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APOSTILLAS

por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
cmcespedes@iglesiacatolica.cu
En el centenario del nacimiento:
José Lezama Lima
acercamiento a su religiosidad
Apuntes escritos para la tertulia animada por César López, en La Habana, el pasado viernes 16 de Abril de 2010.

1. Me permito iniciar esta breve referencia a la religiosidad de Lezama con tres citas de nuestro autor –solo tres, hay muchas– que nos permiten asomarnos al mundo de sus convicciones religiosas.

a) De los Sonetos a la Virgen , tomo la primera estrofa del “Primer Soneto ” :

  Deípara, paridora de Dios. Suave
la giba del engañado para ser
tuvo que aislar el trigo del ave,
el ave de la flor, no ser del querer .
 

b) De “San Juan de Patmos ante la Puerta Latina ”, tomo una estrofa. Se trata de una pequeña y entrañable iglesia dedicada al apóstol san Juan, en Roma, situada ante Portam Latinam , de ahí su nombre:

  Allí donde me amisté con el aceite hirviendo,
id y construid una pequeña iglesia católica.
Esa iglesia es aún hoy, porque se alza sobre
el martirio de San Juan.
La prueba del aceite hirviendo, martirizada su sangre.
Levantad una iglesia donde el martirio encuentre
/una forma.
Todos los martirios, la comunión de los santos,
todos a una como órgano, como respiración espesa,
como el sueño del ave.
 

c). Con posterioridad y dentro de otro género literario, la novela en prosa, Lezama se refiere en el capítulo III de Paradiso, a la protestante Florita Squabs, la de “la voz alambrada y de hierro colado”; su poca afinidad con el cristianismo no católico me resulta evidente:

“Y seguía así, en su brumosa teología en impromptu, oponiendo destino y voluntad, con la misma huesosa arbitrariedad con que Calvino quería unir la rebeldía y dedicatoria de su principal obra a un príncipe y soberano señor”.

Un poco más adelante, en el mismo texto, replica la católica señora Augusta: “Qué sombrío debe ser en ustedes, los protestantes que esperan que al lado de su voluntad, suceda algo, y por eso a veces se vuelven desatados y errantes en relación con actos y buenas obras. Ensombreciéndose. El católico sabe que su acto tiene que atravesar un largo camino, y que resurgirá en forma que será para él mismo un deslumbramiento y un misterio.”

(Paradiso. Cap. III, Pág. 41, edición de la Colección Archivos , UNESCO 1988).

Hasta aquí, Lezama; a continuación me toca: son textos personales. ……………………………………………………………..............

2. Hace varios años, cuando yo era director de la revista Vivarium, del Arzobispado de La Habana , a finales de la década de los ochenta, publiqué un artículo breve que titulé, en forma de pregunta: “ ¿Catolicismo heterodoxo?”, referido a Lezama. La motivación inmediata de ese artículo de entonces radica en un debate fraterno sobre la religiosidad de Lezama. Tuvo lugar en una reunión mensual del Centro Arquidiocesano de Estudios, del que Vivarium era el órgano. Las dos opiniones en disputa eran: -a) la mía, que sostenía la ortodoxia del catolicismo lezamiano, del existencial y del que nutría su pensamiento, sin dejar de reconocer que era un católico genuino, no sencillamente de la periferia, aunque no “practicante” de manera regular como se suele decir; -b) la de Lourdes Rensoli, entonces profesora de Filosofía en la Universidad de La Habana. Ella reafirmaba que Lezama mantenía una práctica religiosa muy irregular pero, además, según Lourdes Rensoli, sus convicciones religiosas no podían ser consideradas ortodoxas con relación a los contenidos de Fe de la Iglesia Católica ; consideraba la Rensoli que Lezama no era ortodoxo con relación a ninguna religión de estirpe cristiana pues, sostenía Rensoli, estaba muy fuertemente tocado por las religiones orientales y sus concepciones salvíficas, así como por algunas formas de panteísmo. Concepciones éstas más bien propias de algunas religiones orientales, como el hinduismo y el budismo, no del cristianismo bajo cualquiera de sus formas.

