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HISTORIA

Covadonga:
Mapa de la batalla de Covadonga.
Mapa de la batalla de Covadonga.
El pueblo ibérico
inicia una epopeya
por Rafael Jesús de la Morena Santana
La batalla de Covadonga ha sido uno de los hechos más debatidos e investigados de todos los tiempos, debido a sus consecuencias históricas, que llegan a nuestros días. Después de reunir y analizar la mayor cantidad de información posible, y teniendo en cuenta las crónicas objetivas de los contendientes, la realidad de lo ocurrido se narra a continuación.

En el año 711, la cristiandad latina sufre un golpe terrible, las huestes islámicas, al mando de Tariq ibn Ziyad, entran a sangre y fuego en Hispania en abril, unos traidores, cuyos nombres la pluma se niega a escribir, les abrieron las puertas del país a cambio de que los árabes los ayudaran a apoderarse del trono, pero los valíes musulmanes tenían miras más ambiciosas.

El ejército invasor, de unos doce mil hombres, se enfrenta al del rey Rodrigo, a orillas del río Guadalete. Las fuerzas son parejas, pero en medio del fragor de la batalla, tres mil visigodos, vinculados a la traición, abandonan el campo y dejan descubierto el flanco ibérico; por allí lanza Tariq sus guerreros y la victoria queda por el islam.

El general bereber ve la posibilidad de obtener para el califa de Damasco un inmenso país, sabe que ahora no encontrará oposición armada organizada y comienza a ocupar ciudades, no sin antes sofocar en muchas una resistencia suicida de los habitantes. El saqueo y la muerte se imponen, los cautivos, hombres, mujeres, y niños, son llevados a los mercados marroquíes parta ser vendidos como esclavos, centenares de familias son separadas para siempre. Parece el fin de la herencia occidental en la península, es el desastre. El reino visigodo (1) ha desaparecido y los islámicos amenazan con expandirse por Europa.

Muchos valientes consiguen escapar aunque solo hay dos caminos: el de las Galias, que pronto será atacada por los árabes, y el del norte de Iberia. Allí, en la parte septentrional del territorio, en zonas de Galicia, Vasconia y Asturias, aún sobrevive la libertad. El espíritu indomable tradicional de sus moradores sigue intacto, ni los romanos pudieron ejercer un dominio efectivo en esas regiones frías y montañosas, tierra de pueblos celosos de su independencia.

Allá se dirige, tras protagonizar audaz fuga, uno de los pocos sobrevivientes del Guadalete, don Pelayo, noble cuyo pensamiento era arrojar al agresor del suelo español y vengar el agravio recibido de Munuza, el gobernador bereber de Gijón, que lo tomó de rehén para cumplir el deseo de poseer a su hermana. Lleva hacia Asturias a sus dos hijos, hembra y varón, Ermesinda y Fáfila, tan decididos y orgullosos como él, y acompaña a Urbano, arzobispo de Toledo, quien se llevó las reliquias cristianas para sustraerlas a la codicia y profanaciones enemigas.

El destino les señala como refugio la aldea de Cangas de Onís, en plena cordillera cantábrica, donde ya se están agrupando familias de desesperados de toda Hispania, celtas, iberos, cántabros, catalanes, judíos, los hispanorromanos en general. Pronto se reúne un consejo, recuerdo del Aula Regia visigoda, y se elige a Pelayo como jefe. Éste rechaza cualquier arreglo con los invasores, rehúsa enviarles tributos y llama a la sublevación armada del pueblo peninsular.

El primer deber es la defensa, conscientes de que un día cercano llegarán los mahometanos. Están dispuestos a vender caras sus vidas, ese es el último reducto libre de Hispania y la Fe Católica y jamás lo entregarán. Realizan una alianza con los irreductibles astures, fabrican armas y comienzan a entrenarse. Las mujeres y los niños, dirigidos por la hija de Pelayo, se convierten en hábiles honderos, entusiasmados con la historia del rey David.

Pero el valeroso Pelayo, aunque está familiarizado con el uso de todas las armas de los guerreros visigodos, sabe que hace falta la aparición de un jefe militar, un líder táctico nato, un general que lleve las tropas al combate y las enseñe a vencer. Rezan por ese milagro necesario, se lo piden a la Virgen en sus oraciones.

 
Capilla de la cueva de Covadonga
Capilla de la cueva de Covadonga
Pasan los años y una fría mañana de invierno, se observa, entre los campos cubiertos de nieve a cuatro jinetes avanzando en dirección de la aldea, de cerca, su aspecto es poco tranquilizador, están bien armados, su piel está curtida por el sol y tienen severas miradas, ¿quiénes son estos extranjeros?, ¿acaso enemigos?

