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Mercedes de Santa Cruz. Condesa de Merlín.
Mercedes de Santa Cruz. Condesa de Merlín
por María del Carmen Muzio
mariam@arzhabana.co.cu
Una habanera insigne
En los estudios sobre literatura femenina del siglo XIX cubano, no puede faltar –junto a Gertrudis Gómez de Avellaneda–, Mercedes de Santa Cruz y Montalvo, conocida en el mundo literario como la Condesa de Merlin. Sin entrar en comparaciones, que ya bastante se ha hecho sobre la Tula y Luisa Pérez de Zambrana, la Condesa de Merlin aventaja a esta última en su cosmopolitismo.
Mercedes de Santa Cruz había nacido el 5 de febrero de 1789 en la Villa de San Cristóbal de La Habana, proveniente de una familia criolla adinerada. Su padre era conde de las casas de Mopox y Jaruco, y por línea materna estaba emparentada con el conde de casa Montalvo y el marqués de Cárdenas de Monte Hermoso.
 

Su infancia transcurrió en la ciudad natal, hasta que, ya casi adolescente, es llevada por su padre a la metrópoli española. De su belleza se conservan variados testimonios que la retratan “de una belleza cautivadora; poseía una inteligencia viva y clarísima y la más exquisita y fina sensibilidad de mujer, todo esto unido a un carácter independiente y decidido”. (1)

En España la sorprende la invasión napoleónica, a la que su madre, famosa por sus tertulias literarias, de inmediato se adhiere. Es de destacar que en estas reuniones la futura Condesa de Merlin había conocido a figuras ilustres, entre ellas, el pintor Francisco de Goya, asiduo visitante.

Muy joven se casa con Merlin, general francés; y al final de la guerra, marcha con él y sus pequeños hijos a París, en lo que se considera su segunda expatriación. En la capital de Francia comienza Mercedes de Santa Cruz a brillar, se convierte en figura célebre por las tertulias (al igual que las de su madre) que ofrece en sus salones y por su excelente voz. Sobre estas soirees escribió la condesa de Bassanville: “Al principio de la Monarquía uno de los salones más de moda era el de la Condesa Merlin, mujer amable, graciosa, que atraía a cuanto París encerraba de ilustre en todos los géneros, especialmente en música, pues sus conciertos eran célebres en toda Europa, y no venía un músico a nosotros sin que se creyera obligado a acudir, en primer lugar, a su casa, para recibir un pasaporte de celebridad”. (2)

Sobre la fama de la condesa, a la que llamaban la belle creole, existen muchas anécdotas, desde que era acompañada al piano por Rossini, que fue amiga de la Malibrán, o el concierto que ofreció en honor del rey Luis Felipe.

S u incursión en la literatura se produce con la publicación en 1831de Mis primeros doce años, memorias de su infancia en La Habana, escrito en francés, y publicado en Francia de forma anónima, antes que en su tierra natal. Desde la primera página la escritora nos aclara: “Muy lejos de mí la pretensión de ser autora. Pienso porque siento, y escribo lo que pienso. He aquí todo mi arte”. (3) Ya con el anterior presupuesto, nos podemos adelantar por unas páginas llenas de remembranzas de su infancia, junto a un padre y una bisabuela consentidores; con enriquecedoras anécdotas que explican cómo fue conformándose el carácter de la futura condesa; su famosa escapada del convento de Santa Clara, adonde la habían conducido para domeñarla, y la broma realizada a fray Mateo, quien la custodiaba después de su audaz fuga.

