Las relaciones Estado-Iglesia en la Cuba de hoy |
por
Orlando
Márquez Hidalgo
pinturas de
Alan Manuel González |
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“Los que salgan vencedores serán así vestidos de blanco,
y no borraré sus nombres del libro de la vida”.
Ap. 3.5
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Disertar sobre las relaciones Estado-Iglesia en Cuba, desde cualquiera de ambos lados, es siempre un reto y un riesgo. Un reto porque, estando aún vivos y activos muchos de los protagonistas de aquellas divergencias primeras, es difícil sustraerse a los señalamientos y no hablar desde algunas experiencias dolorosas. El riesgo está, para la Iglesia , en que su palabra tal vez no sea bien recibida o interpretada, si la lectura se hace exclusivamente desde un prisma político. Pero viviendo en medio del mundo, no puede evadir ni los retos ni los riesgos. Por lo tanto está obligada a aceptar los criterios de otros y a expresar los propios, con la esperanza de que el intercambio, mediante la palabra usada como puente que comunica y acerca, y no como arma que hiere y espanta, produzca el bien de la sociedad en la que ella se hace presente. |
APROXIMACIÓN AL TEMA
Las relaciones entre el Estado y la Iglesia en Cuba se encuentran en un periodo de expresiones y gestos nuevos. Encuentros más fluidos, entre los obispos y las autoridades correspondientes del Partido Comunista, se van sucediendo en las distintas diócesis y a nivel nacional. El proceso se inició hace varios años, y de forma lenta pero gradual ha ido favoreciendo espacios de intercambio en los que la Iglesia expone sus criterios y consideraciones –no sólo de contenido religioso– mientras la otra parte, es decir el Partido y, por tanto, el poder, comparte también sus criterios y consideraciones, sobre la Iglesia y sobre cualquier otro tema de interés mutuo.
Lo anterior no significa que hayamos alcanzado un nivel significativo de conciliación en esas relaciones. Ha habido un salto cualitativo, pero falta mucho por andar para concretar un diálogo integral y fructífero. El propósito, a lo que en realidad se debe aspirar y alcanzar gradualmente, es un estadio de respeto mutuo y de no usurpación de las funciones que a cada uno corresponden, máxime en una realidad como la que nos ocupa, donde se ha declarado ya el carácter laico del Estado, que “reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa”, (1) declara la independencia de las instituciones religiosas y explicita la no discriminación por motivos religiosos, según las modificaciones constitucionales del año 1992.
La Iglesia , por su parte, tiene su propia interpretación del Estado. Para la Iglesia el fin del Estado no es el ejercicio de la autoridad política en función del partido de turno, sino el bien común, entendido este como “el conjunto de las condiciones sociales que permiten y facilitan, en los seres humanos, el integral desarrollo de su persona”. (2) Y esto requiere, además, la participación plena de los ciudadanos a través de las distintas iniciativas sociales, siendo necesario que estas “gocen de una efectiva autonomía respecto a los poderes públicos y vayan tras sus intereses específicos con relaciones de real cooperación mutua, y en subordinación a las exigencias del bien común”. (3) Estamos, por tanto, ante dos concepciones diferentes tanto de la libertad religiosa como del Estado, pero esto no debe ser, necesariamente, motivo de confrontación.
DOS PERCEPCIONES DEL CHOQUE INICIAL
IGLESIA-ESTADO EN LOS AÑOS 60
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“Ustedes saben el camino que lleva a donde yo voy”.
San Juan 14.4.
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Es más o menos conocido el enfrentamiento de los años 60 del pasado siglo entre la Iglesia y el Gobierno en Cuba. Me refiero a la Iglesia Católica , porque según el ex presidente Fidel Castro, “en general, siempre fueron muy buenas y fáciles las relaciones” con otras iglesias cristianas. (4) Hacer aquí historia detallada nos sumergiría en un laberinto que es mejor vadear. No por temor a la historia, sino porque me parece que rebasa los propósitos que nos convocan.
Aquí y ahora, para establecer ciertas bases necesarias sobre las que levantar nuestro mirador, observar con más detenimiento el desarrollo de las relaciones Estado-Iglesia en Cuba durante este periodo y vislumbrar el futuro, basta con citar dos fuentes autorizadas en su apreciación del conflicto: el ex jefe de Estado cubano Fidel Castro, y la Iglesia , en el Documento Final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC).
Cita Nº 1:
“Los problemas [con la Iglesia ] surgen con las leyes revolucionarias: Reforma Urbana, Reforma Agraria. […] Las leyes revolucionarias empiezan a producir conflictos, sin duda de ninguna clase, porque los sectores burgueses y los terratenientes, sectores ricos, cambian de actitud con la Revolución y deciden hacerle oposición. Junto con ellos, las instituciones que estaban al servicio de todos esos intereses, empiezan a hacer campaña contra la Revolución. Así es como se producen los primeros conflictos con la Iglesia , porque realmente estos sectores quisieron utilizar a la Iglesia de instrumento contra la Revolución. […] Cuando se inician los conflictos, que fueron conflictos de clase realmente –porque te explicaba que esa clase rica que tenía el monopolio de las iglesias trató de instrumentarlos y de llevar a obispos, sacerdotes y católicos a posiciones contrarrevolucionarias–, eso también, desde luego, produce una reacción opuesta en sectores católicos, y algunos sectores más humildes, que no aceptaron esa línea |
contrarrevolucionaria. […] Con las instituciones católicas sí surgieron conflictos, surgieron enfrentamientos, indiscutiblemente; no violentos, realmente no hubo ningún tipo de enfrentamiento violento, pero surgieron enfrentamientos políticos. No estaba inicialmente previsto, ni se había hablado de nacionalizar las escuelas privadas. […] Hubo también casos de complicidad con actividades contrarrevolucionarias contrarrevolucionarias graves, que pudieran haber dado lugar a juicios con sanciones severas como el fusilamiento. Sin embargo no se dio un solo caso, porque nosotros procuramos, incluso, que eso no se diera nunca, porque no queríamos, bajo ningún concepto, hacerle el juego a la reacción y al imperialismo dando la imagen de la Revolución fusilando un cura. […] En algunos casos fueron sancionados a prisión por hechos contrarrevolucionarios; sin embargo, nunca cumplieron la sentencia, estuvieron el mínimo de tiempo presos, siempre procuramos que salieran. […] No hay una sola iglesia que se haya cerrado en el país, no hay una sola, nunca. (5) Sí hubo casos, en determinado momento, en que fue muy fuerte el enfrentamiento político y por la actitud militante políticamente de algunos sacerdotes, sobre todo de origen español, nosotros solicitamos que fuesen retirados del país, les suspendimos la autorización para permanecer aquí… Pero pudiéramos decir que esa fue la única medida de ese tipo que sí en un momento, una sola vez, fue necesario tomar. Después se fueron normalizando las relaciones”. (6)
Cita Nº 2:
“El triunfo de la Revolución es saludado con los mejores augurios por la jerarquía católica (Carta 'Vida Nueva' de Mons. Pérez Serantes). Pero el proceso de rápida radicalización que va caracterizando a la Revolución , la presencia y preponderancia cada vez mayor de militantes comunistas y el acercamiento político-diplomático a los países socialistas donde la realización del marxismo ha estado acompañada por un ateísmo militante, van a provocar tensiones y fisuras, cada vez mayores, entre la Iglesia y el Gobierno.
