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Esta reflexión fue leída en el Aula Bartolomé de las Casas, del Convento de San Juan de Letrán de los Padres Dominicos, el pasado jueves 29 de abril. Sírvanos hoy de texto para las acostumbradas apostillas.
---Cabalgando en brioso corcel para llegar a tiempo a la corrida de toros o a la pelea de gallitos criollos |
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San Pablo. El Greco. |
REFLEXIÓN:
El cristianismo ante
los cambios globales |
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| 1. Quienes han programado estos encuentros del Aula Fray Bartolomé de las Casas, en el querido convento de los Padres Dominicos de La Habana, difícilmente podrían haber encontrado un tema más abarcador que el sugerido por el título propuesto. Los dos términos, “cristianismo” y “cambios globales”, relacionados por la preposición “ante”, podrían encerrarnos en esta sala durante |
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| muchas sesiones. Y como eso no lo desean Vds., ni tampoco los Padres Dominicos, y yo no sería capaz de lograrlo, me estoy atreviendo a suponer que los participantes ya han escuchado y leído mucho y bueno sobre ambos términos y, probablemente, también sobre la relación eventual entre lo que ambos contienen. Por consiguiente, me voy a limitar a trazar algunas pinceladas genéricas que no pretenden otra cosa que esbozar cómo entiendo yo la aproximación a estas cuestiones cuando medito en ellas. |
2. Cristianismo. Identificamos como “cristianismo”, así, en términos generales, a la gran familia religiosa que reconoce a Jesucristo como el Hijo de Dios hecho hombre propter nos homines et propter nostram salutem (por nosotros los hombres y por nuestra salvación); con esa formula del Credo expresamos los cristianos nuestra convicción acerca de la finalidad de la Encarnación de Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las convicciones de Fe de un cristiano reclaman coherencia en la vida. Quien afirma en la Fe que Jesucristo es Quien es, no puede dejar de afirmar que El es camino, verdad y vida y, por lo tanto, se esfuerza por pensar, sentir y vivir en armonía con el camino de Jesús. |
3. La gran familia cristiana está integrada por la Iglesia Católica, las Iglesias Ortodoxas, la Comunión Anglicana, la Luterana, la Calvinista o Reformada y la Iglesia Metodista, así como por los diversos grupos más o menos numerosos, derivados de grupos eclesiales originados en el movimiento de la Reforma. Aunque todos tenemos la misma convicción con relación a la Santísima Trinidad y Jesucristo en particular, no todos tenemos la misma visión de la Iglesia como sacramento de Jesucristo, y actualizadora de la obra de Jesucristo en todo lugar hasta el final de los tiempos. La Iglesia Católica, las Iglesias Ortodoxas y la Comunión Anglicana tienen posiciones muy cercanas al respecto. No se debería excluir de la familia cristiana a los hombres y mujeres que, sin vinculación explícita con una Iglesia o comunidad, se consideran cristianos –y lo son en gran medida– pues confían en el amor mediador universal de Jesucristo y tratan de vivir su existencia terrenal según sus ejemplos y enseñanzas.
4. La concepción de la existencia cristiana como “el camino de Jesucristo” es noción común a toda la familia cristiana. No así la comprensión de autoridad magisterial, para orientarnos por ese camino, en las diversas situaciones que se presentan hasta el final de los tiempos. Esa autoridad magisterial es reconocida a la Jerarquía de la Iglesia por algunas iglesias-miembros de la “familia cristiana”, empero, en este punto se originan diferencias a la hora de tipificar lo cristiano en relación con las realidades mundanas. Por otra parte, la integración de los contenidos de la Fe |
San Basilio. |
–esclarecidos y con frecuencia definidos por el Magisterio eclesial– con la ética, y que, a nuestro entender católico, deriva de ellos, o sea de los contenidos de la Fe, es fuente de diferencias entre las Iglesias y comunidades eclesiales cristianas. Y, precisamente, lo que nos pide el título que hoy nos congrega, es que esclarezcamos la actitud del Cristianismo ante la globalidad contemporánea, fenómeno humano que incluye o debería incluir una vivencia ética del mismo, no un simple pragmatismo, casi siempre egoísta. Pues bien, no hay una actitud única entre los cristianos ante la globalización de nuestro mundo contemporáneo. Es más, aún dentro de una misma confesión cristiana, encontramos diversas posturas. En este ámbito –que es el de lo socio-económico, político y cultural–, no siempre se atribuye a las orientaciones magisteriales que ofrecen las autoridades eclesiales el mismo nivel de “vinculación” con relación a los fieles de esa Iglesia o comunidad eclesial.