Estas remembranzas de la Merlin, a pesar de su carácter muy personal, reflejan parte de la sociedad cubana de aquella época de finales del siglo XVIII y principios del xix, en especial, de una familia criolla adinerada. No obstante, aparece la temática de la esclavitud, pero de manera algo edulcorada. El prisma de la visión de la niña Mercedes es la de interceder ante su padre por algunos maltratos a los esclavos. Pedirle más sería imposible. Baste recordar que este fue un tema que le preocupó, porque años después, en Madrid, en 1841, publicaría Los esclavos en las colonias españolas. Con posterioridad se le ha criticado este texto donde “se descubre la ideología de sus allegados sobre el candente problema de la esclavitud y del comercio de esclavos”. (4)

A pesar de todo lo que pudiera achacársele a su obra, siempre resulta agradable de leer su prosa que nos ofrece la visión de una ciudad entrañable: “La actividad y los goces de la vida no comienzan en la Habana sino al acercarse la noche. El peso del sol, durante el día, los tiene a todos envueltos en una dulce languidez; y no se ha verificado, a lo menos que yo sepa, que un habanero haya dado veinte pasos en la calle a medio día”. (5)

Un año después de su primer libro, en 1832, publica, también en París, Historia de Sor Inés. La había prometido en el anterior, donde ya aprece la joven monja que la auxilia en su fuga del convento. Aquí cambia la narradora, y es la propia Sor Inés, quien mediante una extensa epístola le narra su vida a la amiga, futura condesa. Aunque la Merlin nos quiera dar fe de una autenticidad testimonial, estamos en presencia de una novela romántica muy al uso de la época. Y como tal hay que apreciarla.

Muchas otras obras escribió la Merlin, entre ellas, una biografía de la famosa cantante de ópera, la Malibrán. Pero sin lugar a dudas, el más controversial de sus texos fue La Havanne. La escritora se propuso dar una visión amplia de nuestra ciudad. Para ello se basó en los recuerdos de su estancia en la capital durante 1840 y escritos que le hicieron llegar después algunos compatriotas. Había regresado después de larga ausencia y con un nombre que fue noticia para los habaneros seguidores del desarrollo literario. Agasajada por los intelectuales desde Domingo del Monte y Francisco Orgaz, hasta Plácido, quien le dedicara un poema. (6)

La Habana fue escrita a través de epístolas –género que parecía agradar a Mercedes y muy propio de su época–, sobre distintos aspectos de la capital. Para ello se sirvió de documentos que recolectó de amigos y otros que le hicieron llegar con posterioridad. Esto hizo que, al no poner los nombres de algunas de las fuentes citadas, la Merlin fuera acusada de plagiadora y con este libro mermó entre los cubanos, de todos los tiempos, la consideración que se había ganado como escritora. Otro de los defectos señalados es la dedicatoria –aunque sin fecha– al capitán general O'Donnell, el tenebroso personaje de la Conspiración de la Escalera donde moriría, entre otros, el poeta que le dedicara los encomiásticos versos. Sobre el aspecto álgido del libro, Carolina Poncet escribió: “Pero dicha obra no puede considerarse como una producción original de la autora. Es más bien un conglomerado de elementos procedentes de diversa fuente, a los cuales nuestra compatriota mezcla las gracias de su observación, a veces ligera, pero siempre espiritual y donosa”. (7)

Sin embargo, Salvador Bueno, algo más crítico manifiesta: “Debemos pensar que la Merlin quiso indicar en su obra los nombres de los autores cubanos a los cuales había plagiado, para de algún modo ser correcta con ellos”. (8)

Era conocido que la escritora pasaba por difíciles momentos económicos de los que esperaba resarcirse con la publicación del libro en cuestión. El lunar más importante de este es la recreación que realiza de “Una pascua en San Marcos”, de Ramón de Palma, en lo que hoy llamaríamos una “versión libre”.