La duda pronto se disipa, da paso al júbilo, el milagro se hace realidad. Los forasteros son expertos soldados, uno de ellos resulta ser el hijo del Duque de Cantabria, a quien hacía años se había dado por muerto, cuando los árabes tomaron el Castillo de Tormes. En aquella ocasión, tras librar enconada pelea, el joven Alfonso fue capturado malherido. Llevado de esclavo a Fez, (2) se enteró de que su novia había muerto en el harén del palacio de la ciudad, entonces jura dedicar todas sus energías a un solo objetivo: volver a Hispania y luchar sin descanso contra los opresores paganos.
 
Había sido reclutado para misiones punitivas contra tribus insumisas, el joven duque aprendió árabe y fue obligado a un riguroso entrenamiento, esto convino a sus proyectos. En las operaciones, terminó de asimilar los métodos de combate árabes y se convirtió en un guerrero hábil, astuto y audaz.

En plena campaña se presenta la ocasión de escapar, la columna a la que pertenece, enfrenta un duro e indeciso encuentro nocturno en las montañas del Rif. En la confusión, Alfonso y varios amigos huyen con rumbo este, logran subir a un buque comercial y pasan a Europa. Localizan el centro de la rebeldía contra el Islam en España, y van a Cangas para ponerse bajo las órdenes de Pelayo, figura tutelar de la Redención Nacional.

Éste responsabiliza a Alfonso con la defensa, juntos elaboran la estrategia a seguir. El nuevo duque de Cantabria se da con pasión a la tarea. Establece un férreo régimen de preparación que abarca a todas las familias. Escoge los lugares propicios para batir al enemigo. Organiza un cuerpo élite, dedicado a acciones relámpago, con las que arrancó armas y equipos a las patrullas de castigo de Munuza, que salían de recorrido desde su base de Astorga.

Pronto se presentaría la oportunidad de tomar la revancha decisiva. Munuza pidió refuerzos a Anbasa ibn Suhaym-al-Kilbi, emir de Córdova, para acabar de una vez por todas con los “asnos salvajes” de Pelayo, como despectivamente los llamaba. En el año 99 de la Hégira del Profeta, este regidor envió al mando del valí Al Qama un cuerpo expedicionario sarraceno. Un comerciante judío informa al Consejo de Cangas, de esta ofensiva islámica contra Asturias, y al escuchar la noticia, uno de los presentes exclama: ¡que vengan, les daremos la bienvenida correspondiente! Se disponen pues a enfrentarla con inteligencia y valor. Alfonso y Pelayo, seleccionan previamente el lugar, deciden que la batalla será en la cueva y valle de Covadonga; suelo consagrado a la Virgen María.

Le toca el turno al pueblo. Los miembros de cada familia dominan su tarea y, después de recibir las bendiciones de los sacerdotes, van a ocupar las posiciones preparadas de antemano. Al ver a lo lejos a los agarenos, se miran expresivamente entre sí, ha llegado la hora del desquite, son muchos los agravios por vengar, y demasiadas las cosas en juego, van a combatir por la salvación de la patria, de una cultura, y por la Fe en el Libertador de Nazareth.

Un cuerpo de 300 jinetes al mando de Pelayo, realiza una escaramuza delante de la vanguardia sarracena para provocarlos, luego se introducen por el angosto valle dominado por el llamado monte Auseva y ascienden hasta la cueva de Covadonga, donde ocupan una inexpugnable posición defensiva, preparada de antemano.

Hasta muy de cerca los persiguen prepotentes los sarracenos, pero retroceden al recibir los mortíferos impactos de las flechas y rocas, que desde su magnífico bastión lanzan hacia el desfiladero los soldados de Pelayo. Entonces Al Qama decide acampar con el grueso del ejército rival, sitiando al puñado de improvisados que osó desafiarlo, espera exterminarlos con facilidad, pero sus tropas, al formar una larga línea, no pueden imponer en una maniobra organizada su superioridad en hombres y armas.

El asalto al monte de la cueva no se hizo esperar, dos mil mahometanos intentan forzar la entrada del recinto fortificado cavernario, ascienden con rapidez, pero enseguida sufrieron sensibles bajas por la certera puntería de los arqueros hispanos que los acribillaban, apuntando con seguridad bajo la protección que les proporcionaba la privilegiada defensa escogida. Los que llegaron a la entrada, tras feroz lance cayeron bajo las espadas de aquellos leones de Cangas.

Era lo que aguardaba Alfonso. El duque ya tiene copados a los contrarios en formidable emboscada, es el momento de ejecutar la brillante estrategia planeada con Pelayo. Las acciones se precipitan, los grupos de exploradores árabes son ultimados, centenares de combatientes ibéricos surgen como por ensalmo entre los árboles de las colinas listos al ataque, las familias, en delirio bélico, desde las elevaciones que bordean la quebrada, bombardean con piedras, peñascos, dardos, lanzas y ramas incendiarias, al enemigo sorprendido.

