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No hace mucho, en los primeros días de este año, tuve la oportunidad de leer, por tercera vez, la novela de Humberto Eco El nombre de la rosa, y me detuve en una pasaje donde se relataba la discusión, entre un monje y un franciscano con relación al humor de Jesús. El monje afirmaba que Jesús nunca rió, porque según él, la risa no es compatible con la divinidad, cosa que el franciscano refutaba Biblia en mano.
El autor de la discutida novela, pinta al monje como un personaje adusto, rígido y hasta arisco, que lucha para que desaparezca cualquier risa de las bocas y cualquier rastro de lo lúdico en los libros de su monasterio. Pues bien, lamentablemente el cristianismo es entendido y vivido por muchos como ese imaginario monje, es decir, como una religión privada del sentido del humor, que hasta llega a oponerse del disfrute de la vida. |
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El sentido del humor en |
Jesús de Nazareth |
por monseñor Fernando de la Vega |
Lo peor es que asumen que Jesús era así y que ese fue su legado, su encargo y que, por tanto, así debe ser el cristianismo, y esa es la imagen que proyectan. Imagen que para no pocos, produce un justificado rechazo. Sin embargo, si nos quitamos los anteojos oscuros, descubrimos a otro Jesús, luminoso, no apagado y mucho más sencillo y alegre, más cercano y humano que ese otro que quizás nos trasmitieron y estamos acostumbrados a ver en nuestros crucifijos.
Es un hecho que no solemos asociar el cristianismo con la felicidad, palabra casi ausente en nuestro vocabulario religioso, opacado por su carácter solemne y las enseñanzas en clave de prohibiciones. Lo festivo ha sido casi anulado, incluso en nuestras celebraciones litúrgicas clasificadas como “festividades”.
El perfil de Jesús que se suele presentar es el de una persona adusta, seria, majestuosa y, por ende, carente de humor. Todo parece indicar que aún somos esclavos de la heredada visión dualista de antaño, oponiendo cuerpo y alma, tierra y cielo, materia y espíritu, solemnidad y fiesta. Tenemos que aprender a leer, vivir y predicar el evangelio, en clave de humor, lo que de ninguna manera le quita valor ni adultera la verdad e invariabilidad de su contenido, sino que lo enriquece y lo hace más cercano a nosotros.
Quizá la primera pregunta que se hace el lector, y que antes de escribir nos hicimos nosotros es ¿tiene algún interés preguntar por el sentido del humor refiriéndose a Jesús de Nazareth? El humor es una dimensión posible en la vida, y es una pregunta que debe ser integrada en nuestras presentaciones, como cristianos, de Jesús. No es pues una curiosidad preguntarse por el humor de Jesús, sino que toca el sentido de su predicación para la vida de quienes les escuchan y estàn dispuestos a seguirle.
Toda comunicación oral se da mediante un conjunto de sonidos que llamamos palabras, tonos, énfasis y a veces gestos acompañantes; un guiño de ojos puede indicar que lo que acabamos de decir, no debe tomarse literal y seriamente. La voz levantada significa el grado de seriedad de lo dicho. Sentada esta base, no tenemos imágenes ni grabaciones para comprobar en Jesús, en sus conversaciones o en sus sermones, hasta dónde estuvieron presentes estos elementos.
Pero no podemos olvidar que Jesús es maestro, y para muchos es paradigma de vida, y ser discípulo suyo significa asumir su visión de la vida, lo que necesariamente incluye la dimensión festiva de la misma.
Cuando se habla sobre la humanidad de Jesús, generalmente se acude al pasaje que nos narra el llanto ante la tumba de Lázaro, la indignación frente a los vendedores y cambistas en el Templo, y ante la hipocresía de fariseos y maestros de la Ley , la angustia en la pasión... pero nunca se menciona la alegría, o se sugiere que pudiese haber reído o hacer reír a los que le escuchaban. Ciertamente los Evangelios no nos dicen nada al respecto, pero hay muchas otras cosas que tampoco dicen, porque no son una biografía –como la entendemos hoy– de Jesús, y por supuesto no describen su carácter, temperamento y personalidad.