5. La Iglesia Católica en los últimos siglos ha desarrollado un magisterio de contenido social (económico, político, cultural) que, a mi entender, no se ha dado en los otros grupos cristianos con tales dimensiones abarcadoras. Este magisterio social de la Iglesia Católica articula esos temas en los que aparecen las eventuales diferencias mencionadas entre el catolicismo y otras confesiones cristianas. Para los católicos, la ética predicada en sus enseñanzas sociales (cuestiones de guerra y paz, relaciones laborales, responsabilidades políticas, promoción de la cultura, etc.) no tiene el mismo peso que las definiciones dogmáticas o éticas que, por su propio contenido, reclaman el mayor grado de adhesión (p.e. las enseñanzas con relación al aborto, la eutanasia, el matrimonio, etc,), ya que las mismas están íntimamente relacionadas con verdades de fe.
6. Globalización. No creo necesario insistir en que no se trata de un fenómeno totalmente nuevo. Ya la civilización helénica se esforzaba por comprender el universo mundo como oikoumenh; es decir, la casa u hogar universal. Y este fenómeno ya es, en cierta medida, una tendencia a la globalización. El pensamiento griego, tanto en su vertiente aristotélica, como en la platónica y en la neoplatónica, tendía a esa “universalización” de la “casa de los seres humanos”, que es el mundo en su globalidad. Ese pensamiento aspiraba, a su vez, a la proyección en las estructuras sociopolíticas y culturales, según el modo de entonces. P.e., ¿Qué fue la gran aventura de Alejandro Magno, el príncipe macedonio discípulo de Aristóteles, sino la concreción de esa utopía universal, estructurada según los cánones del Estagirita? Con posterioridad, el sueño del romano Julio César, sin los altos vuelos de los sueños filosóficos alejandrinos, pero articulados con el espíritu jurídico propio de Roma, no pretendía otra cosa.
7. Por consiguiente, la realidad de fondo en ese fenómeno que calificamos como “globalización” no es nueva en sí. Lo que sucede es que hoy el horizonte humano se ha visto ampliado hasta más allá del propio ambiente y hasta más allá del globo terráqueo. Y junto a esta constatación de horizontes, está la constatación, para bien y para no tan bien, de las posibilidades reales de conseguir tal nivel de globalización que, siglos atrás, no dejaba de ser una “ensoñación” –con el sentido, en alemán, de Träumerei – sin mucha sustancia.
8. La preposición “ante”. Bien incluida en el título, nos dice que el Cristianismo no puede eludir la realidad de la globalización contemporánea. Quizás –no estoy muy seguro de ello– haya realidades terrenales de las que el Cristianismo pudiere prescindir, cerrando los ojos o mirando hacia otro lado, taponándose los oídos, mordiéndose la lengua, adormeciéndose las entendederas y amarrándose las manos y los pies. La globalización no pertenece a este género. Es una especie tal de fenómeno social que exige a toda la familia cristiana tener el entendimiento y el corazón muy despiertos y todos los sentidos bien aceitados, para poder responder, ágilmente y con lucidez, a los reclamos de fidelidad que nos hace el Señor hic et nunc; lo que significa “aquí y ahora”.
