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ECONOMÍA

Una correlación definitoria
por Orlando
Freire Santana
Existen algunos indicadores económicos que a menudo trascienden la esfera de acción de los especialistas en la materia, y se convierten en referentes para un público más amplio debido a su apreciable presencia mediática. Si me preguntaran por uno de ellos, es muy probable que me incline por la correlación entre el salario medio y la productividad del trabajo. En efecto, lo mismo en la prensa escrita, la radio o la televisión, que a nivel de empresa o en el ámbito de la economía nacional, el mencionado indicador es uno de los más recurrentes a la hora de calibrar el estado de salud de la gestión económico-productiva.

Comoquiera que la productividad se vincula con la creación de la riqueza, y el salario medio con la distribución de ella, y por supuesto no podemos distribuir más riqueza que la creada, es lógico suponer que la productividad del trabajo deba crecer más que el salario medio para que la gestión resulte eficiente. Otro razonamiento para justificar semejante punto de vista sería el siguiente: la productividad crea los bienes y servicios que satisfarán las necesidades de la sociedad, mientras que el salario medio se relaciona con la inyección de dinero para acceder a dichos bienes y servicios. Entonces, al considerar que la masa de dinero en la circulación solo debe crecer en correspondencia con el incremento del nivel productivo de la economía, si en un momento dado el salario medio creciera más que la productividad, estaríamos en presencia de una masa monetaria sin contrapartida en bienes y servicios, lo que ocasiona una depreciación de la moneda y a la postre un proceso inflacionario de nefastas consecuencias.

A pesar de la existencia de la libreta de racionamiento con sus precios fijos y topados, los cubanos hemos afrontado inflaciones ocasionadas por una demanda muy superior a la oferta cada vez que hemos acudido a la bolsa negra – auténtica manifestación del mercado reprimido – como única vía de adquirir artículos deficitarios y de amplio consumo. Así, en períodos de aguda escasez como el año 1970 ó los inicios de la década de los noventa, resolvíamos “por la izquierda” y a precios astronómicos desde una caja de cigarros hasta una hamburguesa. En estas condiciones son los núcleos de bajos ingresos los más afectados, pues por lo general este tipo de inflación no viene acompañada ni precedida por un aumento de salarios.

 
En la más reciente sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular se informó que durante el año 2009 continuó manifestándose la tendencia hacia un deterioro de la correlación entre el salario medio y la productividad del trabajo; es decir, el primero siguió creciendo más que la segunda. Semejante situación no sería más que la punta del iceberg de problemas y deficiencias que desde hace mucho tiempo arrastra la economía cubana, como son las plantillas infladas, la excesiva presencia en muchos centros laborales de trabajadores indirectos en detrimento de los trabajadores vinculados directamente con el proceso productivo, así como la escasez de fuerza de trabajo en sectores clave como la construcción y la agricultura, entre

otros. Si algún elemento novedoso asomase en este contexto lo es el hecho de que, en momentos en que abundan las opiniones sobre posibles cambios en nuestra economía, al parecer, el país se dispone a tomar medidas para corregir tales anomalías.

Pero esa corrección, si es consecuente, debe de conllevar la aplicación de medidas de ajuste que casi siempre resultan impopulares. Esa es la razón por la cual las autoridades han tratado de obviarlas en otros momentos de crisis. Hoy, sin embargo, cuando se habla de que sobra un millón de trabajadores en el exorbitante sector estatal de la economía, el país no estaría en condiciones – si de verdad pretende mejorar su situación económica – de obrar con la indulgencia de permitir que un trabajador sobrante siga cobrando su salario mientras espera pacientemente a que el Estado le oferte otra plaza de su preferencia, o se continúen incrementando los desproporcionados cuerpos de vigilancia y protección en las entidades – curiosa manera cubana de enmascarar el desempleo –, o se les dé opción de estudio a trabajadores desplazados, como aconteció con el personal de la industria azucarera cuando fue cerrado el cincuenta por ciento de los centrales del país. En verdad no se avizora cuál será el futuro de esos trabajadores sobrantes, si finalmente el Gobierno acomete el reacomodo de la fuerza de trabajo. Quizás la agricultura, la construcción u otros sectores priorizados sean los destinatarios de muchas de esas personas.

Por supuesto que el abanico de opciones con que se cuenta incluye también la ampliación o creación del sector no estatal de la economía. Lo primero lo relaciono con el ensanchamiento del marco del trabajo por cuenta propia, esa modalidad laboral tan restringida en los últimos tiempos, y abandonada por no pocos de sus practicantes debido a las altas cuotas impositivas y a las trabas de todo tipo que encontraban por parte de los inspectores estatales. Lo segundo, por su parte, podría vincularse con la creación de cooperativas o la privatización de ciertas entidades o establecimientos. Resulta axiomático el hecho de que el interés de una persona hacia determinada actividad aumenta a medida que percibe como suyos la gestión y el resultado de su labor. A propósito, en las intervenciones de los delegados al recién concluido X Congreso de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) se pudo constatar que el regreso espontáneo a la tierra de algunos trabajadores ha sido el fruto del progreso de varias cooperativas (CPA y CCS) –sobre todo en lo referido al incremento de sus ingresos y al mejoramiento del nivel de vida de sus miembros–, así como al gradual avance en la entrega de tierras ociosas a usufructuarios.

En el sector educacional se toman igualmente medidas con vistas a garantizar que, de una manera paulatina, se vaya revirtiendo la tendencia que apunta hacia una preponderancia de los trabajadores no vinculados directamente con el proceso de creación de valores. En este año 2010 menos de la mitad de los alumnos que terminen el noveno grado matricularán en los preuniversitarios, ya que se pretende que la mayoría de esos estudiantes acudan a los institutos politécnicos para formarlos como técnicos en sectores como la agricultura o la construcción, o también que decidan capacitarse como obreros calificados, y así contribuir al rescate de oficios muy útiles a la sociedad como los de albañil, carpintero, electricista, plomero y otros. En esta misma dirección, hace poco se dio a conocer el regreso de la asignatura Educación Laboral a los planes de estudio en los tres grados de la secundaria básica. Por otra parte, en el espíritu de buena parte del campesinado cubano se reaviva el deseo de que su descendencia permanezca en el campo, y así garantizar el imprescindible relevo generacional.

No me parece descabellado relacionar también el tema que nos ocupa con recientes disposiciones referidas a la educación superior. Existe la intención de ir limitando las carreras de la rama humanística para potenciar las científicas y tecnológicas, las cuales repercuten sobre los sectores productivos de la economía. La contracción de la matrícula mediante la instauración de exámenes de ingreso en todas las modalidades de este nivel de enseñanza, podría contribuir de igual forma a que muchos estudiantes recalen en los politécnicos al no poder acceder a las

Todo hace indicar, al menos en lo tocante al reordenamiento laboral, que la sociedad cubana se halla en los umbrales del punto de inflexión en el que debe de eludir el romanticismo de la utopía para penetrar en la mesura de la racionalidad económica. Aunque, tal vez, en el trasfondo de varias de las decisiones que haya que tomar, y que en un primer momento no agraden a muchos, se vislumbren algunas de las reformas que precisamos