“A mediados de los 60 comienzan los obispos a manifestarse contra el giro marxista de la Revolución , a la que habían apoyado públicamente en sus primeras reformas socio-económicas. Esto, unido a la reciente participación de católicos en actividades de oposición a la Revolución y una cierta utilización de la Iglesia por parte de grupos de choque situados frente a las iglesias y conventos, la presentación negativa en los medios de comunicación de figuras e instituciones eclesiásticas, la desaparición –debido a la unificación estatal de la información– de programas radiales y televisivos católicos, y las presiones sobre líderes laicos, hasta la detención de obispos, sacerdotes y laicos durante la fracasada invasión de Playa Girón en abril de 1961 y la declaración del carácter socialista de la Revolución. En mayo fueron intervenidos los colegios católicos, y en septiembre fueron expulsados un obispo y 131 agentes pastorales entre sacerdotes y religiosos. La inmensa mayoría de los religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza abandonaron el país. Temiendo represalias y persecuciones violentas, como las ocurridas en España cuando la guerra del 36, y urgidos por sus superiores, partieron del país muchos agentes de pastoral, dejando atrás asilos, conventos, hospitales y otras casas religiosas. De los aproximadamente 800 sacerdotes que había en el país, quedaron poco más de 200. Igual número de religiosas quedó de las casi 2000 que trabajaban en Cuba.
“Las declaraciones pastorales de los obispos fueron vistas como un acto de militancia política, un acto de contrarrevolución. No fue esa la motivación de los obispos, que, como responsables de la Iglesia , cumplían con un deber de conciencia, sin descontar que algunos miembros del clero y del laicado vieran, sintieran y quisieran a la Iglesia como un poder frente a otro poder, sentimiento de oposición que llegó, en algunos casos, hasta la lucha abierta. Tampoco puede negarse la utilización, dentro y fuera de Cuba, de esas declaraciones con fines políticos. La confusión generada por esta situación, hará que los cristianos asuman posiciones y decisiones divergentes, que se concretaron en opciones trágicamente desgarradoras: unos, abandonan la Iglesia por fidelidad al proceso revolucionario; otros, queriendo una doble y difícil fidelidad en aquellos momentos –a la fe y al proceso revolucionario–, se abstienen de asistir al templo; los hubo que, viviendo en el país, van asumiendo gradualmente las nuevas realidades al tratar de vivir su compromiso cristiano; mientras otros muchos deciden abandonar el país.
“[…] Esta ha sido una etapa difícil para la Iglesia : tensiones y limitaciones han marcado la vida de muchos cristianos –laicos, consagrados, sacerdotes y obispos– en los últimos 25 años. Habiendo perdido sus instituciones educativas y la casi totalidad de sus centros asistenciales, y disminuida en casi un 90% de sus cuadros pastorales, la Iglesia ha afrontado, día a día, el reto de una situación nueva, difícil y cambiante.
“[…] La Iglesia pasó desde una aceptación de la realidad del carácter socialista de la Revolución , sin antagonizar el proyecto socialista como tal, hasta la coincidencia en los objetivos fundamentales en el campo de la promoción social: salud pública, enseñanza y trabajo al alcance de todos, satisfacción de las necesidades básicas, etc.
“Por su parte, el Gobierno Revolucionario da signos de reconocer el valor y vigencia de la Iglesia … Pasos dados recientemente ofrecen la esperanza de un diálogo constructivo entre ambas partes, que podrían tener profundas repercusiones en las relaciones mutuas”. (7)
EL ARDUO Y NECESARIO CAMINO
HACIA EL DIÁLOGO
Las declaraciones anteriores, emitidas por separado, tienen ambas más de veinte años. La situación hoy ha variado ligeramente, pero a la luz de esas declaraciones, es apropiado decir que la normalización, a la que aludió el ex presidente Fidel Castro, o el diálogo constructivo esperado por la Iglesia , siguen siendo un propósito.