9. Un poco de historia. Con posterioridad a los inicios del Cristianismo, tras un cierto proceso de revisión y de purificación de los componentes incompatibles con la Fe cristiana, los cristianos asumimos esa herencia pagana de Atenas, de Alejandría, de Antioquía y de Roma, imbricándola articuladamente, con la concepción bíblica judeo-cristiana, o sea, con la tradición del monoteísmo ético, propio del judaísmo, pero reelaborada por “el hecho de Jesús” y la predicación evangélica y evangelizadora del mismo Jesús y de los Apóstoles. Las pautas mejor conocidas y, probablemente, las mejor articuladas, fueron las elaboraciones de san Pablo. Y así, poco a poco, a golpe de discernimientos, más felices en algunas ocasiones y menos en otras, “bautizamos” esa compleja herencia teológico-ética, incorporándole en su meollo más íntimo una antropología y una eclesiología evidentemente universalistas. Estas elaboraciones no son ajenas a la promoción de lo que hoy conocemos como cultura occidental, a partir de las diversas fuentes de referencia mencionadas y las iluminaciones y sistematizaciones de hombres como: Orígenes, el “creador” de la Teología cristiana; san Basilio, el Grande, obispo de Cesarea de Capadocia; san Agustín, el santo obispo de Hipona, sistematizador de las bases de la cultura cristiana occidental; san Isidoro, el erudito arzobispo de Sevilla, quien a tiempo salvó la herencia cultural universal, clasificando sus componentes en sus monumentales Etimología, etc.
10. Y así comprendimos y aceptamos que la persona humana y el mundo que en ella vive, no han sido fruto de un azar concurrente irracional, sino de un proceso razonable de Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No sólo creador, sino también providente. El cual, después de la aparición de la persona humana en la creación, hace de ella Su colaboradora en la terminación progresiva de la creación y hasta de la realización efectiva de la salvación, por medio de la “mediación” de la Iglesia. Creación y salvación o redención se realizan, pues, por etapas y progresivamente pero, en ellas, la persona humana no es solamente un receptor pasivo, sino también es simultáneamente, un agente subordinado, pero agente al fin y al cabo, por voluntad del mismo Dios. El nos creó sin contar con nosotros, pero no nos salvará sin nuestro concurso. Los Padres de la Iglesia llamaban oikonomíiía a este proceder de Dios, progresivo y dialogal, en el que la responsabilidad humana no sólo no desaparece, sino que se ejercita y alcanza sus cimas más altas.
11. Con posterioridad al tiempo de los Padres de la Iglesia, griegos y latinos, o sea, después de los siglos V y VI, en la herencia de los filósofos, teólogos, y pastores –es decir, de las cabezas pensantes bien amuebladas de la Iglesia –, en las diversas latitudes geográficas y espacios culturales, que se iban abriendo a la realidad cristiana por vez primera (centro y norte de Europa, regiones eslavas), la reflexión cristiana y la acción pastoral, evangelizadora, se hicieron continuidad y simultáneamente novedad. La cuestión medular continuaba siendo análoga a la que se habían planteado los Apóstoles y los Padres: cómo incorporar a esos pueblos nuevos en el ámbito de la Iglesia, cómo lograr que sus hombres y mujeres – que hasta poco antes habían sido, simplemente, barbaroi –, fuesen capaces de ser ciudadanos activos de la Civitas Dei, el único camino a sus ojos para ser plenamente personas humanas, volcadas a la intimidad de Dios. Y esta renovada y ampliada concepción global del mundo cristiano medieval, supo asentarse sobre las concepciones de sus antepasados en la Fe, pero supo también incorporar precisiones. ¡A golpes de oración, conocimiento, reflexión, acción evangelizadora y enriquecimientos “culturales” y hasta “biológicos”!
