La clave para aprovechar fructíferamente el tiempo libre estaría en saber elegir e intercalar armónicamente aquellas actividades que contribuyan a despertar la sensibilidad del hombre frente a la belleza que le circunda, abstenerse de las que puedan poner en peligro su salud física, mental y espiritual, encontrar espacios para compartir con los demás, ampliar el horizonte de las relaciones humanas, y desarrollar habilidades y dimensiones de la existencia que, por carencia de tiempo, permanecían latentes. La playa, el campismo, los ambientes naturales, el deporte, las fiestas y el teatro constituyen opciones que, al vivirlas con moderación, sin excesos o agotamientos, resultan placenteras, instructivas y edificantes.
El creyente descubre en el período vacacional un regalo del Señor y una oportunidad para volver a valorar la mediación de la naturaleza en la experiencia espiritual, la vida sacramental y la oración. Muchas comunidades cristianas proyectan iniciativas que favorecen tanto la vida interior como el vínculo fraterno y el mutuo compartir: convivencias, campamentos juveniles, celebraciones litúrgicas campestres y otras.
Los meses de verano, pues, imponen una pausa, ofrecen un espacio para distanciarse temporalmente de la cotidiana labor, sosegar el espíritu, renovar las fuerzas y enriquecer espiritualmente a la persona. Muchos reciben este tiempo de gracia con amargura y frustración, porque se quisiera, lógicamente, visitar y descubrir otros horizontes, admirar diferentes geografías y culturas, sentir que somos ciudadanos del mundo, disfrutar en familia con el fruto de nuestro trabajo. Tal vez dichas aspiraciones deban aún ser postergadas, aunque no renunciemos definitivamente a ellas: los sueños e ilusiones constituyen resortes que nos lanzan a conquistar nuevas metas. Cada uno, sin embargo, debe propiciarse un clima de relajación, vivir la dimensión festiva de la existencia, interactuar sin prisas con los espacios verdes, el mar y el sol, la brisa de la tarde, la música callada de la noche estival, tantas bellezas que están a nuestro alcance, porque anidan en cada rincón de la tierra, el hogar de todos, recrean e iluminan nuestro espíritu y reflejan la bondad del Creador. “Mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura/ y yéndolos mirando/ con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura”.(1) Todo está en dejarnos cautivar por ellas y salir, ligeros de equipaje y con el corazón abierto, a su encuentro.
II
En tiempos de peregrinación hacia la tierra prometida, después de la experiencia liberadora del Éxodo, Yahvé Dios establece una Alianza con Israel, cuyo código es el Decálogo: expresión de la Voluntad divina, luz para el sendero del hombre y norma que establece las pautas de convivencia humana y social. En su tercer mandamiento queda instituida para todos los hombres, de cualquier condición, la ley del descanso. “Recuerda el día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás […], pero el día séptimo es día de descanso en honor de Yahvé tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo […], ni tu siervo […] ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra […] y el séptimo descansó…” (cfr. Ex 20, 8-11).
La fe bíblica reconoce que la ley del trabajo rige para todos los hombres. Toda labor, desde las más humildes y menos valoradas, pero imprescindibles, de mantener la limpieza y la higiene de nuestros espacios vitales, la del ama de casa frente a la cocina o la lavandería, hasta la del médico que cura y preserva la salud, el maestro que educa y abre horizontes a los demás, el investigador que escudriña los secretos de la naturaleza con el fin de dar respuesta a las múltiples necesidades humanas, el artista que recrea, en la piedra o el lienzo, la belleza, el escritor que conjuga hábilmente el verbo para comunicar ideas y valores, el trabajador de los servicios y muchas más, expresan nuestra condición de imagen de Dios “que siempre trabaja” (cfr. Jn 5, 17), y nos hace colaboradores suyos en la obra inconclusa de la Creación. Pero el sentido final de todo trabajo es gozar de sus frutos, sentarse como la gran familia humana a la mesa del banquete y brindar en fraternidad con la copa de la vida. El descanso semanal y periódico recuerda, a lo largo de las generaciones, que dista mucho el hombre de ser un simple animal de carga, una pieza más que articula en el magno engranaje industrial y consumista de la sociedad contemporánea. Tanto la labor como el reposo deben contribuir al perfeccionamiento del hombre, al engrandecimiento de su ser. La Iglesia proclama, por tanto, el derecho de todos al trabajo en condiciones dignas y respetando la individual vocación, a una justa y suficiente remuneración y al disfrute del tiempo libre como otorgados por el mismo Creador.
Aunque parezca lo contrario, el descanso es un verdadero ejercicio espiritual. Estamos tan acostumbrados a ejercer un control absoluto sobre nuestros asuntos, hasta en sus detalles mínimos, a aferrarnos al timón creyendo que sólo la fuerza y el ciego voluntarismo bastan para alcanzar los fines perseguidos, que soltar las riendas, confiar y aguardar supone un acto de renuncia a nuestra arrogancia, autosuficiencia e impaciencia. Hay mucho de soberbia, de querer ser como dioses, tras los excesos que se derivan de una filosofía centrada en la pretensión de impulsar a saltos agigantados la historia y concretar, al precio que fuera necesario, las humanas utopías.
El hombre del Evangelio es conciente de su grandeza y también de su limitación, de lo valioso e importante de su obra, pero a la vez de su pequeño campo de acción, que ha de sembrar el surco y entregarlo todo, sabiendo que la cosecha está en las manos de Dios y que los frutos vendrán a su debido tiempo. Como reza el proverbio patrístico: “trabaja como si todo dependiera de ti y espéralo todo como si viniera de Dios”. Es por eso que, con humildad y sincero empeño, realiza el trabajo que le corresponde en la viña del Señor, deposita el esfuerzo realizado y la carga de la vida ante Aquel que lo completa y perfecciona todo y, conducido por el aleteo del Espíritu, se entrega al gozo y al descanso, que no es sinónimo, necesariamente, de ocio o inactividad: es contemplar, en su conjunto, la obra realizada y valorar la gratuidad de la existencia, es un retiro que devuelve, renovadas, las fuerzas y la creatividad. El descanso, fecundo e imprescindible, aquieta el ser, vigoriza el cuerpo, equilibra la persona, armoniza nuestro ritmo con los tiempos de Dios y nos dispone a los desafíos y regalos que reserva el mañana. Toda nuestra vida, la relación con Dios y los vínculos con los demás, se oxigenan y revitalizan cuando aprendemos, desde el espíritu, a descansar.
“Han comenzado los turnos de vacaciones. Y otra vez resuenan las palabras de Jesús. Oídlas en su tono justo. Como si Él mismo las dijera en medio del campo: ‘venid y descansad un poco'. Hay gente que no puede permitirse viajar a Honolulu. Otros […] no pueden pensar en lujos. Pero las verdaderas vacaciones comienzan por dentro […] los que se fueron lejos pueden volver más cansados. Y los que nunca gozaron de costosas vacaciones pueden haber conseguido la felicidad. Que con libertad interior no importa el sitio. Siempre es vacaciones”. (2)
Notas:
(1). San Juan de la Cruz. “Cántico espiritual”. Estrofa V. Cfr. Obras de san Juan de la Cruz. Apostolado de la Prensa. Madrid, 1948. p.474.
(2). Lamet. Pedro Miguel. La luz de la mirada. Imágenes para despertar. Promoción Popular Cristiana. Madrid. p.226. |