Es necesario indicar que situaciones de franco enfrentamiento como las mencionadas de la década del 60 del pasado siglo, no se han repetido, si bien por muchos años se experimentaron sus consecuencias –tensiones, discriminación, ocultamiento de la fe, Iglesia de reclusión–, y otras secuelas aún subsisten –desconfianza mutua, prejuicios, controles burocráticos. Hubo realmente otra muestra explícita de diferencia entre el Estado y la Iglesia en el año 1993, con motivo de la Carta Pastoral “El Amor todo lo espera”, hecha pública el 14 de septiembre de ese año. Después del desvanecimiento del bloque socialista en el este de Europa y de la misma Unión Soviética, Cuba parecía caer indeteniblemente en la desesperación económica, social y política. Hubo hambre de pan, que se pretendía saciar con la invitación a resistir, y también hambre de esperanza, ante la cual se ofrecía la misma receta. El documento, elaborado en el más auténtico estilo de la enseñanza social de la Iglesia , señalaba los males que pesaban sobre la sociedad en general, no solo las carencias materiales, sino también las morales y psicológicas que afectaban a los cubanos, y proponía para ello un diálogo nacional que condujera a la solución de los problemas y a la reconciliación nacional. Los obispos cubanos, que consideraron como un deber decir en voz alta lo que en otros momentos y circunstancias habían dicho de modo privado, no recibieron nunca respuesta oficial del Estado, pero sí oficiosa a través de los medios nacionales de comunicación, lo cual, en una sociedad como la cubana, debe entenderse como la respuesta oficial. El ambiente se enrareció otra vez, pero en general no pasó del ataque bullicioso y la ofensa desproporcionada, si bien para la Iglesia significó, además, volver a experimentar el reforzamiento del control que ya existía sobre su acción pastoral. |
No obstante, la contrarrespuesta episcopal a los ataques y descalificaciones fue insistir en la urgencia del diálogo nacional, y exponer la necesidad de un diálogo propio entre la Iglesia y el Estado cubano, dejando en claro cuál debería ser la cualidad de ese diálogo: “ La Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, desde hace muchos años, ha solicitado este diálogo al Gobierno cubano. Pero siempre que hemos indicado que el tema del mismo no sería únicamente la institución eclesiástica en sí misma, sino los problemas del pueblo cubano, ha habido silencio, dilación o rechazo”. (8) Sin embargo, la indiferencia no es total. Algunos acontecimientos posteriores dieron razón a los obispos, quienes constataron como a partir de 1994 comenzaron a ponerse en práctica “algunas de aquellas propuestas que tanta violencia verbal habían desatado”. (9)
A pesar de lo anterior, poco tiempo después se dieron las condiciones oportunas para la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, que generó un fuerte compromiso de ambas partes y evidenció la posibilidad de una colaboración responsable para alcanzar un objetivo común. Fue un suceso que no puede medirse por las ventajas que de ello pudiera sacar la Iglesia , porque nunca se condicionó de ese modo la visita, pero sí fue un acontecimiento que mostró al mundo la vitalidad de la Iglesia a pesar de sus limitaciones propias y las impuestas, ayudó a desperezar el alma del pueblo cubano y contribuyó a conectar mejor a las personas situadas de un lado y otro, es decir establecer un puente más humano entre individuos del Gobierno y la Iglesia , lo que sin dudas sirve para conectar mejor a las instituciones y facilitar el diálogo.
Como se ha dicho antes, las bases para el diálogo se han ido esbozando mejor, el contacto es más fluido; incluso, en los últimos meses, ha habido intercambios que han incluido “ los problemas del pueblo cubano ” , tal como habían sugerido los obispos. Realmente son muchas las urgencias que vive hoy el país: económicas, sociales, éticas. En esos encuentros la Iglesia ha hablado con claridad y los representantes del Estado han sido receptivos. Este es un paso importante. Si bien no se ha establecido, todavía, un plan definido para encarar el conflicto que ambas partes saben subyace en esas relaciones, en este ejercicio de interpelación, escucha y respeto mutuos, se va perfilando el camino del diálogo constructivo y la cooperación necesaria por el bien común de la sociedad cubana.
Sin dudas, al mirar en retrospectiva estos cincuenta años, no hay elementos que indiquen un regreso a lo vivido hacia 1960, años duros
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“Hay bajo el Sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa...”
Eclesiastés 3.1 |
en los que no pocos apostaron, y otros imaginaron, el fin de la Iglesia en Cuba. No han faltado las crisis y los desencuentros, las restricciones a la libertad religiosa o muestras claras de exclusión por motivos religiosos, sobre todo en el campo de las profesiones públicas, el acceso a los medios de comunicación, a la salud pública o a la enseñanza. Estos campos, a los que la Iglesia no renuncia por considerarlos extensión de su misión pastoral, son de una alta sensibilidad para el Estado cubano, pues constituyen, por una parte, potentes áreas de influencia político-ideológica y, por otra, los grandes logros sociales del proyecto socialista cubano. A pesar de la afectación que padecen hoy, siguen siendo la muestra más efectiva de los beneficios sociales, integrados ya a la cultura nacional.
¿CUESTIÓN DE INTERPRETACIONES?
Nada imposibilita, en teoría, que la Iglesia participe en estos esfuerzos sociales. Como ha sido indicado anteriormente, el ex presidente Fidel Castro ha afirmado que la nacionalización de las escuelas religiosas “no estaba inicialmente previsto” en el proyecto socialista, y “sin aquellos conflictos” iniciales el Estado cubano no habría tenido “ninguna necesidad de nacionalizar aquellas escuelas”. (10) Más aún, en su larga conversación con Frei Betto, el ex presidente cubano razona que no necesariamente tendrían que nacionalizarse las escuelas ni se debe asumir tal práctica como un dogma socialista, ya que estas pueden existir en “relaciones armoniosas dentro de la sociedad” y así, otras entidades presentes en el cuerpo social, como la Iglesia , podrían prestar una sustancial ayuda económica a un país de escasos recursos, como Cuba, donde existen también familias que estarían en condiciones de pagar los estudios de sus hijos, lo que permitiría al Estado desviar buena parte de su presupuesto hacia otros objetivos de desarrollo. “Incluso hasta el Estado socialista podría tener escuelas pagadas, si lo considerara conveniente –dijo Fidel Castro–, con tal de que no falten ni sean peores las escuelas para los demás niños. Si hubiera escuelas privadas, religiosas, en un país que inicia la revolución, se pudiera considerar que están prestando un servicio a la educación del país y que están ayudando a costear los gastos de la educación”. (11)
En cuanto al acceso a los medios de comunicación, debo acudir una vez más al ex presidente cubano, por ser el único que ha hablado en profundidad sobre estos asuntos de fuerte incidencia política en Cuba, por ser la persona más autorizada durante todo el periodo que va desde 1959 hasta 2006 y, aún hoy, por ser el único referente al que han mirado sin vacilación los ideólogos cubanos y los más celosos guardianes del socialismo caribeño. En un extenso diálogo sostenido con líderes religiosos en Jamaica, hace más de treinta años, Fidel Castro fue preguntado si, en Cuba, la libertad de culto implicaba acceso a los medios masivos de comunicación. La respuesta no dejaba margen de dudas al reconocimiento de este derecho por parte de la Iglesia , o de las iglesias en general, si bien en la práctica ha sido diferente: “Yo creo que dentro de la concepción de nuestra Constitución cabe perfectamente la posibilidad de distintos medios de difusión para la religión. Pero, en la realidad, en la práctica no lo ha sido. Yo creo que en la misma medida en que se logre un clima de paz en nuestro país, cese la guerra esta imperialista contra nosotros, estos problemas se pueden abordar con otros criterios. (…) Si usted analiza la letra y el espíritu de la Constitución , ello supone el derecho a la divulgación de las ideas religiosas”. (12)
Al parecer, la dificultad radica en la interpretación que se haga de las leyes, o de los intereses políticos según las circunstancias como reflejan las declaraciones del ex presidente Fidel Castro antes citadas, mas no en la ley misma. Según el abogado Rolando Suárez Cobián, asesor jurídico de la Conferencia de Obispos de Cuba, “ la Iglesia y sus instituciones tienen la personalidad jurídica que tenían al momento de fundarse la República ” en 1902. (13) La Constitución de 1901 estableció la separación del Estado y la Iglesia , y disponía que esta última continuara con la personalidad jurídica que estableció el Concordato del periodo colonial entre la Corona española y la Santa Sede. La Constitución de 1940 ratificó estos principios. La actual Constitución, como queda dicho, reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa. No hay otra ley que defina con claridad el carácter de esa libertad religiosa. La actual Ley de Asociaciones de Cuba (Ley 54), “dispuso que no estén comprendidas en sus prescripciones las asociaciones eclesiásticas o religiosas”, pero la Disposición transitoria cuarta de su Reglamento establece que “las instituciones eclesiásticas o religiosas y las asociaciones basadas en el credo religioso de sus integrantes o relacionadas directamente con las expresadas instituciones conservarán su actual estatus jurídico hasta tanto se dicte la ley de cultos” que regule su funcionamiento. Como tal ley no ha sido promulgada aún, de acuerdo con la legislación vigente en Cuba, la Iglesia , y sus asociaciones, conservan la personalidad jurídica civil reconocida hace más de cien años. Pero esto se cumple solo en parte, por ejemplo pagan impuestos, seguridad social, tienen derecho de propiedades, legados y herencias, son sujetos activos en contratos mercantiles de cuenta corriente, compraventa, etc. Pero un pesado muro mantiene a la Iglesia alejada de otras áreas de interés social.