12. Si continuamos serpenteando por las diversas etapas de nuestra Historia meándrica, después de los asentamientos de las nuevas convicciones medievales – no siempre claras, mas no siempre oscuras – nos encontramos con ese golpazo que, en materia de globalidad, trajo consigo el Renacimiento, con las diversas ampliaciones producidas por los “descubrimientos” científicos y técnicos que permitieron el “descubrimiento” de América, en cierto modo preparado por los viajes de Marco Polo al Extremo Oriente y por los contactos – de los que menos se habla y se escribe –, con el mundo vikingo de las zonas más al norte: los países bálticos, escandinavos, Islandia, Groelandia y, quizás, hasta la península del Labrador y las regiones mas norteñas del actual territorio de los Estados Unidos de Norteamérica. En el siglo XVI, una visión elemental pero real del globo terráqueo, ya era moneda adquirida e iba a delimitar las otras globalidades, las del orden de la vida y de la muerte, así como las relativas a la comprensión de las mismas, cuya expansión se logró gracias al invento de los inventos, para la época, en materia de globalización: la imprenta. A mi entender, comparable solamente con la revolución contemporánea en el mundo de las telecomunicaciones. Adquiere entonces nuevo valor el verso de Virgilio: Macte nova virtute, puer, sic itur ad astra! (¡Ánimo con valor nuevo, joven, así se llega hasta los astros!). |
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Santo Tomás de Aquino. |
13. He ahí un ejemplo muy evidente de la relación entre un descubrimiento en Occidente, como fue la imprenta, y la globalización, entendida al menos como expansión y, hasta en cierto grado, como homogenización de la cultura, incluyendo en ella la Religión. ¿Hemos pensado en las consecuencias positivas del hecho de la imprenta? ¿Hemos pensado que esa realidad buena acarreó también consecuencias que no fueron buenas? La imprenta ha servido para difundir las buenas ideas y aciertos, pero también ha puesto en manos de los lectores una gran cantidad de errores. ¿Tenemos por eso que condenarla? Creo que hoy a nadie se le ocurriría hacerlo porque, puestas en la balanza las obtenciones positivas para la humanidad gracias a la imprenta, y las negativas (mayor difusión de errores), las positivas inclinarían siempre la balanza a su favor. Amén de que el mayor acceso a la cultura ha contribuido a un mayor desarrollo del espíritu crítico, de la capacidad de discernimiento, muy limitada hasta entonces debido a la casi total imposibilidad de acercamiento a las fuentes del conocimiento.
14. Después del Renacimiento y del Barroco, y de sus logros y sus ambigüedades, la Ilustración –o Iluminismo, Aufklárung, Enlightement – enfatizó el poder de la razón humana y ello, unido a los descubrimientos científicos y técnicos de los siglos XVIII y XIX, dio paso a un racionalismo más radical, que en algunos ámbitos llegó a ser cientificismo. La Modernidad resultante en esos ámbitos no sólo se nutrió de los nuevos descubrimientos y avances tecnológicos para expandir el concepto de “globalidad”, sino que también añadió una cierta filosofía o manera de explicar el fenómeno de la globalización que, me parece, no siempre tuvo |
| en cuenta sus componentes provenientes de una sano humanismo y, mucho menos, los enfoques provenientes de la Fe. Porque –creo que todos estaríamos de acuerdo –, antes que realizaciones muy concretas, la Ilustración fue Filosofía, en una época en la que no estaba bien encuadrado el diálogo Fe-Razón. Una de las consecuencias de esa Ilustración –y de otras causas políticas y económicas – fue la Revolución Francesa ; otra fue la concepción imperial de Napoleón Bonaparte, que quiso poner un “orden razonable” ante los excesos de la misma Revolución, de la que él provenía, y del “Régimen del Terror”, implantado por Maximilien Robespierre a golpes de racionalismo extremista –lo que le costó la cabeza al propio Robespierre –, así como realizar la soñada unidad universal. ¡De nuevo nos asalta la oikoumenh, no muy bien comprendida por el militar corso que llegó a ser emperador, coronado por el Papa a quien había maltratado tanto! |
15. A estos componentes, de fines del siglo XVIII e inicios del XIX, atendió la enseñanza social de la Iglesia, elaborada, de manera sistemática, en el seno de la Iglesia Católica, precisamente a partir del siglo XIX, y de sus revoluciones, burguesas unas y otras no tanto, de sus textos “socialistas”, del desarrollo del movimiento obrero, de la promoción de los diversos nacionalismos, etc. El magisterio eclesial católico, en algunas ocasiones con más acierto que en otras, no ha cesado de añadir nuevas iluminaciones al compás de la evolución de nuestra realidad global.
