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SEGMENTO

“Los misterios de la Vida de Jesús”
Catequesis de Cuaresma de S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana


PRIMERA CATEQUESIS: LA ENCARNACIÓN

Nuestra religión, como toda religión, contiene la afirmación de que todo cuanto existe en los cielos y en la tierra ha sido creado por un Ser Superior (Dios) y que nosotros debemos reverenciar a la divinidad, obedecer sus designios y rendirle culto. Todos estos elementos son comunes a las religiones de diversos creyentes. Cristianos, judíos, musulmanes, brahamistas, budistas, shintoistas, confucianistas, comparten esa fe en Dios que es común a todos, aunque cada una de estas religiones tenga su forma de concebir a Dios y de rendirle culto.

Varias de estas religiones creen en una divinidad múltiple: tienen varios dioses y diosas, como el Brahmanismo, o creen en un Dios que no se puede alcanzar sino sumergiéndonos en una meditación que nos haga indiferentes ante el dolor o la alegría. En ese no sentir nada y no desear nada se halla la felicidad que alcanzamos solo por este camino. Dios se pierde así tras una nube que tiene contornos precisos; alcanzar a Dios sería llegar a ese estado de felicidad que es indiferencia de todo. Dios no es entonces un Dios personal, es un estado de éxtasis y felicidad. Así es el budismo y son otras religiones de Asia.

“Los misterios de la Vida de Jesús” Catequesis de Cuaresma de S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana.

Creer en un solo Dios Todopoderoso, creador de cielo y tierra es lo propio de las tres grandes religiones monoteístas del mundo: la religión cristiana, la religión judía y la religión musulmana. Para ellas se trata de un Dios personal.

De estas tres religiones el judaísmo y el cristianismo creen en el Dios único de cielo y tierra que se ha revelado por medio de sabios y profetas: un Dios que nos ha hablado, que nos ha dirigido una palabra y se ha manifestado a un pueblo que Él escogió entre todos los pueblos: el pueblo hebreo. Esta fe la compartimos judíos y cristianos.

Pero hay en la fe cristiana algo único y extraordinario que nos distingue e identifica. Nosotros creemos que el Dios único que se reveló y habló al pueblo escogido en la Antigua Alianza se hizo hombre en un hombre de ese pueblo. Lo que define nuestra fe cristiana y la hace diferente es que creemos en el Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret.

Este es el misterio fundamental del cristianismo, es el elemento originador, especificador y diferenciador del cristianismo respecto al judaísmo y es esto lo que llamamos el misterio de la encarnación.

Es bueno recordar que “misterio” en el vocabulario propio de la fe cristiana no es algo oculto, que no puede conocerse, sino una realidad que, al conocerla, nos deja extasiados, nos descubre algo sublime y extraordinario, capaz de generar en nosotros reflexiones como ésta: ¡Qué sorprendente es que el Dios inmenso, Creador de todas las cosas, venga a nosotros, se haga uno de nosotros, de carne

y hueso! Justamente la palabra encarnación quiere decir entrar en la carne, asumir la carne, hacerse carne. Carne en el lenguaje bíblico significa el hombre, que es un ser corporal. Podemos decir que el término “encarnación” quiere decir lo mismo que “humanación”, o sea, hacerse miembro de la especie humana.

Ahora bien, Dios existe desde siempre. ¿Acaso ese Dios dejó de ser Dios para llegar a ser hombre? No, porque Dios tiene la posibilidad de llegar a ser hombre sin dejar de ser Dios. ¿Y tiene el ser humano capacidad para que, sin dejar de ser hombre, sea la expresión de Dios, de modo que podamos decir: “este hombre concreto es Dios”?

Primeramente, Dios está por encima de todas las cosas y es inmutable, es decir, que no puede cambiar, pero Dios es también AMOR. Y Dios ama a los hombres y eso lo llevó a venir a ser uno con nosotros.

Con respecto al hombre, cuando nosotros miramos al ser humano pensamos, ¿por qué estamos en medio de este mundo y podemos contemplar toda la Creación y conocerla cada vez más y transformar el mundo con tantos descubrimientos?

Somos seres que buscamos la felicidad, la belleza, que tenemos ansias de bondad y deseamos saber la verdad, queremos amar y ser amados. Nuestra fe en Dios nos hace preguntarnos por nosotros mismos ¿quiénes somos?

Dios está por encima de todas las cosas y es inmutable,...Dios es también AMOR.

En el salmo 8 rezamos a Dios tratando de saber qué somos y admirados de nuestra condición en medio de la Creación diciendo: “Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra… ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies”.

La mirada del creyente se dirige primero a Dios en su inmensa grandeza, pero inmediatamente después se dirige a sí mismo, porque yo puedo pensar en Dios, yo descubro a mi alrededor sus obras: el cielo, la tierra, las estrellas, el mar, las montañas y puedo cultivar la tierra, criar animales, producir medicamentos que sanan y por medio de la ciencia y la técnica hacer mejor este mundo. El hombre es una obra grande de Dios.