No hay, por tanto, objeción teórica a que la Iglesia , y otras instituciones privadas, puedan participar en la educación de los más jóvenes ciudadanos, tal como lo habían hecho antes, hasta la nacionalización de la educación a raíz de los conflictos iniciales entre el Estado y la Iglesia ; aunque también fueron nacionalizadas incluso las escuelas que no habían tenido conflicto con el nuevo Gobierno revolucionario. Y, según la última cita, tampoco habría motivos para una impugnación racional del acceso a los medios de comunicación por parte de la Iglesia. Nótese , por otro lado, que estos reconocimientos al derecho de la Iglesia a participar en la educación y hacer uso de los medios de comunicación nacionales, se producen teniendo como marco de referencia la Constitución de 1976, es decir, antes de las modificaciones constitucionales de 1992, que sí declaran la laicidad del Estado y dan garantías a la “libertad religiosa”.
DIFICULTADES PARA EL DIÁLOGO.
¿CÓMO ES VISTA LA IGLESIA ?
Hoy día no existe aún una programación religiosa estable y regular en la radio nacional, que es propiedad estatal. Mucho menos una estación de radio en manos de la Iglesia. Esporádicos mensajes en determinados momentos del tiempo litúrgico, previa solicitud de permiso, es todo cuanto se ha concedido hasta el presente. La cuestión de la participación eclesial en la enseñanza está fuera de la agenda de discusión, si bien en no pocos templos del país se ofrecen cursos informales de superación para jóvenes y adultos sin costo alguno. (14) Estas negativas son, tal vez, consecuencia de una causa que se halla en el sustrato de la ideología que predomina en Cuba, o de la interpretación que se ha hecho de ella. La misma Constitución que declara el Estado laico, en teoría y no en la práctica, declara al Partido Comunista de Cuba como “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, tanto en la teoría como en la práctica, y a él corresponde organizar y orientar “los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. (15)
Un Estado –y Gobierno– socialista puede considerar la posibilidad de un sano competidor social que, como él, busque el bien común de la sociedad contribuyendo en campos como la educación o la salud. Pero un Estado que, mediante su Ley fundamental, concede al partido único el privilegio de ser considerado como la única fuerza capaz de organizar la sociedad y conducirla hacia el indescifrable comunismo, demanda la subordinación del ciudadano, las instituciones, leyes y organizaciones sociales a sus necesidades e intereses, porque se ve a sí mismo como el bien común. De este modo, pareciera que no puede permitir la sana competencia de otras iniciativas independientes, sean grupales o individuales, que favorezcan a la sociedad; por el contrario todo acto en este sentido se percibe como deslealtad, competencia indebida y conspiración de potenciales enemigos. La premisa que coloca al Partido por encima de todo, condena al Estado a actuar siempre a la defensiva, al acecho de enemigos de todo tipo, y no sólo en materia religiosa. (16) Y esto precisamente en un país donde, a pesar de la experiencia vivida, de la secularización social como resultado de las políticas revolucionarias y su proyecto socialista desde la concepción científica del mundo, con la pretensión de establecer una “imago mundi desembarazada de cualquier perspectiva religiosa”, (17) ya en la década de los ochenta del pasado siglo, antes de la desaparición del bloque soviético, de la aguda crisis en la sociedad cubana y del llamado “periodo especial”, la mayoría de la población en Cuba poseía “elementos religiosos en su conciencia", siendo “reducida” la proporción de quienes se podían catalogar como “no creyentes”. (18)
Este fundamentalismo ideológico y su suspicacia acompañante, podría explicar, unas veces, el desconocimiento y, en otras, cierto desdén, hacia la naturaleza y misión de la Iglesia. La mirada en clave político-ideológica que se hace desde el poder se convierte en un péndulo oscilante que se mueve entre las dos únicas categorías con las cuales, por mucho tiempo, el Estado ha entendido a la Iglesia : “aliada o enemiga”. (19) Así, cuando en el extenso Documento Final del ENEC de 1986 y en un contexto de aparente solidez política, la Iglesia se refiere tanto a los esfuerzos practicados en Cuba para promover derechos esenciales que incluyen la alimentación, la asistencia médica o la educación, (20) como a las restricciones a la libertad religiosa y a otras libertades civiles, (21) estas afirmaciones no impiden que los eclesiólogos oficiales perciban en la Iglesia una “disposición de entendimiento y de participación” (22) en el proyecto socialista impulsado por el Estado cubano. Sin embargo, cuando en la carta pastoral “El Amor todo lo espera” de 1993, y en plena crisis que vive la población, la Iglesia apela a la “concepción dialéctica y antidogmática con que se autodefine el marxismo” para buscar caminos nuevos en la solución de los problemas, recuerda otra vez los esfuerzos del Estado “por promover la salud, la instrucción y la seguridad social” como prueba de “esperanza” en la capacidad del Estado para “proponer soluciones que inicien cambios sustanciales” y “hacer frente a las nuevas formas de pobreza” que vive el país, (23) al tiempo que propone un cambio de actitud en “las limitaciones impuestas, no solo al ejercicio de ciertas libertades, lo cual podría ser admisible coyunturalmente, sino a la libertad misma”, (24) y rechazan, una vez más, el embargo que mantiene Estados Unidos contra Cuba, (25) el documento es interpretado como una nueva manifestación pública de la “hostilidad” de la Iglesia hacia el Estado socialista. (26)
Entre ambos periodos, un Informe del Departamento de Estudios Sociorreligiosos fechado en La Habana en mayo de 1992, en el que se muestran las conclusiones de un estudio realizado sobre las publicaciones católicas más difundidas en la época, (27) el monitoreo de 115 homilías durante los años 1990-91 en La Habana y Santiago de Cuba, la encíclica Centesimus annus de Juan Pablo II, y otros documentos del magisterio eclesial, concluye que las concepciones políticas sobre el socialismo y el marxismo que tiene la Iglesia Católica en Cuba son “coincidentes con las del imperialismo”, es decir, el enemigo de la Revolución cubana. El informe “pretende demostrar”, además, que la “dirección eclesial cubana” de entonces, aspiraba a “desempeñar un papel social y político protagónico” que le permitiera “acelerar las transformaciones que estima inminentes en la sociedad cubana”. (28)
¿CÓMO LA IGLESIA SE VE A SÍ MISMA?