16. En mis años de juventud, hace ya varios decenios, cuando se hablaba del hecho de la globalización –aunque entonces se prefería el término “planetarización”– se subrayaban los componentes más bien geográficos del mismo. Se utilizaba el término en aras de bautizar la realidad creciente de la comunicación entre todos los puntos del globo terráqueo y esta comunicación se centraba en la multiplicación y rapidez de los viajes, así como en las posibilidades que las nuevas tecnologías aportaban. Por ejemplo, que un hecho sucedido en Tailandia pudiera ser conocido casi inmediatamente en América y en Europa; y viceversa. Y a ese fenómeno se le llamaba “planetarización”. Por esa misma época, después de la Segunda Guerra Mundial, se comenzó a desarrollar, con insistencia creciente, la constatación de que “la revolución de las comunicaciones” no se limitaba solamente al hecho del conocimiento – lo cual ya no es poco –, sino que traía consigo una evolución de los criterios, de los modos de vida, de la comprensión de la misma, etc. O sea, que “la revolución de las comunicaciones” traía consigo, a la larga y a la no tan larga, una “revolución cultural” que tendería, en principio, a una suerte de homogenización universal de signo ambiguo. No se trataba de otra cosa distinta esencialmente; se trataba de la “globalización” de la que tanto hablamos hoy, tanto los tirios como los troyanos, con relación a las comunicaciones, la economía, la cultura, la política, etc.
17. Para nosotros, hoy, en principio, la realidad del fenómeno de la globalización parece creciente en ámbito y en componentes. O sea, gústenos o no, es un fenómeno que ya existe, es expansible y, al menos por el momento, no se le ven ni decrecimientos ni, mucho menos, punto final. La aparición constante de nuevos medios de comunicación en el marco de la “red” (Internet), les han impreso una velocidad nueva y un horizonte imprevisible. Cuando algo cae en la Internet, ya sabemos que, inmediatamente, puede llegar a cualquier parte. Los controles técnicos que se pretenden implantar – por razones o sinrazones económicas, ideológicas, políticas o religiosas –, tarde o temprano son saltados por los usuarios que se interesan en estas cuestiones. No todo en este proceso nos resulta positivo, pero tampoco nos resulta, simplemente, un conjunto de realidades negativas. Desde la mirada de la ética cristiana, se imponen, pues, el discernimiento y, si fuere el caso, la acción consecuente, pero a mi entender, deberíamos exorcizar toda clase de miedos ante esta novedad. Me parece que la revolución cultural, la evolución rápida de las comunicaciones y el creciente movimiento hacia la globalización, no sólo económica, sino también y sobre todo cultural, nos presenta problemas pero, al mismo tiempo, nos llama a renovar nuestra fidelidad a Dios Creador y Providente y nos ofrece nuevos medios de evangelización. ¡Y eso es bueno, muy bueno!
18. Cuando nos habituamos a cabalgar en un penco viejo o en una yegua destartalada, llegamos a sentirnos cómodos y seguros. Pero, ¿qué duda nos cabe frente a un hermoso corcel, joven y brioso? La simple visión del mismo, con sus músculos en tensión y su piel estirada y brillante, con sus patas anteriores y sus ancas inquietas, nos proclaman que ese animal sería mucho más efectivo para la andadura que el penco viejo o la yegua destartalada, y que deberíamos cabalgar en él, aunque su doma no nos resultare fácil. Y en realidad, cuando nos cambiamos de cabalgadura, la experiencia, en su inicio, no nos resulta ni fácil, ni agradable. Sin embargo, cuando le cojemos el juego al corcel y él se habitúa a nuestras riendas, al freno y hasta a las cosquillas del calzado y a que lo piquemos con las espuelas, ¡qué delicia para todo jinete! El caballo no corre, vuela. La inseguridad de quien lo monta desaparece y es sustituida por la gratísima sensación de volar con el caballo, saltando obstáculos, empinados sobre los estribos. ¡Y hasta nos da la impresión de que el caballo se siente feliz y su hocico nos sonríe por poder mostrar todas las posibilidades que él nos brinda!
