La Casa , soy la casa
más que piedra y vallado,
más que sombra y que tierra,
más que techo y que muro,
porque soy todo eso, y soy con alma.
Dulce María Loynaz
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Plano Topográfico de los barrios de extramuros de la Ciudad de La Habana
Autor: Rafael Rodríguez que lo arregló y dibujó en 1841 |
La Quinta de
San José |
por Arturo A. Pedroso Alés |
En 1902, la revista mensual ilustrada Cuba y América , dirigida por el prestigioso intelectual y abogado Raimundo Cabrera, publicó un interesante artículo costumbrista titulado “El Cerro”del fecundo escritor Ramón Meza. En ella, el autor de la conocida novela Mi tío el empleado, recreó la arquitectura de esta pintoresca barriada, y consignó con admiración: “El Cerro tiene algunos edificios cuya construcción está ajustada a las más severas prescripciones de los estilos griegos, llenos de armonía y proporción en sus dimensiones. El basamento general del edificio al cual se asciende por gradas, la columna con su fuste estriado, y correctamente marcado sus capiteles y base, los frisos, las columnas y tímpanos con sus líneas y adornos trazados con gusto y precisión, los pórticos elegantes y cómodos, contribuyen a imprimir a este barrio cierto sello de superior distinción en punto a cultura arquitectónica.” |
Era evidente que hacía mención a las lujosas y conocidas casas-quintas; residencias señoriales y campestres, que a mediados del siglo XIX , las adineradas familias habaneras comenzaron a edificar en el barrio extramural del Cerro, y cuya tipología edilicia no tardó en expandirse en torno a la sinuosa calzada de igual nombre. Estas edificaciones rodeadas de grandes portales, hermosos jardines y frondosos árboles fueron las viviendas preferidas de la aristocracia criolla durante el período estival. A ellas se retiraban en busca de aislamiento, apartándose del bullicio y el incesante movimiento mercantil de la congestionada villa de San Cristóbal de La Habana.
Entre los palacetes de descanso que hoy perduran en claro desafío al tiempo y como fieles testigos del refinado gusto de sus primeros moradores, encontramos la Quinta San José, construcción que
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Calzada del Cerro, 1905. |
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sobresale por la majestuosidad de sus portales, vistosos zócalos de azulejos y esbeltas columnas toscanas. El profesor Joaquín Weiss en su conocida obra La Arquitectura Colonial Cubana, al referirse a ella, situó su construcción en el primer tercio del siglo XIX , y señaló: “Algo retirada de la calzada, pudo desarrollarse libremente, con portal en el frente y a ambos lados. Sus ventanas no poseen encuadramiento de molduras pero sí rejas de un sencillo y bello diseño.”(1) |
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También los arquitectos Eduardo Luis Rodríguez y María Elena Martín Zequeira en la Guía de Arquitectura de La Habana , detallaron los valores de esta vivienda colonial al expresar: “se distingue por […] sus bien proporcionados espacios; los altos vanos de puertas y ventanas rodeados de sencillos entablamentos decorados al estilo neoclásico, el diseño agradable de sus elementos de herrería, incluida la verja exterior; los pisos de mármol blanco y rosado; las lucetas de vidrios de colores con motivos geométricos que cierran en su parte alta los vanos de las galerías.”(2)
Sin embargo, salta a la vista y no deja de ser un hecho curioso, que la casona resulta la única de las quintas de recreo, existentes hoy, que no se identifica con el nombre de su propietario, costumbre habitual desde los orígenes de esta urbanización. Basta recordar las muy acreditadas quintas de los condes de Fernandina, la del conde de Santovenia, del Obispo, del marqués de Pinar del Río, o la quinta de Luisa Herrera por solo mencionar algunas.