Como he dicho antes, los contactos y encuentros de los últimos tiempos sugieren que el péndulo comienza a alejarse del extremo que indica “enemiga”. Pero como hasta el presente no hay ningún acuerdo o instrumento legal con el Estado, que reconozca de una vez por todas la misión de la Iglesia , su personalidad jurídica y sus derechos como institución de derecho público, único modo de garantizar la verdadera libertad religiosa y el desarrollo de las relaciones provechosas para las partes y para la sociedad en general, estas percepciones sobre la Iglesia , y sus consecuencias prácticas, tienen plena vigencia.
Pero ¿cómo se ve la Iglesia a sí misma?, y ¿qué dicen de ella tanto los obispos como los sacerdotes y fieles? En septiembre del año 2003 los obispos estimaron conveniente hacer público un texto para esclarecer su posición en medio de la sociedad cubana. Era un momento de singular confusión, cuando se daba marcha atrás a las tímidas reformas iniciadas en la última década del pasado siglo, el gobierno de George W. Bush endurecía su lenguaje y acciones contra el gobierno cubano y no ocultaba su deseo de manipular a la Iglesia con fines políticos. Además, en esos momentos se hacían sentir con más peso, en el interior de la Iglesia , los criterios y actitudes de los nuevos conversos, entre ellos declarados simpatizantes del gobierno, algunos militantes del Partido y la Juventud comunistas estremecidos –una vez más– por la doble fidelidad. Por otro lado, y no menos importante, meses antes el movimiento opositor había sido seriamente reprimido cuando 75 personas fueron detenidas, sometidas a juicios sumarios y condenadas a largas sentencias. Como consecuencia de ello se produce el congelamiento de las relaciones con la Unión Europea. Lo que se ha conocido como “batalla de ideas” había alcanzado entonces el clímax. Es en este contexto que aumentan los contactos con las autoridades cubanas, las procesiones religiosas públicas se incrementan cada año en determinadas fiestas del calendario litúrgico, acompañadas de mensajes episcopales en la radio, algunos templos que habían permanecido ocupados por las autoridades durante muchos años son devueltos a la Iglesia y, por primera vez en cincuenta años, se concede permiso para construir un nuevo Seminario. Aún así, estos gestos se limitan exclusivamente a una de las manifestaciones de la misión de la Iglesia : el culto.
En el documento La presencia social de la Iglesia , los obispos se dirigen tanto a los católicos como al Estado cubano, sus opositores y a quienes consideran que la Iglesia es una alternativa de poder. A tono con todo lo dicho anteriormente, los obispos declaran su percepción de que existe en el país “una lucha sutil contra la Iglesia ” (29) ante el temor de que esta pueda “sustraer fuerzas o energías a la revolución”. (30) Considerando la permanencia de abundantes controles burocráticos, los testimonios de algunos militantes comunistas ahora católicos, las restricciones para la acción social y caritativa de la Iglesia , es decir, para la verdadera libertad religiosa, los obispos tenían motivos más que suficientes para percibir que desde el aparato ideológico se estrenaba ahora una “lucha sutil” contra la Iglesia.
No obstante lo anterior, insisten una vez más en la misión social de la Iglesia , en la necesidad de un reconocimiento legal desde las mismas leyes vigentes en Cuba y, al parecer, responden también a quienes pudiera preocupar un reacomodo de las relaciones con el Estado cubano: “ La Iglesia Católica está presente en medio de la sociedad al igual que las demás confesiones religiosas. Tiene derecho a un estatuto específico que le permita cumplir su misión; la satisfacción de este derecho no es un privilegio. Por ello es poco realista y puede pecar de espiritualismo vacío una ruptura total de la Iglesia con los poderes públicos, porque deja a un lado las relaciones indispensables que todo grupo social se ve obligado a mantener con la sociedad política y sus autoridades”. (31) La Iglesia , no sin esfuerzo, logra mantener una posición que la distingue entre las partes presentes en el prolongado conflicto cubano, y vuelve a invitar a un “diálogo constructivo y reconciliador” entre todos los nacionales, sin ignorar que esta idea “no es bien acogida, tanto por las autoridades del país como por algunos cubanos radicados fuera de la Patria ”. (32)
Con frecuencia, en los últimos tiempos, científicos sociales y funcionarios gubernamentales han pretendido explicar las divergencias con la Iglesia a partir de un supuesto alejamiento entre los obispos y los fieles. Por supuesto que puede existir una gama variadísima de interpretaciones, percepciones y sentimientos sobre la realidad nacional. Pero esto no significa que los obispos actúen de modo aislado sin tener en cuenta los criterios, interpretaciones, percepciones, aspiraciones y sentimientos de quienes componen la Iglesia , tanto laicos, como sacerdotes, religiosos y religiosas. No digo que forzosamente cada mensaje episcopal sea suscrito ciento por ciento por todos los miembros de la Iglesia , pero tampoco han sido de un tipo que haya provocado rupturas o impugnaciones significativas, al menos no dentro de Cuba.
