamos la presión psicológica en las escuelas y en ocasiones se paraba en el matutino escolar a los creyentes frente a toda la escuela con ánimo de ridiculizarlos; algunos amigos mayores que yo fueron expulsados de la Universidad por su fe católica, otros ni siquiera pudieron entrar. Esa fue mi experiencia, o la experiencia de al menos dos generaciones de católicos después de 1959. Eso nos marcó, marcó nuestra vida de fe, nuestras familias, nuestro modo de interpretar el entorno y la sociedad que nos marginaba y no contaba con nosotros para lograr al “hombre nuevo”.

La experiencia religiosa de las nuevas generaciones de católicos –y creyentes en general– es distinta. Aunque los dictados ideológicos que aún permanecen no han abandonado totalmente una actitud de sospecha hacia los creyentes, o falta de confianza para promoverlos en determinadas responsabilidades sociales, para los jóvenes de hoy la experiencia de fe no está signada por el trauma psicológico o el dilema de conciencia, como sí lo estuvo para sus padres y abuelos. De hecho muchos padres llegan –o regresan– hoy a la Iglesia de la mano de sus hijos. De modo que aunque yo comparta con mis hijos mi experiencia personal, no tiene ningún sentido esperar que sientan, vivan o hagan suyo un momento histórico que –afortunadamente– no vivieron, que no los marcó. Su historia es otra, engarzada con la mía, continuidad de la mía, pero otra.

Por estos días también leo que a muchos jóvenes les falta compromiso y no cumplen las “tareas orientadas”. Esto es bien distinto al cansancio gritado por la ciudadana en la reunión que mencioné antes: esto es apatía, lo cual es mucho más dañino para la sociedad. Pero es difícil comprometerse cuando uno no se siente responsable, y es difícil sentirse responsable cuando lo que se espera que uno haga es cumplir “tareas orientadas”. Cuando los jóvenes sienten que su tiempo ha llegado, es error grave detenerlos o exigirles que se limiten a cumplir las “tareas orientadas”. Cada generación tiene un pequeño por ciento de responsabilidad en la Historia de la Nación , y si el mérito de cada una está en asumir su responsabilidad histórica, su plenitud se alcanza cuando respetuosa, prudente y oportunamente, va cediendo espacio a la historia que deben llenar las generaciones siguientes.

No creo –repito– que nuestro problema tenga que ser necesariamente de conflicto generacional, sino de posturas y actitudes ante la vida. De modo que el desafío es tanto de los jóvenes como de los adultos, porque nuestra hora es de consenso y puesta en común, de cambios graduales y no de continuidad, de escucha mutua, soluciones compartidas y vida en común, más que de “tareas orientadas”.

Me considero un hombre de fe –por eso escribo estas líneas–, y quiero creer que estamos listos para los “cambios estructurales y de conceptos”, aunque sean imperfectos o difíciles al inicio. Estimo que es el mejor modo de solucionar parte de nuestros problemas sociales, económicos y hasta políticos, y que es también la forma apropiada para abrir cada vez más el canal de acción a las nuevas generaciones, variadas, disímiles, con otras respuestas a nuevas realidades. Y ese canal, ordenada, gradual y decididamente, pueden y deben abrirlo los adultos.

También creo que el momento es ahora, porque es mejor actuar y equivocarse a tiempo, que tener la respuesta perfecta cuando sea demasiado tarde.