19. La cosa cambia cuando el viejo y destartalado es el jinete. No las cabalgaduras. No achaquemos entonces al caballo las que son limitaciones del jinete viejo; no maldigamos a la cabalgadura, cuando los defectos los tiene quien pretende cabalgar en tan brioso corcel. Las buenas cabalgaduras no son apropiadas para la vejez. Lo digo por experiencia: siempre me gustó cabalgar. Cuando era niño, debía conformarme con montar un pony; de joven, me lanzaba con los caballos ligeros, briosos y de gran alzada; después, en mi ancianidad, he debido conformarme con los pencos viejos o las yeguas destartalas y con el andar cansino de esos animales. Y dejo el bello corcel para los jinetes jóvenes. Las situaciones nuevas, antes y ahora, son desafiantes para la vivencia cristiana y para el incremento de la evangelización de nuestro mundo. Pero la Iglesia, en principio, no envejece: el Espíritu de Dios le mantiene su indeficiente juventud. Empero, envejecemos sus miembros, sin excluir a sus ministros y pastores. Y no me estoy refiriendo a la ancianidad biológica. Con relación a la vida de la Iglesia, encontramos a ancianos más juveniles y bien dispuestos que algunos jóvenes que, en materia de Fe y acción evangelizadora, son ancianos decaídos, asustados y temblorosos. No saben qué hacer y se asustan ante las elaboraciones intelectuales y las realidades nuevas que deberíamos más bien agradecer, para aproximarnos a ellas con serenidad y confianza. Al estilo de santo Tomás de Aquino O. P., en el siglo XIII. Ante la invasión intelectual del aristotelismo rampante, conservado en el mundo cultural árabe y que, gracias a la mediación del sur de España, de Al Andalous –lo que hoy llamamos Andalucía – invadía Europa y sustituía paulatinamente al platonismo en las aulas universitarias y en la vida de la Iglesia, Tomás de Aquino sí supo qué hacer y no se asustó, ni tembló. Su actitud intelectual de discernimiento renovó la filosofía y la teología y todavía vivimos de esas rentas tomistas. En sus años de profesor joven, Tomás fue juzgado duramente por algunas autoridades eclesiásticas y por el magisterio de La Sorbona. Otro santo dominico, el ilustrado san Alberto Magno – que había sido su profesor en París y entonces era Obispo de Colonia–, y que era ya anciano, salió en apoyo del joven dominico Tomás. |
20. Ética de inspiración cristiana frente a la realidad de la globalización contemporánea y evangelización de la cultura. Armados con las certezas reales de la Fe –no con los adornitos superficiales y cambiantes –, y con una formación intelectual sólida, deberíamos acercarnos a ese caballo brioso que a primera vista, quizás nos parece indomable: las nuevas realidades globales, la nueva cultura global. Estimo que, tanto en el seno de la Iglesia Católica, como en el de las demás confesiones cristianas, vivimos la convicción de que los contenidos de la fe cristiana no nos dan recetas para controlar avances tecnológicos y encaminarlos siempre por senderos positivos. Ahora bien, si toda forma de Cristianismo está llamada a la evangelización, es decir, a la expansión y a la inserción efectiva de la Fe en todas las realidades del mundo, me resulta evidente que si bien es cierto que no tenemos las recetas mágicas, sí estamos llamados a iluminar tal secuencia de fenómenos con luz de Evangelio, con la Verdad de Jesucristo. Es común la convicción de que ella, la gran familia cristiana, podría ofrecer algunos caminos para ayudar a enrumbar positivamente la actual revolución de las comunicaciones y el concomitante incremento de la globalización. Los problemas nuevos que nos presentan, no son obstáculos, sino ventanas abiertas. Esas nuevas situaciones son el medio que el Espíritu de Dios pone a nuestra disposición. ¡No le tengamos miedo al corcel brioso! Cabalguemos en él y abandonemos, mientras tengamos tiempo para ello, los andares de penco viejo y yegua
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Cristo Rey. |
destartalada, si deseamos de veras hacer presente al Señor en esta carrera de la Modernidad y ya de la Postmodernidad que nos rodea.