3. El texto actual depende en buena medida del que publiqué en Vivarium y de algunas conversaciones posteriores con dos amigos de Lezama, indiscutiblemente católicos y compañeros de él en las aventuras literarias desde antes de la publicación de Orígenes. Me estoy refiriendo a monseñor Ángel Gaztelu y a Cintio Vitier.

4. En realidad, el intercambio de opiniones acerca de la religiosidad de Lezama y la redacción del texto, antes de ser lo que son, fueron ideas que prologaron una incitación un poco más remota. Juan Ernesto Montoro, erudito lezamiano, con anterioridad, había pronunciado una conferencia en la Cátedra Varela de Cultura Cubana, del Seminario San Carlos y San Ambrosio, cátedra que dirigía por aquel entonces el doctor Manuel Moreno Fraginals. El tema central de la conferencia de Montoro había sido el neoplatonismo en la obra de Lezama Lima, evidente en la obra Muerte de Narciso, pero – al menos – tangencial, cuando no fundacional, en casi toda su obra literaria. De esa abundantosa presencia neoplatónica, no resultaba difícil el deslizamiento hacia lo religioso en Lezama.

5. Por mi parte, abordé el tema de la religiosidad lezamiana en la segunda parte de mi novela Érase una vez en La Habana (Madrid, 1998). En la escena a la que me refiero (II Parte, cap. VIII), un grupo de los personajes de la novela, amigos y admiradores todos de Lezama, conversan en casa de Dulce María del Castillo –una de las protagonistas de la novela – acerca de la muerte inesperada de Lezama. Toma la palabra el padre Cristóbal Orbe, párroco del Santo Ángel Custodio y corifeo en esa tertulia en la que se hablaba de la religiosidad del amigo que acababan de sepultar. En aquel grupo, él era el más indicado para el esclarecimiento. Se trata de una cita extensa, pero fue escrita por el mismo que ahora les habla y no tengo por qué repetirme o simular una novedad inesperada:

6. “He leído y escuchado, en más de una ocasión, el giro ‘catolicismo heterodoxo' como calificativo de la fe de nuestro indimenticabile gordo de Trocadero. Conociendo hasta qué medida los contenidos de su fe eran tradicionales, casi infantilmente tradicionales, inclusivos de rosario en mano, de beso a la estampa de la Virgen María y de los santos de su devoción y de fácil deslumbramiento ante el milagro o el sencillo prodigio de coloración religiosa católica, así como teniendo en mente y ante los ojos su aceradamente irónico distanciamiento de los grupos y actitudes religiosas surgidas de la Reforma y su manifiesta simpatía por las letras y las formas de la belleza que generó la Contrarreforma católica, he indagado con curiosidad las razones de los cultores de ese giro lingüístico que me resulta tan sorprendente referencia a Lezama.

”7. Sin rupturas en la atención silente, el padre continuó anudando sus razones: Heterodoxo por su neoplatonismo indiscutible, afirma alguien; por su exploración de las fuentes paganas, no excluidas de su cosmovisión, asevera otro. ¿Autorizan estas sentencias verdaderas que se califique a alguien como católico heterodoxo?

”8. El Catolicismo proclama la unidad en los contenidos de la fe como una de sus notas características y, simultáneamente, se autodenomina así, Catolicismo, e incluye la catolicidad, es decir, la universalidad, como otra de sus notas definitorias. Me parece que sería reductiva la comprensión de la universalidad si ésta se ciñera a los niveles más epidérmicos de las coordenadas geográficas y temporales. No se trata solamente de una intelección simplificadora y simplista del Cristianismo como Religión de la Buena Nueva , el Camino de Jesús destinado a todas las personas de todos los lugares y momentos del discurrir humano, sino también de exprimirle a esta verdad todos sus jugos y ambrosías. Para lograr su vocación universal y derribar los muros que levantan nuestras menudencias y pequeñeces, el Evangelio, como Jesús, debe encarnarse, hacerse carne humana frágil, pobre, discreta y hasta quebradiza, en todos los puntos que componen la línea parabólica, sin que pierda su rostro genuino, sin diluir los rasgos que lo identifican: el hondón de la mirada, la benevolencia de la sonrisa, el olfato exquisito, la frente amplia y rugosa, manifestadoras de la centurial sabiduría, y la atención auditiva. ‘Judío con los judíos y griego con los griegos', como dijo de sí Pablo de Tarso quien, con la misma certidumbre, pudo afirmar que ya no era él quien vivía en sí mismo, sino que era el Cristo el contenido de su vaso de arcilla pues, para él, ‘vivir es Cristo'.

