La lepra , conocida hoy como enfermedad de Hansen en honor a su descubridor, es una enfermedad tan antigua como la humanidad misma. Existen datos que se recogen en documentos y libros de medicina de origen hebreo y egipcio, que relatan las penas causadas y las secuelas dejadas en sus víctimas, ya sean tanto clínicas como en el plano social. Esta enfermedad era considerada como una maldición bíblica o castigo del cielo, y era tal el desprecio para los afectados por este mal, que un texto del siglo XI los califica como basura viviente.
Ejemplo de su antigüedad y persistencia desde tiempos remotos, es este pasaje bíblico:
“Cuando el leproso se acercó a Jesús para pedirle que lo curara. Jesús se compadeció de él y le extendió su mano”. Marcos 1, 40-44.
Ha sido una enfermedad mutilante, repulsiva y estígmatizante; que ha provocado un tratamiento inhumano hacia las personas afectadas, y aún constituye uno de los problemas de salud más acuciantes en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo.
EN CUBA
Las primeras referencias a enfermos de Hansen en la Isla , datan de 1613. El Cabildo habanero alude en sus actas a 4 ó 6 enfermos que deambulaban por las calles, causando daño a la ciudad dadas las características contagiosas de la enfermedad; por ello se solicitaba el aislamiento de estos enfermos, tanto los de la ciudad como los del resto de la Isla. Sin embargo, las primeras medidas en este sentido fueron tomadas el 23 de Agosto de 1629.
Este mal continúo proliferando, y aparecieron nuevos casos, ya fueran entre personas nativas o procedentes del exterior, sin que las autoridades sanitarias de la época tomaran las medidas profilácticas necesarias para proteger a la población sana.
En 1662 el Cabildo habanero entrega fondos y legados a Ignacio de Urbaneja con el fin de crear la Casa del Glorioso San Lázaro; tomándose el acuerdo el 10 de Marzo de dicho año de destinar un bohío en las afueras de la ciudad para los enfermos de Hansen. El sitio escogido fue en las Caletas de Juan Guillén, que después tomarían el nombre de Caletas de San Lázaro.
Hacia 1680 don Pedro Alegre Díaz donó una estancia llamada Los Pontones, en la barriada de La Requema (Extramuros), para la atención de los leprosos. Atención que se traducía en hacinarlos sin tratamiento hasta su muerte. No obstante, en ese lugar se asentaron los cimientos del Primer Hospital de San Lázaro de La Habana.
Años más tarde, en 1708, se consideran otros terrenos desde la Chorrera hasta El Castillo de la Punta ; pero las quejas de los vecinos por la posible contaminación de las aguas de la ciudad, hicieron que se desechara la idea. Luego, el 19 de junio de 1714, gracias a las peticiones del capellán Juan Pérez de Silva al rey Felipe V, se expide la orden al Cabildo habanero para la construcción de un hospital. Las obras solo se iniciaron en 1753, siendo el mencionado Juan Pérez de Silva y don Francisco Tenesa, protomédico de La Habana , las dos figuras que quedan desde entonces muy ligados a la vida y a la defensa de los enfermos, luchando a brazo partido y enfrentando las dificultades de la época. En el caso del sacerdote, vale destacar que resultó la figura más prominente y prestigiosa en los inicios del Hospital San Lázaro de la Habana , alzando desde ese momento las banderas de la dignidad humana en esta historia.
En 1781 fue terminado el edificio del hospital, que sobrevivió durante el siglo XIX y parte del XX, hasta 1916. Situado en Playa del Norte, Extramuros, este histórico lugar sufrió en varias ocasiones los embates del destino, el primero de tales percances ocurrió cuando fue destruido, aún sin concluir su construcción, debido a la toma de La Habana por los ingleses.
LLEGAN LAS HERMANAS |
NUEVAS ANGUSTIAS
Pero antes de esa fecha, en lo que se construía la nueva sede, se decidió trasladar al Mariel a los enfermos. Ocuparon entonces viejos barracones de madera en pésimas condiciones de higiene, adonde llegaron en un viejo barco, y como única garantía y seguridad para sus vidas solo contaron con la presencia constante de las Hijas de la Caridad.
La prolongada estancia en el Mariel constituyó una verdadera tragedia, a causa de la miseria y la desesperación. Un verdadero infierno que dio una vez más ocasión a las Hijas de la Caridad de realizar actos de verdadero heroísmo. Actos que jamás abandonarán nuestra memoria. Enfrentando esta tragedia estaba sor Ramona Iduate, Superiora desde 1900, y el padre Apolinar López, sacerdote de origen mexicano que durante treinta y siete años se encargó de los enfermos afectados con el mal de San Lázaro. Ambos son ejemplos de dignidad humana, de cuánto pueden hacer las fibras del amor y el inagotable caudal de la bondad.