La publicación posterior de la correspondencia íntima de la condesa con el literato francés Philarete Chasles, quien la ayudó con la publicación de la controvertida obra, arroja una nueva luz sobre el estigma, ya que Mercedes le insistía para que no dejara de mencionar a los autores cubanos que tomó como fuente, por lo que Carolina Poncet apunta: “Pero la poca eficacia que puso él en cumplir algunas de las indicaciones que la condesa le hacía, a veces reiteradamente, la pusieron más de una vez en berlina, y lo que es peor aún, es en parte responsable de los plagios que afean y empequeñecen La Havane ”.(9)

Algunas de las epístolas que componen el libro fueron publicadas parcialmente en Madrid en 1844, bajo el título de Viaje a la Habana, con prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda: “La escritora traza a las orillas del Sena cuadros deliciosos de su hermosa patria: en ella piensa, con ella se envanece, a ella consagra los más dulces sentimientos de su corazón y los rasgos más bellos de su pluma, haciendo envidiar a la Europa el país que produce tan hermoso talento, y el talento que puede pintar tan hermoso país”. (10)

Mercedes de Santa Cruz. Condesa de Merlín.
Para los lectores actuales el Viaje a La Habana de la Condesa de Merlin resulta muy grato, porque nos ofrece conocimientos ya olvidados de nuestra vieja ciudad. Ejemplifiquemos con un fragmento que, aunque algo extenso, resulta de sumo interés: “La hora de salir es a las seis. Los quitrines van con el fuelle plegado; las señoras vestidas de blanco, con la cabeza descubierta, y con flores naturales en los cabellos; los hombres de frac, corbatín, chaleco y pantalón blanco; tal es el vestido común y general en todas las clases de la sociedad. Ayer salí con mi tía María Antonia, y antes de ir al paseo de Tacón íbamos a ver a mi prima Pepilla, cuando al atravesar la plaza de Belén fuimos detenidas por una especie de motín que se había formado junto a la iglesia. La muchedumbre se agolpaba a la entrada, pero no osaba penetrar; una de las puertas estaba cerrada, la otra estaba entreabierta, y por ella se veía asomar la cabeza de un hombre que gritaba con tono solemne: rogad por el criminal, hermanos míos. Pregunto lo que esto significaba, y me respondieron que un asesino escapado de manos de la justicia se acababa de refugiar en aquella iglesia que goza de derecho de asilo”. (11)

La mejor biografía que existe hasta el momento de la Condesa de Merlin, la escribió el acucioso investigador Domingo Figarola-Caneda,

quien encontró la partida de bautismo en la Catedral de La Habana. Dicha biografía fue publicada en París en 1928. Con posterioridad, su viuda dio a conocer la correspondencia amorosa de la condesa con el ya mencionado escritor francés Chasles.

Los últimos años de vida de Mercedes de Santa Cruz fueron azarosos. Ya no era la mujer adorada por la sociedad parisiense y “se había visto precisada a vender su diadema de diamantes y otras ricas joyas, así como a enajenar uno de sus carruajes y un tronco de caballos para atender a deudas y a compromisos que ella estimaba sagrados”. (12) Envejecida y enferma, recibe ayuda económica de su hijo Gonzalo, conde de Merlin, casado con una rica habanera, y alterna sus estancias en el castillo de Dissay, propiedad de su yerno mister Gentien. No cesa de escribir, realizar labores de aguja y de sumergirse en la lectura de los Evangelios.

Muere el 31 de marzo de 1852. A su entierro, en el cementerio de Pere Lachaise, concurrieron artistas, literatos y gente de la sociedad parisiense, además de cubanos residentes en París. Un connotado artista francés se refirió a ella como “perla que las Indias regalaron a Francia”. (13) El estudioso y compilador de su obra, Figarola-Caneda, encontraría su tumba, ya en los inicios del siglo XX, abandonada, cubierta de malezas y sin un epitafio.