Soldados escogidos de Alfonso, cumplen la difícil tarea de cerrar el angosto paso e impedir que los agarenos pudiesen replegarse, les cortan la retirada con troncos cubiertos de resinas combustibles creando un muro de fuego. El lugar es un infierno, los islámicos están rodeados, intentan ripostar con sus arcos y saetas, casi no tienen ocasión de usar los alfanjes, están en grave desventaja táctica en el fondo de un abra que se ha constituido en una trampa mortal. Una implacable lluvia de proyectiles de los honderos los diezma. Para completar su desastre, Pelayo, al ver quebrantada la moral de los rivales, envía la señal de carga general y ordena salir a los guerreros apostados en la cueva, estos desenfundan las tizonas, descienden como un vendaval y, junto a los que bajan de los cerros, causan terribles estragos en las apretadas filas rivales. Parece que no habrá sobrevivientes, incluso su jefe, Al Qama, halló la muerte en este trance.


Estaba previsto que los árabes huyeran hacia la entrada de otro desfiladero cercano, que premeditadamente se dejó libre, la mitad logra pasar batiéndose en retirada, pero perseguidos por los jinetes de Pelayo que pican su retaguardia. Marchan por abruptos senderos sin saber que van a recibir el golpe de gracia. Los rudos aliados astures, unos dos mil guerreros dirigidos por el caudillo Lugan, surgen inesperadamente por los flancos y copan a los musulmanes, les envían una nube de flechas, despeñan avalanchas de rocas y luego saltan sobre ellos con hachas, espadas, lanzas y cuchillos, la pelea es fiera, se lucha cuerpo a cuerpo, pero el ejército de los moros ya no actúa como una fuerza coherente, están agotados y han perdido mucha capacidad combativa por las innumerables bajas, llegados al límite de sus energías allí son aniquilados. Los que escapan a la masacre, llevan la noticia de la derrota a sus jefes, la victoria ha sonreído a las huestes del apóstol Santiago, de rodillas dan gracias a la Virgen.

La épica jornada ha concluido, un ejército islámico de aproximadamente nueve mil hombres fue destruido por fuerzas hispanas que apenas llegaban a seis mil combatientes, contando mujeres, niños y ancianos. Es el pueblo el vencedor, con vítores se aclama a los héroes, Pelayo y Alfonso. Es el comienzo de una epopeya: La Reconquista Española , fecha: 28 de mayo de 721, día glorioso en los anales del cristianismo, bendito del Señor.

La capilla de la cueva de Covadonga, cobijó el Te Deum por el triunfo. Allí se ofreció a don Pelayo la corona de Asturias, que el noble visigodo no aceptó, prefirió ser solo un respetado líder popular. En este altar sagrado, los hombres de buena voluntad visitan hoy la tumba de este guerrero inmortal, símbolo de la resistencia del pueblo español.

Monumento a don Pelayo, figura tutelar de la Redención Nacional.


En este mismo templo de culto a la Virgen María , se ensalzó a su hijo Fáfila como su sucesor en 737. También fue el escenario de la boda del duque Alfonso con Ermesinda, la hija de Pelayo. Los nobles herederos del héroe, en conmemoración de la memorable victoria de Covadonga, terminaron la ermita de la Santa Cruz en Cangas de Onís, capital del naciente reino asturiano que ellos fundaron.

La batalla de Covadonga trascendió en la Historia. La primera victoria contra el Islam en Iberia, fue la cuna de dos poderosas naciones, España y Portugal, núcleo de la unidad entre el pueblo céltico, hispanorromano y visigodo, en la insurrección contra un invasor de costumbres y religión diferentes. Desvió contingentes y recursos musulmanes destinados a un arrollador avance en las Galias, y colaboró así a la victoria de Poitiers, donde las tropas de los francos detuvieron la invasión que pretendía someter el mundo occidental a la soberanía del Califato Omeya. Allí, en los espectaculares Picos de Europa, en el 739, el duque de Cantabria, convertido en el rey Alfonso I de Asturias, comenzó la contraofensiva cristiana, que liberó el norte de la península y solo se detendría, después de más de 700 años de lucha, cuando la bandera roja y gualda de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, ondeó gloriosa al viento de Andalucía, sobre la Alhambra , el fastuoso Alcázar de Granada.

Notas:

(1) Reino establecido por la tribu bárbara de ese nombre en Hispania a la caída del Imperio Romano. Cristianizados en el siglo VI.
(2) Ciudad de Marruecos.