Cuando Dios creó al hombre, vio que era bueno, Dios puso su imagen en el hombre y la mujer. Hay un destello divino en nuestra alma y en nuestro cuerpo; hay algo de Dios en nosotros.

Como seres creados por Él, como Él nos engrandeció con tantos dones y nos hizo buenos, como llevamos su imagen en nuestro ser, y como ese Dios grande y todopoderoso es amor, no puede sino amar la obra de sus manos. Como resultado de la Alianza con el hombre a quien ama, se compromete seriamente con nosotros. Dios no es un Dios desentendido del hombre que Él creó por amor. Aunque seamos pecadores y no pensemos en Él, Él hace lo que haría cualquiera que ama a otro, lo que hacen un padre o una madre por sus hijos, hace suyo el destino del hombre en su vida y en su muerte, y justamente, porque ese hombre creado y amado por Él se ha alejado de Él y está en peligro, quiere salvarlo, quiere rescatarlo.

Y, ¿cómo? Él tiene todo poder y después de hablarnos en el pasado por sabios y profetas, llegó en su amor por nosotros hasta lo incomprensible, hasta hacerse hombre.

Es la exclamación atónita del evangelista san Juan: “¡Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo!”. Ese Hijo que estaba desde siempre con Él en el seno de la Trinidad Santísima. En Dios, siendo un solo Dios, hay tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios no es un Dios solitario y entre esas tres personas reina el Amor. Y por amor, el Padre decide enviar al Hijo. Desde la Santísima Trinidad el Hijo eterno de Dios, que existe desde siempre como el Padre, es enviado a nosotros; el Padre decide que empiece a existir como hombre en esta tierra. ¿Cómo se hizo esto posible? La persona del Hijo entró en una persona humana. ¿Es esto posible? Para las cosas no, para las personas sí.

Las cosas materiales son impenetrables unas a otras. Pero las personas no. El amor hace posible que las cosas sean habitadas, convividas y sostenidas por otras personas. Un hijo está presente en la persona de su madre, habita en ella, dos esposos que se aman habitan uno en el otro. Lo que se dice de la persona en el orden humano, se debe decir de manera mucho más verdadera de Dios con el hombre. Dios no se degrada ni pierde su divinidad al “mudar” para venir a nosotros o al “padecer con nosotros”. Esto es lo verdaderamente divino, no quedarse limitado por su grandeza, sino encerrarse en lo mínimo”. Dios es grandioso en lo inmensamente grande y en lo inmensamente pequeño.

Ahora bien: ¿está capacitado el ser humano para que Dios se encarne en él?

El hombre, aún caído, aún envuelto en miseria puede ser recuperado conforme al querer inicial de Dios al crearlo. Y esto lo hizo Dios en Jesús de Nazaret, se encarnó en un hombre perfecto, un hombre que el Padre había pensado desde siempre como el modelo y prototipo de humano original en cuerpo y alma. Podemos decir que la voluntad omnipotente de Dios y su amor sin límites han determinado a Dios a crear al hombre, a hacerse solidario, responsable de su criatura. Dios no abandona la obra más acabada de su mano. Tanto la Creación, como la encarnación son obra del amor infinito de Dios por nosotros.

Ahora podemos comprender mejor el Credo que recitamos en la misa:

Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos (el Hijo existía desde antes de la Creación, desde siempre).

Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero (el Hijo y el Padre son Dios, el Hijo es Dios como el Padre).

Engendrado, no creado (el mundo, los astros, nosotros hemos sido creados. Dios no fue creado, existe desde siempre y desde siempre engendra a su Hijo).

De la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho (de la misma naturaleza divina, Dios igual a Dios).

Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó de María Virgen.

Aquí está ya anunciado el misterio que hemos contemplado: El Dios de cielo y tierra toma carne, se encarna, se hace humano, en el seno de la Virgen María.

Quizás comprendemos un poco mejor ahora nuestro Credo, lo que significan sus palabras. Pero tenemos que comprender para nuestra vida de cristianos lo que significa el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, la repercusión de la encarnación en nuestro modo de creer en Dios, de orar y de adorarlo y el influjo decisivo de la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra vida humana.

1º.- Por el misterio de la Encarnación nuestra fe cristiana descubre a Dios cercano, a Dios con nosotros (el Enmanuel) en Jesucristo. Se cumple la promesa que hizo Dios a su pueblo: “No les dije búsquenme en el vacío…”. Nosotros no miramos desconcertados al cielo para descubrir a Dios o contemplar alguna señal de su presen cia, nosotros miramos al rostro de Cristo Jesús y en Él encontramos al Dios misericordioso que comparte con nosotros nuestros caminos de anhelos, luchas y dolores y que nos dice “no teman, yo estaré con ustedes siempre”.

