Se cree que vivió la vida monástica en su juventud y fue ordenado sacerdote por San Máximo. Se dedicó a preparar a los catecúmenos para el bautismo. Para ello predicó sus 24 “Catequesis Mistagógicas”, recogidas por un estenógrafo, que le merecieron el título de doctor de la Iglesia otorgado por el papa León XIII.
Nombrado obispo de Jerusalén entre el 348 y el 350 se le dio a esta diócesis una primacía de honor entre las otras.
Su ministerio episcopal fue excelente. No sólo instruía al pueblo, sino que atraía con su mansedumbre a los herejes y socorría a los necesitados. Con motivo de un hambre general no dudó en deshacerse de los tesoros de la Iglesia.
La lucha fratricida entre obispos se presenta a sus ojos como un peligro de escándalo para los débiles.
El arrianismo(1) y el sabelianismo(2) desgarraban la Iglesia. Y aunque el Concilio de Nicea (325) condenó el arrianismo, éste no desapareció y unos cuantos obispos se dejaron atraer por esta herejía.
Los arrianos lo odiaban y fue acusado, depuesto y expulsado de su diócesis jerosolimitana. Tres veces fue desterrado, y la última de ellas tuvo que andar desterrado por las ciudades del Asia menor (hoy Turquía) y por las lauras cenobíticas(3) durante 11 años (367). Pudo regresar a su sede sólo en 378 bajo el emperador Valente. Participó en el II Concilio Ecuménico en 381, y en el I de Constantinopla. En él se reconoció la legitimidad de su episcopado. Allí suscribió la condena de los semiarrianos y de los macedonianos que negaban tanto la divinidad de Cristo como la del Espíritu Santo. Murió en la ciudad santa donde había nacido, el 18 de Mayo del año 386. Tuvo cerca de 38 años de episcopado, de ellos 16 en el exilio. En la Jerusalén corrompida de su tiempo, Cirilo fue un pastor providencial. Su ardiente caridad pastoral en la comunidad cristiana de Jerusalén (reconocida por San Basilio) parece que fue casi corroborada por la prodigiosa aparición de una cruz luminosa sobre el Gólgota en el 351.
La Iglesia lo honra como el príncipe de los catequistas. Sus catequesis llamadas mistagógicas, es decir que conducen al misterio, son verdaderas obras maestras.
Su palabra tiene las cualidades y los defectos del estilo hablado e improvisado: es práctica, viva, cordial y en ocasiones patética. A veces las digresiones y los paréntesis la entorpecen. Pero el estilo es claro, metódico, preciso.
El retraso del culto romano del santo (remonta a 1882 bajo León XIII), se debe a las dudas de la auténtica doctrina de Cirilo, que, aún defendiendo la fe de Nicea, parece que evitó el término consustancial (de la misma naturaleza) al Padre, referido al Hijo uniéndose a los semiarrianos, defensores del término con semejante. Pero en la carta escrita al papa Dámaso en el año 382, los padres del I Concilio de Constantinopla testimoniaron a favor del “venerable y pío Cirilo”. Porque “había mantenido en diversos lugares numerosos combates contra los arrianos”.
Es actitud también para nosotros el lema de Cirilo en sus catequesis: “El cristiano es un portador de Cristo (Cristóforo)”.
Veamos ahora una de las catequesis de San Cirilo de Jerusalén acerca del Adviento como preparación a las tres venidas de Cristo. (Tomo I, pág. 132, Liturgia de las Horas):
Las dos venidas de Jesucristo
Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.
Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno en Dios , desde toda la eternidad; otro, de la Virgen , en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.
En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura.
En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.
No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor , diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.
El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.
Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.
De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida.
Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar – dice el Señor de los ejércitos –, ¿Quién podrá resistir el día de su venida? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se levantará como un fundidor que refina la plata.
Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas, en estos términos: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella, pero también la segunda, la que esperamos.
Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre, y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.
Notas:
(1)Doctrina de Arrio, sacerdote libio que residía en Alejandría. Exaltando la grandeza de Cristo, negaba su divinidad. Para él Cristo no era de la misma naturaleza divina del Padre. Llegó a tener mucha fuerza y hasta obispos cayeron en esta herejía.
(2)De Sabelio heresiarca del siglo III que negaba las tres personas en el misterio de la Santísima Trinidad. Para él eran sólo modalidades. Por eso también son llamados monarquianos o modalistas.
(3)En el oriente cristiano, especie de colonias religiosas habitadas por monjes que se reunían para orar. |