BIBLIOTECA NACIONAL
Lunes 7 de junio de 2010.
Estimados y muy respetados amigos:
Cuando hace muy pocos días se me informó electrónicamente que el Ejecutivo de la Asociación Cubana de Bibliotecarios había acordado conferirme, en el día aniversario del nacimiento de Antonio Bachiller y Morales, el Premio Nacional Domingo Figarola-Caneda de este año, mi primera reacción interior fue la de pensar que se trataba de una broma irónica de algún amigo que, por ese medio, deseaba estimularme a desempeñar más efectivamente el servicio de bibliotecario de la Academia Cubana de la Lengua. Porque, en realidad, la broma no habría sido tan absurda. Todos los miembros de la Academia saben que, hasta el momento, aunque he sido elegido bibliotecario de tan noble institución y aunque ésta merece todas las distinciones imaginables en ese ámbito, mi desempeño es quasi virtual. Por razones de sobra conocidas, nuestra Biblioteca no ha podido realizar los servicios que en otro tiempo brindó y que, espero, brindará en un futuro no muy lejano.
Se me añadía en la comunicación de la distinción que el jurado, presidido por el doctor Emilio Setién, noble y laborioso amigo, había tomado en cuenta tanto mi “larga trayectoria en la vida cultural nacional” –lo cual es cierto; no le añado otra calificación; es una trayectoria larga, pues soy ya un anciano de veras y desde muy joven he trabajado en diversos ámbitos de la vida cultural nacional–; en cuanto mi “probada cubanía”, me parece que tal reconocimiento es también cierto. Soy cubano sin propósito de enmienda. Todos los que me conocen desde hace tiempo saben de sobra que Cuba y la Iglesia son mis dos pasiones irrenunciables. Estas añadiduras como motivaciones del jurado, me devolvieron a la realidad: no se trataba de una broma irónica.
Además, me di cuenta enseguida de que una institución del rango de la Asociación Cubana de Bibliotecarios no se habría prestado para tal scherzo, aunque el medio elegido –la comunicación electrónica– habría permitido todo tipo de ambigüedades. En fin, que me tomé la comunicación en serio y, como estaba en vísperas de un viaje a Santiago de Cuba por razones académicas en el ámbito bíblico, me dirigí inmediatamente al doctor Emilio Setién, presidente del jurado, y, con gratitud, acepté la designación. Me dirigí también a nuestra secretaria, la doctora Marlén Domínguez, para que estableciera los contactos necesarios, ante todo con nuestro presidente, el doctor Roberto Fernández Retamar, ya que la inmediatez del mencionado viaje a Santiago me impedía hacerlo personalmente.
Los días han pasado. Estamos aquí, en esta siempre querida Biblioteca Nacional, a la que me unen recuerdos imborrables que tienen ya no menos de medio siglo de vida. Pienso en los años de mi regreso de Roma, la dirección de María Teresa Freyre de Andrade y de aquella pléyade de lujo de investigadores, como Cintio, Fina, Eliseo, Araceli, Zoilita, etc. Hacia esa Biblioteca, que se recuperará, todos los cubanos de buena entraña nos sentimos, de corazón, reconocidos. Y estamos aquí por razones de una distinción bautizada con el nombre de Domingo Figarola-Caneda, y que se entrega en el aniversario del nacimiento de don Antonio Bachiller y Morales. Identificación la de esta distinción –Figarola-Caneda– que me atrevo a parangonar sólo con el nombre de quien define el Día del Bibliotecario, don Antonio Bachiller y Morales. Eminentes polígrafos ambos. Gracias, pues, por la distinción que me he permitido aceptar porque mis ya aludidos servicios quasi virtuales de bibliotecario no son tanto míos, cuanto de la Academia Cubana de la Lengua, la institución que nos une a todos en el mismo irrenunciable paladeo de la lengua española. Pero paladeo a la cubana: con un traguito de ron, azúcar de caña y casquitos de guayaba sabrosona.
Al recibir tal distinción, con las reservas insinuadas, hago el compromiso de acelerar, en lo que de mí dependa, el funcionamiento adecuado de nuestra Biblioteca. Que para eso fue creada y para eso continuará existiendo. El genio amable de Domingo Figarola-Caneda nos incita. Sabemos que él fué el Director Fundador de nuestra Biblioteca Nacional y que representó a Cuba, con gran decoro, en los Congresos Internacionales de Bibliografía y de Bibliotecarios, en París, en 1910, fundacionales de la modernidad en ese ámbito. Por otra parte, siendo el eslabón de oro que nos relaciona con su profesor Francisco Calcagno, podemos imaginar cuánto contribuyó en la preparación del Diccionario Biográfico Cubano, el que hemos llamado siempre “el Calcagno” y al que tanto debe todo trabajo de investigación posterior.
A Figarola-Caneda lo identificamos también con aquella comisión creada en 1891 para enviar a la Real Academia de la Lengua Española una selección de textos de autores cubanos que podrían ser incorporados en la Antología de Poetas Hispanoamericanos, que por entonces preparaba don Marcelino Menéndez y Pelayo. El elenco de las responsabilidades y de las obras de nuestro autor, unidas a los hechos mencionados y a muchos más, nos llevan a considerar que merece, junto a Bachiller y Morales, ser considerado como uno de los grandes en la historia de la bibliografía en Cuba. Y precisamente con ese distintivo de “polígrafo” que ya casi nadie se atrevería a usar entre nosotros. Me parece que el último a quien gustosamente se lo hemos reconocido –y con justicia–, fue a nuestro maestro Don Fernando Ortiz.
Y por ser quienes fueron, veneramos hoy a Bachiller y Morales y a Figarola-Caneda. Y tratamos de seguir sus pasos, todos los que en esta Isla batallamos por el culto a nuestro idioma y a nuestra cultura. ¿Cómo no haber imaginado, fuese por segundos, que se me confería la distinción que lleva el nombre de Figarola-Caneda a mí, tan menesteroso como soy en estos quehaceres? Acompáñenme los amigos académicos, más capaces que yo, en la recepción de este premio que, entonces, sobre los hombros de todos, podrá llegar a ser verdadero y, si gustáis, merecido. Por todos los académicos in solidum, por la gran familia de la Academia, y no sólo por éste que lo recibe ahora pensando en ellos, en los amigos entrañables de hoy, en los que nos han precedido y en los que vendrán después, animados por anhelos lingüísticos semejantes.
Muchas gracias.
La Habana, 7 de Junio de 2010.
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Algunos días después el autor renunció a su cargo como Bibliotecario de la Academia Cubana de la Lengua. |