Durante mucho tiempo se ha considerado a la Condesa de Merlin como escritora afrancesada, con escaso mérito literario, signado por la deleznable sombra del plagio. Más importancia se le ha concedido a su atrayente personalidad dentro del siglo XIX. Para Max Henríquez Ureña “ la Condesa poseía estilo propio para contar lo que había visto, y esas memorias tienen indudable autenticidad”. (14) Otras historias de la literatura cubana apenas la mencionan ligeramente, y de su epistolario –aún no publicado en nuestro país– se conocen sólo fragmentos. Quizás cuando se tenga la totalidad de una visión sobre su obra se pudiera coincidir con Carolina Poncet: “Aún los críticos que, después de haber comprobado sus imperdonables plagios, han puesto en tela de juicio la calidad literaria de la condesa, tendrán que concederle, en virtud de su correspondencia, un valor indiscutible entre los epistológrafos de su siglo”. (15)

La Avellaneda en el prólogo de Viaje a la Habana nos dice: “¿Qué se puede pedir al escritor que nos da un libro que después de leído veinte veces todavía se abre sin fastidio?”; (16) y la gran pedagoga Carolina Poncet y de Cárdenas, en su conferencia de 1931 en el Lyceum Lawn Tennis Club, con motivo del centenario de la publicación de Mis primeros doce años la describió “como una estrella de distinción, de gracia, de arte y de inteligencia”. (17) Estos criterios abren una interrogante: quizás las generaciones posteriores no han sido lo suficientemente justos con la Condesa, muchos de cuyos libros aún permanecen inéditos para el lector cubano ( Madame Malibran, Les lionnes de Paris, entre otros). Mercedes de Santa Cruz y Montalvo tal vez aguarde por una apreciación más cabal dentro de la literatura femenina del siglo XIX cubano.

Notas:

(1)“ La Condesa Merlin, croquis biográfico” de Carolina Poncet, en Poncet, Carolina, Investigaciones y apuntes literarios, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 309.
(2) Ibídem, pp. 325-326.
(3) Merlin, Condesa de, Mis primeros doce años, Imprenta El siglo XX, La Habana, 1922, p. 19.
(4) Bueno, Salvador, “Introducción” en Viaje a La Habana, Condesa de Merlin, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974, p. 35.
(5) Merlin, Condesa de, Mis primeros doce años, Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1922, p. 79.
(6) Citado por Salvador Bueno en su “Introducción” a Viaje a la Habana : “Cuando el acento mágico resuena/de la noble Merlin, y su laureada/frente se ostenta de atractiva llena,/ni al Támesis ni al Po debemos nada,/nada tenemos que envidiar al Sena”.
(7)“ La Condesa Merlin, croquis biográfico” de Carolina Poncet, en Poncet, Carolina, Investigaciones y apuntes literarios, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 333.
(8) Bueno, Salvador, “Introducción” en Viaje a La Habana, Condesa de Merlin, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974, p. 48.
(9)“ La Condesa Merlin, croquis biográfico” de Carolina Poncet, en Poncet, Carolina, Investigaciones y apuntes literarios, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 344.
(10) Gómez de Avellaneda, Gerturdis, “Apuntes biográficos de la Condesa de Merlin” en Viaje a La Habana, Condesa de Merlin, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974, p. 62.
(11) Condesa de Merlin, Viaje a La Habana, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974, pp. 101-102.
(12)“ La Condesa Merlin, croquis biográfico” de Carolina Poncet, en Poncet, Carolina, Investigaciones y apuntes literarios, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 346.
(13) Ibídem, p. 348.
(14) Henríquez Ureña, Max, Panorama Histórico de la Literatura Cubana, La Habana, 1962, tomo I, p. 290.
(15)“ La Condesa Merlin, croquis biográfico” de Carolina Poncet, en Poncet, Carolina, Investigaciones y apuntes literarios, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 342.
(16) Gómez de Avellaneda, Gerturdis, “Apuntes biográficos de la Condesa de Merlin” en Viaje a La Habana, Condesa de Merlin, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974, p. 72.
(17)“ La Condesa Merlin, croquis biográfico” de Carolina Poncet, en Poncet, Carolina, Investigaciones y apuntes literarios, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985, p. 304.