”9.El que acoja a Jesucristo como vida propia, animadora de su fango, nace en Belén, crece en Nazareth, se deja bautizar por Juan, festeja en Caná, se sienta a la mesa de los publicanos, conversa al borde del camino y junto al pozo fundacional con la samaritana de los muchos maridos, no elude la amistad nocturna del fariseo Nicodemo, ni el trato con los otros miembros de la secta, alaba la fe del centurión pagano, ante la adúltera solo escribe palabras en la arena y logra que desaparezcan las piedras de la justicia inmisericorde, descansa en Betania, asciende en un borrico y va entre las palmas por los senderos rampantes que lo conducen a Jerusalén, muere en el Calvario y, resucitado, haciendo ruta con los de Emaús, les abre las puertas de la Esperanza.

”10. Difícil conciliación la de la unidad de los contenidos de la fe con la catolicidad efectiva de los mismos y, por difícil, no siempre bien lograda pues, en ocasiones, el acento en la unidad ha detrimentado la catolicidad o el énfasis en ésta ha causado merma en la primera. Heterogéneo y pluritonal, mas uno solo es el Catolicismo, aunque no uniforme pues, si esto se pretendiere como meta felizmente irrealizable, tal actitud equivaldría al absurdo deseo de establecer una contradicción en los términos de la definición. Me parece que uno de los acercamientos posibles al misterio, inaprehensible en sus esencias más delicadas, del don divino de la Fe Católica , sería esbozarla como heteromorfa Comunión de Amor, vivida en el más interpenetrante sincretismo cultural imaginable, cimentada en la Roca que es la persona de Jesús, y en Su Vicario, garantía infalible de la autenticidad del Todo.

”11. Una es la fe en la Eucaristía , punto centrífugo y centrípeto de la vida católica, y diversas las formas con las que se significa, realiza y celebra. ¡Qué distancia entre la sobria y monofónica liturgia romana y las arborescencias multicolores de los cultos orientales católicos! Católica es la sobrecogedora desnudez basilical de Santa Sabina en el Aventino en Roma y católico también el barroquismo deslumbrante de la iglesia del Gesú, también en Roma, los pilares sólidos de la Catedral rosa de Maguncia, las flechas inauditas de la de Chartres, los dorados enceguecedores de los templos bávaros y austriacos, la ruptura selvática de la banalidad arquitectónica en la Sagrada Familia de Gaudí y los iconostasios veladoras del misterio intuido en los perfumes del incienso copioso de los templos del catolicismo griego y eslavo. Todas las posibilidades de las artes plásticas y de la música podrían ilustrar con holgura la heterogeneidad ilimitada de la expresión del pluriforme Catolicismo único. ¿Por qué no del pensamiento y el lenguaje que lo desvela?

”12. El neotomismo, cuasioficial sistema del pensamiento católico actual, tiene su humus germinal en quien lo bautizó, Santo Tomás de Aquino y éste, en su siglo xiii , padeció las sospechas de la heterodoxia por su distanciamiento del neoplatonismo plotiniano de Agustín y de Anselmo, santos también los dos y de quienes el propio Aquinatense se consideró siempre deudor; de ese mismo neoplatonismo que durante mucho tiempo se identificaba en Occidente con la ortodoxia y del que, a lo largo de los siglos, nunca han dejado de beber los pensadores cristianos, tanto los teólogos más sistematizadotes, racionales y tersos, como los místicos más inefables y asistemáticos, artesanos de la metáfora, la alegoría, y la parábola. Las ilustraciones de la historia y de la contemporaneidad son tan numerosas que la insistencia sería superflua.