21. Se trata, como con relación a muchas realidades de la cultura contemporánea, de discernimiento y de un ofrecimiento dialogal, no de precipitación, ni de una pretendida imposición de criterios cristianos, en un mundo pluralista como es el nuestro que a veces, no corre sino vuela y a rienda suelta. En el mismísimo seno de la gran familia cristiana los criterios enderezados a orientar los fenómenos sociales en general son múltiples y están sujetos, con frecuencia, a discusión e intercambios. Estas dificultades internas y el reconocimiento humilde de la realidad –incluyendo en ella los límites de nuestras posibilidades de juicio y de acción– no nos deberían excluir ni del discernimiento, ni del diálogo, ni de la presencia en el ruedo o en la valla –escojamos la imagen que mejor nos hable–, o sea, en los “espacios” en los que se juega la vida de los hombres y la acción efectiva de la Iglesia. Toro miura o gallo peleoncito, con espuelas de acero y pico afilado: esa conflictividad no conduce necesariamente a la muerte. ¡Muerte seria o dar la espalda o salir, temblorosos, a la valla o al ruedo, sin saber qué hacer, con miedo inicial y armas inadecuadas!
22. Las claves para el discernimiento, el diálogo y el estilo de presencia en un mundo ya globalizado y tendiente a mayores niveles de globalización, dependen de nuestra fidelidad al designio de Dios acerca de la persona humana en sociedad. La ética de inspiración cristiana que a lo largo de los años hemos tratado de vivir en diversos ámbitos de la vida, debe proyectarse ahora a la realidad de la revolución cultural globalizada y globalizadora. Lo nuestro, como cristianos, es buscar siempre la fidelidad al camino que Dios nos ha revelado en Jesucristo. Y cuando se trata de realizar comunitariamente este designio, en la dimensión que nos corresponda, en medio de las realidades temporales, no nos es permitido olvidar que la persona humana debería estar siempre en el centro de nuestras preocupaciones, planes y acciones. Las elaboraciones ideológicas, los sistemas económicos y políticos, las políticas culturales, las relaciones internacionales, etc. son válidos en la medida en que contribuyan, en principio, a que la persona humana sea más persona; a que la persona ocupe el centro, pero como persona, no simplemente como individuo. La noción de persona, en la actual reflexión social cristiana, incluye tanto la dimensión individual, cuanto la comunitaria y ésta, a su vez, no puede prescindir ni de la justicia, ni de la caridad. Es decir, el amor, que siempre va más allá de lo que la justicia nos pide, pero que la tiene en cuenta como un “aviso de ruta”, para que el amor no se diluya en un sentimentalismo sin consistencia o se reduzca a una defensa egoísta de intereses, sean éstos personales, grupales, o nacionales.
23. Sin embargo, es cierto que no deberíamos ser ingenuos ante la posibilidad del mal, fruto de la noche, no de la luz. Nunca estaremos vacunados contra esta posibilidad y, por lo tanto, no podemos dejar de prestar suma atención, entre otras cosas, a las regulaciones en materia de “globalización”. Atención para que éstas sean elaboradas sobre fundamentos razonablemente humanistas y para que se apliquen con justeza. ¡Que no se conviertan en instrumentos en manos de los más poderosos para llegar a ser más poderosos y reducir aún más el espacio de los más débiles! Dadas las posibilidades nuevas de opresión sutil –y no tan sutil– que la misma globalización actual y los controles de la comunicación han abierto para un uso más elegante de los poderosos, no deja de ser una utopía el pensar que los más poderosos se esfuercen por lograr espacios vitales más adecuados y justos para los pobres y débiles. ¿UTOPÍA? Sí, y con mayúsculas. Pero que no se nos muera esa clase de utopía que, en lenguaje cristiano, llamamos Evangelio y que en los tiempos de Pablo VI, en las Jornadas de la Paz, expresábamos con el dicho “Todo hombre es mi hermano”.
24. Punto final. Convencido de la posibilidad real de esa utopía, a pesar de mi condición de anciano biológico, me subo al caballo joven y brioso, me voy a la carrera, volando en el corcel, hacia la valla de los gallitos peleones y a la plaza, a la corrida de toros miura. Pero, en ambos casos, no voy a las gradas, sino a la arena, al ruedo. Y, por ahora, aprisa y punto final: basta de palabras, que se nos pasa la hora y no quiero perderme ni la corrida, ni la pelea de los gallitos criollos. ¡Muchas gracias si me acompañan en tamaña aventura!
La Habana, 3 de Abril de 2010. |
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