La Iglesia se conoce a sí misma, sus potencialidades y límites, tanto humanos como espirituales. A inicios del presente siglo, y con vistas a establecer un Plan Pastoral nacional sólido y coherente, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC) realizó dos encuestas en las once diócesis cubanas: una parroquial y otra personal. En el año 2002 se pudo aplicar y tabular la encuesta personal, que arrojó datos importantes de primera mano sobre las personas que se reconocen católicas y asisten al templo de forma regular. Se buscaba conocer no solo quiénes componen la Iglesia y cómo viven su espiritualidad, sino también qué piensan los fieles sobre: la Iglesia , sus fortalezas y debilidades, sus pastores, cuáles deben ser las prioridades eclesiales, qué esperan del futuro. Se indagó además sobre lo que piensan los católicos de la sociedad en que viven y cuáles son sus preocupaciones y miedos, entre otras cosas. Algunas cifras resultan de interés para ilustrar el tema que nos interesa ahora.
A partir de una muestra estratificada aplicada a 3411 personas, (33) lo primero que resulta de interés es que tan solo el 25% de los católicos habían estado toda su vida en la Iglesia , y el otro 75% había llegado en los anteriores 15 años, es decir, un incremento iniciado a mediados de la década de los años ochenta del pasado siglo. De entre estos últimos, el 47,9% había estado alejado un tiempo de la Iglesia , algunos más de veinte años, o sea, desde los años del enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado (38,7%). Por tanto no estamos ante una feligresía de raíces eclesiales profundas, lo cual se corresponde con la experiencia política vivida en el país y lo que ello significó para la Iglesia y la religiosidad del pueblo cubano en general. No obstante lo anterior, y quizás por lo mismo, cuando se intentó medir de algún modo la situación económica de los fieles y se preguntó cuál era su mayor necesidad, el 53% consideró que era la espiritualidad, y el 31% la formación religiosa. De modo que la necesidad de alimentar el espíritu superó a la de alimentar el estómago, excepto en las diócesis orientales, donde las necesidades materiales básicas eran mucho mayores que en el resto del país.
Al indagar sobre las fortalezas de la Iglesia , entre los criterios ofrecidos predominaron “la fe y entrega a Jesucristo” (63,9%) y “la unidad” (54%). En cuanto a las debilidades que los fieles ven en la Iglesia , el criterio más extendido fue “la falta de agentes pastorales” (56.1%), seguido de “la falta de compromiso” (48,4%). Sobre las prioridades que debe tener la Iglesia , los católicos cubanos colocaron en primer lugar “la familia” (63%), seguida de “la espiritualidad” (53,8%), la “formación” religiosa (50,5%), y como cuarta “ganar más espacio en la sociedad” (40%). Sin embargo, al escrutar sobre las aspiraciones que tienen como católicos para con la Iglesia , predominaron las de alcance social: “más espacio en la sociedad para cumplir su misión” (67,1%); “participación en el sistema educativo” (66,3%); y “más presencia en los medios de comunicación” (61,3%).
Por último, cuando se indagó sobre la sociedad y cómo se vislumbra el futuro, resultó que predominó una visión pesimista (49,9%) sobre la optimista (42,5%). En esta mirada sobre la relación fe-sociedad, al preguntar cuál era el mayor temor de los católicos, prevaleció el temor de que la Iglesia sea presionada nuevamente (44,0%), anterior incluso a preocupaciones por la ruptura familiar (42,9%) y el futuro de los hijos (42,7%). Si recordamos que el 47,9% de los católicos había estado alejado de la Iglesia y regresado a partir de la década de los ochenta, se comprende este temor predominante. En la memoria íntima de la vida nacional ha quedado grabado el enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado inmediatamente después de la Revolución de 1959, una experiencia que nadie desearía volver a vivir. Por ello, al soñar en el mañana, la mayor aspiración manifestada era ver una Cuba transformada (48%); la desaparición del periodo especial (11,8%), el fin del bloqueo (8,1%), o de los problemas cotidianos (6,2%). Para algunos no había más esperanza que la de la vida eterna (9,1%), o salir del país (4,3%). Mientras que solo el 1,5% esperaba todavía la realización de los ideales de la Revolución.
LA HORA PRESENTE
Cuando el 31 de julio de 2006 los cubanos, y el mundo, conocimos la noticia de que el presidente Fidel Castro, debido a serios problemas de salud, cedía con carácter temporal sus responsabilidades al vicepresidente Raúl Castro, una especie de estremecimiento se apoderó de todos. Aparentemente el traspaso de poderes estaba “amarrado”, como suele decirse en Cuba, pero todos compartíamos el sentimiento de que una nueva etapa se iniciaba.
La Iglesia se pronunció. El 3 de agosto el Comité Permanente de la COCC emitió una declaración en la que se hacía eco del “momento especialmente significativo” (34) para los cubanos y compartía la “preocupación” de los fieles, a quienes pidió oraciones para que Dios “acompañe” a Fidel Castro en su enfermedad e iluminara a quienes recibían la nueva responsabilidad de atender el gobierno de la nación. Pero sabían que la “preocupación” rebasaba el ámbito eclesial, de ahí que las oraciones y súplicas debían ser también para que “ninguna situación externa o interna” perturbara los deseos de paz y fraterna convivencia de los cubanos. De este modo los obispos no estaban pidiendo otra cosa que asegurar la estabilidad del Estado cubano. Ante circunstancia semejante no se podía callar, y el mensaje de la COCC fue bien acogido por todos los que de un lado o de otro, compartían la “preocupación” ante la nueva situación.
El 25 de febrero de 2008, el pleno de la COCC volvió a emitir otra declaración oficial. Fidel Castro no volvería a ser presidente de Cuba, el puesto lo ocuparía Raúl Castro, elegido presidente el 24 de febrero mientras el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa Sede , visitaba la Isla para conmemorar el décimo aniversario de la visita de Juan Pablo II. El cardenal Secretario de Estado se convirtió, coincidentemente, en el primer oficial extranjero en ser recibido por el nuevo presidente. El gesto era sumamente significativo. El mensaje de los obispos se correspondía ahora con lo que parecía ser una nueva realidad. En los dieciocho meses transcurridos desde el 31 de julio de 2006, el presidente interino había dado muestras de un estilo distinto de gobernar. Habló de cambio, un término usualmente relegado y asociado a planes enemigos. El anuncio de cambios en las estructuras y los conceptos aplicados en el gobierno del país, acompañado de una invitación a los ciudadanos a expresar con “claridad y valentía” sus preocupaciones y angustias, generó nuevas expectativas y esperanzas. No solo el mensajero era distinto, también lo era el mensaje, al menos distinto dentro de la aparentemente inamovible realidad cubana. La Iglesia no lo entendió como ruptura con la etapa anterior, lo cual era ilógico, sino como una nueva etapa del proceso social.