”13. La expresión de los contenidos de la fe católica desbordan, pues, la unicidad de las categorías y estructuraciones filosóficas y de sus epifanías lingüísticas, tocadas todas por la excelsitud del tesoro que se quiere manifestar –perla preciosa que merece la venta de todo lo demás con tal de adquirirla– pero portadoras, simultánea e inevitablemente, de los límites propios del mismo raciocinio y del lenguaje y de las fronteras y de los requerimientos espacio-temporales impuestos por la economía de la Encarnación. La Verdad acerca de Dios y del hombre, en Jesucristo y la Iglesia Católica , debe perseguir el camino y castigar el verbo hasta obtener que resulte noticia buena tanto para el judío y el griego de los tiempos de Pablo de Tarso, como para la persona humana situada en cualquiera de los puntos de la línea, con su especificidad intransferible. La expresión uniformante de la fe, al negarse la catolicidad, se cerraría a la dinámica evangelizadora impuesta por el mismo Jesús, Redentor, Señor y Maestro en todo lugar y hasta el final de los tiempos.



”14. No, no me parece que haya sido heterodoxo el bueno de Lezama por haber simpatizado temporalmente, más con el neoplatonismo, oferente de mejores posibilidades abarcadoras y unitivas a su alma barroca, que con el neotomismo aristotelizante que él conoció, ungido por una cierta frialdad neoclásica, ajena a su ego y a su estilo personal de aprehender la cubanía. Barroco fue su paladeo y en el barroco encontró la peculiar sabrosura de la Contrarreforma católica y, siempre según Lezama, nuestro asmático gordo de la Calle Trocadero , el de la buena mesa y el chisme sazonado, ‘ahí está la cosa', porque para él, el barroco, es la forma no desyugada de sus contenidos, que mejor se aviene con nuestra caribeña especificidad insular. Tampoco fue heterodoxo por bucear en el taoísmo y en otras culturas paganas, ya que la experiencia histórica y contemporánea de la Iglesia Católica es, también en esta labranza, la de ese buceo reiterado e infatigable, con propósitos generosos y sabios. Aunque no siempre ella obtenga un fruto bien sazonado y un plato de ricos condimentos en su exacta proporción, la impele

en su cuerda un global discernimiento exquisito, propio de equilibrista experimentado y de maestro de cocina de la India o de China, entre lo incorporable por nutritivo y lo que, por dañino, debería abandonarse en algún estercolero apocalíptico, para contribuir al crecimiento de la persona hasta la talla que le pertenece.

”15. La tertulia de Dulce María terminó en reflexión coral y el joven Víctor, uno de sus asiduos participantes, con su memoria fotográfica, se repitió las palabras del padre Cristóbal Orbe –de cuyos labios siempre estaba prendido–, en aquella luminosa noche habanera, en su casa, antes de dormir. Y gracias a su cuidadoso testimonio, el autor de estas líneas las ha podido transmitir ahora, a más de treinta años del día en que fueron pronunciadas.”

Nota. Hasta aquí, las referencias explícitas a la religiosidad de Lezama en mi novela Érase una vez en La Habana. Continúo.


16. A mi entender,las preguntas fundamentales con relación a este tema son: ¿Fue Lezama católico o no? Si no lo fue, ¿tuvo otras convicciones religiosas o fu agnóstico y quizás, hasta ateo? Después de los textos anteriores, ¿caben todavía las preguntas? Las preguntas siempre caben. La cuestión está en las respuestas. De la lectura de los textos de Lezama, con los que inicié la presentación, se infiere que Lezama fue un católico de la mejor tradición, la de la Virgen María llamada Deípara, la de la sangre apostólica martirizada por el aceite hirviendo, la del templo que “aún es” porque se levanta sobre el martirio de san Juan, de todos los martirios, de la comunión de los santos, todos a una como un órgano, como respiración espesa, como el sueño del ave. En el otro texto lezamiano, tomado de Paradiso, basta prestar atención al rechazo a Florita Squabs, a su voz alambrada y a sus teologías brumosas y ensombrecedoras, contrastadas con el deslumbramiento del misterio y de la luz del pensamiento católico de Augusta. ¡Decide Lezama!