Cabe ahora preguntarse qué entendemos por humor. No es simplemente comicidad, diversión, broma, el diccionario lo define como jovialidad o agudeza y por ello tiene mucho que ver con la comprensión y el amor. El humor es una disposición de ánimo del alma, es un don del corazón que se refleja en una actitud ante la vida. Es una propensión a mostrarse alegre y complaciente.
El humor, que no hay que confundirlo con el chiste ni con la simple hilaridad, nace y se capta desde el corazón y no desde la razón, por lo mismo es espontáneo y no calculado, rompiendo con frecuencia los esquemas lógicos. Los adultos generalmente matamos el humor con la razón, por eso quizás el Señor nos dejó la sabia advertencia de que si no nos hacemos como niños es decir sencillos, sin trastiendas, no entraremos en el reino de Dios.
De hecho, la gente sencilla, a menudo la más arraigada a la vida misma, es la que más sentido del humor tiene, Por el contrario, los intelectuales, en general, suelen carecer del sentido del humor, porque todo lo filtran a través de la razón. No es imposible que Jesús haya dicho, entre otras razones por ésta: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste todas estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los sencillos de corazón ” .
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No debemos olvidar que la sonrisa –reacción natural ante lo jocoso– es muchas veces la mejor respuesta ante determinadas conductas o afirmaciones. En pocas palabras, humor es la capacidad de reírse ante una situación apremiante, es cuando, a pesar de todo, uno se ríe. El buen humor es el resultado de una visión positiva y optimista en cualquier circunstancia de la vida. Esto es importante tenerlo presente cuando nos preguntamos por el humor de Jesús.
El buen humor relativiza las propias desgracias; es expresión de tranquilidad y de confianza; ambos, valores positivos. Es reflejo de libertad anímica y de afirmación afectiva.
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El Evangelio según Juan,
presenta un Jesús más estilizado,
de acuerdo con la teología del redactor, el Jesús de los solemnes “Yo soy…”
Este Evangelio fue escrito
con la finalidad de poner de relieve
el sentido y el valor salvífico
de la persona de Jesús |
¿Cuál era el humor de Jesús reflejado en su mensaje? Por supuesto, Jesús no era un showman , un hombre que buscaba hacer reír a sus oyentes. Recurría al humor y era capaz de ver el lado gracioso como una actitud personal frente a la vida, que a menudo desmontaba la seriedad con la que ciertas costumbres y comportamientos habían sido revestidos por la cultura, especialmente por la religión de sus contemporáneos. Era su forma de leer la vida.
La seriedad de los fariseos y maestros de la Ley , contrastan de forma particular con la soltura y jovialidad de Jesús y nos debe llevar a pensar en lo realmente importante en la vida, que no era lo que aquellos exigían, sino más bien lo que Jesús defendía. Ese contraste en sí mismo, a menudo hace sonreír, porque lo humorístico se descubre, precisamente, en los contrastes, en lo sorpresivo e inesperado, incluso en lo absurdo.
A menudo lo humorístico proviene de la enorme desproporción entre lo que se contrasta. Así entre el mosquito y el camello en Mateo 23, 24, de los animales mencionados en la ley mosaica como impuros, el mosquito era el más pequeño y el camello el más grande (ver Levítico cap. 11) Jesús al referirse a los fariseos y maestros de la Ley , los llama guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello; o de lo ilógico, rayano en lo ridículo, de querer pasar un camello por el ojo de una aguja en Marcos 10,25. No se trata de una aguja de las utilizadas para coser, sino de un espacio oval, alto y estrecho, conocido por los judíos como ojo entre dos rocas, por donde de ninguna forma era posible hacer pasar un animal de las dimensiones de un camello.