Ante esta situación los obispos ofrecieron en su nuevo mensaje un “voto de confianza” al presidente Raúl Castro y su gobierno, volvieron a invocar sobre ellos “la luz de lo Alto” para que pudieran poner en práctica “con decisión” las “medidas trascendentales” que satisficieran “las ansias e inquietudes expresadas por los cubanos” y sus esperanzas de mejoramiento en las condiciones de vida. Una vez más la Iglesia , representada por sus pastores, se hace eco del reclamo popular y declara la importancia de la estabilidad del Estado como responsable de procurar el bien común de toda la sociedad y reconoce su capacidad para iniciar las reformas demandadas por los cubanos, porque es precisamente esto lo que da sentido y justificación a su autoridad. Durante todo este tiempo, y a pesar de que los cambios prometidos han perdido velocidad o al menos no van a la velocidad que muchos esperan, desean y necesitan, la Iglesia no ha dejado de alentar esos cambios, así como toda otra medida que pueda hacer más normal, agradable y llevadera, la vida de los cubanos.
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QUÉ ESPERA LA IGLESIA DEL ESTADO
Y QUÉ OFRECE A LA SOCIEDAD CUBANA
El Estado cubano no tiene en la Iglesia ni un aliado ni un enemigo. La Iglesia no espera ningún privilegio. En todo caso, para sí misma, el reconocimiento de su derecho a cumplir en libertad su misión en medio de la sociedad cubana, según estipula la Constitución de la República de Cuba en cuanto al respeto, reconocimiento y garantía de la libertad religiosa. Es de primera importancia para la Iglesia , y toda la sociedad, la libertad religiosa, la cual “consiste –según la define el Concilio Vaticano II– en que todos los hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites… Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de forma que se convierta en derecho civil”. (35) Sobre la libertad religiosa fue mucho más explícito el Papa Juan Pablo II cuando reclamó para la Iglesia “libertad de expresión, de enseñanza, de evangelización; libertad de ejercer el culto públicamente; libertad de organizarse y tener sus reglamentos internos; libertad de elección, de educación, de nombramiento y de traslado de sus ministros; libertad de construir edificios religiosos; libertad de adquirir y poseer bienes |
adecuados para su actividad; libertad de asociarse para fines no sólo religiosos, sino también educativos, culturales, de salud y caritativos”. (36) La Iglesia admite que, en determinadas circunstancias puede ser válida la limitación de ciertos derechos, pero demanda que estos sean restituidos cuanto antes al cambiar esas circunstancias. (37) La Iglesia aprecia la saludable separación entre ella y el Estado, y aboga por la independencia y autonomía de ambas instituciones, pero afirma que no está separada de la sociedad. Es en la sociedad, en su mejoría y crecimiento material y espiritual, es decir en el bien común de la sociedad cubana, donde existen campos de posible colaboración entre la Iglesia y el Estado, como son la familia, la educación de las nuevas generaciones, la salud pública y la asistencia social. Un buen ejemplo de esto último lo constituye la creciente participación de Caritas-Cuba ante distintas necesidades sociales. Ha habido que vencer ciertas resistencias, rezagos de la desconfianza y aquella actitud a la defensiva que teme el supuesto protagonismo de la Iglesia , pero ha sido un avance importante.
Como he intentado exponer antes, no son la ideología ni las leyes propiamente lo que condiciona las restricciones, sino la interpretación que de ellas hacen los hombres. Por ello la Iglesia apela una y otra vez a la conciencia de quienes ejercen la autoridad a poner al día no solo las leyes y políticas que regulan y afectan la vida de los ciudadanos, sino también a empeñarse por corresponder a sus necesidades espirituales y materiales de hoy, de algún modo distintas a las de hace treinta o cuarenta años.
Con el desarrollo y puesta al día de su Doctrina Social, la Iglesia no ha ocultado su parecer sobre los beneficios de una sociedad democrática, al menos en sus principios generales. La democracia no se define de forma unívoca, sino que acomoda ciertos principios generales a la cultura, intereses y tradiciones de los pueblos, mientras que el ejercicio de esos mismos principios impulsa la madurez política y el progreso de toda la sociedad. Al considerar que el bien común interesa y debe comprometer a todos, la Iglesia estima que en una sociedad que practique la democracia se dan tres elementos importantísimos en la promoción del compromiso de los ciudadanos y el progreso social:
- La participación en la vida pública abre a los hombres hacia nuevas perspectivas para obrar el bien;
- El contacto frecuente entre los ciudadanos y los funcionarios públicos permite que los últimos se percaten más fácilmente de las exigencias del bien común;
- La sucesión de los titulares en el gobierno impide su desgaste y favorece su renovación, lo que está en consonancia con la evolución de la misma sociedad. (38) |

“Hay bajo el Sol un momento para todo, y un tiempo
para hacer cada cosa...”
Eclesiastés 3.1 |
CONCLUSIÓN
Es de suponer, por ser conveniente para toda la sociedad, que los contactos e intercambios recientes continúen y permitan establecer las bases de un diálogo verdadero y fructífero entre el Estado y la Iglesia. La Iglesia mantiene las esperanzas en ese diálogo, y algunos gestos recientes de parte de las autoridades del país, potencian esa esperanza. Incluso cuando la Iglesia reflexiona sobre una mejora de estas relaciones, lo hace pensando en los beneficios que ello podría representar para los cubanos en general. El Cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana , lo expresó así el 1º de enero de 2009: “A veces, mirando la trayectoria recorrida, pienso que este camino de la Iglesia en la sociedad cubana podría ser paradigmático para continuar avanzando en otras esferas sociales, políticas y económicas del país, donde se necesitan y se esperan mejoramientos que implican también pasos nuevos, quizás audaces, pero que estoy seguro redundarán en bien para todo el pueblo”. (39)
No corresponde a la Iglesia dictar el mejor modelo de gobierno a seguir. Ella misma se ha convertido en verdadero espacio de pluralidad en la sociedad cubana, pues entre los católicos de hoy es posible encontrar tanto a quienes se identifican con el gobierno actual como los que se oponen a este, y entre estos últimos hay católicos de las más variadas tendencias. Corresponde a los ciudadanos cubanos todos, gobernantes y gobernados, comunistas o no comunistas, creyentes, ateos y agnósticos, iniciar una etapa de renovación en la que sea posible definir, de modo consensuado, la vía más conveniente para lograr la convivencia de las diferencias, el progreso económico y la madurez política, de modo que quienes formamos la nación cubana podamos sentirnos partícipes y responsables de un proyecto común. La Iglesia desea acompañar este proceso y continuará animando y abogando por su desarrollo.