Decía el padre Apolinar: “Para subir muy alto, hay que descender muy hondo”. Palabras que nos llevan a la reflexión, que nos hacen comprender que, para curar el alma, es necesario saber de sus dolencias y calamidades, pues sumándonos al dolor ajeno conocemos su remedio. Su recuerdo no debe desaparecer del Hospital del Rincón. A su fallecimiento, Pascual Olabarrieta, enfermo de Hansen y ciego, contempló desde su interior la hermosura del alma del padre Apolinar, con una semblanza espiritual de la que extraemos algunas ideas: Fue un fiel heredero del padre Silva, al consagrarse en nombre de Dios al dolor y al sufrimiento de sus enfermos. Sembró sus raíces y elevó sus ramas al cielo, y con ellas dio sombra a sus pacientes. Para soportar durante treinta años dicha prueba, necesitó el padre Apolinar hermosear en el fondo de su alma santa. Por eso pudo dedicar su tiempo a pacientes cuya carne lacerada y el alma rota por falta de esperanzas, lo demandaban. Y pudo así encontrar y ofrecerles ese jardín de la buena fe y de la hermosa palabra a su prójimo.
El enfermo que despidió su duelo expresó: “Para no molestar con la vida, murió de repente...” El padre Apolinar construyó esa vida póstuma en la tierra, reflejo eterno de su estancia futura en el cielo. Al apagarse su vida, extinguíase también la postrera página del devocionario de un humilde y fecundo sacerdocio, que dejó en grandes caracteres indelebles la gratitud y el cariño de todos los que se hermanaron con su trato y su indulgencia sin límites.
El 27 de Diciembre de 1916, el centenario Hospital de San Lázaro de La Habana ardía en llamas, borrando el hogar de tantas personas que la sociedad privaba de sus derechos; sitio, además, donde las Hijas de la Caridad habían ejercido su voto de sacrificio desde 1854. Refiriéndose a ellas el enfermo Oscar Benítez dice en 1919 en la Revista San Lázaro de la Habana : “Lo más grande, lo más notable, lo más sublime y digno del Hospital, son las virtuosas Hijas de la Caridad , con modestia, sin alardes, realizan en silencio la más grande de las obras de hermandad”.
EN EL RINCÓN
Mientras las labores en El Rincón avanzaban, los enfermos permanecieron en el Mariel, donde carecían de los más elementales derechos, apenas sin agua potable ni alimentos, y con la única compañia de las Hermanas de la Caridad para tanto dolor y agonía. Finalmente, y aunque todavía no estaban creadas las condiciones para la estancia, fueron trasladados a El Rincón el 25 de Febrero de 1917.
Ya ocupados los pabellones, sor Ramona Iduate comenzó una serie de reformas por su propia iniciativa y sin pedir nada a la administración. Sencillamente, acudió a la caridad pública y aunó en su espíritu empresa y amor. Sor Antonia Barbero, sucesora de la anterior, también se entregó al mejoramiento del hospital. Fue tejiéndose así, con el paso del tiempo, una interesante historia de amor y lucha entre tantos que dejaron sus vidas ahí y que hoy permanecen en el más anónimo recuerdo, tanto pacientes como Hijas de la Caridad.
No obstante los empeños de las religiosas, las condiciones del sanatorio no eran las adecuadas. La escasez de los medicamentos y la poca terapéutica aplicada, arraigaban la enfermedad en los pacientes, que continuaban siendo despreciados por el resto de la sociedad. Los que entonces padecían la enfermedad, invocaban con su fe para que llegara su curación y la medicina que hiciera el milagro de salvarlos. Para algunos, llegó tarde; pero para otros, seguía en pie la esperanza de que el remedio llegara para hacer bien a la humanidad.
Falta de higiene y viviendas destruidas, eso es lo que recogen los archivos de la memoria y los testimonios de las Hijas de la Caridad. Lazos de agonía ataban a los pacientes a un Rincón acompañados solamente por la fe. Las Hijas de la Caridad que nunca los abandonaron en medio de tantas vicisitudes y adversidades soportaron los años más tristes de esta historia, y gracias a su denodado empeño proporcionaron mejoras incontables al confort de los enfermos.
Quizá por ello, y este es otro acontecimiento escasamente mencionado, el Estado cubano otorgó el 3 de Diciembre de 1947 la Orden Cruz de Beneficencia Carlos J. Finlay, a sor Antonia Barbero y sor Mercedes Sánchez, para destacar así, en ellas y en sus hermanas, sus elevadas condiciones de dignidad humana.