Puesto que Jesús mismo no ha dejado nada escrito y los Evangelios no son crónicas de su vida, no podemos simplemente tomarlos como reportajes históricos, pero por otra parte no es fácil descubrir con absoluta certeza los rasgos de su personalidad. Sin embargo, su vida compartida con sus discípulos, ha dejado muchas huellas claras en la memoria de aquellos hombres, muchas impresiones junto a los recuerdos de frases y gestos.
Ciertamente los discípulos se quedaron con una determinada apreciación de la personalidad de Jesús, ciertos rasgos de su carácter deben haber estado en primer plano, aunque no pasaron a los Evangelios, cuyo objetivo no era hacer una biografía del Maestro. Lo que se hace y cómo se es, queda generalmente más vivo en el recuerdo, que lo que se dice con palabras. Y esto se refleja entre líneas en los Evangelios, apoyados en el sustrato de la tradición que fijó las memorias de su tiempo. |
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Los Evangelios reflejan una visión de la vida, la visión que básicamente tuvo y compartió Jesús de Nazaret. Hablar del humor de alguien es hablar de la persona, de su humanidad, de su sentido relacional con el mundo y con los demás, de su optimismo (o pesimismo, según el caso), de sus esperanzas y de su cercanía.
El Cristo en quien creían los escritores del Nuevo Testamento, el Resucitado, es el predicador de Galilea, Jesús de Nazaret. De todos esos escritos, los que más aportan en términos del Jesús histórico, son los evangelios sinópticos, Marcos, Mateo y Lucas, y en particular la versión de Marcos y la llamada “fuente Q”, que es la colección de sentencias recogidas por Mateo y Lucas por ser los más antiguos.
El Evangelio según Juan, presenta un Jesús más estilizado, de acuerdo con la teología del redactor, el Jesús de los solemnes “Yo soy…” Este Evangelio fue escrito con la finalidad de poner de relieve el sentido y el valor salvífico de la persona de Jesús, por eso difiere notablemente de los sinópticos y apenas se interesa por el Jesús histórico.
Como tantas otras dimensiones de la vida, el humor se comprende como tal, dentro del contexto de una determinada cultura; por ejemplo, el humor sajón nos suena desabrido, tonto, a los latinos. Esto es más cierto aún, cuando de sutilezas lingüísticas y juegos de palabras se trata. Es muy
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probable que no poco del humor original de Jesús se haya perdido en el proceso de traducción de un idioma a otro, recuérdese que los evangelios están escritos en griego, pero Jesús hablaba el arameo y la predicación y las catequesis, al salir de Palestina eran en griego, y esto, además de que se suponían interpretaciones más bien teológicas que humanas de Jesús.
Los especialistas saben que el carácter típico mediterráneo es notablemente alegre, festivo, inclinado al optimismo y el buen humor. Esto se observa en la literatura hebrea de antes de Cristo. Es con ese trasfondo que hay que entender la sentencia “El que no reciba el reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc. 10,15).
El niño es plenamente humano, por su inocencia está abierto a las bondades de la vida, a ver las cosas con humor, a gozar con las cosas sencillas de la vida: los pajaritos que vuelan, las flores silvestres, la algarabía en casa con los hermanos, el abrazo de papá cuando llega del trabajo… El niño fácilmente sonríe y ríe, no anda indagando posibles sutilezas, mucho menos busca doctrinas, simplemente vive la vida. Cuando el niño ríe, generalmente nos reímos de él porque no somos capaces de ver lo que el ha visto que le causa hilaridad.
No hay que excluir la posibilidad de que algún evangelista pudiese relatar un episodio con sentido del humor, por ejemplo Lucas que resalta la estatura de Zaqueo y lo presenta subiendo a un árbol cual niño travieso, para ver pasar a Jesús. Pero en este caso no es el humor de Jesús, sino el del evangelista que nos trasmite el relato.
Recordemos que el mensaje de Jesús es calificado como Buena Noticia, o evangelio, es decir, es un mensaje que debe alegrar los corazones, así lo comprendieron y así lo comunicaban los apóstoles. Esta dimensión caracterizaba la predicación de Jesús y sus actitudes frente a los severos maestros de la Ley. Si es buena noticia y no simplemente noticia, es porque se espera que alegre el corazón de quien la recibe.