17. Pienso, sin embargo, que no deberíamos prescindir del juguetón Lezama, el del buen humor del que menos se habla. Cocinada en ese caldo, el propio Lezama nos da la mejor anécdota sobre el tema, ya no sólo en textos serios, como los ya mencionados, sino también –¿y por qué no?– en sus conversaciones más familiares, en las que resultaba casi imposible evitar la envoltura humorística, aun cuando se estuviese hablando de algo muy serio. Nos haría falta aquí su amigo monseñor Ángel Gaztelu Gorriti. En muchas ocasiones, abordando precisamente un asunto religioso, ante un exabrupto salido de tono, casi siempre bañado de buen humor, Gaztelu con su voz estentórea de bajo retirado del Orfeón Vasco, increpaba al Poeta: “¡Lezama, por favor, que eres católico!” Y a esto repostaba el interpelado: “Pero católico a mi manera”. A lo que añadía Gaztelu inmediatamente: “¡La mejor manera de no ser católico!” Y todo el círculo de amigos rompía en la habitual carcajada sonora. ¡Ya conocíamos el juego tan serio que tales frases encerraban!


18. Me resulta muy curioso que antes de la publicación de Paradiso y de su capítulo VIII, tan lleno de resonancias de erotismo hindú, en simbiosis con elementos de la picaresca española, nadie había insinuado que Lezama no era católico. Todo en él y en su entorno revelaban esa identidad. Me sospecho que fueron las imágenes atrevidas, propias del humor exuberante y verde, contenidas en ese capítulo VIII, las que despertaron la absurda acusación de que Lezama no fuera católico o que lo fuera solo de periferia lejana porque había escrito un capítulo picante en su novela Paradiso. Si esto es así, si esa picardía lezamiana es la razón para tamaña tontería –no tengo otro argumento que el de la sospecha–, no puedo dejar de atribuir semejante dislate calumnioso a los retorcimientos mentales de alguna beata, de la misma estirpe que algunas amigas de mis abuelas. O de algún beato, que también los hay y los conozco. Una cosa es gustar o no de ese capítulo y de su erotismo kamasutresco tan sazonado –la cocina india gusta de la pimienta y de las especias fuertes y abundantes–, y otra es atribuirle la condición de signo de ausencia de fe católica y de ética desarticulada en quien lo redactó. Esto sería ir demasiado lejos y, además, por caminos errados que en nada contribuyen a una buena exégesis de nuestro poeta de Trocadero. Sin embargo, no nos sorprenda: sabemos, que en nuestro mundo criollo abunda el morbo de esta coloración.


19. Por todo lo anterior y por otras muchas reflexiones nacidas a la sombra de sus textos y de su existencia, concluyo que Lezama fué indiscutiblemente católico. No de práctica dominical y sacramental muy asidua, aunque tampoco se podría decir que asistía al templo solo de tiempo en tiempo; amante de las misas en latín, del incienso y de todo lo que en la liturgia católica tuviese olor y sabor de antigüedad. Hombre de rezos solitarios, de estampitas de santos de su devoción, de rosario, en mano o no, fiado entonces solo a los latidos amplios de su corazón grandote; de amistad leal y probada. Su actitud vital era cristiano-católica y cristiano-católico fue su pensamiento sólido, ese que dilucidamos en su prosa y en sus inigualables versos, los que nos engordan la entraña más entrañable de nuestro ser de cubanos. Hombre de espíritu libre y lengua audaz, pero de dolor discreto y de jadeos insaciables –no me refiero a los del asma–, de esos que no buscan compasiones humanas inútiles, formas sutiles de egoísmo mal disimulado.

20. Ponga fin a esta evocación trayendo de nuevo la voz propia del amigo, Lezama. Se trata del verso final de un poema de 1931 –el Poeta contaba 21 años– en el que toda la simbología del atardecer, en tan temprana edad, nos lleva a sospechar que nuestro Poeta tendría versos semejantes en su cabeza y en su corazón cuando, de modo repentino, se dio cuenta de que ya tocaba a las puertas que ponen fin a nuestro camino terreno para adentrarse en el otro, el eterno:

  Atardecer,
en la nieve sin nieve caballeros plomizos,
blandos de algas,
sin nieve.
¡Ya muero!
 

La Habana , 13 de Marzo de 2010.