Tal vez la profunda devoción cristiana de sus propietarios explique la singular curiosidad histórica, no obstante, mucho antes de que algunos investigadores e historiadores la identificaran como q uinta San José, se nombró q uinta del Conde Villanueva y con posterioridad Quinta de Larrinaga. |
Fue el coronel don Bernabé Martínez de Pinillos y Sáenz, primer Conde de Villanueva, quien ordenó su construcción y también fue su primer propietario. Esta familia se estableció en La Habana hacia mediados del siglo XVIII , procedente de la provincia de Logroño, en España y tuvo su casa solariega en la calle Mercaderes esquina a Lamparilla, inmueble que acoge hoy en el centro histórico de La Habana Vieja el hostal Conde Villanueva y la Casa del Habano, instalaciones pertenecientes a la compañía turística Habaguanex de la Ofici na del Historiador de la Ciudad.
En 1829, heredó la quinta su hijo don Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos, quien fuera uno de los funcionarios más preclaros y competentes de la administración colonial. Entre los cargos que desempeñó figuraron la tesorería general de ejército y hacienda. También es recordado por el apoyo ofrecido en trascendentales obras emprendidas en la ciudad, como el acueducto de Fernando VII, el primer ferrocarril de La Habana a Bejucal o el Monte de Piedad; sin dejar de mencionar otras de menor rango, pero no menos importante, como la estatua y fuente de la India , devenida en símbolo de ciudad.
La propiedad, conocida como quinta del Conde Villanueva hasta mediados del siglo xix , albergó en su recinto dos edificaciones, fueron ellas la quinta San Jacinto, marcada con el número 416 y la quinta San José, con el número 418. Esta última residencia, con posterioridad, se segregó como veremos más adelante. Ambas casas y sus espaciosos jardines se pueden apreciar en un plano topográfico de los barrios extramuros de ciudad de La Habana fechado en 1841, el cual fue dedicado por su autor don Rafael Rodríguez al Intendente de Hacienda don Claudio Martínez de Pinillos.
La familia Martínez Pinillos conservó la hermosa residencia hasta 1854, cuando doña Teresa Ugarte de Risel, condesa viuda de Villanueva, al parecer apremiada por agobios económicos, vendió la propiedad y una porción de terreno situado frente a la quinta al hacendado don Jacinto González-Larrinaga por un valor de 40 mil pesos. Según la escritura de venta la finca tenía considerables dimensiones:
“[…] casa quinta compuesta de 18 solares y 647 y media varas planas de terreno, situada en el barrio del Horcón, calzada de Real del Cerro, lindando por el Norte con la de la Infanta , por el Oeste con la de la Animas y por el Sur con tierras de la Exma Sra. Condesa de la Reunión […]”(3)
Según el historiador Moreno Fraginals, la familia González-Larrinaga, formó parte del consorcio Cuesta Manzanal-González Larrinaga-Pérez de Urría, el clan familiar azucarero más poderoso de todos los tiempos en la isla. El tronco de esta fue el importante comerciante vasco Bonifacio González Larrinaga, quien fuera el segundo refaccionista de la manufactura azucarera cubana entre los años 1790 a 1805. El propio Moreno al referirse a ella nos dice: “En 1822 la casa comercial de González-Larrinaga es la sexta en importancia en la isla y en 1836, ya muerto Bonifacio y repartida su herencia, su hijo Jacinto Larrinaga ocupa el puesto 21 entre las grandes fortunas.”(4)
Don Jacinto ocupó la quinta por espacio de 17 años. Su presencia en la barriada pronto se hizo sentir. En 1857 solicitó al ayuntamiento un terreno colindante a su finca y a escasos metros de la Esquina de Tejas, donde existía la antigua Pila o surtidor de Villanueva, y luego de su aprobación construyó una nueva fuente, con caja y llaves para el abasto de agua a los vecinos y los numerosos carruajes que transitaban por la calzada. A su fallecimiento en 1871, heredó la vivienda por vía testamentaria doña Josefa Cruz de Larrinaga y Benítez. En la escritura de repartición de los bienes ante don Joaquín Abenza en el archivo de don Manuel Barreto, se lee:
