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SOCIEDAD

 

- La guagua
por Miguel Sabater Reyes

 
 

- Píldora del día después. Vidas truncas de todos los días
por Lázaro J. Álvarez


La guagua.

La guagua
por Miguel Sabater Reyes
Ilustraciones: Adrián Rodríguez

La guagua sigue siendo uno de nuestros viejos problemas pendientes.

Así como la desgracia de algunos es la felicidad de otros, la insuficiencia de guaguas acrecienta la dicha de los taxistas. Esa es la razón por la que los chóferes de taxi puedan darse el lujo de rechazar un montón de ofertas de alquileres, ya que sencillamente van a donde les da la gana y no hacia donde la gente quiere.

La guagua aquí no es como la guagua universal, esa que en cualquier parte del mundo las personas esperan sin impaciencia y es abordada por los pasajeros con sosiego, donde casi todos –si no todos– se sientan y viajan tranquilamente sumidos en sus pensamientos. No.

La guagua en Cuba es otra cosa. Se parece al hipócrita en que es una por fuera y otra por dentro. Es decir, no existe coherencia entre la forma externa de una guagua y su realidad interna. Parece que no hay modo de que en Cuba esa correspondencia lógica se logre.

Esta singular dualidad de la guagua la despoja de la esencia de su ser como transporte público, dándole cierta connotación filosófica, pues en ella se asiste a una serie de experiencias tan mezcladas, que bien pudieran ser consideradas como una suerte de barroco existencial.



Lo primero que indica que por un lugar pasará una guagua es un montón de personas inquietas y dispersas en la acera, quienes miran atentamente hacia la izquierda para ver no solo cuándo sino cómo vendrá la guagua.

Si la guagua es disciplinada y para en la parada, entonces las indisciplinadas son la gente, que se aglomeran en la puerta y se empujan disputándose la entrada.

Este es el instante ideal del carterista, cuyo oficio consiste en desdoblarse histriónicamente como si fuera un angustiado aspirante a subir a la guagua, por lo cual su rostro es como el de cualquiera de los desesperados que desean llegar a tiempo al lugar hacia el que se dirigen, mientras el brazo del

carterista es una culebra que busca afanosamente un bolsillo, aprovechando que la mente de la víctima está concentrada en la compleja realidad de tener que subir a la guagua.

Esta desazón que consiste en ponerle los cinco sentidos a subir a la guagua o los cinco sentidos al bolsillo donde llevamos la billetera para no perderla, es uno de los pequeños dramas cotidianos del cubano; pero no el único, pues una vez que se ha entrado a la guagua, el pasajero –como bien lo indica su condición: pasajero– ha pasado del mundo real al mundo virtual que genera el interior de cada guagua.

Este es el momento en el que los que acaban de subir y están apretados delante, les dicen a los del medio que por favor caminen un pasito, que atrás está vacío; pero nadie camina y la guagua sigue detenida porque hay personas colgando de la puerta. El chofer enciende un cigarro y dice que él no tiene apuro, ya que a fin de cuentas ese es su trabajo. Pero una mujer le responde que ella sí tiene apuro, porque debe llegar temprano al hospital para que le hagan un gastro. De pronto sale una voz masculina del medio de la guagua diciendo que el que quiera ir cómodo o llegar pronto que coja un taxi. La mujer va a responderle con unos de esos disparates muy caribeños; pero se interpone la voz de otra mujer que se ha cogido el problema para ella, ya que, sin darle nadie vela en este entierro, le dice al hombre que ese modo de expresarse es una falta de respeto; después de lo cual alguien tira una trompetilla, se produce una explosión de risas y la guagua se ha convertido en un teatro vernáculo.

Unos dicen que esto es cubanía, otros que es pura chusmería.

Hay personas que confunden la guagua con el rincón de confesiones íntimas de un parque, ya que les van contando a otra los problemas de su centro de trabajo o los de su matrimonio y sus conflictos con la suegra. Aunque uno no quiera se ve obligado a escuchar estas historias, ya que la guagua va como un chorizo comprimido y es imposible desplazarse hacia otro sitio.

Sin embargo, hay quien rompe los niveles de tolerancia abandonando súbitamente este incómodo ambiente de chismorreo, y decide trasladarse a duras penas por el pasillo estrecho y lleno, hasta que llega a un sitio y más o menos se acomoda. Pero entonces descubre que este no es su día, pues se ha colocado justamente al lado de uno de esos tipos que les gusta presumir de sabichosos, a quien se oye conversando con otro sobre un curso de computación en el cual él y solo él y nadie más que él es la estrella.

Otra de las cosas de la guagua son los trastornos con las puertas. No hay un viaje en que una puerta no le coja el brazo, la mano o la pierna a alguien; por lo cual la víctima se queja y acto seguido todo el mundo grita, y lo menos que le dicen al chofer es que es una bestia. Hay choferes que están inmunizados contra todo tipo de improperios, pero otros abandonan el timón para fajarse en una cuarta de tierra.