Recordamos a quien nos llena el corazón de amor y al mirar al cielo recibimos la luz intensa de una estrella; ejemplo de dignidad y humanismo, sor Antonia Barbero; entregó su cuerpo y alma al servicio de los enfermos. La Madre de las hermanas, mendiga de Dios, los defendía y amaba como algo sagrado. Dejó obras de beneficencia y caridad incontables. Recordarla es encender, perfumar y aliviar la luz que para ella fue la Caridad de Cristo. Hoy, su nombre se levanta a la altura de uno de los pabellones del centro hospitalario. La administradora maternal quedó en la memoria de nuestros pacientes y en cada pulgada de tierra de este leprosorio.
CAMBIOS
En 1961 la cifra de enfermos en Cuba llega a cuatro mil quinientos, por lo que se determinó que el naciente Ministerio de Salud Pública incluyera un programa nacional de control de la enfermedad de Hansen. Dicho programa se inició en 1962 y ha ido modificándose de acuerdo con los avances en el conocimiento científico de la enfermedad y el desarrollo del Sistema Nacional de Salud del país.
Junto con la nueva imagen del enfermo de Hansen, llegó también para ellos el concepto de lo que es ser tratado por la sociedad como un ser humano. Fueron reconocidos como ciudadanos, con tantos derechos como cualquier otro, ya no se les apartaba de las ciudades, ni se les apedreaba a su paso. Reciben desde entonces la mejor atenció médica posible, acompañada por el trato esmerado por parte de las siempre presentes Hijas de la Caridad , que ahora cubren tanto las necesidades las necesidades clínicas como las humanas y sociales. Hoy todas aquellas falsas esperanzas ensalzadas en un porvenir que nunca llegaría, son una realidad donde están presentes virtudes, conocimientos, ciencia y fe, brindando un futuro mejor.
Ellos cuentan también con el afecto y respeto de personas que día a día entregan lo mejor de sí, compartiendo la vida y lo profesional, descartando de ellos la teoría de basura viviente apestada de tiempos remotos. El Leprosorio del Rincón cambió su geografía y la enfermedad dio un vuelco favorable. Allí se rinde póstumo homenaje a aquellas Hijas de la Caridad que ahora desde arriba contemplan el trabajo que ellas empezaron y otras hoy continúan.
HOMENAJES
Todo lo expuesto resume de cierta forma años de sufrimientos y dolor, donde nunca nos faltó el apoyo de esas almas enviadas de la Virgen , de lo contrario nuestros pacientes hubiesen tenido un destino incierto y cruel; ya no presentan deterioro psicológico. Mucho hemos luchado los que con ellos trabajamos para que sea nuestra profesión, ejemplo de amor y dignidad humana, por una buena conciencia y por estabilizar su personalidad. Al adquirir conocimientos sobre esta enfermedad, entendemos la importancia que tiene para nuestro personal mejorar el nivel de su atención técnica y profesional, brindándoles a los pacientes un cuidado de excelencia. Que nuestro esfuerzo e institución sean ejemplo, utilizadas como fuente de aprendizaje para garantizar la plenitud de trabajo que hasta hoy hemos logrado mantener y así rendir tributo al sacrificio de la Comunidad Religiosa que comenzó el amor, inició el consuelo y mantuvo durante tantos años la Ley de la Esperanza y el vigor de la fe para quienes la vida se les iba.
Como ya apuntábamos al inicio, el mal de Hansen a manera de fatídico fantasma azotaba pueblos devorando millones de seres y sin esperanzas, condenados a sufrir en perpetuo desconsuelo las crueldades de su influencia, lanzando al campo del no SER a tantos infortunados sin que la ciencia con el imperio de su gigantesco poderío haya podido impedir sus estragos. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl apoyando al Hospital como estrellas caídas del cielo precisan de la Caridad para engrandecer su ministerio.
Ejemplo de dignidad humana lo es la Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl sor Carmen Alicia Lavin Superiora del Hospital (2001-2004). En conmemoración de los ciento cincuenta años de Entrega al Servicio de los pacientes de esta institución, comenzó obras de restauración que aún sor Martha Calvo, Superiora en nuestros días continúa con ahínco y tenacidad.
Gracias al ejemplo que ellas nos inculcan a diario, se amplía nuestro campo de relaciones humanas y profesionales. Son troncos que nos brindan la sombra de la bondad, nos dan a conocer que al paciente se trata con amor y respeto, porque son sus principales necesidades, ejemplo primordial de dignidad humana.
Recordamos también a quienes hicieron galas de humanidad dando lo mejor y que ahora donde estén también comparten la dicha y la plenitud de nuestros pacientes, aquellos que marcharon a reposar su alma, médicos, enfermeras y técnicos que ya no están con nosotros, para ellos un espacio muy señalado en la historia de la Finca Dos Hermanos.
En este homenaje a la Dignidad Humana damos gracias a Las Hijas de la Caridad por existir, ese canto a la esperanza, ese apoyo espiritual que nunca nos ha fallado, que mantiene viva la llama del amor.