No es casual que como primera escena de la misión pública de Jesús, Mateo lo presente declarando “Bienaventurados” o “dichosos” a los pobres, a los tristes, y los sufrientes. Según Lucas, 10, 23 Jesús declaró bienaventurados los ojos y oídos de sus discípulos, porque veían y oían lo que muchos profetas y justos desearon poder ver y oir. Un poco más adelante, en el mismo Evangelio, encontramos una mujer que proclamó bienaventurado el vientre que portó a Jesús, a lo que él replicó: “Antes bien, bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11,27).
En este sentido, en los tres sinópticos la primera escena pública de Jesús es el anuncio de una buena noticia. En Mateo, lo acabamos de decir, con las bienaventuranzas, en Lucas con la visita a la sinagoga de Nazaret donde se aplica a sí mismo, el texto de Isaías (14,18 ss). En la versión de Marcos, Jesús comienza por anunciar que se ha cumplido el tiempo de la espera mesiánica y que el Reino de Dios está cerca (Marcos1,15).
Las tres escenas anuncian que los angustiados, los oprimidos, los discriminados, recuperan su valía, su dignidad, su sentido de la vida, es decir, les anuncia una esperanza con pleno optimismo, de un mundo mejor. Invita a no preocuparse tanto por el mañana, porque basta con las penurias de hoy, lo que significa, no dejarse hundir por las angustias y las incertidumbres del futuro, sino vivir plenamente la realidad presente.
Sin embargo, son escasas y aisladas en los Evangelios las menciones de expresiones emotivas de Jesús, como temiendo decir demasiado sobre su humanidad. Los textos sagrados se limitan a decirnos que lloró ante la tumba de Lázaro, el amigo; se enfureció con los mercaderes y cambistas del Templo; se alegró, tuvo miedo… pero nunca expresan que se haya reído, ni siquiera sonreído, o que haya producido risa en quienes lo escuchaban. Sin embargo, las huellas del humor están ahí, por doquier.
Recogeremos ahora, algunas escenas con humor, repitiendo que no se trata de hacer un trabajo exegético, sino solamente subrayar una dimensión de Jesús hombre verdadero y Dios verdadero, que quizás hemos tenido muy poco en cuenta.
Después que la hemorroisa tocó el manto de Jesús y quedó curada, súbitamente “dándose cuenta de que había salido poder de él, volviéndose a la multitud, preguntó ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te apretuja y ¿haces esa pregunta? Pero él miraba alrededor para ver quién lo había hecho. Entonces la mujer temblando y con temor, pues sabía que había sido curada, se postró delante de él y le dijo toda la verdad” (Mc. 5, 30-33).
La escena tiene un claro sabor lúdico, como si se jugara al escondite. La razón de esta escena es netamente catequética, Jesús la repetirá muchas veces: “Tu fe te ha salvado”. La escena de la resurrección de la hija de Jairo proyecta a Jesús riéndose de los que se reían de él, por haber dicho que “está dormida” (Mc. 5,40) “Se burlaban de él” y entonces la levantó.
En varias ocasiones Jesús aparece hablando de realidades no conscientes como si lo fueran; tal es el caso del consejo “Cuando des limosna, que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda” como si las manos supieran lo que hacen (Mt. 6, 3). Lucas nos recoge otra: “Háganse bolsas de dinero que no envejecen” como si fueran seres vivientes. Todas estas sentencias y algunas más, tienen sazón humorística.
También con buen sentido del humor, Jesús exhortaba a pedir a Dios confiando en que no decepcionará a nadie, porque “¿Quien entre ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez le dará una serpiente?”, según Mateo. Lucas en la primera parte nos recoge, “¿y si le pide un huevo le dará un escorpión?” Tal es la bondad de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. Bondad y buen humor van de la mano.
