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por padre Antonio Rodríguez (*)

 
Desde el Seminario
 

AMEN A DIOS Y AMEN A SU PUEBLO

Así dijo el Padre Bruno Roccaro, SDB a los seminaristas de San Carlos y San Ambrosio en la homilía del pasado 15 de febrero, cuando presidió, junto a varios de sus antiguos rectores, la Santa Misa de Acción de Gracias por sus 60 años de sacerdocio.

En efecto, el 3 de julio del pasado año celebró sus Bodas de Esmeralda Sacerdotales en el Año Sacerdotal. Hoy día es el sacerdote activo más anciano de Cuba. Activo –valga la redundancia a propósito–, y con una gran actividad. Imitable para los curas jóvenes y no tan jóvenes, como el que esto escribe.

Sesenta años se dicen rápido –afirma la frase popular– pero vivirlos con casi noventa de edad, entonces, hay que decirlo deletreando y multiplicando por n. La existencia del padre Bruno, como la de cualquier ser humano, está llena de sorpresas. Nació en una familia campesina de Venecia en 1920; cuando el fascismo iniciaba sus quehaceres e Italia se reconstruía de la Primera Guerra Mundial. Primaria, y entrada en el Seminario salesiano para crecer y formarse como sacerdote durante toda la etapa de la Italia fascista, a la que se le añadió la Segunda Guerra Mundial. Después en 1944, sacerdote para siempre, y profesor de Matemática y de Física. Luego, después del Concilio Vaticano II con su renovación eclesial, Cuba. Cuba para siempre.

Vino en 1970 para trabajar y vivir en el Seminario. Aquí –según refiere él mismo– llegó con los libros de Matemática y Física. Los puso en el librero, y no los tocó más. Fueron otras asignaturas las que tuvo que impartir: Sociología y Cosmología. Además ejerció como director espiritual y formador del curso Propedéutico; pero en el envase del Seminario también estaba el mes de trabajo productivo en el campo, que por aquella época realizaban los seminaristas. Con sus cuarenta y cinco años de edad, y con la reciedumbre física que el alpinismo le había proporcionado, este hombre –que con expresión de santa Teresa de Jesús–, “estaba hecho de raíces de árboles”, se puso a cortar caña, sembrar papas y tomates, y regar campos con tuberías spring. Resistía más que los jóvenes, e incluso los mismos campesinos. Y todo esto sin perder su identidad sacerdotal, porque el padre Bruno había venido a hacer presente a Cristo en una Cuba en que, por aquel entonces, el nombre de Jesús era casi inmencionable.

el Padre Bruno Roccaro, SDB en la homilía del pasado 15 de febrero.

el padre Bruno junto a mons. Súarez Polcari y mons. Carlos Manuel de Céspedes.


En 1995, sus superiores salesianos lo destinaron a Santiago de Cuba. Años más tarde volvió a La Habana ; y, de nuevo al Seminario, con más de ochenta años vino a explicar Sociología. Ahora trabaja pastoralmente en Santa Clara. Allí, monseñor Arturo González, pidió al Papa para el padre Bruno la condecoración Pro Eclessia et Pontifice. ¡Qué bueno! Me alegré mucho cuando me enteré; y, ahora, por sus riquísimos y enriquecedores sesenta años sacerdotales, nuestro Seminario también lo honra. No existe la medalla; pero sí el reconocimiento y agradecimiento a esta vida tan fecunda. Si existiera esa medalla, seguro que los primeros en recibirla serían él y el otro venerable, el querido padre René David. ¡Cuántas cosas buenas nos enseñaron los dos con su ciencia y sus vidas! Y no las comprendíamos, y hasta las criticábamos. Sepan hoy, que al cabo del tiempo ¡cómo nos han ayudado! Muchas gracias.

(*) Rector del Seminario San Carlos y San Ambrosio de la Habana

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