A ese ejército de heroínas anónimas que enfrentaron el horror sin escrúpulos, para ellas toda la gratitud, a ellas está muy ligada la figura del padre Apolinar. Nuestro sacrificio como enfermero, es estar en contacto directo con el dolor, con el sufrimiento, nuestra actividad es una gota de agua en el caudal del alivio, preciso, necesario; como lo es también una amplia sonrisa, la mano suave y un buen día. Somos como una luz de esperanza cuando para algunos la vida se apaga, somos la llave de confesiones, recuerdos e intimidad; por todos estos senderos debe saber caminar un activista del alma, un sanador del cuerpo en contacto con lo más profundo del ser humano: la enfermedad y sus consecuencias. Y lo más importante, muy en alto el vigor del amor fraterno, del cual son portadoras insignias las Hijas de la Caridad.
A pesar de acumular años de experiencia, se nos escapan ocasiones, pues el destino nos arrebata de las manos la vida de un paciente y nos sentimos pequeños e indefensos e insatisfechos; no así cuando termina un tratamiento y el paciente se despide hacia un feliz porvenir con su alta médica. No solamente disfrutar su curación, sino también acumular la experiencia para otro que deposite su fe en nuestro personal y servicio; y que el respeto que le brindamos, sea una mano franca para estrechar y no quebrantar jamás la ética de lo profesional, hermoso y digno de nuestra misión.
Ejemplo vivo que perfuma la Dignidad Humana son las superioras que siempre mantuvieron y mantienen el ideal vicenciano y la gula del amor a nuestra institución, pues gracias a su tenacidad e intransigencia se mantuvo el cuidado, atención y caridad a los enfermos de Hansen.
Se destaca sor Ramona Iduate, llamada la Hermana Blanca , la suave luz de la piedad, batió sus alas blancas como un ángel ablandando la ira de la enfermedad. Vivió entre llagas cultivando flores.
Sor Mercedes Sánchez, elegida de Dios, dignataria de Lázaro, sembró su pródiga semilla de amor al ser humano. Sor Isabel Valdés, la madrina de El Rincón, esbelta, fuerte y suave en su mirada, dejó recuerdos en el territorio a través del tiempo. Dio bendiciones y unió ante Dios pacientes y feligreses que hoy honran su nombre.
Otro ejemplo de amor hacia los pacientes, sacrificio, entereza y dedicación lo fueron sor Esperanza Aguel, sor Carmen Geigo, sor Candida Larumbe. Exaltamos notablemente a sor Soledad Ellas, que durante muchos años llevó de la mano la dirección de la Unidad Quirúrgica del Hospital. Todas estas hermanas sembraron la semilla del amor a Dios y levantaron muy en alto, tanto que llegó a las estrellas, los reflejos de la dignidad humana.
Ciertas como la aurora, lluvia temprana, vertiente viva, fuego que arde, sello sagrado, reinas de la fe, ídolos de la Iglesia , semilla del pan sagrado de Jesús, Luces del Rincón, aire fresco que perfuma la finca Dos Hermanos, lazareto del Rincón, Hospital Antileproso; son ellas las que han ganado frases de amor, porque del amor nacen y amor regalan. Son la razón, son la única realidad de la existencia y veracidad de esta historia que sin duda las hace más presentes para dar sus testimonios.
No podemos dejar de señalar como dato histórico, hecho de amor y deseo ardiente de reconocer valores de humanidad ante el dolor ajeno, la presencia de la figura cumbre de la Iglesia Católica Mundial y Mensajero de la Paz , e1 Papa Juan Pablo II. En su visita y discurso durante el encuentro con los enfermos en el Sanatorio de San Lázaro, detalló sobre el valor divino del dolor, su misterio y la fuerza de Cristo haciendo honor a las Hijas de la Caridad , médicos, enfermeros y técnicos del hospital. El dolor llama al amor, solidaridad al prójimo que sufre. Esto es dignidad humana, cálido consuelo para el desalentado.
Recuerdo de gratitud a las Hijas de la Caridad que, sirviendo a Dios en la persona de los pobres enfermos del Hospital de San Lázaro, cumplieron durante un siglo y medio con el lema de su institución.
“La Caridad de Cristo nos Impele”.
Para nuestro Hospital, desde aquellos años en Las Caletas, en el Mariel y ahora en la finca Dos Hermanos, para todos los que de una forma u otra agradecemos una mirada de amor o una simple sonrisa. Para la Iglesia Católica , san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, para el mundo las Hijas de la Caridad y el padre Apolinar, son un destello de Dignidad Humana.
Damos gracias al Señor por su misericordia.
Por las maravillas que hace en su pueblo.
Porque da de beber al que tiene sed.
Y les da de comer a los hambrientos.
Sal 106, 8-9 |