Cuando Jordán baja del púlpito, el joven bávaro le pide el hábito blanco de santo Domingo. Trasladado a Padua, recibió en 1229 el hábito de los frailes. Enviado a Colonia, punto de encuentro en las grandes vías de comunicación de los pueblos del noroeste de Europa, Alberto supo adentrarse en los problemas de adaptar las teorías de Aristóteles y Averroes (condenadas en 1231 por Gregorio X, que favorecía el pensamiento platónico-agustiniano) al pensamiento cristiano, tratando de utilizar también la especulación judía de Moisés Maimónides. En 1238 ya enseñaba en Colonia, y después en diversos centros de Alemania (Hildesheim, Friburgo de Brisgovia, Ratisbona, Estrasburgo), hasta que finalmente lo hace en París en 1245. Aquí, tres años más tarde, tuvo como discípulo entre los estudiantes llegados de veinte naciones, a Tomás de Aquino. Alberto se percató de la inteligencia notable de éste, al que sus condiscípulos llamaban “el buey mudo” por ser gordo y de pocas palabras. “Los mugidos de éste buey resonarán en todo el mundo”. Palabras proféticas pues Tomás llegó a ser declarado doctor de la Iglesia por la profundidad de sus escritos teológicos, sobre todo la Suma Teológica.
De 1240 a 1248 pudo acumular una información enciclopédica a la que le inclinaba su genio, aunque no sin encontrar oposiciones por su tendencia aristotélica (comentó a Pseudo Dionisio Areopagita y la Ética a Nicómaco de Aristóteles).
Alberto llegó a ser rector del Estudio General de Colonia, de la cual surgió después la universidad. Por su sentido de la justicia en 1252 se enfrentó a la opresión feudal del arzobispo, defendiendo a la ciudad. Ese mismo año fue elegido provincial de la provincia de los dominicos en Alemania y lo fue hasta el año 1257. En esa época predominaban dos tendencias en la naciente orden: la ascética y la de los estudios. Con gran tacto supo armonizar las dos tendencias sin que se llegara a un enfrentamiento.
Otra de las causas que defendió fue, en 1256, el derecho de las órdenes mendicantes (dominicos, franciscanos, agustinos, etc.) de enseñar en las universidades. En esto colaboró con san Buenaventura, OFM. Los seculares, encabezados por Guillermo de Saint Amour decían que la competencia de los mendicantes los perjudicaba. Al fin, el Papa Alejandro IV que estaba en Anagni con la corte pontificia, dio la razón a los mendicantes.
Por su prestigio, el Papa lo obligó a aceptar en 1260 el obispado de Ratisbona (Regensburg), donde se reveló como obispo celoso y austero. Con todo, como el obispo era también un señor feudal, tenía que dedicarse mucho tiempo a las cosas temporales. Por eso renunció al cabo de diez años para dedicarse a la enseñanza, su verdadera vocación.
Otra vez la obediencia a la Iglesia lo llevó a un encargo bien difícil: el Papa Urbano IV le encomendó predicar la cruzada en Alemania, Bohemia, Wurzburg y Estrasburgo. La cruzada era considerada necesaria después de que los sarracenos se volvieron a apoderar de Jerusalén (1244) y la expedición de san Luis IX de Francia (1245) había fracasado.
Miradas evangélicamente las cruzadas (guerra contra los musulmanes), no se compaginan con las enseñanzas de Cristo, aunque fueran para defender a los cristianos que eran vejados y a veces muertos en Tierra Santa. Pero en aquella época ni los papas, ni los santos (san Bernardo, san Luis Rey, etc.) se percataban de esa contradicción.
Al morir el Papa en 1264, volvió a Colonia, donde reinició la enseñanza hasta 1277. Antes, en 1274, lo habían designado para participar del II Concilio Ecuménico de Lyon (de camino se entera de la muerte de santo Tomás de Aquino), convocado por Gregorio X para la liberación de Tierra Santa y la unión con las iglesias orientales. No se obtuvo un resultado en este segundo punto, pues la Iglesia oriental no tuvo prácticamente participación en las discusiones. Allí, san Alberto pronunció un discurso defendiendo las tesis de Tomás de Aquino que el obispo de París y los maestros seculares de la Facultad de Teología de dicha ciudad intentaban reprobar.
En 1277 el obispo de París condenó 119 tesis aristotélicas, entre ellas muchas tomistas (poco después censuradas incluso en Oxford). Alberto fue de nuevo a la Universidad francesa a defender las tesis de su discípulo predilecto. En 1279 hizo testamento. En él dejaba todo para la beneficencia y sus libros para los dominicos de Colonia. Murió al año siguiente, el 15 de noviembre de 1280. El Papa Gregorio XV lo beatificó en 1622, y Pio XI, como dijimos, lo canonizó en 1931.
San Alberto Magno reconoció en las ciencias una herramienta eficaz para invalidar ciertas imaginaciones especulativas que se confundían a menudo con la teología. Por la convicción de que entre ciencia y fe hay distinción, pero no contradicción, no renunció a ninguna observación o experimentación; tanto que se le llegó a tomar por alquimista o mago. Puede afirmarse que con él se inició la búsqueda del método de observación de los fenómenos naturales. 2
La grandeza de este doctor, que ha merecido el título de “Magno ” , consiste en haber sido uno de los geniales constructores de la Europa de su tiempo, contribuyendo, en un momento definitorio, a salvar su unidad política, cuando hizo aprobar por el Papa en Lyon, a Rodolfo de Habsburgo como rey alemán (1273).
San Alberto escribió una frase que sigue siendo actual: “ve tú mismo a Dios, te será más útil que enviar a todos los santos que están en el cielo”. Es decir, en la búsqueda del bien social y cultural, la importancia de la relación con Dios (sin negar la intercesión de los santos) es insustituible.
Veamos ahora un comentario suyo sobre la Eucaristía en el Evangelio de san Lucas (cfr. Tomo IV. Liturgia de las Horas, página 1367, 15 de noviembre):
“ Haced esto en memoria mía. Dos cosas hay que destacar en estas palabras. La primera es el mandato de celebrar este sacramento, mandato expresado en las palabras: Haced esto. La segunda es que se trata del memorial de la muerte que sufrió el Señor por nosotros.
Dice, pues: Haced esto. No podríamos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna. Esto es lo que vamos a demostrar punto por punto.
Lo más provechoso para nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados y la plenitud de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho. Por ellos me consagro yo, Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.
”Es también lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos; este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servía al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.
”Es lo más saludable que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no gustará jamás la muerte. Es árbol de vida para los que la cogen, son dichosos los que la retienen. El que me come vivirá por mí.
”Es lo más amable que se nos podía mandar. Este sacramento, su efecto, es causa de amor y de unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento.
”Los hombres de mi campamento dijeron: ‘¡Ojalá nos dejen saciarnos de su carne! ' ; que es como si dijera: ‘Tanto los amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas y ellos desean comerme, para, incorporados a mí, convertirse en miembros de mi cuerpo. Era imposible un modo de unión más íntimo y verdadero entre ellos y yo'.
”Y es lo más parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser una continuación de este sacramento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada.”
Notas:
1 Algunos autores dicen que nació en 1193.
2 El saber enciclopédico de san Alberto Magno se comprueba porque escribió de lógica, ciencias naturales, metafísica, ciencias morales, música, Sagrada Escritura, teología y parenética.
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