sus posibilidades–, la sociedad, generosa con creces, debía de retribuirle tomando en cuenta sus perentoriedades. De igual forma, determinadas directivas como aquella de jubilar a los trabajadores con el ciento por ciento de su salario, desbordaban las buenas intenciones, pero se hallaban reñidas con la racionalidad económica.
Ya con el país en vías de institucionalización, en el decenio de los setenta, fue cuando se comenzó a mencionar con insistencia el sistema de distribución socialista “De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”. Era el reconocimiento tácito de que en la sociedad socialista cada persona debía de vivir en correspondencia con la cantidad o la calidad de lo que aportara al país, y que los igualitarismos clasificaban como una práctica nociva. El convencimiento, sin embargo, no bastó para que ese sistema de retribución del trabajo extendiera de un modo eficaz su influencia sobre nuestra economía. Unas veces debido a limitaciones de índole externa, y en otras ocasiones como resultado de fallas organizativas o malos métodos de dirección, lo cierto es que la real vinculación del trabajo con los resultados del mismo ha sido una de las grandes carencias de la política salarial cubana. Incluso no faltan voces que insisten en que la violación continuada del referido principio de distribución socialista se encuentra en la génesis de la tan citada pérdida de valores que afronta nuestra sociedad.
Excepto para aquellas ocupaciones que por sus características no puedan ser normadas ni vinculadas con los resultados del trabajo, y por tanto requieran ser retribuidas de acuerdo con el tiempo laborado, en el resto de los puestos de trabajo sí debía de existir una estrecha vinculación entre el salario y los resultados. Todos hemos padecido alguna vez las consecuencias de toparnos con algún que otro trabajador que perciba un salario fijo –sobre todo sin posibilidad de aumentarlo– con independencia de la cantidad o la calidad de la labor que realice. Nos sucede cuando entramos en una tienda o establecimiento de servicios y somos recibidos por un empleado apático, descortés, y que lo mismo le da atendernos que ignorarnos. Total, pensará él, lo único que precisa para cobrar íntegramente su salario es permanecer las ocho horas en el centro de trabajo. Lo demás no importa.
En estos tiempos en que mucho se discute acerca del tipo de propiedad que nos conviene, resulta útil destacar que el tema que nos ocupa pudiera proporcionarnos, precisamente, una de las más importantes diferencias entre la propiedad privada y la socialista. El propietario de un negocio particular, al no contar con un salario predeterminado que retribuya su labor, se consagra plenamente a su faena como único modo de obtener mayores ingresos. Los trabajadores por cuenta propia que aún subsisten en nuestro entorno pudieran ofrecernos también una muestra de ello. Entonces, a la propiedad estatal socialista no le queda otra opción, si aspira a acceder a la eficiencia que genera la propiedad privada, que vincular el salario de los trabajadores con los resultados del trabajo. Solo así el colectivo laboral se hallará en vías de adquirir el imprescindible sentido de pertenencia que garantice la buena marcha del proceso productivo o de prestación de servicios. Los estímulos morales, aun sin descartarse del todo, está casi demostrado que en casos como estos no desempeñan un rol apreciable.
Justo es consignar que últimamente se dan pasos en la economía cubana para ir ampliando el diapasón de entidades y sectores que contemplan algún tipo de correspondencia entre el salario y los resultados del trabajo. El Sistema de Perfeccionamiento Empresarial, ese método de dirección bajo el cual trabajan las más importantes empresas y entidades del país, establece dicha vinculación como un elemento de primer orden. Incluso para los centros que laboran en los marcos de ese sistema no existe un límite para el fondo de salario, sobre todo para el personal directo a la producción. O sea, que mientras más produzca un trabajador, mayor será su ingreso monetario. Por supuesto que la cantidad de salario que se pueda pagar estará, a la postre, enmarcada en el nivel de ingresos que obtenga la institución, ya que resulta esencial que las entidades perfeccionadas sean rentables. Es decir, que sufraguen sus gastos a partir de sus ingresos.
Igualmente, y mediante un análisis similar al que hicimos con la empresa privada o los cuentapropistas, las medidas más recientes que tienden a cierta –aunque todavía tímida– desestatización de la economía, como el arrendamiento de tierras ociosas, así como las barberías y peluquerías, reforzarán a escala social la conciliación entre el salario y los resultados del trabajo.
Las entidades cubanas aplican actualmente dos sistemas de pago que, de un modo u otro, se relacionan con los resultados de la gestión productiva: el pago a destajo, y el pago por resultados propiamente dicho. Mediante el primero de ellos, el trabajador cobra de acuerdo con el cumplimiento o sobrecumplimiento de su tarea individual, sin importarle si su brigada, taller o empresa cumplen o no. Este sistema, que sin dudas contribuye sobremanera al aumento de la productividad del trabajo, puede verse afectado en caso de fallar las materias primas o insumos del proceso productivo.
En cuanto al segundo de los sistemas de pago mencionados, el estímulo salarial que los trabajadores perciben por encima de su salario básico está determinado por el cumplimiento de algunos indicadores económicos, como pudieran ser, entre otros, el plan de ventas de la institución, el plan en surtidos o unidades físicas, o el comportamiento positivo de la correlación entre la productividad y el salario medio (tópico este sobre el que pretendemos tratar en un próximo artículo). Este sistema de pago induce al trabajador a preocuparse también por el desempeño de su colectivo, ya que el estímulo procede si, además del cumplimiento individual, sobreviene el cumplimiento de la brigada, el taller o la empresa. Pero cuando el trabajador cumple y el colectivo incumple – situación muy recurrente en la práctica – , este sistema de pago se transforma en un desestímulo para ese trabajador.
Y si nos remitimos a un plano más general, para que la articulación entre el ingreso de los trabajadores y los resultados del trabajo ocupe el sitial preponderante que merece en nuestro accionar económico, es preciso que el salario se vaya convirtiendo gradualmente en el principal estímulo material de los cubanos. Pero semejante aspiración, en medio de un panorama en el que se nos paga con una moneda diferente a la que precisamos para adquirir gran parte de los artículos de primera necesidad, donde una remesa monetaria proveniente del exterior puede decidir el estatus económico de una persona, o el acceso a una ocupación emergente como la de portero de un hotel sea capaz de generar una propina en divisas que apabulle a nuestro salario en moneda nacional, pudiera parecernos inalcanzable.
No obstante esa triste evidencia, que podría volver pesimista al más entusiasta de los mortales, no debemos perder de vista que la vinculación del salario con los resultados del trabajo continúa figurando como una tarea prioritaria para las autoridades económicas del país, máxime en momentos en que diversas transformaciones en esta materia se insinúan en el horizonte. |