* Este trabajo se preparó para ser presentado en el Panel “ Derecho y Sociedad: Los nuevos retos ” , del Encuentro Científico Internacional “ Escenarios sobre Cuba: Sociedad y Derecho ” , organizado por la Universidad de Alicante y el Ministerio de Educación Superior de Cuba. El Encuentro, programado para los días 10-12 de marzo pasado en la sede de la Universidad de Alicante, fue cancelado.
Notas:
(1) Constitución de la República de Cuba, artículo 8.
(2) Juan XXIII, Carta encíclica Mater et magistra , nº 65.
(3) Ibid.
(4) Fidel y la religión. Conversaciones con Frei Betto , ed. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana , 1985, pág. 214.
(5) Hacia 1997 la Iglesia había contabilizado 123 templos que permanecían ocupados por las autoridades en todas las diócesis de Cuba, de ellos se han devuelto algunas decenas en la última década. La cifra de “templos ocupados» no incluía los templos y capillas ubicadas dentro de edificaciones hospitalarias y educacionales. El término “ ocupado ” indica que nunca se asumió como expropiado.
(6) Fidel Castro. Ob.cit. págs. 207, 213, 215, 224-225.
(7) ENEC, Documento Final, nos. 55-58, 60. Tipografía Don Bosco, Roma, 1987, páginas 41-42.
(8) Declaración del Comité Permanente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, La Habana , 7 de octubre de 1993.
(9) Los Obispos Católicos de Cuba, Instrucción Teológico-Pastoral La Presencia Social de la Iglesia , La Habana , 8 de septiembre de 2003.
(10) Fidel Castro. Ob. Cit. Página 216.
(11) Ibíd. Página 217-218.
(12) Reunión del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba y Presidente del Consejo de Estado y del Gobierno, con los representantes de las iglesias de Jamaica, el 20 de octubre de 1977, “ Año de la Institucionalización ” , en Granma , 3 de noviembre de 1977, páginas 2-4.
(13) Agradezco al doctor Suárez Cobián por las conversaciones que sostuvimos y los textos que me facilitó, muy útiles para desarrollar este punto.
(14) Se trata de cursos de idiomas, computación, literatura, entre otros. La mayor parte de los beneficiados no son católicos.
(15) Constitución de la República de Cuba, art. 5.
(16) De ahí, tal vez, su inmovilismo en materia económica o política.
(17) Annet del Rey Roa y Yalexi Castañeda Mache, El reavivamiento religioso en Cuba , revista Temas , Nº 31:93-100, octubre-diciembre de 2002.
(18) Jorge Ramírez Calzadilla, Religión y relaciones sociales. Un estudio sobre la significación sociopolítica de la religión en la sociedad cubana , Ed. Academia, La Habana , 2000, pág. 82. El concepto “ elementos religiosos en su conciencia ” es ambiguo y no da una idea clara sobre iglesias y grupos religiosos, una fórmula muy recurrida por los investigadores y científicos sociales del Departamento de Estudios Sociorreligiosos (DESR) del Centro de Estudios de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) de La Habana , de donde se nutren también otros funcionarios cubanos. De este modo se refuerza la imagen, no totalmente errada, de que la “ religiosidad típica de la sociedad cubana ” es de carácter sincrético-popular y que, por el mismo hecho, la influencia de la Iglesia Católica en la sociedad es necesariamente de baja intensidad. Según el sondeo del DESR, para fines de los 80 la población no creyente en Cuba rondaba el 14%.
(19) Los Obispos Católicos de Cuba, Ob. Cit. N. 45.
(20) Cf. ENEC, ob. Cit. N. 170.
(21) Ibíd. N. 171.
(22) Jorge Ramírez Calzadilla, ob. cit. Página 143.
(23) N. 56.
(24) N. 48.
(25) N. 34
(26) Jorge Ramírez Calzadilla, ob. cit. página 143.
(27) Se trata del suelto dominical Vida Cristiana , editado por la Compañía de Jesús, única publicación que llega a todos los templos del país, y del boletín Aquí la Iglesia o La Voz del Obispo , publicación de la Iglesia en La Habana , en la que el arzobispo Jaime Ortega se comunicaba con los fieles sobre temas de interés tanto eclesiales como sociales.
(28) Departamento de Estudios Sociorreligiosos, CIPS-ACC, Informe parcial de Problema Principal de Ciencias Sociales “ Condiciones de reproducción, tendencias y significación para la sociedad y el individuo, del fenómeno religioso en Cuba ” , La Habana , mayo de 1992.
(29) N. 47.
(30) Ibíd.
(31) N. 48.
(32) N. 51.
(33) Todos los datos son tomados del Informe Provisional “ Iglesia en Cuba ” , elaborado por la COCC en octubre de 2002.
(34) Nota del Comité Permanente de la COCC A todos los fieles católicos de Cuba , La Habana , 3 de agosto de 2006. La nota fue leída en todos los templos católicos el domingo 6 de agosto.
(35) Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae , N.3
(36) Cf. Carta a los Jefes de Estado firmantes del Acta final de Helsinki , 1-9-1980. Citado en Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica , del Pontificio Consejo “ Justicia y Paz ” , Ed. BAC/Planeta, Madrid, 2005, página 215.
(37) Cf. Gaudium et spes . N. 75.
(38) Juan XXIII. Pacem in terris , n. 25.
(39) Cardenal Jaime Ortega, homilía durante la celebración de la Jornada Mundial de Oración por la Paz , Catedral de La Habana , 1º de enero de 2009. Publicado en Palabra Nueva , Nº 181, enero 2009. |
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