Por cada viaje que da una guagua en horas pico se forman no menos de cinco discusiones. El día que más discusiones hay es el lunes, ya que son muy pesados para ir a trabajar y la gente no viaja de muy buen humor, llevan caras de perro boxer, y serían capaces de morder a cualquiera si nada más le pisan un zapato.

Las discusiones en la guagua las desatan cualquier motivo, pero uno de los clásicos es el que se origina cuando alguien quiere avanzar por el pasillo repleto y empuja a otro sin pedir permiso, y empieza el careo hasta que una de las partes pierde los estribos diciendo una palabrota y se van a las manos. Las mujeres gritan diciendo que en la guagua hay niños. Alguien le dice al chofer que abra la puerta para que se fajen en la calle. Una señora le aconseja a uno de los contrincantes que deje eso, pero ellos –cual dos actores a teatro lleno– están muy comprometidos con ese público y no saben como terminar lo que empezaron, se sienten profundamente llamados a desempeñar su papel de hombres duros, caribeños, ecuatoriales… aunque quizás en el fondo de sus corazones deseen que los aparten. Pero así son las cosas en la guagua, y contra ellas nada puede, a no ser que haya muchas guaguas o que todos tengamos la opción de poseer automóviles, cuya posibilidad no se vislumbra.

Con el ir y venir de todos los días en la guagua, los pasajeros van desarrollando ciertas habilidades para viajar de pie. Este es el caso del quítate-tú-para-ponerme-yo, procedimiento en el cual un viajero le va dando a otro unos empujoncitos para ir desplazándolo de su lugar hasta lograr ponerse él. Pero a veces no sucede así, ya que el pasajero al que pretende desplazársele de su sitio le opone resistencia al que quiere quitarlo, por lo cual se da entre ellos una lucha callada pero sostenida, que consiste en que cuando uno le da un empujoncito al otro para que se quite, éste se lo devuelve para que lo deje quieto, como si ambos estuvieran bailando el bimbom con las caderas.

Los asientos preferentes para embarazadas constituyen una de las decisiones más atinadas del Ministerio del transporte, pero a veces son motivos de increíbles problemas. Este es el caso de la gordita que se sienta en uno de esos asientos y cuando llega una embarazada y ve que el vientre de aquella mujer es altamente sospechoso, le pide que le muestre su tarjeta de maternidad. La gordita se niega, entonces la embarazada le ordena que se levante. La gordita se planta en sus trece y dice que ella tiene siete meses de embarazo, y la otra le dice que lo que ella tiene son siete toneladas de grasa, y acto seguido hace un gesto para cogerla por los pelos; pero como siempre hay alguien con sentido común, un hombre la llama para darle su asiento.

Otro que se las trae es el asiento de los discapacitados. A veces sube a la guagua un señor mayor con un bastón, y apenas ha puesto un pie en el estribo cuando anuncia que ha montado un discapacitado y se vayan levantando de su asiento.

Otro caso es el del caradura que entra a la guagua fingiendo que tiene una cojera tan lamentable que casi hay que aguantarlo porque se va de lado; y una mujer que está sentada en el asiento de los discapacitados lo ve, se conmueve, se levanta y hasta lo ayuda a sentarse. No contenta con eso le pregunta qué le pasó en la pierna, y el hombre es tan desmadrado que le hace la historia de que un día, mientras se dirigía al trabajo en una bicicleta, pasó una guagua, le dio un golpe y lo tiró contra la acera.

Un problema verdaderamente serio en la guagua son esas carteras y mochilas que, al pasar con sus portadores, van acabando con las espaldas, cabezas, hombros y brazos de los pasajeros.

Está el individuo a quien la vida no le va saliendo como él quisiera, y se siente incómodo, un poco rebelde y neurótico, esperando nada más que lo toquen para desquitarse la amargura con cualquiera.

Está el pasajero serio, elegante, prototipo del funcionario pero sin carro, quien viaja apretado entre la gente con un portafolio de esos negros de 75 centímetros de largo por 50 de ancho en las manos, y cuando tiene que desplazarse en la guagua se lo pone en la cabeza como si estuviera llevando un cake de boda.

A pesar de las dificultades todos somos solidarios en la guagua ya que compartimos con los demás un poco de nuestro perfume y otro poco de nuestro catarro. Si bien es cierto que hay pasajeros injustos, descorteses y groseros, también los hay caballerosos, generosos y justicieros. Y si es verdad que hay choferes que se llevan las paradas, no lo es menos que los hay que se esfuerzan por recoger a todo el mundo.

Una guagua cómoda y tranquila no se parece a una guagua. Para que en Cuba lo sea debe tener música alta y bailable, gente que cante, haga chistes de la vida cotidiana y den golpes en la parte superior de la puerta con insultos al chofer para que la abra; debe tener un borracho, un demente o una de esas señoras que se explotan por nada, a quienes ciertos pasajeros le buscan la lengua para poner buena y caliente la guagua; de lo contrario sería un ómnibus normal de esos que corren por el mundo al que no estamos acostumbrados, y al cual no sé si algún día nos acostumbraremos.