No tendremos ya otro modo de pensar en Dios que no sea volvernos a Jesús, recordar sus palabras, contemplar las escenas de su vida. Esto alimentará nuestra oración. Por eso los

misterios del rosario van repasando los misterios de la vida de Jesús mientras recitamos las Avemarías. Es necesario que los santos evangelios sean leídos y meditados por cada uno de nosotros, pues allí Dios nos habla por medio de su Hijo. Nuestra religión es la religión de Jesucristo, la que lo recuerda siempre, la que lo conoce y reza al Padre pidiéndole todo por Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos . El misterio de la Encarnación nos hace vivir en la intimidad de Dios, en la cercanía de Dios. Dios deja de ser como una nube alta y lejana y se hace humano y cercano en Cristo Jesús.

2º.- Pero, hay otra vertiente del misterio de la encarnación, no sólo Dios, sin dejar de serlo, comienza a ser de un modo nuevo en Jesús, su Hijo encarnado, ya que Dios comienza a ser hombre, sino que también el ser humano comienza a calibrar la extraordinaria dignidad y grandeza de ser hombre, porque hay un ser humano que es Dios, Jesús, el Señor.

Ante el misterio de la Encarnación puedo quedar arrobado diciendo: Dios descendió hasta hacerse hombre; pero puedo constatar admirado: hay un hombre que es Dios; lo humano ha sido divinizado. En el hombre Jesucristo Dios se expresa por la palabra, por los gestos, por la dulzura y la mansedumbre de Jesús, por su misericordia hacia los pequeños y los humildes, por su amor hasta el dolor y la Cruz.

Dios nos habla por medio de su Hijo. Nuestra religión es la religión de Jesucristo...

En Jesús el hombre ha sido divinizado con todo su andar gozoso o sufriente. Pero Jesús se nos presenta como el camino verdadero de la vida, viene a congregarnos a su alrededor como discípulos para que seamos como Él: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”, “si quieres ser mi discípulo… toma tu cruz y sígueme”. El hombre-Dios, Jesús, nos invita a ser como Él, a vivir como Él la mansedumbre y el amor, a recorrer con Él el camino del dolor y de la Cruz. Nuestra vida, con todas sus acciones, cobra un sentido nuevo y extraordinario en Jesús: una vez que hubo un hombre divinizado, Jesucristo, todos nosotros descubrimos que la naturaleza humana no sólo se desarrolla, anhela y sufre en este mundo, sino que es capaz de alcanzar toda su estatura en el hombre Jesús, que es como nosotros y nos pide que seamos como Él.

No sólo Jesús fue divinizado, sino todo ser humano es ensalzado y en cierto modo es divinizado por la encarnación del Hijo de Dios.

Los Padres de la Iglesia afirmaban: “Dios se ha hecho hombre para que los hombres se hagan Dios”. Nosotros tenemos el compromiso que genera en la historia humana la Encarnación : dejar también que Dios tome, por su gracia, posesión de nosotros para ser humanos trasformados según el modelo de Cristo.

Miren todo lo que significa la Encarnación del Hijo de Dios en nuestras vidas y en la historia de la Humanidad.

Por esto no son pocos los filósofos y pensadores que rechazan la Encarnación y prefieren “dejar a Dios en el cielo”. Pero esto no es porque quieran una gloria de Dios inalcanzable; sino porque temen al compromiso de la presencia en la historia de un Dios hombre: la naturaleza humana puede contener a Dios, así fue en el caso único de Cristo Jesús, pero todo hombre puede crecerse hasta divinizarse exaltando su propia humanidad, acogiendo el modelo que hay en Cristo. ¡Hasta qué nivel ha sido elevado lo humano! “Reconoce cristiano tu dignidad” (San León Magno).

Por lo tanto, no puedo ser mediocre, disfrutar despreocupadamente, entregarme a los vicios y placeres, hacer mi capricho y que me dejen tranquilo. Para esto es mejor que Dios se quede en su cielo, que no venga a decirnos en la tierra lo que tenemos que hacer y a dejarnos un modo único de ser que nos descubre nuestra grandeza humana y su dignidad, porque nos va a forzar a llegar a esa medida tan alta y nos va “a aguar la fiesta”, ya no podremos vivir a nuestro antojo.

La Encarnación no es sólo el descenso de Dios a lo humilde, a lo pequeño, sino la exaltación del hombre hasta la altura de Dios.

Miren todo lo que significa la Encarnación del Hijo de Dios en nuestras vidas y en la historia de la Humanidad.


Los invito en esta Cuaresma a ese esfuerzo de Santificación personal al cual el Hijo de Dios Encarnado nos llama a todos. La respuesta nuestra al amor que Dios nos ha mostrado en su Encarnación debe ser una respuesta de amor que nos lleve a crecernos hasta la estatura de Cristo. Sabiendo que ha habido en Él tanto amor hacia nosotros, ¿quién no amaría en retorno? Quis non redamaret (San Agustín).