“La viuda Doña Josefa de la Cruz se adjudicó los bienes siguientes: Una casa-quinta titulada San Jacinto, situada en la calzada del Cerro número 416, lindando al Norte con casa de estos bienes y calle Velásquez, por el Este con parte de la calzada de Infanta y en parte con los fondos de las de dicha calzada de estos bienes, y por el Oeste con otra casa-quinta nombrada San José […] Otra casa-quinta titulada San José, situada en la Calzada del Cerro, número 418, lindando con la anterior, y que formó parte de los diez y ocho solares y seiscientos cuarenta y siete y media varas de la nombrada de San Jacinto, bajo los linderos referidos, y además por el Oeste con la señora Marquesa de Urría, […] ”(5) |
En 1876 se alojó en esta magnífica casa por un breve período de tiempo, el reconocido hacendado don Juan Poey y Aloy con su esposa la señora Rosa Hernández Aloy.(6) El señor Poey fue dueño del ingenio Las Cañas, situado en partido de Alacranes, en la jurisdicción de Matanzas, considerado uno de los grandes productores de azúcar de mediados del siglo, y la fábrica de azúcar más moderna de Cuba en los años sesenta. Asimismo, fue uno de los hombres más respetados por sus conocimientos agrónomos y uno de los |

Quinta San José. |
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capitalistas con mayor sentido de modernidad de su época. Desempeñó también relevantes cargos como funcionario del gobierno colonial, entre ellos regidor del Ayuntamiento y Teniente de Alcalde.
Coincidentemente, ese propio año luego del fallecimiento de doña Josefa, la propiedad pasó a su nieto Miguel de Sandoval y Lasa, hijo de don Ignacio Sandoval y Lasa, marqués de Casa Sandoval y regidor del Ayuntamiento de La Habana.
En 1880 residía en la quinta la señora Fanny G. de Niese, directora del colegio de señoritas Inmaculada Concepción, situado en aquella época en la calle Ancha del Norte No. 249 (hoy San Lázaro).
La familia Sandoval conservó la propiedad durante las primeras décadas del siglo XX y mantuvo el uso como vivienda hasta los años veinte, en que pasó a funcionar como centro de enseñanza. En 1924 se asentó en ella el Colegio Kindergarten No. 53 de la barriada del Cerro dirigido por la señora Aurora Fernández y tres años más tarde albergó la Escuela Pública No.58.
En lo adelante, la antigua quinta de veraneo continuó como sede de varios planteles educacionales, incluso con posterioridad al triunfo de la Revolución. En la actualidad funciona en ella la Escuela Secundaria Básica Combatientes de Girón.
La suntuosa residencia, para bien de nuestro patrimonio, aún conserva muchos de sus elementos arquitectónicos originales y resulta un valioso exponente de arquitectura que hace cerca de dos siglos dio vida e identidad al barrio del Cerro, aquel que atrajo al viajero norteamericano Samuel Hazard al extremo de afirmar: “Hay aquí un ancho campo para estudiar la arquitectura tropical, encontrándose raramente dos casas iguales, aún cuando todas obedezcan a un mismo plan general […]”.
Notas:
(1) Joaquín Weiss. La Arquitectura Colonial Cubana. Siglos XVI al XIX. Habana-Sevilla, 2002. p.416
(2) María Elena Martin Zequeira y Eduardo Luis Rodríguez Fernández. Guía de Arquitectura, Habana Colonial (1519-1898). Habana-Sevilla, 1993, p.121.
(3) Archivo Nacional de Cuba (ANC) Fondo: Anotaduría de Hipotecas. Libro: 78, Folio: 84 vto.
(4) Manuel Moreno Fraginals. El Ingenio. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana , 1978, p.267
(5) Archivo Nacional de Cuba (ANC) Fondo: Anotaduría de Hipotecas, Libro: 95, Folios: Del 421 al 431.
(6) Ambos fallecieron en este inmueble. |
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