Jesús se reía de las prioridades fijadas por el mundo materialista y consumista de su tiempo e invitaba a todos a hacer lo mismo, porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si él mismo se pierde? (Mc. 8,36). Es la invitación más clara a vivir libres de las angustias materiales que impiden respirar con paz y alegría. Es la respuesta a la enfermedad más extendida hoy entre nosotros, el “estrés”.
El buen humor supone tranquilidad, serenidad. Es una invitación a vivir humanamente, no como títeres o como robots reducidos a piezas de una maquinaria funcional y eficaz, y eso sólo se logra poniendo la confianza en la Providencia divina.
Claro, no es que Dios mande pan del cielo como el maná en el desierto para alimentar a los hambrientos, sino que en Jesús invita a confiar en que habrá hermanos que medien la bondad divina y les hagan sentir el realismo de aquello de “bienaventurados los que tienen hambre y sed…” que los evangelistas califican como hambre y sed de justicia, porque si hay justicia, no habrá ni hambre ni sed, ni las angustias que ello genera.
En esa misma línea, Jesús se reía de aquellos que hacen del comer y del vestir el centro de sus preocupaciones y el objetivo de la vida “¿Acaso no valen la vida y el cuerpo más que el alimento y la ropa? (Lc 12,23). Es simpático que el Señor nos recuerde que valemos más que los pajaritos del cielo y que los lirios del campo, y nos deja entrever con humor –como si ellos fueran personas– que valemos infinitamente más.
Si resumimos todos estos textos evangélicos y muchos más, llegamos a la conclusión de que nos muestran a un Jesús “distendido” y no sobrepreocupado. Quizá la escena más elocuente, porque lo implica a él, la encontramos en la tormenta, viento y olas que azotaban el bote mientras cruzaba el lago, y el Maestro dormía en la popa, sin temores. En otra ocasión alabó a María, la hermana de Marta, por estar escuchando en lugar de angustiarse por la comida.
Reales o legendarios, estos episodios revelan un Jesús calmado; y por lo mismo, sus discusiones no eran acaloradas ni llenas de fanatismo, sino serenas y lúcidas. Sin embargo, hay dos actitudes que, según los Evangelios, provocan una reacción áspera: la soberbia y la hipocresía y a ellas suele responder con ironía y hasta con cierto sarcasmo, que es una forma de humor. Por supuesto, Jesús aparece combativo cuando se trata de defender a los pobres y marginados.
El humor está relacionado con la humildad y el amor, y Jesús fue humilde y sencillo, asequible. El humor es propio del que sabe sonreír ante las limitaciones y deficiencias humanas, por lo mismo disfruta de las pequeñeces que la vida le ofrece. Por otra parte, el humor es fruto del amor. Siendo el humor una actitud frente a la vida, resulta natural en aquellos que se desviven por los otros. Jesús vivió el amor de Dios por los hombres, lo proclamó como mandamiento semejante al amor al mismo Dios y lo prodigó de modo admirable. El humor es uno de los frutos que debería calificar al cristiano, porque es la exteriorización de su fe, una fe que, repetimos, no admite miedo ni angustias, sino que se apoya en la confianza y produce la paz.
Aquel hombre que tenía alma poética, que se refería a las flores del campo y a las aves del cielo, que hablaba con sentidas palabras, y era sensible al verse frente a un enfermo de parálisis o de alguno de sus sentidos, frente a un leproso marginado por la sociedad y acusado de pecador que pena sus pecados, frente a un poseído por el demonio.
Ese hombre que abría los brazos acogedores a minusválidos, niños, mujeres, y pecadores, que devolvía el sentido de la autoestima a quienes la vida se lo había hecho perder, ese hombre que comparaba el reino de Dios como una perla, como un tesoro o un banquete, no podía ser menos que una persona con alma sensible y feliz, presta a festejar y alegrarse, con sentido del humor y que contagiaba optimismo y esperanza, que atraía a las multitudes sencillas y sufridas. Ese hombre era Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y hermano nuestro. |
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