Decía que éramos industrialistas, y yo tenía un fanatismo indescriptible por mi equipo. Llevaba una libreta con los incidentes de sus jugadores. Iba vestido de azul al estadio. No me retiraba del juego hasta el último out, aunque Industriales estuviera ganando. Coleccionaba los recortes de prensa con las crónicas de los partidos… Lo que se dice un fan del béisbol .
Pero ocurrió algo tremendo. Un domingo en el Latino, discutiendo Industriales el campeonato con Vegueros, resulta que mi equipo perdió nada más y nada menos que 22 carreras por cero; y yo me puse tan pero tan bravo, que ni cogí la guagua, me fui caminando desde El Cerro hasta mi casa, que estaba en Regla. Y juré que nunca más – como dijo definitivamente el cuervo – , seguiría una serie nacional de pelota, aunque también nunca dejé de ser de Industriales, a pesar de que ya no asistiera a sus juegos.
Pues bien: por aquellos años en que éramos tan jóvenes, despreocupados del mundo y muy felices, y sobre todo aventureros, la pelota era un espectáculo tan interesante y emotivo como el de ahora.
Todos jugábamos pelota en las calles del Modelo como quizás hoy no juegan tanto los niños, sumamente ocupados con los videojuegos. Todos seguíamos la serie nacional como una subyugante aventura, y uno se incomodaba cuando su equipo perdía, y se alegraba mucho cuando ganaba. Había peloteros tan buenos, jugadas y jonrones tan notables, se vivían intensas emociones, y se escuchaban las mismas ovaciones que hoy pueden presenciarse en el Latino.
La pelota de ahora no es mejor que la de entonces, porque la pelota en Cuba siempre fue grande y buena. Crecimos jugando y viendo pelota, y por eso la llevamos con la vida.
Pero la pelota salta la frontera del mero pasatiempo personal y sus contornos deportivos, para convertirse en algo mucho más serio. Es un fenómeno social. Es un fenómeno tremendo. |
Si un equipo de especialistas se propusiera estudiar al cubano, no puede dejar de ir a dos lugares que en Cuba son emblemáticos: el santuario y el estadio. Obviamente la pelota no es una religión, pero el aficionado a la pelota experimenta por su equipo una especie de fe.
La fidelidad del aficionado del béisbol llega a extremos muy curiosos. Por ejemplo, si va al estadio y no puede entrar porque está lleno y su casa le queda muy distante, corre a buscar un televisor con similar urgencia a la de una ambulancia que lleva un paciente que se debate entre la vida y la muerte. Si decide ver la pelota en su casa, su esposa – si no comparte la misma fe beisbolera – tiene que irse a otra parte a ver la novela.
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El Coloso del Cerro: Estadio Latinoamericano. |
Hay partidos que antes de empezar prometen ser un gran espectáculo. Pero como la pelota es como es y no como uno quiere que siempre sea, a veces el juego no está para juego, y transcurre como uno de esos días de nuestro biorritmo cuando las curvas del estado físico, intelectual y emotivo se encuentran en el punto crítico, y resulta ser un día pésimo. El juego transcurre entonces cero a cero, con flaicitos al cuadro, roletazos sin fuerza y hasta se ponchan los jonroneros. Es tan aburrido como una inútil jornada de pesca.
Sin embargo, se dan juegos con batazos, fildeos y jugadas tan singulares y sorprendentes, que uno no se explica cómo media afición no se infarta.
Ciertamente hay instantes únicos de la pelota, como ese en que el equipo que pierde tiene corredores en segunda y tercera, hay un out y el empate está en segunda; el bateador sostiene el bate levantado sobre uno de sus hombros como un sable sediento de contienda, mientras el pitcher y el catcher se entretienen en ponerse de acuerdo con la seña. El estadio se mantiene absolutamente silencioso. La gente es todo nervios esperando el desenlace. Se puede anunciar públicamente que en los kioscos se vende carne de res en moneda nacional que nadie se mueve, a pesar de la añoranza.
En realidad la pelota no es cualquier cosa. Basta mirar a esos grupos que discuten de pelota, porque hay dos espectáculos: el juego y el comentario del juego. Son dos caras de una misma moneda. Pero lo interesante de esas controversias es que sus protagonistas hacen otro juego, el que ellos creen que debía haberse jugado… De modo que ahora los peloteros son ellos y los aficionados ese montón de personas que los escucha.
No es cierto que un partido de béisbol acaba con el último out; continúa dentro del aficionado, quien se debate preguntándose por qué en aquel momento culminante del juego, con un solo out y hombre en tercera, el manager no mandó al bateador a tocar la bola por primera; o por qué no quitó al pitcher en el tercer inning cuando se le llenaron las bases, y lo vino a sustituir en el sexto, cuando ya el equipo era como un barco con cien agujeros.
Lo curioso de estas controversias es que cogen una temperatura tremenda: los aficionados se gritan, se manotean, uno le dice al otro imbécil, el otro le responde que no sabe de pelota… Pero nadie se ofende de veras. La atmósfera es puramente dramatúrgica y la agresión no pasa del nivel discursivo. Porque evidentemente cuando el juego termina, los peloteros se van al hotel o a sus casas muy cansados, y de lo menos que quieren saber es de pelota. Pero al aficionado le pasa lo contrario: sale tan cargado que si no se saca esa energía concentrada se infarta. Esa es la razón por la cual se va a casa del vecino, a la esquina o al parque para desintoxicarse de la pelota.
Uno comprende entonces que la pelota – aunque se califique como un juego – no tiene nada de juego. Por el contrario es causa de indigestas, mal humor, incomunicación conyugal, enemistades, accidentes cardiovas-culares, apatía laboral, pérdida del peso corporal y del peso del bolsillo… En el fragor de la pelota nada hay más importante que ella.
Por último, hay que decir que además del espectáculo que fue el juego y del otro espectáculo que será el comentario del juego, está el grandioso, incomparable espectáculo que empieza después del último out con el que se decide el campeonato – a favor de Industriales, por supuesto – . En el estadio la gente salta y se abraza aunque no se conozca. En los barrios se grita: “Industriales campeón” y todos los perros ladran. Las campanas de la catedral no repican porque Dios es muy grande. La gente comenta que mañana el Estado dará ese día feriado. Se soltó el loco en las calles. A cantar, beber y bailar con los Industriales. Podrá faltar el pan que nadie lo tiene en cuenta. La palabra de orden es… la pachanga. Es como si volviéramos a La Chambelona por unas horas. Nunca antes el señor Jorge Mañach fue tan vigente.
Mire que en Cuba hay celebraciones notables, pero ninguna como esta, para la cual ni hace falta que a la fiesta le propicien las condiciones: el pueblo mismo la inventa. |